Lo importante en la vida no es encontrarte a ti mismo.
Lo importante es el chocolate.
(Camiseta)
—Tío Bob —dije—, ¿me darías la oportunidad de explicarme?
Estábamos en el pasillo que había junto a la oficina de la señora Tarpley, hasta donde el tío Bob me había arrastrado del brazo.
—¿Peter Lanzani? —preguntó con los dientes apretados—. ¿Sabes quién es PeterLanzani?
—¿Y tú? —contraataqué, intentando mitigar la preocupación de mi voz.
—Yo sí.
—¿Sois íntimos o qué? —pregunté, esperanzada. Me miró con el ceño fruncido.
—No suelo entablar amistad con asesinos.
Menudo esnob.
—Solo necesito conseguir cierta
información sobre él.
—Golpeó a su padre con un bate de
béisbol hasta matarlo, lo metió en el maletero de su Chevy y luego le prendió
fuego al coche. ¿Qué más hay que saber sobre una persona, Lali?
Dejé escapar un suspiro mientras
buscaba un buen argumento. ¿Dónde narices estaban mis abogados cuando los
necesitaba? A nadie se le daban mejor las discusiones que a los abogados. Como
no se me ocurrió nada, decidí darle un poco más de información a Ubie. Los
momentos desesperados precisan medidas desesperadas.
—Él no lo hizo —dije en un
susurro.
—No estabas allí. No viste...
—No le habría hecho falta. —Me
incliné hacia delante para añadir—: Es... diferente.
—La mayoría de los asesinos lo
son. —Ubie no pensaba ceder sin una prueba contundente.
Tomé una profunda, profundísima,
bocanada de aire.
—Fue él. Hoy. ¿Recuerdas lo de
médula espinal seccionada? Pues lo hizo él.
—¿Qué?
El tío Nico no quería oírme, no
quería escuchar, pero no pudo evitarlo. La curiosidad siempre había sido su
punto débil. Y yo conocía un método infalible para conseguir toda su atención.
—Tienes que prometerme que no se
lo contarás a papá —le dije mientras me aferraba a su chaqueta.
De pronto, Ubie empezó a salivar
ante la posibilidad de saber más. Le expliqué lo más brevemente que pude que
Peter era algo más que humano; le conté el aspecto que tenía y cómo se movía, y
también le dije que había aparecido en la sala de partos el día que nací. Fue
entonces cuando tuve la certeza de que mi tío había entrado en una especie de
trance extraño causado por la tensión nerviosa.
No mencioné los otros dos casos
de sección medular y, bueno, tampoco le hablé nuestros devaneos nocturnos. No
le hacía falta saber lo intensos que eran mis sentimientos por Peter.
—¿Qué es ese tipo? —preguntó al
final.
Hice un gesto negativo con la
cabeza antes de responder.
—Ojalá lo supiera. Pero morirá
dentro de dos días si no lo impedimos. Y la única forma de evitarlo es
encontrar a su hermana.
—Pero si es un... ser tan
poderoso...
—Morirá su forma humana —me
corregí—. Y no sé qué le ocurrirá si su cuerpo muere.
Pero sí sabía lo que me ocurriría
a mí. No quería vivir sin él. Ni siquiera sabía si podría hacerlo. Ya no.
Quince minutos después teníamos
la agenda escolar de Peter y una lista de alumnos de cada curso.
—¿Usted lo recuerda? —le pregunté
a la señora Tarpley. La mujer apartó la mirada del tío Bob para observarme.
—Solo llevo aquí diez años —dijo.
—¿Y no aparecen otros Lanzani en
el registro?
—No, lo siento. Quizá su hermana
no estuviera en el instituto todavía.
—Podría ser. Además, él solo
estuvo aquí tres meses. —Volví a echar un vistazo al expediente de Peter—. Pero
el caso es que aquí dice que se graduó en Rockland.
—En este centro no —aseguró la
señora Tarpley—. Espere. —Apretó las teclas del ordenador con las uñas—.
Tenemos un registro en el que dice que recibió el diploma, pero eso es imposible.
Me incliné hacia el tío Nico.
—No para un hacker experto.
Empezaba a entender para qué le
habían servido a Peter su inteligencia y sus conocimientos informáticos.
—Le agradezco mucho todo esto,
señora Tarpley —dijo Ubie al tiempo que le tomaba la mano.
