viernes, 27 de febrero de 2015
Capitulo 30
Las mujeres que se portan bien no suelen hacer historia.
LAUREL THATCHER ULRICH
Mis tácticas como detective privado nunca serían objeto de leyendas. Jamás serían ensalzadas en los libros de texto de criminología ni en las salas de conferencia universitarias. Pero tenía la corazonada de que, si me esforzaba un poco, podría convertirme en una presencia destacada en aquellas salas. Si no podía ser un buen ejemplo, tendría que convertirme en una horrible advertencia.
Los intentos de Euge por hacerse con los informes y los registros del instituto de Peter no habían dado fruto. Era algo raro, pero a veces pasaba. Un rollo relacionado con las leyes y la confidencialidad. Así pues, entré en la comisaría con un único objetivo en mente.
Puesto que quizá estaba un pelín susceptible, además de magullada y dolorida, decidí pasar por alto las miradas suspicaces y maliciosas de los demás y me dirigí directamente hacia la sala de interrogatorios.
Fue entonces cuando oí el «¡Chist!».
Aminoré el paso y eché un vistazo a la comisaría. Desde el lugar donde me encontraba, solo veía escritorios y uniformes. Sin embargo, cuando miré hacia los aseos, vi a una anciana latina con un vestido de flores que me hacía señas con el dedo para que me acercara. Llevaba una mantilla negra de encaje que le cubría la cabeza y los hombros, y habría apostado hasta mi último centavo a que hacía las tortillas como nadie. Al menos cuando estaba viva.
No tenía tiempo para asesorar a una difunta, pero no podía negarme. Nunca podía negarme. Tras echar una miradita a mi alrededor, entré en los aseos de señora con un fingido aire tranquilo y despreocupado. Aunque no sé por qué. Responder la llamada de la naturaleza no era ningún delito. Sin embargo, cinco minutos después salí de la misma forma, solo que en aquella ocasión iba armada hasta los dientes (metafóricamente) y dispuesta a hacer un trato.
Localicé al tío Nico cerca de la puerta de la sala de observación. Cuando me acerqué, vi que estaba enfrascado en una conversación con el sargento Dwight.
—Quiero negociar un trato —dije, interrumpiéndolos. Dwight me fulminó con la mirada.
Ubie enarcó las cejas con interés.
—¿Qué clase de trato?
—Julio Ontiveros no disparó a nuestros abogados.
La culpabilidad manaba a raudales de las personas, y yo podía percibirla a más de un kilómetro de distancia. Ontiveros no era un hombre culpable, al menos de asesinato. Lo que había parecido un disparo procedente del interior del edificio había sido en realidad un intento fallido de arrancar su motocicleta. Al parecer, la guardaba dentro por las noches para que nadie se la robara. Chico listo.
—Genial —dijo el sargento Dwight al tiempo que ponía los ojos en blanco—. Menos mal que te tenemos a ti para informarnos de estas cosas.
El tío Nico frunció el ceño, bajó la barbilla y se acercó un poco.
—¿Estás segura?
—¿Bromeas? —preguntó el sargento, sin dar crédito a lo que oía.
El tío Nico, en un raro momento de agresividad, dirigió una mirada penetrante a Dwight que habría podido marchitar una robusta rosa de invierno. Dwight apretó la mandíbula, nos dio la espalda y se dedicó a observar al sospechoso a través de la ventana-espejo.
—Este caso es de los gordos, Lali. Necesito que estés segura. Los de arriba nos están presionando mucho.
—Tus casos siempre son de los gordos. Quiero que recuerdes la última vez que me equivoqué.
Ubie reflexionó unos instantes y luego hizo un gesto negativo con la cabeza.
—No recuerdo la última vez que te equivocaste.
—Ahí quería llegar.
—Ah. Vale. ¿Y tu trato?
A Ubie le iba a encantar aquello.
—Si consigo que confiese ahora mismo su papel en todo esto y que testifique para el estado sobre el verdadero asesino, tendrás que hacerme un par de favores.
—Suena bien —dijo.
—Necesito que consigas una orden para impedir que el estado retire el soporte vital de un criminal convicto que se encuentra en coma.
Las cejas de mi tío salieron disparadas hacia la frente.
—¿Con qué motivo?
—Eso forma parte del favor número uno —le dije tratando de aparentar aplomo—. Tendrás que pensar en algo. Lo que sea, tío Nico.
—Haré lo que pueda, pero...
—Sin peros —lo interrumpí al tiempo que levantaba el dedo índice—. Solo prométeme que lo intentarás.
—Tienes mi palabra. ¿Y el segundo?
—Necesito que me acompañes a un instituto. Y que traigas tu placa. —Abrió los ojos como platos en un nuevo gesto de sorpresa.
—Imagino que me explicarás todo esto más tarde, ¿no?
—Te lo prometo —aseguré mientras me dibujaba una cruz sobre el corazón—. Ahora, vamos a hacer que ese chico nos cuente lo que sabe.
El sargento Dwight, que había escuchado nuestra conversación, resopló ante lo que consideraba un gesto arrogante por mi parte.
