miércoles, 4 de marzo de 2015

Capitulo 32


Lo importante en la vida no es encontrarte a ti mismo.
Lo importante es el chocolate.
(Camiseta)

—Tío Bob —dije—, ¿me darías la oportunidad de explicarme?

Estábamos en el pasillo que había junto a la oficina de la señora Tarpley, hasta donde el tío Bob me había arrastrado del brazo.

—¿Peter Lanzani? —preguntó con los dientes apretados—. ¿Sabes quién es PeterLanzani?
—¿Y tú? —contraataqué, intentando mitigar la preocupación de mi voz.
—Yo sí.
—¿Sois íntimos o qué? —pregunté, esperanzada. Me miró con el ceño fruncido.
—No suelo entablar amistad con asesinos.

Menudo esnob.



—Solo necesito conseguir cierta información sobre él.
—Golpeó a su padre con un bate de béisbol hasta matarlo, lo metió en el maletero de su Chevy y luego le prendió fuego al coche. ¿Qué más hay que saber sobre una persona, Lali?

Dejé escapar un suspiro mientras buscaba un buen argumento. ¿Dónde narices estaban mis abogados cuando los necesitaba? A nadie se le daban mejor las discusiones que a los abogados. Como no se me ocurrió nada, decidí darle un poco más de información a Ubie. Los momentos desesperados precisan medidas desesperadas.

—Él no lo hizo —dije en un susurro.
—No estabas allí. No viste...
—No le habría hecho falta. —Me incliné hacia delante para añadir—: Es... diferente.
—La mayoría de los asesinos lo son. —Ubie no pensaba ceder sin una prueba contundente.

Tomé una profunda, profundísima, bocanada de aire.

—Fue él. Hoy. ¿Recuerdas lo de médula espinal seccionada? Pues lo hizo él.
—¿Qué?

El tío Nico no quería oírme, no quería escuchar, pero no pudo evitarlo. La curiosidad siempre había sido su punto débil. Y yo conocía un método infalible para conseguir toda su atención.

—Tienes que prometerme que no se lo contarás a papá —le dije mientras me aferraba a su chaqueta.

De pronto, Ubie empezó a salivar ante la posibilidad de saber más. Le expliqué lo más brevemente que pude que Peter era algo más que humano; le conté el aspecto que tenía y cómo se movía, y también le dije que había aparecido en la sala de partos el día que nací. Fue entonces cuando tuve la certeza de que mi tío había entrado en una especie de trance extraño causado por la tensión nerviosa.

No mencioné los otros dos casos de sección medular y, bueno, tampoco le hablé nuestros devaneos nocturnos. No le hacía falta saber lo intensos que eran mis sentimientos por Peter.

—¿Qué es ese tipo? —preguntó al final.

Hice un gesto negativo con la cabeza antes de responder.

—Ojalá lo supiera. Pero morirá dentro de dos días si no lo impedimos. Y la única forma de evitarlo es encontrar a su hermana.
—Pero si es un... ser tan poderoso...
—Morirá su forma humana —me corregí—. Y no sé qué le ocurrirá si su cuerpo muere.

Pero sí sabía lo que me ocurriría a mí. No quería vivir sin él. Ni siquiera sabía si podría hacerlo. Ya no.

Quince minutos después teníamos la agenda escolar de Peter y una lista de alumnos de cada curso.

—¿Usted lo recuerda? —le pregunté a la señora Tarpley. La mujer apartó la mirada del tío Bob para observarme.
—Solo llevo aquí diez años —dijo.
—¿Y no aparecen otros Lanzani en el registro?
—No, lo siento. Quizá su hermana no estuviera en el instituto todavía.
—Podría ser. Además, él solo estuvo aquí tres meses. —Volví a echar un vistazo al expediente de Peter—. Pero el caso es que aquí dice que se graduó en Rockland.
—En este centro no —aseguró la señora Tarpley—. Espere. —Apretó las teclas del ordenador con las uñas—. Tenemos un registro en el que dice que recibió el diploma, pero eso es imposible.

Me incliné hacia el tío Nico.

—No para un hacker experto.

Empezaba a entender para qué le habían servido a Peter su inteligencia y sus conocimientos informáticos.

—Le agradezco mucho todo esto, señora Tarpley —dijo Ubie al tiempo que le tomaba la mano.

