martes, 3 de marzo de 2015
Capitulo 31
Bueno, esto es muy embarazoso.
(Camiseta)
Por lo visto, aquella era sin duda la Semana Nacional de Mata a Lali Esposito. O al menos la de Déjala Horriblemente Lisiada. Me pareció que la reluciente pistola que me apuntaba desde el otro lado de la puerta era una buena confirmación de ello. Aunque seguramente aquella fiesta nunca conseguiría la aprobación del gobierno; estaba destinada a ser infravalorada, como la de Halloween o la del Día del Diccionario.
Cuando abrí la puerta me encontré de frente a Zeke Herschel, el marido maltratador de Rosie, que me miraba con un brillo vengativo en los ojos. Mientras contemplaba la pistola plateada que el tipo tenía en la mano, noté que mi corazón se detenía, titubeaba y luego daba un vuelco; un instante después empezó a latir con fuerza, cada vez más rápido, hasta que cada latido se unió al siguiente en un redoble continuo similar al de esas piezas de dominó que caían una tras otra.
Es curioso, pero el tiempo se detiene cuando la muerte es inminente. Mientras veía por el rabillo del ojo cómo se contraían los músculos de Herschel, cómo apretaba el gatillo con el dedo, observé su rostro con detenimiento.
Sus ojos transparentes estaban cargados de prepotencia, de arrogancia.
Volví a bajar la vista hasta el arma y vi que el percutor salía disparado hacia delante; acto seguido, mis ojos se desviaron hacia arriba, hacia mi derecha... hacia él. El Malo estaba al lado de Zeke Herschel, observándolo con furia. La capucha de su capa se encontraba a escasos centímetros de la cabeza del hombre, y su hoja plateada emitía destellos a pesar de la escasez de luz. En aquel momento, el Malo concentró todo el poder de su mirada en mí y el efecto fue similar al del estallido de una explosión nuclear. Su furia, densa y palpable, ardiente e implacable, cayó sobre mí y me dejó sin aliento.
El Malo seccionó la médula espinal de Herschel en menos de lo que se tarda en dividir un átomo. Lo supe porque ya lo había hecho antes. Pero un instante después sentí la punta de su hoja plateada clavada en mi costado. En el preciso momento en que comprendí que me había herido, Herschel salió volando hacia atrás y chocó con tanta fuerza contra la puerta del ascensor que el edificio entero se estremeció.
Un segundo más tarde, el Malo se volvió hacia mí. Su capa y su aura se fundían en una masa ondulante, y su hoja estaba a salvo entre los pliegues de la densa materia negra. Fue entonces cuando me di cuenta de que me estaba cayendo. El mundo se abalanzó sobre mí en el momento exacto en que unos brazos me rodeaban la cintura. Y, por primera vez, vi quién se ocultaba bajo la capucha de la capa.
Juan Pedro Lanzani, alias Peter Lanzani.
Mi padre me entregó una taza de chocolate caliente mientras permanecíamos fuera del bar, apoyados en su monovolumen. Me había envuelto con su chaqueta, ya que la mía todavía formaba parte de la escena del crimen. La chaqueta parecía engullirme, y eso me sorprendió, dado lo delgado que era mi padre. Las mangas me llegaban hasta las rodillas. Con infinito cuidado, mi padre enrolló una de las mangas, y me cambió la taza de mano antes de empezar con la otra. El ascensor se detuvo con un crujido en el interior del bar, y supe que los de emergencias iban a sacar a Herschel. Contuve la respiración mientras hacían rodar la camilla hasta el interior de la ambulancia y cerraban las puertas. Aquel era el mismo hombre que me había golpeado en el bar. El mismo hombre que, un día sí y otro también, intentaba someter a su esposa a base de palizas. El mismo hombre que me había apuntado con una pistola mientras me miraba con los ojos llenos de odio y el corazón rebosante de violencia. Debía de haber descubierto que su mujer lo había dejado en la estacada y, después de sumar dos y dos, había ido a buscarme para vengarse. Y, posiblemente, también para conseguir información. Y ahora se pasaría el resto de la vida inmovilizado por la parálisis. Debería haberme sentido mal por ello. ¿Qué clase de persona sería sino? ¿Qué clase de monstruo se deleitaba con el dolor y el sufrimiento ajeno? ¿Acaso era igual que el Malo? ¿Igual que Reyes? Sentí un vuelco en el corazón al recordar, una vez más, que el Malo y Reyes eran el mismo ser. La misma criatura destructiva. De hecho, también debía de ser el borrón que veía de cuando en cuando, revoloteando a mi alrededor como un Superman maligno. Así que el Tipo Borrón era el Malo y el Malo era Peter. La perversa trinidad. Joder, ¿por qué tenía que estar tan bueno?
