- Tengo la túnica en la tintorería.
El comentario le hizo soltar una risilla avergonzada.
- Y la guadaña?
Le dirigí una sonrisa maligna y encendí la calefacción.
- Hablando de crímenes...
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- Hablando de crímenes...- dije para cambiar de tema-. Viste al que te disparó?
- Ni un solo pelo de la cabeza.
- Así que la respuesta es no.
El tipo se subió las gafas con el dedo índice.
- No. No vi a nadie.
- Mierda. Eso no ayuda.- Giré a la izquierda hacia Central-. Sabes donde estás? Dónde está tu cuerpo? Nos dirigimos al centro de la ciudad. El cadáver que hay allí podría ser el tuyo.
- No. Acababa de llegar a la puerta en casa. Mi esposa y yo vivimos en Heigths.
- Estás casado, entonces?
- Desde hace cinco años- dijo con tono teñido de tristeza-. Tengo dos hijos. Dos niñas. De 4 y 18 meses.
Detestaba sobre todo esa parte. Arte de la gente que quedaba atrás.
- Lo siento mucho.
Sussman me miró con la típica expresión de puedes-ver-muertos-así-que-debes-de-tener-todas-las-respuestas, la misma con la que tantos otros me habían mirado antes que él. Estaba a punto de quedar muy decepcionado.
- Va a ser muy duro para ellas, verdad?- inquirió.
Me sorprendió mucho la dirección habían tomado suspensamientos.
- Sí, lo será- respondí con sinceridad-. Tu esposa gritará, llorará y se sumirá en una depresión de mil demonios. Luego descubrirá que posee una fuerza que jamás supo que tenía.- Lo miré a los ojos-. Y vivirá. Por las niñas, vivirá.
Eso parecía satisfacerlo por el momento. Asintió con la cabeza y miró por la ventana. El resto del viaje hacia el centro transcurrió en silencio, lo que me dio un tiempo que no deseaba para pensar en el amante de mis sueños.
Si no me equivocaba, se llamaba Peter. No tenía ni la menor idea de si Peter era su nombre su apodo; tampoco sabía de dónde era, dónde se encontraba en aquellos momentos ni nada en concreto, la verdad. Lo único que sabía era que se llama Peter y era muy guapo. Por desgracia, también era peligroso. Sólo lo había visto una vez hacía años, cuando ambos éramos adolescentes. Nuestro único encuentro había estado lleno de amenazas y de tensión. Sus labios habían estado tan cerca de los míos de casi pude saborearlos. No había vuelto a verlo desde entonces.
- Es ahí- dijo Sussman, dándome de mis cavilaciones.
Señaló la escena del crimen a varias manzanas de distancia. Las luces rojas y azules parpadeaban sobre los edificios y atravesaban la negrura de la madrugada. Cuando nos acercamos con el coche, vimos que los brillantes focos que habían colocado los investigadores iluminaban la mitad de la calle. Parecía que el sol hubiera salido únicamente en esa zona. Vi el monovolumen del tío Nico y aparqué en la zona de estacionamiento de un hotel que había cerca. Antes de salir del coche, me volví hacia Sussman.
- Oye, no verías a nadie en mi apartamento, verdad?
- Te refieres a alguien más aparte del señor Wong?
- Sí. No viste a ningún... tío?
- No. Había alguien más allí?
- Da igual. Olvídalo.
Aún tenía que averiguar cómo se les había apañado Peter para hacer el truquito de la ducha. A menos que hubiera adquirido de repente la extraña habilidad de quedarme dormida de pie, estaba claro que podía hacer algo más que colarse en mis sueños.
Cuando bajamos del coche (aunque Sussman más bien se cayó de él), busqué al tío Nico. Se encontraba a unos 40 metros de distancia. Uno de los focos proyectaba un resplandor espectral a su alrededor mientras me observaba. Me dio la sensación de que me estaba echando un mal de ojo. Ni siquiera era italiano. No tenía claro que aquella mirada fuese legal.
El tío Nico, o Nikky, como a mí me gustaba llamarle (aunque casi nunca la cara), es hermano de mi padre, y uno de los detectives del Departamento de Policía de Buenos Aires. Supongo que la suya era una sentencia de por vida, a diferencia de la mi padre, quien dejó la policía hace años y compró un bar en Central.