Dejé escapar un suspiro exasperado.
—No tardaré mucho —le dije al tío Nico.
Incapaz de quedarse de brazos cruzados, el sargento Dwight se volvió hacia nosotros.
—No pensarás echar por tierra nuestra investigación dejando que entre ahí, ¿verdad? —Al ver que Ubie permanecía pensativo y sin hacerle el menor caso, Dwight apretó los dientes y se colocó delante de mi tío—. Esposito —dijo, a la espera de una respuesta.
No tenía tiempo para chorradas. Mientras el tío Nico se encargaba de aplacar a Dwight, entré en la sala de observación y estudié al señor Ontiveros a través del falso espejo. El agente que había allí se volvió para mirarme, sorprendido. Por supuesto, yo no le hice el menor caso.
Julio estaba sentado en un pequeño recinto situado frente a la sala de observación, toqueteando su silla mientras contemplaba el espejo. Tenía el aspecto típico de los pandilleros, con el pelo rapado a los lados y algo más largo en la parte superior, y se comportaba como si fuera lo más de lo más. Sin embargo, exudaba miedo por todos los poros de su cuerpo.
No era del todo inocente, pero no había disparado a nadie. Lo que le daba miedo era la posibilidad de ir a prisión por algo que no había hecho. Al parecer, eso ocurría muy a menudo últimamente.
Me volví y le guiñé un ojo a Yesenia, la mujer latina con quien acababa de conversar en el aseo de señoras y que resultaba ser la tía de Julio Ontiveros. Estaba esperando en el rincón y me sonrió con malicia cuando salí.
—Estoy lista —le dije al tío Nico antes de entrar en la sala de interrogatorios. Cuando cerré la puerta, oí que Dwight y él corrían hacia la zona de observación para vigilarme. Luego oí más pasos similares. Por lo visto íbamos a tener mucho público. Se llevarían una decepción. No tardaría mucho.
Julio estaba sentado y esposado a una pequeña mesa de metal. Cuando levantó la cabeza y me vio, la sorpresa le hizo abrir los ojos y fruncir el ceño durante un instante, pero luego recuperó la expresión indiferente.
Se reclinó en la silla al estilo de un conductor macarra.
—¿Quién cojon...?
—Cierra la boca —le dije mientras me acercaba.
Le rocé las manos esposadas con la cadera cuando me incliné sobre la mesa para impedir que viera el espejo y, más importante aún, que los hombres de la sala de observación nos oyeran. Estaba lo bastante cerca como para hacerle a Ontiveros un bailecito erótico. Un mal necesario, porque lo que iba a decirle no podía escucharlo nadie más. No si no quería que me encerraran en un lugar muy especial con habitaciones acolchadas y medicamentos servidos en vasitos diminutos.
Percibí lo mucho que se enfadó el tío Nico al verme tan cerca de alguien a quien él consideraba un brutal asesino. Pero yo sabía que no era así.
Había pillado a Julio desprevenido, y utilicé los segundos que tardó en recuperarse para inclinarme y susurrarle unas palabras al oído. El tío Nico, preocupado por mi seguridad, entraría en la estancia en cuestión de momentos, así que no tenía mucho tiempo. Unas cuantas palabras, dos o tres frases cortas, y Julio Ontiveros desembucharía todo lo que sabía.
Recé para contar al menos con diez segundos. Y los tuve.
—No tenemos mucho tiempo, así que cállate y escucha.
Ontiveros aprovechó la ocasión para representar el papel de tío duro. Se volvió hacia mí y me olfateó el cuello y el pelo.
—Me envía tu tía Yesenia. —Se quedó inmóvil. —Me ha dicho dónde se encuentran exactamente las tres cosas que más deseas en el mundo.
Oí cómo se giraba el picaporte. Y también percibí las dudas de Ontiveros, que de pronto había olvidado cualquier posible interés por mi cuello y mi cabello. Siempre ocurría lo mismo cuando hablaba sobre los muertos. Me aparté un poco para observar sus ojos suspicaces.
—Dentro de cinco minutos te acusarán de tres asesinatos, y los dos sabemos que no los cometiste. Cuéntales tu parte en esto, sin callarte nada, y te diré dónde está la medalla. Para empezar.
Ahogó una exclamación de sorpresa. Aquel era el deseo número uno. El deseo número dos también era bastante contundente, pero el último sería algo más espinoso, ya que la tía de Ontiveros no sabía con exactitud dónde se encontraba el número tres, tan solo tenía una idea aproximada. Supuse que podría contar con Euge para solucionar aquello.
Justo cuando acabé con mi discursito, el tío Nico entró como una exhalación por la puerta y me miró con un gesto de advertencia. Le guiñé un ojo, me volví hacia Julio, saqué una tarjeta de visita del bolsillo trasero del pantalón y la deslicé bajo su mano esposada.
—Tienes mi palabra —dije antes de marcharme.
Regresé a la sala de observación y esperé a ver si había picado. Aunque lo cierto es que no pude ver mucho. La diminuta estancia estaba abarrotada. La mitad de los hombres presentes me miraba a mí (entre ellos, el furioso Benja Amadeo, que podía besar mi precioso culo), y la otra mitad observaba la sala de interrogatorios.