La mujer le hizo ojitos. El tío Bob le hizo ojitos. Todo fue muy romántico, pero yo tenía una persona desaparecida a la que encontrar. Le di un codazo a mi tío.

—¿Nos ponemos en marcha ya?

Tras una suave protesta, se volvió hacia la auxiliar para despedirse. Justo cuando llegábamos a la puerta, me detuve en seco.

—¡Ah! —exclamé al tiempo que le entregaba una nota—. Encontré esto en aquel rincón de allí. Me pareció... importante.
—Gracias —dijo mientras la abría.

Cuando pasamos junto a la fachada principal del edificio, miré por la ventana. La mujer aferraba la nota contra su pecho y lloraba. Debía de ser por lo de la hoja de nenúfar.

 Nos pasamos por mi oficina para entregarle a Euge los listados de alumnos. Ella haría una comparación entre los alumnos que habían compartido asignaturas con Peter e intentaría contactar con alguno de ellos para tratar de localizar a su misteriosa hermana.

Puesto que ya podía entrar de nuevo en mi oficina, saqué mi Glock de la caja de seguridad, la metí en la cartuchera y me la colgué al hombro. Con la chaqueta de cuero apenas se notaba. A decir verdad, nunca había tenido que utilizarla, pero quería sentirla contra mi cuerpo, saber que estaba allí, aunque solo fuera durante un ratito.

Durante el viaje de vuelta a la comisaría, dos de mis abogados aparecieron en el monovolumen del tío Nico. Poco antes había conducido yo, pero tras un pequeño despiste, el tío Nico insistió en ponerse al volante.

La rubia con labios de rubí, Elizabeth Ellery, estaba sentada justo detrás de él.

—Hola, Mariana.
—Hola. —Me volví hacia ellos—. ¿Qué tal os va? —Jason Barber enarcó ambas cejas y volvió a bajarlas.
—Mi madre está enfadada.
—¿Y te sorprende? —pregunté.

El tío Nico comenzó a removerse con incomodidad en su asiento. En realidad nunca había llegado a acostumbrarse a tenerlos cerca. Era una situación en la que tenía control cero. Y ni siquiera le gustaban las bebidas con cero calorías.

—Bueno, sí, más o menos.
—¿Tu tío se encuentra bien? —quiso saber Elizabeth, cuyos ojos azules parecían llenos de preocupación.
—Está enfadado conmigo —respondí con una sonrisa inquieta.
—¿Estáis hablando de mí?
—Elizabeth y Barber están aquí con nosotros. Ella me ha preguntado si te encontrabas bien.

Sus nudillos se pusieron blancos cuando apretó el volante con algo más de fuerza de la necesaria.

—No volverás a conducir este coche nunca. —Puse los ojos en blanco.
—Por favor. Aquella señal era totalmente superflua. En serio, tío Nico, ¿cuántas veces hace falta que nos recuerden el límite de velocidad? Nadie la echará de menos.

Respiró hondo para tranquilizarse.

—Me estoy haciendo viejo para toda esta mierda.
—Ah, sí. Impotencia, decrepitud. Aun así, siempre tendrás los Werther’s Originals. —Observé cómo el rostro del tío Nico pasaba de la palidez a una blancura extrema y luego a un rubor rosado. Me resultó imposible no reírme. Para mis adentros, claro, porque estaba muy enfadado conmigo—. ¿Dónde está Sussman? —les pregunté a los abogados.

Elizabeth bajó la vista.

—Sigue con su esposa. La mujer lo está pasando muy mal.
—Lo siento. —No solo odiaba la parte de la gente que quedaba atrás, también odiaba hablar sobre la parte de la gente que quedaba atrás. Por desgracia, muchas veces no tenía más remedio que hacerlo—. ¿Cómo está tu familia?
—Mi hermana lo lleva bastante bien. Creo que está tomando fármacos. Mis padres... no tanto.
—¿Tu hermana no ha hablado con ellos? —Elizabeth negó con la cabeza.
—No quiero ni imaginarme lo duro que debe de ser todo esto para ellos.
—Necesitan pasar página, Mariana.
—Estoy de acuerdo.
—Debemos encontrar al que hizo esto. Creo que eso ayudaría mucho.