Me puse una mano en las costillas, en el lugar donde había sentido el corte de la hoja, y me maravillé ante el hecho de que la piel estuviera ilesa, ante la falta de una mancha de sangre en el suéter. El Malo tenía estilo a la hora de cortar de dentro a fuera. Me había herido, pero solo de refilón, y únicamente una resonancia magnética podría revelar la verdadera extensión de los daños.
Pero como no me daba la impresión de tener una hemorragia interna, decidí pasar de una visita a la sala de urgencias que tenía más posibilidades de acabar en un viajecito al manicomio que en una cita con el cirujano.
—Aquí está la bala —le dijo al tío Nico un agente de paisano. Sostenía en alto una bolsa de plástico sellada para que Ubie la inspeccionara—. Estaba en la pared occidental.
¿Cómo había acabado allí? La pistola estaba justo delante de mí.
Euge volvió a sonarse la nariz, incapaz de hacerse a la idea de que habían estado a punto de pegarme un tiro. Le di unas palmaditas en el hombro. Sus emociones flotaban hasta mí como si fueran una entidad física. Quería regañarme, exigirme que tuviera más cuidado, abrazarme hasta mi próximo cumpleaños, pero debo decir en su favor que se controló muy bien delante de todos aquellos hombres uniformados.
El tío Nico estaba charlando con Benjamin, quien, a juzgar por su palidez, debía de estar en estado de choque.
Había sido Peter quien me había tendido en el suelo. Un instante después de sujetarme, me dejó tumbada bocarriba en el suelo, me examinó de arriba abajo poniendo especial atención al lugar donde me había cortado la punta de su hoja, y luego se desvaneció ante mis ojos con un gruñido. Parpadeé con dificultad, pero cuando conseguí abrir los ojos, era Benja quien estaba encima de mí, haciéndome preguntas que no lograba comprender. Peter había dejado rastros palpables de su presencia. Su desesperación había arraigado en cada célula de mi cuerpo y comenzaba a circular por mis venas. Podía olerlo y saborearlo, y lo deseaba más que nunca.
—Esta no es la primera vez ocurre algo así, ¿sabes?
Levanté la cabeza para mirar a mi padre. Un instante antes le había suplicado que no llamara a mi madrastra. Había accedido a regañadientes, aunque me juró que lo pagaría muy caro cuando llegara a casa. No me lo creí.
—Sucedió exactamente lo mismo en el edificio de apartamentos en el que vives ahora —dijo, de pie a mi lado—. Por aquel entonces eras muy pequeña.
Mi padre intentaba sonsacarme información. Hacía mucho que sospechaba que aquella noche me había ocurrido algo. Fue el detective principal en el caso del extraño ataque al pederasta en libertad condicional, y después de más de veinte años, empezaba a encajar las piezas. Tenía razón. No era la primera vez que ocurría algo así, ni la segunda. Al parecer, Peter Lanzani llevaba bastante tiempo siendo mi ángel de la guarda.
Incapaz de encajar los cómos y los porqués, decidí no pensar en ello y concentrarme en dos cosas que no guardaban ninguna relación con Peter: beberme el chocolate caliente y calmar el temblor de mis manos.
—Apareció otro hombre con la médula espinal seccionada sin ninguna herida externa. Sin ninguna magulladura. Sin ningún traumatismo. Y tú estabas presente en ambos casos.
Otra vez husmeando, intentando que le contara lo que sabía, que confirmara sus sospechas. Supongo que sí cambié aquel día, que me volví algo más retraída de lo normal en una niña de cuatro años. Pero ¿por qué iba a decírselo ahora? Solo le causaría dolor. No le hacía falta conocer todos los detalles de mi vida. Y había algunas cosas no se le podían contar a un padre, ni siquiera a los veintisiete. Creo que aunque hubiese querido hacerlo, no me habrían salido las palabras.
Coloqué la mano sobre la suya y le di un apretón.
—Yo no estaba allí, papá. No aquel día —mentí entre dientes.
Se alejó de mí y cerró los ojos. Él deseaba saber la verdad, pero, tal y como le había dicho a Euge, algunas veces era mejor no saberla.
—¿Ese era el tío de la otra noche? ¿El que te pegó? —preguntó el tío Nico. Me aparté el chocolate de la boca para responder.
—Sí. Intentó ligar conmigo, le dije que no, se cabreó... y ya conoces el resto de la historia.
No pensaba decir lo que había ocurrido en realidad, ya que eso pondría en peligro la libertad de Rosie.