La mujer le hizo ojitos. El tío
Bob le hizo ojitos. Todo fue muy romántico, pero yo tenía una persona desaparecida
a la que encontrar. Le di un codazo a mi tío.
—¿Nos ponemos en marcha ya?
Tras una suave protesta, se
volvió hacia la auxiliar para despedirse. Justo cuando llegábamos a la puerta,
me detuve en seco.
—¡Ah! —exclamé al tiempo que le
entregaba una nota—. Encontré esto en aquel rincón de allí. Me pareció...
importante.
—Gracias —dijo mientras la abría.
Cuando pasamos junto a la fachada
principal del edificio, miré por la ventana. La mujer aferraba la nota contra
su pecho y lloraba. Debía de ser por lo de la hoja de nenúfar.
Nos pasamos por mi oficina para entregarle a
Euge los listados de alumnos. Ella haría una comparación entre los alumnos que
habían compartido asignaturas con Peter e intentaría contactar con alguno de
ellos para tratar de localizar a su misteriosa hermana.
Puesto que ya podía entrar de
nuevo en mi oficina, saqué mi Glock de la caja de seguridad, la metí en la
cartuchera y me la colgué al hombro. Con la chaqueta de cuero apenas se notaba.
A decir verdad, nunca había tenido que utilizarla, pero quería sentirla contra
mi cuerpo, saber que estaba allí, aunque solo fuera durante un ratito.
Durante el viaje de vuelta a la
comisaría, dos de mis abogados aparecieron en el monovolumen del tío Nico. Poco
antes había conducido yo, pero tras un pequeño despiste, el tío Nico insistió
en ponerse al volante.
La rubia con labios de rubí,
Elizabeth Ellery, estaba sentada justo detrás de él.
—Hola, Mariana.
—Hola. —Me volví hacia ellos—.
¿Qué tal os va? —Jason Barber enarcó ambas cejas y volvió a bajarlas.
—Mi madre está enfadada.
—¿Y te sorprende? —pregunté.
El tío Nico comenzó a removerse
con incomodidad en su asiento. En realidad nunca había llegado a acostumbrarse
a tenerlos cerca. Era una situación en la que tenía control cero. Y ni siquiera
le gustaban las bebidas con cero calorías.
—Bueno, sí, más o menos.
—¿Tu tío se encuentra bien?
—quiso saber Elizabeth, cuyos ojos azules parecían llenos de preocupación.
—Está enfadado conmigo —respondí
con una sonrisa inquieta.
—¿Estáis hablando de mí?
—Elizabeth y Barber están aquí
con nosotros. Ella me ha preguntado si te encontrabas bien.
Sus nudillos se pusieron blancos
cuando apretó el volante con algo más de fuerza de la necesaria.
—No volverás a conducir este
coche nunca. —Puse los ojos en blanco.
—Por favor. Aquella señal era
totalmente superflua. En serio, tío Nico, ¿cuántas veces hace falta que
nos recuerden el límite de velocidad? Nadie la echará de menos.
Respiró hondo para tranquilizarse.
—Me estoy haciendo viejo para
toda esta mierda.
—Ah, sí. Impotencia, decrepitud.
Aun así, siempre tendrás los Werther’s Originals. —Observé cómo el rostro del
tío Nico pasaba de la palidez a una blancura extrema y luego a un rubor rosado.
Me resultó imposible no reírme. Para mis adentros, claro, porque estaba muy
enfadado conmigo—. ¿Dónde está Sussman? —les pregunté a los abogados.
Elizabeth bajó la vista.
—Sigue con su esposa. La mujer lo
está pasando muy mal.
—Lo siento. —No solo odiaba la
parte de la gente que quedaba atrás, también odiaba hablar sobre la parte de la
gente que quedaba atrás. Por desgracia, muchas veces no tenía más remedio que
hacerlo—. ¿Cómo está tu familia?
—Mi hermana lo lleva bastante
bien. Creo que está tomando fármacos. Mis padres... no tanto.
—¿Tu hermana no ha hablado con
ellos? —Elizabeth negó con la cabeza.
—No quiero ni imaginarme lo duro que
debe de ser todo esto para ellos.
—Necesitan pasar página, Mariana.
—Estoy de acuerdo.
—Debemos encontrar al que hizo
esto. Creo que eso ayudaría mucho.
Tenía razón. Saber los cómos y
los porqués de un crimen a menudo ayudaba a las víctimas a superar lo ocurrido.