Un instante después oí lo que deseaba oír.
—Hablaré —dijo Julio a través de los micrófonos—. Le contaré lo que sé, pero quiero inmunidad en el juicio. No he matado a nadie, y no pienso dejar que me encierren por esto.
Me di la vuelta con los ojos brillantes, choqué los cinco con la tía Yesenia, la mujer que había criado a Julio y que, según sus propias palabras, no abandonaría el plano terrestre hasta que su muchacho arreglara sus mierdas, y luego salí de la comisaría con una sonrisa de alivio pintada en la cara.
El tío Nico me llamaría más tarde para darme los detalles, y entonces le explicaría los términos de nuestro trato. Por el momento, estaba cansada y dolorida, y necesitaba con urgencia un baño caliente.
De haber sabido lo que me esperaba en casa, mis necesidades habrían sido mucho más sensuales.
Con la idea de un baño de burbujas a la luz de las velas en mente, abrí la puerta y entré en el apartamento sin hacer ruido para no despertar a Euge y a Rufi, que vivían al otro lado del pasillo. Era tarde. El sol iluminaba la mitad opuesta del mundo desde hacía horas, y no quería despertar a Euge dos noches seguidas.
Antes de ir a casa me había pasado por la oficina y había descubierto que Neil, en un sorprendente gesto de amabilidad, me había enviado una copia del expediente de Peter. No estaba segura de si aquello era ilegal o no, pero no me habría sentido más agradecida si me hubiera regalado el billete ganador de la lotería. La carpeta tenía una nota que decía: «Yo no te he dado esto».
Al bajar, le había preguntado a mi padre si tenía algún mensaje para mí, ya que cabía la posibilidad de que Rosie, la mujer a la que había ayudado a escapar de un marido maltratador, necesitara algo. Me tomé un pincho rápido de estofado de chile verde y reflexioné sobre el asunto mientras atravesaba el aparcamiento del Causeway. Aunque la falta de mensajes de Rosie era una buena señal, había algo que me daba mala espina, y deseé que me llamara a pesar de que le había dado órdenes estrictas de no hacerlo.
Encendí la luz del salón, y no había hecho más que abrir la boca para saludar al señor Wong cuando Peter se dio la vuelta para mirarme. Peter, en toda su gloria majestuosa, se encontraba frente a la ventana de mi salón. El mismo Peter Lanzani que una hora antes yacía en coma en un hospital de Santa Fe. Me dio la espalda una vez más para mirar por la ventana, lo que me permitió dejar las cosas sobre la barra.
Acto seguido, avancé para acercarme a él poco a poco. Cambió de posición, bajó su poderosa mirada hacia el suelo y me observó por el rabillo del ojo. Aunque era evidente que aquella era su forma incorpórea, parecía estar hecho de una materia más densa que la carne humana, más firme y sólida.
Intenté pensar en algo que decir. Por algún extraño motivo no me parecía apropiado decirle lo bueno que era en la cama, de modo que, en un acto de desesperación, solté lo primero que se me vino a la cabeza.
—Te quitarán el soporte vital dentro de tres días.
En aquel momento volvió a mirarme. Empezó por los pies y fue subiendo poco a poco. Aquella mirada dejó a su paso un hormigueo cálido, una energía radiante que llenó todas mis células y se acumuló en el abdomen, donde se arremolinó antes de iniciar un abrasador descenso hacia el vientre que convirtió mis piernas en gelatina. Me costó un considerable esfuerzo mantener la concentración.
—Tienes que despertarte —le expliqué, pero él siguió en silencio—. ¿Puedes darme al menos el nombre de tu hermana?
Su mirada se demoró en mis caderas antes de continuar su recorrido ascendente.
—Es la única que puede impedir que el estado se salga con la suya. —Nada.
De pronto recordé la reacción de Rocket en el psiquiátrico. Su miedo. Me acerqué un poco más, pero puse mucho cuidado en seguir fuera de su alcance. Aunque mi cuerpo se estremecía ante su proximidad y suplicaba sus caricias en una especie de respuesta condicionada de Pavlov que habría enorgullecido a cualquier conductista, debíamos hablar
—Rocket te tiene miedo —dije, con una voz que se había vuelto ronca de repente. Cuando su mirada se detuvo en Peligro y Will Robinson, pregunté—: Pero tú no le harías daño, ¿verdad? —En aquel instante, sus ojos, penetrantes y tormentosos, se clavaron en los míos.
Estábamos a varios pasos de distancia, pero podía percibir el calor que manaba de él. Aunque sabía que no debía hacerlo, di otro paso hacia delante. Tenía muchas preguntas, muchas dudas.
Por patético que fuera, lo que más deseaba en el mundo era saber por qué no me había visitado la noche anterior. Había venido a verme todas las noches durante un mes y, de repente, nada. Mis inseguridades empezaban a aflorar.
