jueves, 18 de febrero de 2016

Capitulo 46 y Fin?




Apretó los labios contra mi frente y cerró los ojos.

—Significa que tendré que matarte.

Se disipó ante mis ojos. Su esencia se me enredó en la piel y en el pelo, hasta que solo quedaron los elementos más frágiles, que cayeron con suavidad al suelo. Por primera vez en mi vida, supe lo que estaba en juego. Tenía respuestas que ya no deseaba.

No pude evitar sentirme un poco traicionada, aunque no podía culpar a nadie salvo a mí misma.

Sabía que salir con el hijo de Satán no traería nada bueno.

_____________________________________________________________________________

CAPITULO 46



Una conciencia tranquila es generalmente el signo de una mala memoria.

STEVEN WRIGHT



—Es más que evidente que lo pasaste demasiaaaaaaado bien anoche.


Intenté separar los párpados y orientarme al mismo tiempo, pero no conseguí ninguna de las dos cosas.


—¿Todavía estoy desnuda en el suelo del salón? —Euge soltó un silbido.
—Vaya, te lo has pasado mejor incluso de lo que pensaba. —Se sentó en el borde de la cama, rebotó un poco para molestarme y luego dijo—: He preparado café.


Ah, las tres palabras mágicas. Mis párpados se abrieron para contemplar la maravillosa imagen de la taza de café que flotaba delante de mi cara. Me retorcí y me estiré un poco para incorporarme, y luego le arrebaté la taza.


—Y te he traído un burrito para desayunar —añadió.
—Qué encanto. —Después de tomar un largo y delicioso trago, pregunté—: ¿Qué hora es?
—Por eso sé que lo pasaste bien anoche —respondió ella con una risotada—. Es muy raro que duermas hasta tan tarde. Bueno, por eso y porque tu pijama estaba desperdigado por el salón. He recogido la mayor parte de tus cosas, pero tus pantalones están en el rincón del señor Wong. No pienso acercarme al rincón del señor Wong. Bueno, ¿piensas contármelo ahora o lo dejarás para después?


Me encogí de hombros.


—Ahora, supongo —contesté—. Pero tendrás que conformarte con una versión resumida.
—Trato hecho. —Removió el café y luego me miró por encima del borde de la taza, expectante-
—Bueno, pues he descubierto que soy mucho más difícil de matar que los seres humanos normales y corrientes.


En su rostro apareció un ceño de asombro.


—He descubierto que Rosie Herschel nunca llegó a salir del país, porque su marido la mató antes de venir a por mí.


El asombro se transformó en alarma.


—He descubierto que Peter es un dios del sexo y de todo lo orgásmico.—La alarma pasó a confusión.—Y he descubierto que en realidad es el hijo de Satán, y que si ellos (y con «ellos» me refiero a las criaturas del inframundo) me encuentran, se verá obligado a matarme.


Otra vez alarma.


—Sí —dije mientras lo pensaba—, eso es en resumen lo que descubrí anoche. ¿Piensas que estoy chiflada?


Euge parpadeó unas cuantas veces, claramente preocupada.


—Porque a estas alturas, la cordura es lo único que me queda. Bueno, eso y el burrito del desayuno.


Parpadeó unas cuantas veces más.


—¡Madre mía! ¿Es esa hora de verdad? —pregunté después de echar un vistazo al reloj.


Mi amiga se limitó a mirarlo; al parecer, se había quedado sin habla. No entendí por qué. Aún tenía su taza de café.


Pero eran casi las nueve. Salté de la cama, ajena a mi falta de ropa pero muy consciente del dolor que parecía fundirme las vértebras de la espalda con las del cuello, y corrí hacia el cuarto de baño para vestirme. El estado desconectaría a Peter a las diez en punto. Si la orden no había tenido éxito...


No podía pensar en eso ahora. El tío Nico tenía a una juez trabajando en ello. Seguro que salía bien.


Después de ponerme un suéter y unos vaqueros oscuros, me recogí el pelo en una coleta y me tomé cuatro pastillas de ibuprofeno a la vez. Luego corrí a la oficina, donde tenía todos los números del caso apuntados en un despliegue de coloridas notas adhesivas. Las recogí todas antes de salir pitando por la puerta.


Me encontré a Euge en las escaleras y le dije adónde me dirigía. Ella farfulló algo acerca de que necesitaba un aumento, pero pasé a su lado a toda prisa y corrí hasta el aparcamiento.


De camino hacia Salta, llamé a Benjamin Amadeo a la prisión, pero no estaba. Intenté hablar con el agente de la clínica de cuidados terminales, pero una azarada recepcionista me dijo que no podía proporcionar información sobre los pacientes por teléfono. Probé con el tío Nico, pero no respondió. Lo intenté con la oficinista del juzgado en el que había rellenado la orden, pero me dijo que la petición había sido remitida al tribunal de Salta.