Y encerrar al responsable entre rejas era la guinda del pastel. Quizá la
justicia fuese ciega, pero como tratamiento paliativo no tenía precio.
Volví a mirar a Barber.
—Oye, cogí siete llaves de
memoria de tu oficina, pero todas eran tuyas. ¿Recuerdas qué hiciste con
la que te entregó Carlos Rivera?
Se dio unas palmaditas en la
chaqueta.
—Mierda, ¿qué hice con esa cosa?
—¿Es posible que se la llevaran?
¿Es posible que supieran que él te la había entregado?
—Supongo que es posible, sí. —Se
pellizcó el puente de la nariz—. Lo siento. No logro recordarlo.
Era algo que sucedía a menudo.
Sobre todo cuando el sujeto había recibido dos balas en la cabeza. Puesto que
no podíamos contar con la llave de memoria, tendríamos que confiar en nuestras
peculiares habilidades.
—Vale, nuestro antiguo sospechoso
y actual informante, Julio Ontiveros, declaró que le había entregado a un amigo
una caja de munición después de vender su nueve milímetros. Esa es la razón por
la que encontramos sus huellas en los casquillos de la escena del crimen.
—¿Quién era el amigo?
—Chaco Lin. ¿Y adivináis para
quién trabaja Chaco Lin?
—¿Para Satán? —preguntó
Elizabeth.
—Casi. Para Benny Price.
Elizabeth y Barber intercambiaron
una mirada.
—En condiciones normales no
podríamos hablar de esto —dijo Barber—, pero puesto que en realidad no estamos
aquí, creo que las leyes ya no son aplicables. Benny Price ha sido acusado de
traficar con seres humanos.
—Háblales de la investigación
sobre el tráfico de personas —dijo el tío Nico.
—Por lo visto ya lo saben. —Volví
a mirar a Barber—. Y tenemos a un adolescente asesinado y a otro desaparecido.
¿Conseguiste alguna información sobre el sobrino desaparecido de Mark Weir? —Se
suponía que él debía vigilar a la hermana de Weir, averiguar si mantenía algún
tipo de contacto con su hijo.
—No exactamente, pero debo
admitir que da la impresión de que la madre del chico trama algo.
—¿Que trama algo? —Sentí un
súbito hormigueo en las tripas—. ¿Podrías ser un poco más específico?
El tío Nico también se puso en
alerta.
—Hace unos días recibió una
llamada de un tal padre Federico. Se puso de los nervios. Respiré hondo ante la mención del dueño del
almacén.
—¿Qué pasa? —preguntó el tío Nico.
Barber continuó.
—Por lo que pude deducir gracias
a esa conversación telefónica unilateral, se suponía que ella debía reunirse
con él, pero el cura nunca apareció.
Ubie me miró con desesperación.
—Jane Weir debía reunirse con el
padre Federico, pero él no apareció —le expliqué. Llegamos a la comisaría.
—Parece que nadie lo ha visto
desde hace días.
—¿Crees que podría haberle
ocurrido algo malo?
—Es posible. ¿Ha aparecido... ya
sabes... en versión transparente?
—No. Pero eso no significa
necesariamente que...
—Cierto —dijo.
Sacó el teléfono móvil y pulsó
una de las teclas de marcación rápida para llamar a uno de sus detectives. Se
pasaba más tiempo al teléfono que la mayoría de los adolescentes.
Me volví de nuevo hacia los
abogados.
—¿Vosotros sabéis cuánto cuesta
un parachoques para un Dodge Durango? Barber hizo un gesto negativo con la
cabeza. Elizabeth se rió por lo bajo.
Cuando entramos en la comisaría
para revisar la operación «Postrar de Rodillas a Benny Price», vimos a Benjamin
en el pasillo, ojeando sus planes para aquel día.
—¿Sabes lo que resulta más
inquietante? —preguntó cuando pasamos a su lado, justo antes de cerrar la
libreta.
—¿Tu adicción al porno de enanos?
—Nadie ha visto al padre Federico
desde hace días —dijo sin inmutarse.
Por lo visto, había sido una
cuestión retórica. Ojalá lo hubiera dejado claro antes de hacerme desperdiciar
una de mis mejores réplicas ingeniosas. Detestaba equivocarme.
—Se suponía que la hermana de
Mark Weir debía reunirse con él hace unos días, pero el tipo no apareció
—señaló el tío Nico.
Las cosas comenzaban a encajar.