—Creo que deberíamos ir a la comisaría y hablar sobre esto —dijo el tío Nico.
Se me agarrotaron los músculos al ver la mirada de advertencia que le dirigió mi padre. No era agradable ver cómo se peleaban aquellos dos. Divertido sí, quizá, pero me costaba creer que alguien tuviera ganas de reírse. Aparte de mí, claro. Reírse era como la gelatina. Siempre quedaba un huequecito para tomar un poco más de gelatina.
—Genial. Estaba deseando librarme de este maldito frío —dije, esquivando por los pelos la tercera guerra mundial.
—Puedes venir conmigo en el coche —dijo Ubie un instante después.
¿Qué esperaba mi padre que hiciera el tío Nico? Conocía las reglas. Al final tendríamos que pasar por la comisaría de todas formas. Lo mejor era acabar con ello cuanto antes.
El tío Nico echó un vistazo a Benja.
—Tú también puedes venir conmigo.
Ubie le guiñó un ojo a mi padre, y este lo miró primero con asombro y luego con agradecimiento.
—Tienes que repasar tu historia en el camino —me susurró papá al oído mientras me acompañaba hasta el monovolumen del tío Nico—. En la declaración, limítate a decir que cuando abriste la puerta viste a dos hombres peleando, que el arma se disparó y que el otro tipo huyó por la escalera de incendios.
Me dio unas palmaditas en la espalda y me ofreció una sonrisa tranquilizadora antes de cerrar la puerta. Lo rodeaba una neblina de preocupación, y de pronto me sentí culpable por todo lo que le había hecho pasar mientras crecía. Había soportado muchas cosas por mi culpa. Había inventado excusas, había ideado maneras de meter a los hombres entre rejas sin involucrarme directamente, y ahora debía confiar en que el tío Nico hiciera lo mismo.
—¿Cómo hiciste eso? —preguntó Benjamin antes de que Ubie entrara en el coche—. Ese tipo debía de pesar más de noventa kilos.
Ambos estábamos sentados en la parte de atrás.
—No lo hice.
Me miró fijamente mientras se esforzaba por entender mis palabras.
—¿Fue uno de tus muertos?
—No —respondí mientras observaba a mi padre y al tío Bob charlando. Todo parecía ir bien—. No, esto ha sido distinto.
Oí cómo Benjamin se reclinaba en el asiento y se frotaba la cara con las manos.
—Vale, ¿me estás diciendo que hay algo más que muertos por ahí? ¿Qué hay? ¿Demonios? ¿Poltergeists?
—Los poltergeists no son más que muertos furiosos. En realidad todo esto no es tan misterioso —le dije.
Pero mentía. Peter era lo más misterioso del mundo.
Por más que me esforzaba, no conseguía dejar de pensar en él. Me intrigaban sus tatuajes, así que intenté encontrar su significado dentro de la caótica jungla en la que se había convertido mi mente. Ojalá no hubiera almacenado tanta información inútil. Maldito fuera el Trivial Pursuit.
También me intrigaban otras cosas. ¿Era una forma de vida basada en el carbono? ¿De verdad tenía treinta años o más bien treinta mil? ¿Tenía el ombligo para afuera o para adentro? Era lo bastante lista como para no cuestionarme su planeta de origen. No era un extraterrestre. La cuarta dimensión, también conocida como el Más Allá, no funcionaba de ese modo. No había planetas ni países ni fronteras que marcaran sus límites. Se extendía por todo los confines del universo. Existía, sin más. Y estaba en todos los lugares a la vez. Como Dios, podría decirse.
—Vale —dijo el tío Nico después de ponerse el cinturón de seguridad—. Tengo que pensar muy bien las cosas de camino a la comisaría, así que lo más probable es que no quiera oír lo que os decís el uno al otro, chicos. —Me miró por el espejo retrovisor y guiñó el ojo de nuevo.
Para el momento en que llegamos a la comisaría, ya tenía claro que había dos hombres en el pasillo cuando abrí la puerta. El otro era un tipo rubio con barba y pelo sucio ataviado con prendas oscuras y sin ninguna marca distintiva, por lo que resultaría casi imposible identificarlo.
Qué gilipollez. Para ser sincera, me sorprendió bastante que Benjamin estuviera dispuesto a apoyar aquella historia.
—A ver si te crees que quiero que me encierren en una celda acolchada —dijo mientras entrábamos en la comisaría.
Empezaba a ver las cosas desde mi punto de vista y a entender por qué nunca le contaba a la gente quién era en realidad.
