jueves, 26 de febrero de 2015
Capitulo 29
Peter Lanzani.
Porque la perfección es un trabajo sucio, pero alguien tiene que hacerlo.
MARIANA ELIZABETH ESPOSITO.
—¿Lo conocías? —me preguntó Neil alrededor de una hora después.
Yo había leído un poco. Habíamos conversado otro poco. Benjamin había llamado. Yo había ignorado su llamada.
Y había averiguado cosas. Hacía cosa de un mes había estallado una pelea en el patio, y la prisión entró de inmediato en régimen de aislamiento. Se suponía que todos los hombres debían tumbarse en el suelo, pero uno de los reclusos, un tipo aniñado y grande con el que Peter había entablado amistad, se aturdió y no se agachó, así que uno de los guardas de las torres se preparó para realizar un disparo de advertencia. Peter lo vio y se abalanzó sobre su amigo para derribarlo, convencido de que el guardia iba a dispararle. En lugar de hundirse inofensivamente en el suelo, como se pretendía, la bala acertó en el cráneo de Peter y le perforó el lóbulo frontal. Llevaba en coma desde entonces.
Levanté la vista y volví a concentrarme en su pregunta.
—Solo de aquel incidente que ocurrió cuando estaba en el instituto —le dije. Le hablé de la noche que conocí a Peter, de los maltratos físicos que había sufrido a manos del hombre al que se suponía que había matado. Neil no se sorprendió. Cerré el expediente y contemplé sus ojos grises.
—Entre nosotros —le dije al tiempo que me inclinaba hacia delante para darle un toque íntimo a la conversación—, entre dos viejos amigos —añadí—, ¿qué sabías sobre él? ¿Qué pensabas de él? —Tamborileé con los dedos sobre el expediente—. ¿Qué es lo que no aparece aquí?
Neil se reclinó en la silla, se ajustó el cuello de la camisa y soltó un largo y profundo suspiro.
—Si te lo dijera, no me creerías. —Aquello sonaba prometedor.
—Apuesto a que sí —le aseguré con un guiño.
Me miró fijamente durante un minuto largo antes de empezar a hablar. Y, cuando comenzó, lo hizo con una reticencia que yo comprendía muy bien. Si él supiera...
—Ocurrió algo extraño cuando Lanzani llegó a este lugar, alrededor de una semana después de que se uniera a la población general de reclusos. —Bajó la mirada para estudiar el cierre de su reloj—. South Side envió a tres de sus soldados para matarlo. Por qué, no lo sé; pero cuando South Side ataca, la gente muere. Y punto.
Sentí una opresión en el pecho y apreté los dientes en un intento por no mostrar reacción alguna, por no demostrar la tensión que me provocaba imaginarme a Peter en aquella situación.
—La cosa terminó casi antes de empezar —continuó. Su rostro se volvió serio mientras repasaba sus recuerdos, mientras encajaba lo que sabía—. Por aquel entonces, yo no era más que un guarda recién salido de la academia, convencido de que era un tipo duro. Casi me meo en los pantalones cuando vi que aquellos hombres se acercaban a Lanzani, y eso que en aquella época ni siquiera sabía quién era Lanzani. Solicité ayuda, pero antes de que terminara de pedirla, los tres miembros de South Side yacían en el suelo en medio de un charco formado por su propia sangre, y aquel muchacho de veinte años... No sé... Estaba agazapado encima de una mesa, dispuesto a saltar sobre cualquiera que se acercara a él; miraba a los demás internos sin emoción alguna, sin ningún miedo.
Me quedé inmóvil, casi sin respirar, mientras observaba la escena que se desarrollaba en mi mente. Neil hizo un gesto negativo con la cabeza y me miró. Su expresión era una mezcla de alivio y respeto.
—No jadeaba más que yo ahora. No conseguí ver gran cosa de lo que ocurrió, pero...
—¿Pero? —insistí, muerta de curiosidad.
—Pero... no se movió como se mueven los hombres normales, Lali. Se convirtió en un borrón; se movió tan rápido que me resultó imposible seguirlo con la mirada. Luego apareció en cuclillas sobre la mesa, como un animal fuerte y peligroso. —Volvió a negar con la cabeza, como si aún no pudiera creer lo que vieron sus ojos—. Así fue como se ganó el apodo.
—¿El apodo? —pregunté, aún más intrigada.
—Nadie volvió a tocarlo nunca —añadió—. En todos los años que llevo aquí, creo que nunca he visto una cosa igual. Es una leyenda entre los hombres, casi un dios.
Me acerqué más al escritorio, casi babeante.
—¿No has mencionado algo de un apodo?
—Sí —dijo, alerta de repente—. Lo llaman «El Aliento del Diablo».
—El aliento del diablo... —repetí.
—Ya te dije que era difícil de creer —comentó con un fuerte suspiro. Era evidente que esperaba que me burlara de su historia.