Si Benny Price traficaba con niños fuera del país, quizá tuviese en su poder al
sobrino de Mark Weir, Teddy. Y tal vez también hubiese atrapado a James Barrilla,
el chico que apareció muerto en el jardín de Weir. Quizá James acabara muerto
al intentar escapar. Pero, por el antiguo planeta Plutón, ¿por qué habían
dejado su cadáver en el jardín de Weir? ¿Para encasquetarle el crimen? ¿Acaso
Weir suponía algún tipo de amenaza para ellos? Necesitaba cafeína.
Dejé al grupo de mentes pensantes
y me dirigí a la cafetera. Las mentes me siguieron, se sirvieron su propio café
y luego me precedieron hasta una pequeña sala de conferencias.
—¿Por qué no puedo olerlo? —preguntó
Barber.
—¿Cómo dices? —Dejé el café en la
mesa y aparté sillas para ellos.
—El café. Ni siquiera puedo
olerlo.
—Yo intenté oler el cabello de mi
sobrina —dijo Elizabeth con voz triste.
—No estoy segura del todo —dije—.
¿Hay algo que sí podáis oler?
—Sí. —Elizabeth olfateó el aire—.
Pero no las cosas que tengo justo delante.
—Percibís las esencias del plano
en el que os encontráis, que, técnicamente, no es este.
—¿En serio? —dijo Barber—. Porque
juraría que hace un rato me ha olido a barbacoa. ¿Hacen barbacoas en el Más
Allá?
Solté una carcajada y me senté al
lado del tío Nico.
Después de discutir veinte
minutos sobre cómo acabar con Benny Price, se me ocurrió un plan. Benny era
dueño de una serie de locales de striptease llamados Patty Cakes Clubs. Solo el
nombre ya daba repelús. Y de acuerdo con el informe del grupo de operaciones
especiales que lo investigaba, a Benny le gustaban las strippers, aunque no tanto
como se gustaba él mismo.
—Tengo un plan —dije, pensando en
voz alta.
—Ya tenemos a una unidad
operativa investigándolo —señaló el tío Ubie—. Lo mejor sería coordinar
esfuerzos, aprovechar lo que descubran en su investigación.
—Están tardando una eternidad. Y
mientras tanto, Mark Weir sigue en la cárcel, Teddy Weir sigue desaparecido y
las familias afectadas siguen sin respuestas.
—¿Qué quieres que haga, Lali?
—Prepara una operación encubierta
—contesté.
—¿Una operación encubierta?
—inquirió Benjamin con un gesto de incredulidad.
—Si me dais una oportunidad,
conseguiré pruebas contra ese tipo antes de que el sol se ponga esta noche.
Benjamin estuvo a punto de saltar
de la silla, pero el tío Nico se inclinó hacia mí con un brillo de interés en
los ojos.
—¿Qué tienes en mente?
—No puedes tomarla en serio,
detective —dijo Benja a modo de reprimenda.
Ubie sacudió un poco la cabeza,
como si saliera de una especie de trance.
—No, claro. Solo era una idea.
—Pero tío Nico... —gimoteé, como
una niña que acabara de descubrir que no podía pedir un poni como regalo de cumpleaños.
O un Porsche.
—No, Benja tiene razón. Además,
tu padre contrataría a alguien para asesinarme, seguro.
—Bufff —bufé mientras lo miraba
de arriba abajo con expresión decepcionada—. ¿La gallinita tiene miedo?
Aquello le escoció. No le bufaban
a menudo.
—Hoy han estado a punto de matarte,
Lali.—Los ojos plateados de Garrett echaban chispas. Siempre estaba de mal
humor—. Y ayer. Ah, y también anteayer. ¿No deberías tomarte un respiro?
—Lo que debería hacer es mandarte
a la mierda. —Me volví hacia el tío Nico—. Puedo conseguirlo, y lo sabes. Juego
con cierta ventaja con respecto a todos los demás.
—¿Quieres decir que eres algo
mejor que los psicópatas? —preguntó Benja—. Lo dudo mucho.
Vaya, se estaba poniendo
mezquino.
—¿Qué quieres hacer? —preguntó
Ubie sin poder evitarlo.
Mi sonrisa adquirió un tinte de
superioridad. ¿Acaso Benja nunca aprendería?
—Dijiste que no habíais podido
poner escuchas en su oficina, ¿verdad? —quise saber.
—Cierto. No había pruebas
suficientes.
—No puedo creer que la escuches
—dijo Benjamin.