Tenía razón. Saber los cómos y los porqués de un crimen a menudo ayudaba a las víctimas a superar lo ocurrido. Y encerrar al responsable entre rejas era la guinda del pastel. Quizá la justicia fuese ciega, pero como tratamiento paliativo no tenía precio.

Volví a mirar a Barber.

—Oye, cogí siete llaves de memoria de tu oficina, pero todas eran tuyas. ¿Recuerdas qué hiciste con la que te entregó Carlos Rivera?

Se dio unas palmaditas en la chaqueta.

—Mierda, ¿qué hice con esa cosa?
—¿Es posible que se la llevaran? ¿Es posible que supieran que él te la había entregado?
—Supongo que es posible, sí. —Se pellizcó el puente de la nariz—. Lo siento. No logro recordarlo.

Era algo que sucedía a menudo. Sobre todo cuando el sujeto había recibido dos balas en la cabeza. Puesto que no podíamos contar con la llave de memoria, tendríamos que confiar en nuestras peculiares habilidades.

—Vale, nuestro antiguo sospechoso y actual informante, Julio Ontiveros, declaró que le había entregado a un amigo una caja de munición después de vender su nueve milímetros. Esa es la razón por la que encontramos sus huellas en los casquillos de la escena del crimen.
—¿Quién era el amigo?
—Chaco Lin. ¿Y adivináis para quién trabaja Chaco Lin?
—¿Para Satán? —preguntó Elizabeth.
—Casi. Para Benny Price.

Elizabeth y Barber intercambiaron una mirada.

—En condiciones normales no podríamos hablar de esto —dijo Barber—, pero puesto que en realidad no estamos aquí, creo que las leyes ya no son aplicables. Benny Price ha sido acusado de traficar con seres humanos.
—Háblales de la investigación sobre el tráfico de personas —dijo el tío Nico.
—Por lo visto ya lo saben. —Volví a mirar a Barber—. Y tenemos a un adolescente asesinado y a otro desaparecido. ¿Conseguiste alguna información sobre el sobrino desaparecido de Mark Weir? —Se suponía que él debía vigilar a la hermana de Weir, averiguar si mantenía algún tipo de contacto con su hijo.
—No exactamente, pero debo admitir que da la impresión de que la madre del chico trama algo.
—¿Que trama algo? —Sentí un súbito hormigueo en las tripas—. ¿Podrías ser un poco más específico?

El tío Nico también se puso en alerta.

—Hace unos días recibió una llamada de un tal padre Federico. Se puso de los nervios.    Respiré hondo ante la mención del dueño del almacén.
—¿Qué pasa? —preguntó el tío Nico. Barber continuó.
—Por lo que pude deducir gracias a esa conversación telefónica unilateral, se suponía que ella debía reunirse con él, pero el cura nunca apareció.

Ubie me miró con desesperación.

—Jane Weir debía reunirse con el padre Federico, pero él no apareció —le expliqué.    Llegamos a la comisaría.
—Parece que nadie lo ha visto desde hace días.
—¿Crees que podría haberle ocurrido algo malo?
—Es posible. ¿Ha aparecido... ya sabes... en versión transparente?
—No. Pero eso no significa necesariamente que...
—Cierto —dijo.

Sacó el teléfono móvil y pulsó una de las teclas de marcación rápida para llamar a uno de sus detectives. Se pasaba más tiempo al teléfono que la mayoría de los adolescentes.

Me volví de nuevo hacia los abogados.

—¿Vosotros sabéis cuánto cuesta un parachoques para un Dodge Durango? Barber hizo un gesto negativo con la cabeza. Elizabeth se rió por lo bajo.

Cuando entramos en la comisaría para revisar la operación «Postrar de Rodillas a Benny Price», vimos a Benjamin en el pasillo, ojeando sus planes para aquel día.

—¿Sabes lo que resulta más inquietante? —preguntó cuando pasamos a su lado, justo antes de cerrar la libreta.
—¿Tu adicción al porno de enanos?
—Nadie ha visto al padre Federico desde hace días —dijo sin inmutarse.

Por lo visto, había sido una cuestión retórica. Ojalá lo hubiera dejado claro antes de hacerme desperdiciar una de mis mejores réplicas ingeniosas. Detestaba equivocarme.

—Se suponía que la hermana de Mark Weir debía reunirse con él hace unos días, pero el tipo no apareció —señaló el tío Nico.