El primer par de ojos que me encontré en la comisaría fue el del agente Taft, que todavía estaba furioso. Dejó de leer el expediente que tenía abierto en el escritorio y me fulminó con la mirada cuando pasamos a su lado. Tarta de Fresa hizo lo mismo, pero al menos no me atacó. Todo un detalle por su parte.
Aun así, no pude evitarlo. Le dediqué a Taft mi mejor sonrisa burlona y caminé un poco más despacio para poder hablarle.
—Cuando averigüe lo que le ocurre en realidad y necesite ayuda, no venga a buscarme.
—No soy yo quien necesita ayuda —replicó.
El tío Nico apresuró el paso para situarse a mi lado.
—¿De qué iba todo eso? —preguntó, muy intrigado.
—¿Te acuerdas del Engendro Infernal de Satán? Pues ahora hace notar su presencia, y él no puede soportarlo... así que se cabrea conmigo.
Ubie se dio la vuelta con expresión pensativa.
—Puedo enviarle a por una ronda de donuts para enfriarle los motores. —Sonaba bien.
En cuanto terminamos de hacer nuestras declaraciones, con frases sospechosamente similares, fuimos a tomar algo; después, el tío Nico y yo dejamos a Benjamin y nos dirigimos al Instituto Rockland.
Benjamin nos suplicó que le permitiéramos acompañarnos, como si fuera un niño al que dejaban en casa un sábado por la noche. Incluso gimoteó un poco.
—Por favor —había dicho.
—No significa no. —A ver si lo entendía de una vez.
El Instituto Rockland estaba situado en el corazón de la zona sur de Buenos Aires; era una vieja escuela con un pasado sórdido y una excelente reputación. Llegamos justo en un cambio de clases. Los chicos aprovechaban los cinco minutos de descanso para hablar, flirtear y acosar a los novatos. Antes de llegar, no echaba nada de menos el instituto. Y una vez allí, seguí sin echarlo nada de menos.
Los remanentes de la mañana aún pesaban sobre mis hombros. Las cosas no se movían a la velocidad normal. Todo me parecía lento, letárgico, como si nadara a través de la realidad de un mundo que no se había detenido de repente después de mi casi-experiencia cercana a la muerte. El mundo seguía en movimiento, inmerso en un ciclo interminable de aventuras episódicas que llamábamos vida. Los minutos pasaban. El sol avanzaba por el cielo. El tacón de mi bota tenía una chincheta clavada.
Entramos en la secretaría del Instituto Rockland y nos encontramos con una auxiliar administrativa de lo más atareada. Había al menos siete personas que requerían su atención. Dos querían un permiso para llegar tarde. Uno tenía una nota de su padre que decía que si el colegio no permitía que su hijo se llevara la medicina a clase, presentaría una demanda contra los elegantes uniformes nuevos de los atletas. Otra era una profesora a la que le habían robado las llaves del escritorio durante el almuerzo. Otros dos eran ayudantes de oficina que esperaban instrucciones. Y la última era una jovencita muy guapa con coleta, gafas de ojos de gato y calcetines tobilleros blancos que parecía haber muerto en los años cincuenta.
Estaba sentada en un rincón con los libros apretados contra el pecho y las piernas cruzadas a la altura de los tobillos. Me senté a su lado y esperé a que el caos se despejara. El tío Nico aprovechó la ocasión para salir a hacer una llamada. Como siempre.
Calcetines Blancos no me quitaba los ojos de encima, así que monté el teatrillo del teléfono móvil y la miré mientras hablaba.
—Hola —dije. Abrió los ojos como platos y batió las pestañas en un gesto de sorpresa, preguntándose si hablaba con ella.
—¿Vienes por aquí a menudo? —le pregunté con una risilla, entusiasmada con mi portentoso sentido del humor.
—¿Yo? —preguntó por fin.
—Sí, tú —le dije.
—¿Puedes verme?
Nunca he conseguido entender por qué siempre me preguntan eso cuando los miro fijamente.
—Claro que sí. —Se quedó boquiabierta, así que me expliqué—: Soy un ángel de la muerte, pero de los buenos; no tengo nada de espeluznante. Puedes cruzar al otro lado a través de mí, si quieres.
—Eres hermosa —dijo mientras me observaba con asombro. Suelo causar ese efecto en la gente—. Eres como una piscina en un día soleado.
Vaya, aquello sí que era un buen cambio. Eché un vistazo rápido a mi alrededor y descubrí que la multitud se dispersaba.
—¿Cuánto tiempo llevas aquí?