—Nosotros también te escuchamos
—aseguró Barber. Elizabeth asintió para mostrar su acuerdo
—Gracias, chicos. —Fulminé con la
mirada al traidor antes de volver a dirigirme a Ubie—. También sabemos que
Price graba en vídeo todas las entrevistas con las chicas nuevas.
—Sí. —El tío Nico frunció el ceño
en un gesto pensativo.
—Y que realiza todas esas
entrevistas en su oficina, en un sofá que utiliza solo en esas ocasiones.
—Cierto.
Mientras le explicaba mi plan al
tío Nico, Benjamin hervía de furia en su silla. Parecía estar a punto de sufrir
un infarto.
—Es un plan bastante bueno —dijo
el tío Nico cuando terminé de hablar—, pero ¿no podrías aparecer allí y
susurrarle algo al oído, como hiciste con Julio Ontiveros? Eres como el
encantador de perros, solo que con los tipos malos.
—Aquello funcionó por una razón,
y solo por esa razón.
—¿Y qué razón era esa?
—Que Julio no era el malo.
—Ah. Es verdad.
—Mis poderes de persuasión solo
funcionan cuando tengo algo bueno con lo que respaldarlos.
—Bueno, a mí me gusta el plan
—dijo Elizabeth—. Y ver al señor Amadeo echando humo por las orejas
resulta muy entretenido.
Barber y yo asentimos con una
risilla disimulada.
—Me alegra que puedas reírte de
todo esto, Lali —comentó Benjamin con expresión airada—. No tienes ni idea de
la clase de hombre que es Price.
—¿Y tú sí?
—Yo sé qué clase de hombre hay
que ser para involucrarse en algo tan horrible como el tráfico de seres
humanos.
—Lo he pillado, Amadeo. No es la
clase de hombre al que una lleva a su casa para presentárselo a su madrastra.
—Lo pensé mejor—. Espera un momento, puede que a mi madrastra le gustara
conocerlo. ¿Crees que sus barcos llegan a Estambul?
—Lali... —dijo el tío Nico con
tono de advertencia.
Conocía muy bien los cimientos de
la escabrosa relación que mantenía con mi madrastra. Una vez incluso llegó a
decirme que nunca había entendido por qué mi padre no había hecho nada al
respecto. Algo que a mí también me sorprendía.
—Solo era una idea —dije, a la
defensiva.
Mientras el tío Nico comenzaba
las negociaciones con el grupo de operaciones especiales que investigaba el
caso de Benny Price, decidí buscar a Sussman, que llevaba desaparecido bastante
tiempo.
Fiel a su estilo, Benja salió
como una exhalación mientras consultaba mi móvil al lado de la sala de
conferencias. Podía correr todo lo que quisiera. Él tenía su furgoneta y yo no
había podido coger mi coche, así que tendría que llevarme. Cuanto antes se
sentara al volante, más tendría que esperar. Algo que me beneficiaba en más de
un sentido.
Tenía dos mensajes de texto. Los
dos eran de Eugenia y los dos decían: «Llámame en cuanto leas esto». Debía de
tener algo importante.
—He dado con una de las mujeres
que iban con Peter al instituto —dijo Euge nada más coger el teléfono—. Tanto
ella como una amiga suya recuerdan a nuestro chico a la perfección.
—Buen trabajo. —Adoraba a aquella
mujer.
—Podrían reunirse contigo en
Dave’s, si quieres.
—Quiero. ¿A qué hora?
—A la hora que te venga bien.
Tengo que llamarlas de nuevo para decírselo.
—Peeerrrrrrfecto —ronroneé en una
de mis mejores imitaciones de Catwoman—. Tengo que ir a buscar a Sussman.
Está desaparecido en combate. ¿Qué te parece dentro de una hora?
—Las llamaré. Por cierto, ¿cómo
estás? No hemos podido hablar desde tu última experiencia cercana a la muerte.
—Estoy viva —dije—. Supongo que
no puedo pedir mucho más.
—Sí, Lali, sí que puedes.
Lo pensé durante un buen rato.
—¿Entonces puedo pedir un millón
de dólares? —pregunté al final.
—Por pedirlo... —contestó antes
de colgar con un resoplido.
Me conocía lo bastante bien como
para saber que no tenía ganas de hablar de mi último drama en aquellos
momentos. Ya me desahogaría después. Y ella se llevaría la peor parte. Pobre
mujer.
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Espero poder subirles mañana la otra nove.
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