—Neil, no dudo ni de una palabra de lo que has dicho. —Al ver su sorpresa, añadí—: Yo también vi algo similar la noche que lo conocí. Cómo se movía. Cómo caminaba.
—Exacto —dijo Neil, que me señaló con el dedo una y otra vez—. No es del todo... del todo...
—Humano —concluí en su lugar.
Echó una miradita al expediente que tenía en mis manos.
—Aunque supongo que es lo bastante humano.
No pude evitar estrechar el historial contra mi pecho, aferrarme a los matices que formaban parte de Juan Pedro Lanzani.
—Supongo, sí. —Era todo un enigma, místico e irreal.
—¿Sabes?, nunca me caíste bien en el instituto —dijo Neil, que me devolvió al presente.
Ah, vale. Así que iba a ponerse sincero.
—Lo sé —dije con tono de disculpa—. En realidad, tú a mí tampoco.
—¿No? —Parecía asombrado.
—No, lo siento.
—Ya, yo también. En aquel entonces pensaba que estabas chiflada.
—Y yo que eras un cabrón arrogante.
—Era un cabrón arrogante.
—Sí, lo eras —dije, conteniendo una risilla triste.
—Pero tú no eras una chiflada, ¿verdad?
Negué con la cabeza, agradecida por semejante reconocimiento.
—Puedo dejar que lo veas, si quieres.
Mi corazón dio un salto, como si quisiera salirse del pecho.
—Pero debo advertírtelo, Lali: él no se recobrará. Su cerebro está muerto.
Con la misma velocidad, el corazón cayó hasta mis pies y luego al suelo.
¿Muerte cerebral? ¿Cómo era posible?
—Lleva así desde que ocurrió —añadió. Se puso en pie y rodeó el escritorio para ponerme una mano en el hombro—. Siento tener que decirte esto, pero el estado planea poner fin a su tratamiento dentro de tres días.
—¿Te refieres a que van a quitarle las máquinas? —pregunté. Me invadió una oleada de pánico. Intenté tragármelo, pero de pronto tenía la garganta seca y dolorida.
Los labios de Neil se apretaron en una mueca de pesar.
—Lo siento, Mariana. Sin parientes que reclamen...
—Pero ¿qué pasa con su hermana?
—¿Qué hermana? Lanzani no tiene parientes vivos. Y, según su expediente, nunca tuvo hermanos.
—No, eso no es cierto —dije. Volví a abrir el historial y busqué entre las páginas—. Aquella noche tenía una hermana.
—¿La viste? —La voz de Neil estaba cargada de esperanza. Al igual que yo, no quería que Peter muriera.
Puesto que sabía que no encontraría nada sobre su hermana entre aquellos papeles, dejé de ojearlos y volví a cerrar la carpeta.
—No —dije, intentando no dejarme llevar por la desesperación—. Me lo dijo la casera.
Tras un suspiro decepcionado, Neil se dejó caer en la silla que había junto a la mía.
—Debió de equivocarse.
Mientras conducía hacia la clínica de cuidados a largo plazo de Santa Fe, donde se encontraba Peter, mi mente nadaba en un mar de información, intentando encajar cada pieza en pequeños archivos, organizar lo que había descubierto. Peter había seguido estudiando y un año después de su encarcelamiento se había graduado en criminología. Luego, sorprendentemente, se había centrado en los ordenadores. Tenía un máster en sistemas informáticos. Había mejorado. Al salir habría sido un miembro productivo de la sociedad, de los que pagan sus impuestos.
Sin embargo, iban a matarlo. Neil me había explicado que la única forma de detener los planes del estado era conseguir un requerimiento, pero tendría que aducir una buena razón. Si lograra encontrar a su hermana...
Cuando cogí el teléfono para llamar a Euge, empezó a sonar su tono personal, el de la canción «Do ya think I’m sexy?», de Rod Stewart.
Euge lanzó su pregunta en cuanto descolgué.
—¿Y bien?
—Está en coma.
—No fastidies.
—Sí fastidio. Y piensan retirarle el soporte vital dentro de tres días, Eu. ¿Qué voy a hacer? —Las emociones que había mantenido a raya en el despacho de Neil amenazaron con liberarse. Intenté contenerlas con la técnica de inspiraciones profundas que había aprendido con el DVD de Yoga Boogie.
—¿Qué podemos hacer? ¿Te dijo algo el señor Gossett?
—Tengo que encontrar a la hermana de Peter. Es la única que puede detener esto. Aunque no pienso rendirme. Chantajearé al tío Nico. Tal vez él pueda hacer algo. —No perdería a Peter sin luchar. Lo había encontrado después de muchísimos años, y aquello tenía que significar algo.
—El chantaje no está mal —dijo.