Peter frunció el ceño y sus cejas se unieron sobre aquellos ojos caoba oscuro. Inclinó la cabeza hacia un lado, como si se preguntara en qué estaba pensando.
Por más que deseara obtener respuestas que aplacaran mis inquietudes, antes debía asegurarme de que Rocket no estaba en peligro, aunque no lograba imaginarme por qué debería estarlo.
—Si te lo pidiera extra-mega-super por favor, ¿tendrías la amabilidad de no hacer daño a Rocket?
Cuando bajó la mirada hasta mi boca, empecé a tener dificultades para respirar, para pensar, para resistir el impulso de abalanzarme sobre él. Tenía que concentrarme.
—Parpadea una vez para decir «sí» —dije antes de perder todo rastro de respeto por mí misma y lanzarme al ataque.
Estaba claro que era muy peligroso, y comenzaba a cuestionarme qué clase de criatura podría ser. Quizá fuera algo parecido a Rocket y a mí. Quizá hubiera nacido con un propósito, con una misión que los reveses de la vida le habían impedido cumplir, como le había pasado a Rocket.
El frágil vestigio de autocontrol que me quedaba se debilitaba cada vez más. Empezaba a ahogarme en las brillantes motas doradas de sus ojos. Me sentía como una niña cautivada por un mago, hechizada por la poderosa fuerza de su voluntad.
Peter se dio la vuelta de repente, como si algo hubiese llamado su atención, y rompió el hechizo que me mantenía atrapada. Un instante después estaba delante de mí, con sus sensuales labios a escasos centímetros de los míos.
—Estabas cansada —dijo, desapareciendo en un remolino de oscuridad antes incluso de terminar la frase.
Aún estaba aturdida por los remanentes de su presencia, disfrutando de los matices de su voz que descendían por mi columna vertebral convertidos en oro líquido, cuando Euge entró a toda velocidad por la puerta.
—Benja ha llamado para decirme que estabas herida —dijo al tiempo que se acercaba a mí—. Otra vez. Pero estás en pie. —Inclinó ligeramente la cabeza hacia el lado izquierdo—. Más o menos. ¿Alguna vez has considerado la posibilidad de que tu asombrosa capacidad de recuperación tenga algo que ver con todo ese rollo de ser un ángel de la muerte?
Peter había estado delante de mí, en mi salón, tan sólido y etéreo como la estatua de David.
—¿Lali?
Aún notaba el calor de esa boca que había estado tan cerca de la mía.
Un momento. ¿Cómo que estaba cansada? ¿Qué había querido decir con...? Ay, Dios. Era la respuesta a por qué no había aparecido la noche anterior. Una pregunta que no había formulado en voz alta, que solo había pensado. Resultaba muy perturbador.
—Puedo darte una bofetada, si crees que eso servirá de algo.
Parpadeé unas cuantas veces antes de concentrarme por fin en Euge.
—Estaba aquí.
Mi amiga examinó la estancia con los ojos bien abiertos, inquieta.
—¿La cosa grande y mala?
—Peter.
Euge se quedó inmóvil. Se mordió el labio inferior durante un momento y luego volvió a mirarme.
—¿Le has saludado de mi parte? —preguntó.
A la mañana siguiente todavía estaba dolorida, pero por lo menos seguía respirando. El vaso medio lleno y todo eso. Llegué al cuarto de baño sin tropiezos. Quizá fuera una señal de que aquel sería un buen día. O al menos eso quería pensar, porque la noche no lo había sido. Peter había faltado a la cita. Otra vez.
Tenía la impresión de que no había hecho más que dar vueltas en la cama cuando llegó el mensaje del tío Nico. Tras recuperarme de la impresión, porque Ubie nunca enviaba mensajes de texto, intenté leerlo. Decía algo sobre «Escagada viable» e «Instiputo», pero me hizo albergar grandes esperanzas con respecto a aquel día. Íbamos a ir al instituto de Peter.
Me había pasado la mitad de la noche en vela leyendo el historial de prisión de Peter, un grueso expediente que atesoraba valiosísimos pedacitos de información sobre él. Era uno de los textos más interesantes que había visto en toda mi vida.
Al parecer, Peter era el recluso con el coeficiente de inteligencia más alto en la historia de Nuevo México. ¿Cómo lo habían llamado? ¿Incalculable? En prisión se había mostrado muy reservado, aunque tenía unos cuantos amigos, entre los que se incluía un compañero de celda que había salido en libertad condicional seis meses atrás.
Y el oficial de prisiones del hospital me había dicho la verdad. Peter le había salvado la vida durante un motín. El agente se encontraba en el interior de la prisión cuando comenzó el disturbio y se vio rodeado de inmediato por un grupo de reclusos. Cuando apareció Peter, lo habían golpeado hasta dejarlo casi inconsciente, de modo que no pudo dar detalles concretos sobre lo ocurrido. Lo único que declaró fue que Peter le había salvado la vida y que luego lo había arrastrado hasta un lugar seguro para protegerlo hasta que finalizó el motín. Me sentía muy orgullosa de Peter. Siempre había sabido que era uno de los buenos.