Las cosas comenzaban a encajar. Si Benny Price traficaba con niños fuera del país, quizá tuviese en su poder al sobrino de Mark Weir, Teddy. Y tal vez también hubiese atrapado a James Barrilla, el chico que apareció muerto en el jardín de Weir. Quizá James acabara muerto al intentar escapar. Pero, por el antiguo planeta Plutón, ¿por qué habían dejado su cadáver en el jardín de Weir? ¿Para encasquetarle el crimen? ¿Acaso Weir suponía algún tipo de amenaza para ellos? Necesitaba cafeína.

Dejé al grupo de mentes pensantes y me dirigí a la cafetera. Las mentes me siguieron, se sirvieron su propio café y luego me precedieron hasta una pequeña sala de conferencias.

—¿Por qué no puedo olerlo? —preguntó Barber.
—¿Cómo dices? —Dejé el café en la mesa y aparté sillas para ellos.
—El café. Ni siquiera puedo olerlo.
—Yo intenté oler el cabello de mi sobrina —dijo Elizabeth con voz triste.
—No estoy segura del todo —dije—. ¿Hay algo que sí podáis oler?
—Sí. —Elizabeth olfateó el aire—. Pero no las cosas que tengo justo delante.
—Percibís las esencias del plano en el que os encontráis, que, técnicamente, no es este.
—¿En serio? —dijo Barber—. Porque juraría que hace un rato me ha olido a barbacoa. ¿Hacen barbacoas en el Más Allá?

Solté una carcajada y me senté al lado del tío Nico.

Después de discutir veinte minutos sobre cómo acabar con Benny Price, se me ocurrió un plan. Benny era dueño de una serie de locales de striptease llamados Patty Cakes Clubs. Solo el nombre ya daba repelús. Y de acuerdo con el informe del grupo de operaciones especiales que lo investigaba, a Benny le gustaban las strippers, aunque no tanto como se gustaba él mismo.

—Tengo un plan —dije, pensando en voz alta.
—Ya tenemos a una unidad operativa investigándolo —señaló el tío Ubie—. Lo mejor sería coordinar esfuerzos, aprovechar lo que descubran en su investigación.
—Están tardando una eternidad. Y mientras tanto, Mark Weir sigue en la cárcel, Teddy Weir sigue desaparecido y las familias afectadas siguen sin respuestas.
—¿Qué quieres que haga, Lali?
—Prepara una operación encubierta —contesté.
—¿Una operación encubierta? —inquirió Benjamin con un gesto de incredulidad.
—Si me dais una oportunidad, conseguiré pruebas contra ese tipo antes de que el sol se ponga esta noche.

Benjamin estuvo a punto de saltar de la silla, pero el tío Nico se inclinó hacia mí con un brillo de interés en los ojos.

—¿Qué tienes en mente?
—No puedes tomarla en serio, detective —dijo Benja a modo de reprimenda.

Ubie sacudió un poco la cabeza, como si saliera de una especie de trance.

—No, claro. Solo era una idea.
—Pero tío Nico... —gimoteé, como una niña que acabara de descubrir que no podía pedir un poni como regalo de cumpleaños. O un Porsche.
—No, Benja tiene razón. Además, tu padre contrataría a alguien para asesinarme, seguro.
—Bufff —bufé mientras lo miraba de arriba abajo con expresión decepcionada—. ¿La gallinita tiene miedo?

Aquello le escoció. No le bufaban a menudo.

—Hoy han estado a punto de matarte, Lali.—Los ojos plateados de Garrett echaban chispas. Siempre estaba de mal humor—. Y ayer. Ah, y también anteayer. ¿No deberías tomarte un respiro?
—Lo que debería hacer es mandarte a la mierda. —Me volví hacia el tío Nico—. Puedo conseguirlo, y lo sabes. Juego con cierta ventaja con respecto a todos los demás.
—¿Quieres decir que eres algo mejor que los psicópatas? —preguntó Benja—. Lo dudo mucho.

Vaya, se estaba poniendo mezquino.

—¿Qué quieres hacer? —preguntó Ubie sin poder evitarlo.

Mi sonrisa adquirió un tinte de superioridad. ¿Acaso Benja nunca aprendería?

