Apretó los labios contra mi frente y cerró los ojos.
—Significa que tendré que matarte.
Se disipó ante mis ojos. Su esencia se me enredó en
la piel y en el pelo, hasta que solo quedaron los elementos más frágiles, que
cayeron con suavidad al suelo. Por primera vez en mi vida, supe lo que estaba
en juego. Tenía respuestas que ya no deseaba.
No pude evitar sentirme un poco traicionada, aunque
no podía culpar a nadie salvo a mí misma.
Sabía que salir con el hijo de Satán no traería nada
bueno.
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CAPITULO
46
Una
conciencia tranquila es generalmente el signo de una mala memoria.
STEVEN
WRIGHT
—Es más que evidente que lo pasaste demasiaaaaaaado
bien anoche.
Intenté separar los párpados y orientarme al mismo
tiempo, pero no conseguí ninguna de las dos cosas.
—¿Todavía estoy desnuda en el suelo del
salón? —Euge soltó un silbido.
—Vaya, te lo has pasado mejor incluso de lo que
pensaba. —Se sentó en el borde de la cama, rebotó un poco para molestarme y luego
dijo—: He preparado café.
Ah, las tres palabras mágicas. Mis párpados se
abrieron para contemplar la maravillosa imagen de la taza de café que flotaba
delante de mi cara. Me retorcí y me estiré un poco para incorporarme, y luego
le arrebaté la taza.
—Y te he traído un burrito para desayunar —añadió.
—Qué encanto. —Después de tomar un largo y delicioso
trago, pregunté—: ¿Qué hora es?
—Por eso sé que lo pasaste bien anoche —respondió
ella con una risotada—. Es muy raro que duermas hasta tan tarde. Bueno, por eso
y porque tu pijama estaba desperdigado por el salón. He recogido la mayor parte
de tus cosas, pero tus pantalones están en el rincón del señor Wong. No pienso
acercarme al rincón del señor Wong. Bueno, ¿piensas contármelo ahora o lo
dejarás para después?
Me encogí de hombros.
—Ahora, supongo —contesté—. Pero tendrás que
conformarte con una versión resumida.
—Trato hecho. —Removió el café y luego me miró por
encima del borde de la taza, expectante-
—Bueno, pues he descubierto que soy mucho más
difícil de matar que los seres humanos normales y corrientes.
En su rostro apareció un ceño de asombro.
—He descubierto que Rosie Herschel nunca llegó a
salir del país, porque su marido la mató antes de venir a por mí.
El asombro se transformó en alarma.
—He descubierto que Peter es un dios del sexo y de
todo lo orgásmico.—La alarma pasó a confusión.—Y he descubierto que en realidad
es el hijo de Satán, y que si ellos (y con «ellos» me refiero a las
criaturas del inframundo) me encuentran, se verá obligado a matarme.
Otra vez alarma.
—Sí —dije mientras lo pensaba—, eso es en resumen lo
que descubrí anoche. ¿Piensas que estoy chiflada?
Euge parpadeó unas cuantas veces, claramente
preocupada.
—Porque a estas alturas, la cordura es lo único que
me queda. Bueno, eso y el burrito del desayuno.
Parpadeó unas cuantas veces más.
—¡Madre mía! ¿Es esa hora de verdad? —pregunté
después de echar un vistazo al reloj.
Mi amiga se limitó a mirarlo; al parecer, se había
quedado sin habla. No entendí por qué. Aún tenía su taza de café.
Pero eran casi las nueve. Salté de la cama, ajena a
mi falta de ropa pero muy consciente del dolor que parecía fundirme las
vértebras de la espalda con las del cuello, y corrí hacia el cuarto de baño
para vestirme. El estado desconectaría a Peter a las diez en punto. Si la orden
no había tenido éxito...
No podía pensar en eso ahora. El tío Nico tenía a
una juez trabajando en ello. Seguro que salía bien.
Después de ponerme un suéter y unos vaqueros
oscuros, me recogí el pelo en una coleta y me tomé cuatro pastillas de
ibuprofeno a la vez. Luego corrí a la oficina, donde tenía todos los números
del caso apuntados en un despliegue de coloridas notas adhesivas. Las recogí
todas antes de salir pitando por la puerta.
Me encontré a Euge en las escaleras y le dije adónde
me dirigía. Ella farfulló algo acerca de que necesitaba un aumento, pero pasé a
su lado a toda prisa y corrí hasta el aparcamiento.
De camino hacia Salta, llamé a Benjamin Amadeo a la
prisión, pero no estaba. Intenté hablar con el agente de la clínica de cuidados
terminales, pero una azarada recepcionista me dijo que no podía proporcionar
información sobre los pacientes por teléfono. Probé con el tío Nico, pero no
respondió. Lo intenté con la oficinista del juzgado en el que había rellenado
la orden, pero me dijo que la petición había sido remitida al tribunal de Salta.