—Alrededor de dos años, creo. —Cuando vio que unía las cejas en un gesto de incredulidad, añadió—: Ah, la ropa. Aquella semana celebrábamos la vuelta a clase. Era el Día de los Años Cincuenta.
—Vaya —dije—. Pues estás perfecta. —Inclinó la cabeza con timidez.
—Gracias.
Solo quedaba uno de los chicos que deseaban un permiso para llegar tarde. Al parecer, el director se encargaría de la amenaza de demanda, y los de mantenimiento, de las llaves robadas.
—¿Por qué no has cruzado? —quise saber.
Un chaval que pasaba por el pasillo llamó a su amigo.
—Oye, Westfield, ¿te darán una azotaina otra vez?
El chico que esperaba el pase, sin duda un atleta, le enseñó el dedo corazón por detrás de la espalda, al estilo incógnito. Tuve que esforzarme mucho para contener la risa.
La chica que había a mi lado se encogió de hombros y luego señaló a la auxiliar administrativa con un gesto de la cabeza.
—Esa es mi abuela. Se enfadó muchísimo conmigo cuando morí.
Miré a la mujer. En su plaquita identificativa ponía: «Sra. Tarpley». Tenía el cabello estilosamente desaliñado, oscuro con mechas rojas, y unos ojos verdes impresionantes.
—Vaya, pues está genial para ser una abuela. —Calcetines Blancos rió por lo bajo.
—Solo quiero decirle una cosa.
¿No había sido yo quien poco antes había tenido una rabieta delante de Benjamin por aquel mismo motivo? ¿Cómo lo había expresado? ¿No había dicho que estaba «harta de atar cabos sueltos»? A veces me comportaba como una zorra.
—¿Quieres que te ayude?
El rostro de la chica se iluminó.
—¿Podrías hacerlo?
—Claro que sí.
Se mordió el labio inferior durante unos instantes.
—¿Podrías decirle que no le gasté toda la espuma? —preguntó.
—¿En serio? —No pude evitar sonreír—. ¿Es eso lo que te retiene aquí?
—Bueno, en realidad sí que le gasté toda la espuma, pero no quiero que piense mal de mí.
Sentí que algo me atenazaba el corazón al escuchar su confesión. Las ideas que se le pasaban a la gente por la cabeza antes de morir nunca dejaban de asombrarme.
—Cielo, dudo mucho que tu abuela piense algo sobre ti que no sea maravilloso. De hecho, me apostaría el alma a que ni siquiera se acuerda del asunto de la espuma.
Bajó la barbilla y balanceó los pies por debajo de la silla.
—Supongo que entonces puedo marcharme —dijo.
—Si quieres que le diga algo, aunque sea lo de la espuma, me aseguraré de que reciba el mensaje. Esbozó una enorme sonrisa.
—¿Podrías decirle que mi hoja de nenúfar es más grande que la suya?
Solté una risotada. Aunque me habría encantado conocer aquella historia, en la oficina ya no quedaban ni alumnos ni profesores.
—Te lo prometo que lo haré.
Y Calcetines Blancos se marchó. Olía a pomelo y a loción para bebés, y había tenido un elefante rosa llamado Chubs cuando era pequeña.
—¿Puedo ayudarla? —preguntó la abuela.
El tío Nico, también conocido como el caballero de la brillante armadura, entró en la sala y mostró su placa al estilo de los polis de la tele. Qué bueno era, por Dios.
Puesto que al parecer había leyes que prohibían proporcionar información sobre los alumnos a cualquier fulano que la pidiera, no podíamos conseguir los expedientes sin una orden. Mi única esperanza era que la placa de Ubie fuera garantía suficiente, ya que no tenía ni idea de en qué podríamos basarnos para solicitar una.
—Necesitamos todos los expedientes y los listados de asignaturas de un alumno que estuvo aquí hace...
El tío Nico se volvió hacia mí. Guardé el teléfono y me levanté de un salto.
—Ah, sí, hace unos doce años.
La mujer miró a Ubie antes de coger un bolígrafo para escribir las fechas que le di. Ubie le devolvió la mirada. Saltaron las chispas.
—¿Y el nombre? —quiso saber.
Claro. El nombre. Con suerte, el tío Nico no se acordaría de un hombre al que había encerrado de veinticinco años a perpetua.
—Mmm. —Me incliné hacia delante con la intención de dejarlo fuera de la conversación—. Lanzani. Peter Lanzani.
No me hizo falta mirar para saber que el tío Nico seguía a mi lado. De pronto, el aire estaba tan tenso que se podía cortar.
Vaya. Mierda
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Tengo bloqueado el doc cn los caps de la otra, estoy recuperandolos, mientras les subo esta.
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