Mi edificio de apartamentos está situado justo detrás delbar. De vez en cuando consigo un dinerillo extra ateniendo la barra en su lugar, lo que eleva mi número de trabajos a 3'7. Soy detective privado cuando tengo clientes, camarera cuando mi padre me necesita y, técnicamente, también estoy en la nómina del Departamento de Policía. Sobre el papel, soy una asesora, quizá porque suena más importante; pero en la vida real, soy el secreto del éxito del tío Nico, del mismo modo que fui el de mi padre cuando todavía era poli. Mi don los hizo ascender, un puesto tras otro, hasta que ambos llegaron a detectives. Es verdaderamente increíble lo fácil que resulta resolver crímenes cuando puedes preguntarle a las víctimas quién lo hizo.
El 0'7 restante viene de mi ilustre carrera como ángel de la muerte. Si bien es una actividad que consume una considerable cantidad de mi tiempo, jamás saco provecho económico de esa parte de mi vida, así que aún no sé si debería considerarse un trabajo o no.
Pasamos bajo la cinta policial a las cinco y media en punto. El tío Nico estaba lívido, pero, cosa extraña, no tenía síntomas de infarto.
- Son casi las seis- dijo mientras le daba unos golpecitos con el dedo al reloj es muñeca. Cómo no.
Llevaba puesto el mismo traje marrón que el día anterior, pero se había afeitado, se había arreglado el bigote y olía unas de esas colonias ni caras ni baratas. Me sujetó la barbilla con dos dedos y me obligó a ladear la cara para poder ver bien los moratones.
- Son las cinco y media pasadas- aseguré.
- Te llamé hace casi una hora. Y tienes que aprender a agacharte.
- Me llamaste a las cuatro y treinta y cuatro- le dije antes de apartarle los dedos de un manotazo.
El tío Nico dejó escapar un largo suspiro y tiró de la banda de goma de que le rodeaba la muñeca para darse un latigazo. Según me había dicho, esa clase de autocastigo formaba parte del programa de control de la furia, pero a mí no me entraba en la cabeza cómo era posible que el dolor ayudara a controlar la furia. Aun así, siempre estaba dispuesta a apoyar la causa de un pariente arisco. Me incliné hacia él.
- No me importaría darte una descarga con la pistola eléctrica, si crees que puede servirte de algo.
Volvió a fulminarme con la mirada, pero esa vez con una sonrisa, lo cual me hizo feliz.
Al parecer, el supervisor de Departamento Forense ua había hecho su parte, así que podíamos adentrarnos en el escenario del crimen. Pasé por alto la plètora de miradas de soslayo que me dirigieron mientras lo hacíamos. Los demás agentes nunca han comprendido cómo hago lo que hago, cómo resuelvo los casos tan rápido, de modo que siempre me observan con abierta suspicacia. Supongo que no puedo culparlos por eso. Espera un momento. Sí, si que puedo hacerlo.
Justo entonces me di cuenta de Benjamin Amadeo, tbién conocido como «el busca personas insoportable», estaba de pie junto al cadáver. Puse los ojos en blanco, tanto que casi alcancé a verme el cerebro. No se trataba de que Benjamin no fuera bueno en su trabajo. Había estudiado con el legendario Frank M. Ahearn, quizá el más famoso rastreador de personas desaparecidas del mundo. Según los rumores, gracias a la instrucción del señor Ahearn, Benjamin habría podido encontrar a James Hoffa si se lo hubiera propuesto.
También era un hombre agradable a la vista. Tenía el pelo rubio y corto, espaldas anchas, una piel bronceada y unos ojos azules claros capaces de atrapar el alma de qualquier chica que se atreviera a contemplarlos durante demasiado tiempo.
Gracias a Dios, mi capacidad de atención era la de un mosquito.
Caminaba con aplomo y tenía una sonrisa fácil que atraía miradas allí por donde pasaba. Así pies, el aspecto no era un tema en el que tuviera que mejorar.
No, Benjamin era insoportable por otras razones. Cuando entré en la zona iluminada, observó los moratones de mi mandibula y esbozó una sonrisa.
- Una cita a ciegas?
Hice ese gesto típico que consiste en rascarse la ceja mientras le muestras el dedo corazón a alguien. Se me daba bien hacer varias cosas a la vez. Benjamin se limitó a sonreir con sorna. Otra vez.
Vale, lo de ser imbécil no era culpa suya. Nos llevábamos maso bien hasta que el tío Nico, sumido en el estupor alcohólico, le contó nuestro pequeño secreto. Como era de esperar, Benjamin no creyó ni una sola palabra.
Quien lo habria creido? Aquello habia ocurrido maso un mes atras y, a partir de entonces, nuestra amistad cayo en picado desde el estatus de superficial al de inexistente. Me ha catalogado como loca de atar. Y al tío Nico tambien, por creer que puedo ver a los difuntos de verdad. Hay gente que no tiene imaginacion.
- ...
Jjajajaja,y se libró d una lacra,k no cree en ella.
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