Empezó a entrarme el pánico. ¿Y si la petición no
había sido aceptada? ¿Y si el tribunal de Salta había desestimado la orden?
Faltaban dos minutos para las diez cuando me adentré
con el coche en la propiedad de la clínica y me sumergí en el caos de luces
parpadeantes y gente ajetreada. Mi corazón latía a mil por hora. Quizá hubiese
ocurrido algo en la clínica que le hubiera impedido al estado llevar a cabo sus
intenciones. Si ese era el caso, seguro que tenían que posponer la muerte de Peter
hasta otro día.
Un instante después vi el monovolumen con el parachoques
abollado del tío Nico. ¿Qué demonios estaba haciendo allí? En cuanto aparqué a
Misery, mi puerta se abrió.
—Tienes el móvil sin batería otra vez —dijo el tío Nico
al tiempo que extendía una mano.
—¿En serio? —Acepté la ayuda que me ofrecía y busqué
el móvil en el bolso con la mano libre—. Pero si acabo de llamarte.
Era verdad. El teléfono estaba más muerto que mi
abuela. Necesitaba sin falta una batería nueva. A poder ser, una con una carga
nuclear que durara doce años sin provocarme un tumor cerebral.
—Intenté llamarte a la oficina antes —dijo Nicky
mientras me ayudaba a bajar de Misery. Su voz sonaba rara, distraída.
—Yo te llamé mientras venía hacia aquí. No lo
cogiste. ¿Qué pasa?
Sentí un hormigueo en la espalda. Nicky se
comportaba de manera extraña. No es que eso fuera raro en él, pero estaba más
extraño que de costumbre.
Cerró la puerta del coche y me guió entre la
multitud de polis y profesionales sanitarios.
—Tío Nico —le dije a su espalda mientras me
esforzaba por seguirle el paso—, ¿le ha ocurrido algo a Peter?
—El requerimiento no salió adelante —dijo por encima
del hombro.
Frené en seco. Una combinación entre incredulidad y
negación rotunda me robó el aliento mientras repasaba un millón de
posibilidades en mi cabeza. Si le habían retirado el soporte vital y había
muerto, ¿cruzaría al otro lado? ¿Se quedaría? ¿Podríamos mantener una relación
si estaba muerto? A lo mejor se había despertado cuando le quitaron las máquinas.
Seguro que estaba bien.
Busqué un final estilo Hollywood para cada
hipótesis, deseando algo que tenía toda la pinta de ser imposible.
—Lali... —El tío Nico se detuvo y se volvió hacia
mí. Su voz tenía un tono admonitorio que atrajo toda mi atención—. ¿Vas a contarme
lo que sabes sobre Lanzani?
Ocurría algo. Sentí el despertar de mi intuición
femenina, junto con el de otras partes de mi cuerpo.
—¿A qué te refieres?
—Bueno, me dijiste... —Se inclinó y bajó la voz— que
era un ser sobrenatural. Pero creí que te referías a que era como tú. Ya sabes,
no sobrenatural del todo.
Lo único que se me ocurrió pensar fue: ¡Ay, Dios
mío! ¿Por qué me pregunta eso? Si el tío Nico sospechaba que Peter era un ser
«sobrenatural del todo», seguro que estaba bien.
—Bueno... ¿por qué lo preguntas?
—Lali —dijo con voz seria.
Mi corazón se disparó. Nicky me agarró del brazo y
empezó a avanzar una vez más entre la multitud.
—¿Qué ha pasado? —le pregunté, y cada una de las
sílabas estaba teñida de esperanza.
Peter tenía que estar vivo. Debía de haber ocurrido
algún milagro. ¿Por qué sino preguntaría el tío Nico algo así? ¿Por qué sino
habría tanta gente allí?
—No lo sé, Lali —respondió con sarcasmo—. Nadie lo
sabe, en realidad. Quizá tú puedas explicarme cómo es posible que un hombre
desaparezca sin más de la faz de la tierra.
—¿Qué? —Eso llevaba las cosas a un segundo tiempo
muerto—. ¿De qué estás hablando?
El tío Nico se detuvo de nuevo y se volvió para
mirarme.
—Sabía lo importante que era esto para ti, así que
me pasé por aquí para hablar con la juez personalmente. No sirvió de nada. Ella
no podía justificar el soporte vital de tu amigo cuando era evidente que su
cerebro estaba muerto y al estado le costaba una fortuna mantenerlo con vida.
—¿Fuiste a verla? ¿Por mí?
—Sí, sí —dijo mientras tiraba del cuello de la
camisa, incómodo—. Así que supuse que lo menos que podía hacer era estar aquí
cuando le quitaran las máquinas. Pero cuando llegué, el lugar era un caos. Se
había marchado.
—¿Marchado? —chillé. Me aclaré la garganta—. ¿Adónde
se ha ido? —Se inclinó de nuevo hacia delante.
—No es que se haya marchado sin más, Lali—me dijo en
un susurro desesperado—. Es que ha desaparecido.
—No lo entiendo. ¿Se ha escapado?