Empezó a entrarme el pánico. ¿Y si la petición no había sido aceptada? ¿Y si el tribunal de Salta había desestimado la orden?


Faltaban dos minutos para las diez cuando me adentré con el coche en la propiedad de la clínica y me sumergí en el caos de luces parpadeantes y gente ajetreada. Mi corazón latía a mil por hora. Quizá hubiese ocurrido algo en la clínica que le hubiera impedido al estado llevar a cabo sus intenciones. Si ese era el caso, seguro que tenían que posponer la muerte de Peter hasta otro día.


Un instante después vi el monovolumen con el parachoques abollado del tío Nico. ¿Qué demonios estaba haciendo allí? En cuanto aparqué a Misery, mi puerta se abrió.


—Tienes el móvil sin batería otra vez —dijo el tío Nico al tiempo que extendía una mano.
—¿En serio? —Acepté la ayuda que me ofrecía y busqué el móvil en el bolso con la mano libre—. Pero si acabo de llamarte.


Era verdad. El teléfono estaba más muerto que mi abuela. Necesitaba sin falta una batería nueva. A poder ser, una con una carga nuclear que durara doce años sin provocarme un tumor cerebral.


—Intenté llamarte a la oficina antes —dijo Nicky mientras me ayudaba a bajar de Misery. Su voz sonaba rara, distraída.

—Yo te llamé mientras venía hacia aquí. No lo cogiste. ¿Qué pasa?


Sentí un hormigueo en la espalda. Nicky se comportaba de manera extraña. No es que eso fuera raro en él, pero estaba más extraño que de costumbre.


Cerró la puerta del coche y me guió entre la multitud de polis y profesionales sanitarios.


—Tío Nico —le dije a su espalda mientras me esforzaba por seguirle el paso—, ¿le ha ocurrido algo a Peter?
—El requerimiento no salió adelante —dijo por encima del hombro.


Frené en seco. Una combinación entre incredulidad y negación rotunda me robó el aliento mientras repasaba un millón de posibilidades en mi cabeza. Si le habían retirado el soporte vital y había muerto, ¿cruzaría al otro lado? ¿Se quedaría? ¿Podríamos mantener una relación si estaba muerto? A lo mejor se había despertado cuando le quitaron las máquinas. Seguro que estaba bien.


Busqué un final estilo Hollywood para cada hipótesis, deseando algo que tenía toda la pinta de ser imposible.


—Lali... —El tío Nico se detuvo y se volvió hacia mí. Su voz tenía un tono admonitorio que atrajo toda mi atención—. ¿Vas a contarme lo que sabes sobre Lanzani?


Ocurría algo. Sentí el despertar de mi intuición femenina, junto con el de otras partes de mi cuerpo.


—¿A qué te refieres?
—Bueno, me dijiste... —Se inclinó y bajó la voz— que era un ser sobrenatural. Pero creí que te referías a que era como tú. Ya sabes, no sobrenatural del todo.


Lo único que se me ocurrió pensar fue: ¡Ay, Dios mío! ¿Por qué me pregunta eso? Si el tío Nico sospechaba que Peter era un ser «sobrenatural del todo», seguro que estaba bien.


—Bueno... ¿por qué lo preguntas?
—Lali —dijo con voz seria.


Mi corazón se disparó. Nicky me agarró del brazo y empezó a avanzar una vez más entre la multitud.


—¿Qué ha pasado? —le pregunté, y cada una de las sílabas estaba teñida de esperanza.


Peter tenía que estar vivo. Debía de haber ocurrido algún milagro. ¿Por qué sino preguntaría el tío Nico algo así? ¿Por qué sino habría tanta gente allí?


—No lo sé, Lali —respondió con sarcasmo—. Nadie lo sabe, en realidad. Quizá tú puedas explicarme cómo es posible que un hombre desaparezca sin más de la faz de la tierra.
—¿Qué? —Eso llevaba las cosas a un segundo tiempo muerto—. ¿De qué estás hablando?


El tío Nico se detuvo de nuevo y se volvió para mirarme.


—Sabía lo importante que era esto para ti, así que me pasé por aquí para hablar con la juez personalmente. No sirvió de nada. Ella no podía justificar el soporte vital de tu amigo cuando era evidente que su cerebro estaba muerto y al estado le costaba una fortuna mantenerlo con vida.
—¿Fuiste a verla? ¿Por mí?
—Sí, sí —dijo mientras tiraba del cuello de la camisa, incómodo—. Así que supuse que lo menos que podía hacer era estar aquí cuando le quitaran las máquinas. Pero cuando llegué, el lugar era un caos. Se había marchado.
—¿Marchado? —chillé. Me aclaré la garganta—. ¿Adónde se ha ido? —Se inclinó de nuevo hacia delante.
—No es que se haya marchado sin más, Lali—me dijo en un susurro desesperado—. Es que ha desaparecido.
—No lo entiendo. ¿Se ha escapado?
—Tendrás que verlo con tus propios ojos.