—Dijiste que no habíais podido poner escuchas en su oficina, ¿verdad? —quise saber.
—Cierto. No había pruebas suficientes.
—No puedo creer que la escuches —dijo Benjamin.
—Nosotros también te escuchamos —aseguró Barber. Elizabeth asintió para mostrar su acuerdo
—Gracias, chicos. —Fulminé con la mirada al traidor antes de volver a dirigirme a Ubie—. También sabemos que Price graba en vídeo todas las entrevistas con las chicas nuevas.
—Sí. —El tío Nico frunció el ceño en un gesto pensativo.
—Y que realiza todas esas entrevistas en su oficina, en un sofá que utiliza solo en esas ocasiones.
—Cierto.

Mientras le explicaba mi plan al tío Nico, Benjamin hervía de furia en su silla. Parecía estar a punto de sufrir un infarto.

—Es un plan bastante bueno —dijo el tío Nico cuando terminé de hablar—, pero ¿no podrías aparecer allí y susurrarle algo al oído, como hiciste con Julio Ontiveros? Eres como el encantador de perros, solo que con los tipos malos.
—Aquello funcionó por una razón, y solo por esa razón.
—¿Y qué razón era esa?
—Que Julio no era el malo.
—Ah. Es verdad.
—Mis poderes de persuasión solo funcionan cuando tengo algo bueno con lo que respaldarlos.
—Bueno, a mí me gusta el plan —dijo Elizabeth—. Y ver al señor Amadeo echando humo por las orejas resulta muy entretenido.

Barber y yo asentimos con una risilla disimulada.

—Me alegra que puedas reírte de todo esto, Lali —comentó Benjamin con expresión airada—. No tienes ni idea de la clase de hombre que es Price.
—¿Y tú sí?
—Yo sé qué clase de hombre hay que ser para involucrarse en algo tan horrible como el tráfico de seres humanos.
—Lo he pillado, Amadeo. No es la clase de hombre al que una lleva a su casa para presentárselo a su madrastra. —Lo pensé mejor—. Espera un momento, puede que a mi madrastra le gustara conocerlo. ¿Crees que sus barcos llegan a Estambul?
—Lali... —dijo el tío Nico con tono de advertencia.

Conocía muy bien los cimientos de la escabrosa relación que mantenía con mi madrastra. Una vez incluso llegó a decirme que nunca había entendido por qué mi padre no había hecho nada al respecto. Algo que a mí también me sorprendía.

—Solo era una idea —dije, a la defensiva.

Mientras el tío Nico comenzaba las negociaciones con el grupo de operaciones especiales que investigaba el caso de Benny Price, decidí buscar a Sussman, que llevaba desaparecido bastante tiempo.

Fiel a su estilo, Benja salió como una exhalación mientras consultaba mi móvil al lado de la sala de conferencias. Podía correr todo lo que quisiera. Él tenía su furgoneta y yo no había podido coger mi coche, así que tendría que llevarme. Cuanto antes se sentara al volante, más tendría que esperar. Algo que me beneficiaba en más de un sentido.

Tenía dos mensajes de texto. Los dos eran de Eugenia y los dos decían: «Llámame en cuanto leas esto». Debía de tener algo importante.

—He dado con una de las mujeres que iban con Peter al instituto —dijo Euge nada más coger el teléfono—. Tanto ella como una amiga suya recuerdan a nuestro chico a la perfección.
—Buen trabajo. —Adoraba a aquella mujer.
—Podrían reunirse contigo en Dave’s, si quieres.
—Quiero. ¿A qué hora?
—A la hora que te venga bien. Tengo que llamarlas de nuevo para decírselo.
—Peeerrrrrrfecto —ronroneé en una de mis mejores imitaciones de Catwoman—. Tengo que ir a buscar a Sussman. Está desaparecido en combate. ¿Qué te parece dentro de una hora?
—Las llamaré. Por cierto, ¿cómo estás? No hemos podido hablar desde tu última experiencia cercana a la muerte.
—Estoy viva —dije—. Supongo que no puedo pedir mucho más.
—Sí, Lali, sí que puedes.

Lo pensé durante un buen rato.

—¿Entonces puedo pedir un millón de dólares? —pregunté al final.
—Por pedirlo... —contestó antes de colgar con un resoplido.

Me conocía lo bastante bien como para saber que no tenía ganas de hablar de mi último drama en aquellos momentos. Ya me desahogaría después. Y ella se llevaría la peor parte. Pobre mujer.
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Espero poder subirles mañana la otra nove.

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