Si bien era fácil utilizar la información del historial para dar pie a numerosísimas fantasías, nada de lo que había allí me servía para localizar a su hermana. De hecho, no se la mencionaba en absoluto. Consideré la posibilidad de involucrar a Benja en el asunto. Si había alguien capaz de encontrar a la hermana de Peter, era él. No obstante, eso significaría tener que darle unas cuantas explicaciones. Mientras le daba vueltas a aquella idea, salí de la ducha y descubrí que Angel Garza, mi insolente investigador de trece años, me esperaba con la cadera apoyada en el lavabo.
—¿Me necesitas, jefa? —preguntó al tiempo que deslizaba los dedos sobre el grifo.
—¿Dónde te habías metido? —Estiré el brazo para coger el albornoz aprovechando que no miraba—. Estaba preocupada. Nunca has desaparecido durante tanto tiempo.
—Lo siento. He pasado unos días con mi madre.
—Ah. —Mantuve mis sospechas a raya y me envolví el pelo con una toalla. Había estado como Dios me trajo al mundo delante de él y el pervertido consumado, Angel Garza, ni siquiera se había fijado. Estaba claro que algo iba mal.
Angel vivía (metafóricamente) para verme desnuda. Para verme el culo desnudo, sobre todo. Me lo había dicho muchísimas veces. Pero en lugar de comerme con los ojos, se dedicaba a juguetear con el grifo. Las cosas no andaban bien en Angelandia.
Los pandilleros muertos de trece años eran muy temperamentales.
Angel y yo nos habíamos hecho colegas poco después de conocerlo la Noche del dios Peter, como a mí me gustaba llamarla. Había pasado conmigo por el instituto, la universidad y también por el Cuerpo de Paz. Cuando por fin abrí mi propio negocio como investigadora, hicimos un trato según el cual yo le enviaría a su madre el sueldo que ganara trabajando para mí (de forma anónima, por supuesto), y él se convertiría en mi mejor y único detective.
Pero con el paso del tiempo Angel había empezado a considerar los posibles beneficios de nuestro acuerdo desde una perspectiva diferente. Hizo todo lo posible para convencerme de que debíamos sacarle el dinero a la gente utilizando nuestros peculiares dones.
—Tía, podríamos hacer un chanchullo de la leche.
—Chanchullo es la palabra más adecuada para describirlo.
—Tía, podríamos hacer un chanchullo de la leche.
—Chanchullo es la palabra más adecuada para describirlo.
—Piénsalo. Podríamos acudir a los parientes de los difuntos y sacar pasta a mansalva.
—Eso es extorsión.
—Eso es capitalismo.
—Es un acto que se castiga con entre uno y cuatro años de prisión en la penitenciaría del Estado y una multa sustancial.
Al final, la frustración lo había llevado a acusarme.
—Está claro que tú solo me quieres por mi cuerpo.
El día que quisiera el cuerpo de un chico muerto de trece años sería el día que me internaran.
—Tú no tienes cuerpo —le había recordado.
—Eso, encima restriégamelo por la cara.
—Tampoco tienes cara, técnicamente hablando. Y aunque llegáramos a conseguir dinero aprovechando nuestras singulares capacidades, no podrías comprarte un monopatín ni nada parecido.
—Sería dinero extra para mi madre, tía.
—Vale, ya está bien.
—Además, me gusta ver el momento de la iluminación.
—¿Que te gusta el qué?
—El momento de la iluminación —me había dicho—. Ya sabes, esa mirada que tiene la gente cuando por fin se da cuenta de que vas en serio. Es algo parecido a la electricidad. Me provoca un hormigueo. Como una manta cargada de estática.
Puaj.
—¿En serio? Nunca había oído nada parecido.
—Sí, y además quiero que la gente sepa que andamos por aquí. —Me incliné para acercarme a él.
—¿Quieres que tu madre sepa que andas por aquí? ¿Quieres que se lo diga? —le había preguntado.
—No... Le costó mucho superar mi muerte.
En realidad era un buen chico. Pero aquel día no se comportaba como de costumbre.
Le hice un gesto para que ahuecara el ala y empecé a rebuscar en el neceser del maquillaje.
—¿Va todo bien? —pregunté con un tono lo más despreocupado posible.
—Claro —respondió, encogiéndose de hombros—. Aunque tú estás hecha una mierda. No puedo dejarte sola ni dos segundos.
—He tenido una semana muy movidita. Puse a Rosie a salvo —le dije, refiriéndome a nuestro caso de desaparición asistida.
Había sido idea de Angel que Rosie regresara a México, y también se había encargado de localizar el pequeño hotel en venta al lado de la playa. Tuvimos que ingeniárnoslas para recaudar fondos, pero al final salió todo bien.
Acarició un frasco de perfume que había en un estante.
—No se está tan mal aquí, ¿sabes? —señaló con un tono difícil de interpretar.
Tras admirar todos los nuevos tonos de verde que habían aparecido en mi rostro, me apliqué la base de maquillaje y lo miré.
—A este lado, me refiero. No tenemos hambre, ni frío, ni nada de eso. —Vale, la cosa empeoraba por momentos.