—Tendrás que verlo con tus propios ojos.
Apresuró el paso hacia las puertas de entrada y me
condujo hasta una pequeña sala de seguridad.
—Enséñaselo —le dijo al agente de seguridad, que lo
obedeció de inmediato.
—¿De qué va esto? —pregunté cuando el tipo empezó a
teclear órdenes en su ordenador.
—Mira y calla.
El monitor mostraba la grabación de una cámara de seguridad.
Reconocí la zona.
—¿Es el pasillo de la habitación de Peter?
—Mira y calla —repitió, enigmático y aborrecible.
Y entonces vi un movimiento. Me acerqué más a la
pantalla. La puerta de Peter estaba abierta, y la grabación en blanco y negro
enfocaba directamente su habitación. Lanzani se movió, levantó el brazo hasta
la cabeza y luego se incorporó para mirar a su alrededor. La resolución era tan
baja que resultaba difícil distinguir algo con claridad, pero parecía Peter,
sin duda alguna. En cuanto se recuperó de la conmoción, se calmó, respiró
hondo, se giró hacia la cámara y sonrió. ¡Sonrió! Esbozó aquella típica sonrisa
torcida y perversa que siempre me derretía por dentro.
Un fallo imprevisto de la grabación hizo que la
imagen se congelara; la pantalla se volvió negra durante una fracción de
segundo y cuando regresó la imagen, él se había desvanecido. En un abrir y
cerrar de ojos. En un momento estaba allí y al siguiente su cama aparecía
arrugada y vacía.
—¿Dónde se habrá metido? —le pregunté al guarda de
seguridad, que se encogió de hombros.
—Esperaba que tú nos lo dijeras —respondió el tío
Nico.
Peter era sin duda de otro mundo, pero era imposible
desmaterializar un cuerpo humano, y punto. Al menos que yo supiera. Por
supuesto, pocas horas atrás tampoco sabía que Satán tenía un hijo.
—Tío Nico —le dije en un intento por esquivar la
verdad—, en realidad no te lo he contado todo.
—¿No me digas? —El tío Nico le hizo un gesto al guarda
para que se marchara.
—Es solo que... —añadí en cuanto salió por la
puerta—. Bueno... en realidad, nunca te lo he contado todo.
—¿Qué quieres decir? —preguntó, más perplejo aun que
antes.
—Soy diferente, eso ya lo sabes. Pero no te he
contado hasta qué punto soy diferente.
—Vale —dijo con recelo—, ¿hasta qué punto eres
diferente?
Contarle al tío Nico que yo era un ángel de la
muerte o que Peter era el hijo de Satanás no mejoraría en nada la situación.
Hay cosas que es mejor no decir.
—Digamos que soy más diferente de lo que crees y sí,
una parte de Peter es súper-sobrenatural.
—¿Qué parte?
—Mmmm. ¿La parte súper-sobrenatural?
—Quiero algo más que eso, Lali —me advirtió al
tiempo que daba un paso adelante—. Tienes que explicarme esto.
Me senté en el borde de la silla del guardia de
seguridad, con la espalda rígida y la mandíbula apretada. En mi mente aparecía
sin cesar una palabra: mierda. ¿Cómo demonios podía explicarle la
desmaterialización de un cuerpo humano? Si eso era en realidad lo que había
ocurrido, claro está.
Justo entonces apareció Benjamin Amadeo. Me miró de
inmediato y luego se giró hacia el tío Nico con expresión culpable, como si
compartiéramos un secreto. Algo que, en cierto sentido, era cierto; solo que él
no estaba al tanto de todos los detalles.
—Señor Amadeo—dijo el tío Nico antes de ofrecerle la
mano.
—Detective —replicó Benja mientras se la estrechaba—.
¿Alguna novedad? —El tío Nico volvió a mirarme.
—Nada importante.
Tanto Nicky como Benja sabían lo suficiente para
resultar peligrosos. Y ninguno conocía la historia completa. Me pregunté
durante cuánto tiempo podría mantener a raya sus preguntas. La semana anterior
ya había revelado más sobre mí misma que en toda mi vida. Si bien eso me había
quitado un peso de encima, también era arriesgado invitar a tanta gente a
mi mundo. Ya lo había hecho antes. Y lo había pagado muy caro.
—¿Quién es esa tal Holandesa? —preguntó el tío Nico
mientras señalaba el monitor con un gesto de la mano.
Me quedé sin aliento.
Aunque yo no había tocado nada, la pantalla estaba
negra. En el centro había una única palabra seguida de un cursor parpadeante, y
el alivio que sentí al verla fue tan abrumador, que pensé que me caería de la
silla. Peter. Juan Pedro Lanzani estaba vivo. Contemplé durante un buen rato el
apodo que me había puesto el día que nací; me pregunté si podría venir a verme,
si podríamos estar juntos.
Luego sentí un roce en los labios y supe que mi vida
nunca volvería a ser la misma.
Fin???
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