Apresuró el paso hacia las puertas de entrada y me condujo hasta una pequeña sala de seguridad.


—Enséñaselo —le dijo al agente de seguridad, que lo obedeció de inmediato.
—¿De qué va esto? —pregunté cuando el tipo empezó a teclear órdenes en su ordenador.
—Mira y calla.


El monitor mostraba la grabación de una cámara de seguridad. Reconocí la zona.


—¿Es el pasillo de la habitación de Peter?
—Mira y calla —repitió, enigmático y aborrecible.


Y entonces vi un movimiento. Me acerqué más a la pantalla. La puerta de Peter estaba abierta, y la grabación en blanco y negro enfocaba directamente su habitación. Lanzani se movió, levantó el brazo hasta la cabeza y luego se incorporó para mirar a su alrededor. La resolución era tan baja que resultaba difícil distinguir algo con claridad, pero parecía Peter, sin duda alguna. En cuanto se recuperó de la conmoción, se calmó, respiró hondo, se giró hacia la cámara y sonrió. ¡Sonrió! Esbozó aquella típica sonrisa torcida y perversa que siempre me derretía por dentro.


Un fallo imprevisto de la grabación hizo que la imagen se congelara; la pantalla se volvió negra durante una fracción de segundo y cuando regresó la imagen, él se había desvanecido. En un abrir y cerrar de ojos. En un momento estaba allí y al siguiente su cama aparecía arrugada y vacía.


—¿Dónde se habrá metido? —le pregunté al guarda de seguridad, que se encogió de hombros.
—Esperaba que tú nos lo dijeras —respondió el tío Nico.


Peter era sin duda de otro mundo, pero era imposible desmaterializar un cuerpo humano, y punto. Al menos que yo supiera. Por supuesto, pocas horas atrás tampoco sabía que Satán tenía un hijo.


—Tío Nico —le dije en un intento por esquivar la verdad—, en realidad no te lo he contado todo.
—¿No me digas? —El tío Nico le hizo un gesto al guarda para que se marchara.
—Es solo que... —añadí en cuanto salió por la puerta—. Bueno... en realidad, nunca te lo he contado todo.
 —¿Qué quieres decir? —preguntó, más perplejo aun que antes.
—Soy diferente, eso ya lo sabes. Pero no te he contado hasta qué punto soy diferente.
—Vale —dijo con recelo—, ¿hasta qué punto eres diferente?


Contarle al tío Nico que yo era un ángel de la muerte o que Peter era el hijo de Satanás no mejoraría en nada la situación. Hay cosas que es mejor no decir.


—Digamos que soy más diferente de lo que crees y sí, una parte de Peter es súper-sobrenatural.
—¿Qué parte?
—Mmmm. ¿La parte súper-sobrenatural?
—Quiero algo más que eso, Lali —me advirtió al tiempo que daba un paso adelante—. Tienes que explicarme esto.


 Me senté en el borde de la silla del guardia de seguridad, con la espalda rígida y la mandíbula apretada. En mi mente aparecía sin cesar una palabra: mierda. ¿Cómo demonios podía explicarle la desmaterialización de un cuerpo humano? Si eso era en realidad lo que había ocurrido, claro está.


Justo entonces apareció Benjamin Amadeo. Me miró de inmediato y luego se giró hacia el tío Nico con expresión culpable, como si compartiéramos un secreto. Algo que, en cierto sentido, era cierto; solo que él no estaba al tanto de todos los detalles.


—Señor Amadeo—dijo el tío Nico antes de ofrecerle la mano.
—Detective —replicó Benja mientras se la estrechaba—. ¿Alguna novedad? —El tío Nico volvió a mirarme.
—Nada importante.


Tanto Nicky como Benja sabían lo suficiente para resultar peligrosos. Y ninguno conocía la historia completa. Me pregunté durante cuánto tiempo podría mantener a raya sus preguntas. La semana anterior ya había revelado más sobre mí misma que en toda mi vida. Si bien eso me había quitado un peso de encima, también era arriesgado invitar a tanta gente a mi mundo. Ya lo había hecho antes. Y lo había pagado muy caro.


—¿Quién es esa tal Holandesa? —preguntó el tío Nico mientras señalaba el monitor con un gesto de la mano.


Me quedé sin aliento.


Aunque yo no había tocado nada, la pantalla estaba negra. En el centro había una única palabra seguida de un cursor parpadeante, y el alivio que sentí al verla fue tan abrumador, que pensé que me caería de la silla. Peter. Juan Pedro Lanzani estaba vivo. Contemplé durante un buen rato el apodo que me había puesto el día que nací; me pregunté si podría venir a verme, si podríamos estar juntos.


 Luego sentí un roce en los labios y supe que mi vida nunca volvería a ser la misma.

Fin??? 

No hay comentarios:

Publicar un comentario