—¿Hay algo que no me hayas contado?
—No. Solo quería que lo supieras. Por si acaso te surgen dudas más adelante y todo eso.
Cuando me di cuenta de que tal vez se refiriera a Peter, contuve el aliento.
—¿Sabes algo sobre Peter Lanzani, Angel?
Dio un respingo y me miró con expresión sorprendida.
—No. No sé nada sobre él. ¿Tienes trabajo para mí o qué? —preguntó para cambiar de tema.
Joder. Nadie sabía nada sobre Peter, pero todo el mundo se ponía firme cuando mencionaba su nombre. Me moría de ganas de saber lo que ocurría.
Le hablé a Angel sobre el caso de los abogados y el imputado inocente, Mark Weir. Como era de esperar, se mostró impaciente por conocer a Elizabeth. Luego le pedí que intentara encontrar alguna conexión entre el chico que murió en el jardín de Mark y el sobrino desaparecido.
—Ah —dijo Angel antes de marcharse—. La tía Lillian está aquí. Me cae bien.
Intenté no parecer decepcionada.
—A mí también me cae bien, pero sus cafés dejan mucho que desear. Sobre todo porque no existen. Angel soltó una risilla y se marchó a investigar.
Casi al mismo tiempo, la tía Lillian salió de casa con el señor Habersham, el muerto del 2B. No quise ni imaginarme de qué iba aquello.
Oí que llamaban a la puerta y me apresuré a subirme la cremallera de las botas. Debía reunirme con el tío Nico en veinte minutos, y no tenía ni la menor idea de quién podría venir a verme tan temprano.
Me alisé el jersey marrón por encima de los pantalones vaqueros, eché un vistazo por la mirilla y me quedé de piedra al ver al agente Taft.
No, por favor. Ahora no.
Abrí la puerta muy despacio, sobre todo porque me dolía. Tenía un dolor sordo y constante en todo el cuerpo.
—¿Sí? —pregunté al tiempo que me asomaba por la rendija de la puerta entreabierta.
—Hola —dijo. Me miraba como si estuviese chiflada—. Me preguntaba si podría charlar un rato con usted.
—¿Qué clase de charla tiene en mente?
No podía abrir más la puerta. Sabía que ella estaba allí. Notaba el calor de su mirada láser intentando abrasarme la materia gris. Y achicharrarme el pelo.
—¿Es un mal momento? —preguntó el agente, que se removía con incomodidad—. Siento molestarla, pero...
—Sí, sí. Lo entiendo. ¿Qué necesita?
—Creo que, bueno, que me están pasando muchas cosas raras.
Mierda. Apoyé el hombro contra la puerta antes de abrirla un poco más para dejar al descubierto a aquel engendro de Satán, rubio y de ojos azules. Me tapé los ojos con las manos.
—¡No! ¡No me haga esto! ¡No la traiga a mi hogar, a mi santuario! —exclamé con tono melodramático.
—Lo siento —dijo Taft, que empezó a mirar hacia los lados con resquemor—. Así que es cierto, ¿eh? Me están rondando.
Niña Demonio dejó escapar un suspiro exasperado.
—No te estoy rondando. Solo te vigilo. —Puse fin a los lamentos y la miré.
—Eso se llama acoso, querida, y es algo mal visto en casi todas las culturas.
—¿Puede ver...? ¿Puede ver a alguien? —preguntó Taft en un susurro.
—Ella puede oírle, colega. Entre antes de que los vecinos empiecen a chismorrear.
Aquello no era más que una excusa. Los vecinos habían empezado a chismorrear en el momento en que me mudé allí. Pero lo mejor sería trasladar el circo al interior, dejar que se cobijaran en mi humilde morada, que utilizaran mi mobiliario y saquearan mi nevera.
Le hice un gesto a Taft para que se acomodara en el sofá y me senté en la silla que había enfrente.
—Le ofrecería un café, pero lo ha hecho mi tía Lillian.
—Ya, bueno... Vale.
—A ver, ¿qué quiere saber?
—Bueno, últimamente me han ocurrido cosas muy raras.
—Ajá. —Tuve que esforzarme para no bostezar.
—Por ejemplo, no dejo de oír una campanilla que hay sobre la chimenea, pero allí no hay nadie, ¿sabe?
—Estoy aquí —dijo ella, que no le quitaba los ojos de encima—. Siempre estaré aquí. Te amo con locura.
Fulminé con la mirada a Niña Demonio.
—¿En serio? ¿Tan pronto? —Me sacó la lengua.
—He oído muchas cosas sobre usted en la comisaría. Muchos chismes, ya sabe.
Dejé que Taft siguiera con su perorata mientras mis ojos vagaban hasta el lugar que había ocupado Peter horas antes. Nunca me había encontrado a nadie como él. En realidad, nunca me había encontrado con nada sobrenatural, aparte de los muertos. Ni poltergeist ni vampiros ni demonios.
—¿A qué viene tanto brillo? —preguntó Niña Demonio—. Pareces bastante sosa.
Bueno, quizá con demonios sí.
Tras dedicarle mi mejor ceño fruncido, decidí cabrearla un poco. Yo ya estaba cabreada por tener que aguantar sus gilipolleces, así que me pareció justo.
—El agente Riera está hablando, querida. Cierra el pico.
La furia que apareció en sus ojos no me hizo mucha gracia. Tendría que tomarme en serio lo de convencerla para que cruzara. Angel y yo podríamos llevar a cabo otro exorcismo. Él odiaba los exorcismos. Sobre todo porque se sentía idiota retorciéndose en el suelo y fingiendo que se abrasaba con el agua bendita que yo le arrojaba.
—Mire —dije, interrumpiendo a Taft—. Lo entiendo. Y sí, hay una niñita que lo sigue a todas partes, seguramente la misma del accidente del que me habló. Tiene el pelo largo y rubio, ojos de color azul plateado (aunque puede que eso se deba a que está muerta) y un pijama rosa con un dibujo de Tarta de Fresa. —Le eché una miradita de reojo—. Ah, y es malvada.
Taft era un poli de pies a cabeza. Sabía muy bien cómo mantener la cara de póquer, así que tardé un momento en darme cuenta de que hervía de furia. La energía que irradiaba lo envolvía como un espejismo, algo parecido a cuando se ve un charco en la carretera a pesar de que no hay nada. ¿Era por algo que había dicho?
Se puso en pie de un salto y yo lo imité.
—¿Cómo cojones sabe eso? —preguntó con los dientes apretados.
¿Qué?
—Bueno, porque ella está justo a su lado.
—Y siempre lo estaré —dijo Niña Demonio—. Para siempre jamás.
No, si yo tenía algo que decir al respecto. Tarta de Fresa se estaba convirtiendo en una molestia. Taft estaba que echaba humo. Su furia desprendía rayos eléctricos, al estilo de un transformador de Tesla. Se situó a escasos centímetros de mí, así que me preparé para cualquier cosa que pudiera hacerme. Pero me juré por todas las cosas sagradas que si alguien volvía a pegarme, a arrollarme o a lanzarme por un tragaluz aquella semana, me embarcaría en una matanza indiscriminada. Y empezaría con él.
Mantuvo su rostro junto al mío durante todo un minuto antes de susurrar con voz ronca: «Que te jodan», y luego salió a grandes zancadas por la puerta.
En fin, Serafín. Por más interesante que fuera aquello, tenía una cita con el tío Nico. Y con el destino.
Después de guardar el expediente de Peter en el bolso, cerré la puerta con llave y me dirigí a la oficina. Tarta de Fresa me siguió. Me di cuenta de que sus iniciales, TF, coincidían con «Toda una Fiera». Apropiado, pero en serio, ¿aquel día podía ponerse peor?
—No me quiere cerca, ¿eh? —preguntó mientras balanceaba los bracitos a los lados.
Levanté una barricada en torno a mi corazón.
—No —dije mientras examinaba el móvil para ver si tenía mensajes—. Y yo tampoco.
TF estampó el pie contra el suelo en un arrebato y se alejó, furiosa. Había resultado más fácil de lo que creía. Me encargaría de la fierecilla cuando tuviera algo más de tiempo. En aquellos momentos tenía compromisos que cumplir.
Mi padre aún no había llegado al bar, así que subí por la escalera exterior; muy despacio, porque me dolía. El sol brillaba con fuerza, dándole a la mañana un engañoso aspecto cálido. Durante mi largo y arduo viaje hasta la primera planta, repasé lo que debía hacer aquel día. Número uno: Instituto Yucca. Ubie enseñaría su placa y conseguiría todo tipo de cooperación. Necesitaba informes y listas de alumnos. Seguro que alguien se acordaba de Peter. ¿Cómo iban a olvidarlo? Tendría que hacer una lista con los alumnos que asistían a sus clases y descubrir quién había compartido más de una asignatura con él. Cuanto más tiempo hubiesen estado expuestos a su presencia, más probable era que lo recordaran. Y a su hermana.
Con un movimiento suave, dejé el abrigo y el bolso en una silla, encendí la calefacción y me deslicé hasta la cafetera —con cierta rigidez— en busca de mi dosis matutina. Fue entonces cuando el mundo se abrió bajo mis pies. ¿Sería cosa del karma? ¿Acaso la falta de amabilidad con la que había tratado a Taft había vuelto para darme una patada en el culo? ¿En mi preciosísimo culo? Busqué y rebusqué, registré y recé, pero no encontré ni el menor rastro de café molido.
¿Cómo era posible? ¿Cómo podía el universo mostrarse tan cruel?
Una llamada a la puerta me hizo albergar esperanzas. Habían llamado a la puerta interior de la oficina, la que siempre utilizaba mi padre. Seguro que me traía café. Si sabía lo que le convenía.
Abrí la puerta de par en par y me encontré con un Benjamin Amadeo de lo más tenso. Solté el aire que había contenido y lo miré con el ceño fruncido.
—¿Qué quieres?
Su expresión se ablandó un poco.
—Traigo café.
Contemplé el vaso que tenía en las manos intentando no babear y me pregunté si los dioses jugaban conmigo, pero al final me rendí. Bien, les seguiría la corriente.
Esbocé una sonrisa de oreja a oreja y empecé de nuevo.
—Vaya, hola, Benja. ¿Qué tal? —No estaba mal. Le arrebaté el café de las manos y me dirigí hacia la resbaladiza comodidad del escritorio de plástico imitación madera y la silla de polipiel—. ¿Qué quieres? —pregunté por encima del hombro.
—Solo quiero hablar.
—Estoy ocupada.
—No pareces ocupada. ¿Qué estás haciendo?
—Todo lo que me dicen las vocecillas.
—¿Te importaría concederme un minuto?
De pronto, como si de un efecto a largo plazo se tratara, el arrebato de furia de Taft empezó a preocuparme. Otra persona enfadada conmigo sin motivo aparente. Y recordé también las miradas hostiles y recelosas que había recibido en la comisaría el día anterior.
A decir verdad, la población masculina ocupaba la posición más baja en mi lista de prioridades en aquel momento. Benja podía irse a la mierda.
—No me siento inclinada a concederte nada, Amadeo. Ni siquiera un minuto.
—¿Cómo lo hiciste? Lo de ayer en la comisaría. ¿Qué le dijiste?
—Por favor... Aunque te lo dijera, no me creerías.
—Oye, tienes que admitir que todo esto resulta difícil de tragar —dijo mientras avanzaba despacio hacia mí—, pero te juro que lo intento.
Me levanté de la silla de un salto, cabreada con el mundo en general y con Benjamin en particular.
—¿Quieres saber de qué estoy harta? —Lo pensó un momento.
—¿De la antiestética celulitis?
—De los capullos como los que estaban ayer en la comisaría. De los tipos como Taft, con sus miradas de reojo y sus chismes, que me dan la espalda cada vez que entro en una habitación. De la gente como tú, que me trata como si no valiera una mierda hasta que descubren que realmente puedo hacer lo que digo que puedo hacer y entonces, de repente, me convierten en su mejor amiga.
—¿Taft? ¿El poli?
—¡Y los demás!
—¿Los demás?
—¡Todos los demás! Todo el mundo quiere que ate los cabos sueltos que dejan cuando la cagan.
—Creí que tus abogados...
—No hablo de los abogados —aseguré con un gesto desdeñoso de la mano—. Ellos tienen todas las razones del mundo para querer atar sus cabos sueltos. Hablo de la gente que me viene diciendo cosas como: «No le dije a Stella que la amaba antes de verme succionado por el motor del avión».
—Vale, cálmate. Entrégame el café sin hacer ningún movimiento brusco. Te traeré otro y empezaremos de nuevo.
—¿Qué tiene de malo este? —pregunté mientras lo examinaba con recelo.
—Necesitas descafeinado.
Respiré hondo y me senté tras el escritorio. Las rabietas nunca me llevaban a ningún sitio.
—Lo siento. Me estoy quedando sin tiempo.
—¿Con este caso?
—No —respondí mientras recordaba a Peter en aquel hospital, conectado a las máquinas que lo mantenían con vida. Tras unos cuantos sorbos de café, conseguí calmarme. Bueno, más o menos. Aún me salía un poco de humo por las orejas. Taft era un bicho raro—. Bien, ¿para eso has venido? ¿Para saber qué le dije?
—Básicamente. Aunque también quería echarte la bronca por estar en el lugar equivocado en el momento equivocado. Otra vez.
—Bufff. Ponte a la cola.
—Ese chico te arrolló con mucha fuerza. ¿Buscas formas de quedar lisiada o qué?
—No a diario. ¿Te has enterado de algo sobre el almacén?
—Sé lo bastante como para creer que no se trata de lo que creemos que se trata.
—Ah, genial, pues me alegro de no ser de las que se aferran a sus creencias.
—Por lo que he oído, el buen sacerdote que afirma ser dueño del almacén es bueno de verdad. Dirige una misión para niños fugados en el centro de la ciudad.
—¿Niños? —repetí.
—No vas a decírmelo, ¿verdad? —preguntó, refiriéndose a mi trato con Julio Ontiveros.
—No. Puesto que hay dos niños implicados en el caso de Mark Weir, diría que existe una posible relación.
—Es probable. ¿Puedes darme una pista?
Alguien llamó a la puerta y me salvó de tener que decirle que no. ¿Qué les pasaba a los hombres con la palabra «no»?
La llamada procedía de la puerta lateral que había utilizado Benjamin.
—Pasa, papá —dije antes de volverme hacia el detective—. Tenemos una puerta principal, ¿lo sabías?
Hizo un exagerado gesto de indiferencia.
Al ver que mi padre no entraba, me levanté y me acerqué a la puerta.
—Puedes pasar, papá —dije mientras la abría.
Un segundo después, mi vida pasó ante mis ojos y llegué a una importante conclusión.
Fue divertida mientras duró.
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Chic@s quien sera el de la puerta? Que pasara con Peter? Estaran juntos?
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