El mundo se volvió verde mientras entraba en la zona de aparcamiento, que parecía un jardín inglés. Antes de colgar, le di a Euge otro trabajo que hacer. Según el artículo que había leído la noche anterior, Peter había pasado tres meses en el Instituto Yucca. Quizá su hermana también hubiese acudido allí. Necesitaba los registros.
Euge se puso a trabajar en los registros mientras yo me adentraba en la maravillosa institución sanitaria. Aquel lugar era sin duda mucho mejor que la enfermería de la prisión. Supuse que resultaba imposible cuidar de los pacientes comatosos en la cárcel, y que por esa razón lo habían enviado allí. Neil había llamado antes y había informado al oficial de prisiones que vigilaba a Peter de que yo le haría una visita.
Cuando empecé a caminar por el vestíbulo hacia la sala de las enfermeras, descubrí al agente en una de las habitaciones que daban al pasillo principal, coqueteando con una enfermera. No podía culparlo. Vigilar a un prisionero en coma no era muy emocionante. Y flirtear resultaba divertido.
Se enderezó al ver que me acercaba, y la enfermera se marchó a toda prisa para atender sus obligaciones.
—Señora —dijo el hombre al tiempo que se daba un toquecito en una gorra invisible—. Usted debe de ser la señorita Esposito.
—Sí, soy yo. Supongo que el señor Gossett ya lo ha puesto al tanto de todo.
—Sí, así es. Nuestro muchacho está ahí dentro —dijo al tiempo que señalaba una puerta corredera de cristal cubierta por una cortinilla azul situada al otro lado del pasillo.
Aunque me sorprendió bastante que el agente no me pidiera una identificación, me dirigí a la puerta que indicaba. Bueno, la mayor parte de mí se dirigió hacia la puerta. Mis botas se quedaron clavadas al suelo. ¿Qué me encontraría al entrar? ¿Habría cambiado mucho en los diez años que habían pasado desde que le tomaron la fotografía del expediente de arresto? ¿Mostraría la dureza propia de la gente que pasaba mucho tiempo entre rejas?
El agente pareció darse cuenta de mi inquietud.
—No está mal —dijo con tono comprensivo—. Tiene un tubo de respiración, pero eso es probablemente lo peor de todo.
—¿Lo conocía a nivel personal?
—Sí, señora. Fui yo quien solicitó este trabajo. Lanzanu me salvó la vida una vez, durante un motín. Hoy no estaría aquí de no ser por él. Me pareció que era lo mínimo que podía hacer, ¿me entiende?
Se me encogió la garganta y quise preguntarle más cosas, pero algo me impulsó de pronto hacia la habitación de Peter, como si la gravedad en aquel punto se hubiera incrementado exponencialmente de repente. Al final di un paso, y el agente volvió a darse un toquecito en la gorra invisible antes de alejarse hacia la máquina de café.
En cuanto atravesé el umbral, examiné la zona para averiguar si su ser incorpóreo se encontraba en la estancia. Me sentí un poco decepcionada al ver que no era el caso. Se le daba muy bien lo de volverse incorpóreo.
Luego eché un vistazo a la cama. Peter Lanzani estaba allí tumbado, sólido y real, con el cabello oscuro y la piel bronceada que contrastaba con las sábanas blancas. La gravedad aumentó de nuevo, solo que en aquella ocasión estaba centrada en él. Me acerqué al borde de la cama y contemplé la perfección absoluta por segunda vez en mi vida.
Tenía un tubo respiratorio insertado en la tráquea y un vendaje alrededor de la cabeza. Su cabello alborotado, grueso y oscuro, le colgaba sobre la venda hasta la frente. Una barba de tres días le cubría la mandíbula y las pestañas, largas y gruesas, proyectaban sombras sobre las mejillas. Luego bajé la mirada hasta su boca cincelada, sensual e imposible de olvidar.
El único ruido que se escuchaba en la habitación era el de la máquina de ventilación. No se oían los pitidos del monitor cardíaco, aunque había uno acoplado en el que aparecían líneas y números sin cesar. Me acerqué más, tanto que rocé con la cadera uno de sus brazos. La bata azul claro del hospital tenía mangas cortas que permitían una generosa vista de sus músculos duros, esbeltos y fibrosos a pesar del coma. Un tatuaje recorría la piel morena del bíceps, resaltando su belleza y su elasticidad. Era una obra de arte tribal con líneas elegantes y curvas sensuales; líneas y curvas que tenían un significado. Las había visto antes. Eran antiguas, tanto como el propio tiempo. E importantes. Pero ¿por qué?
Mi corazón y mi mente tenían serias dificultades para aceptar el hecho de que aquel hombre tumbado en la cama era realmente Peter Lanzani, vulnerable y poderoso a un tiempo. Mis rodillas se habían convertido en gelatina, y me preguntaba cuánto más aguantaría de pie en su presencia. A pesar del tiempo que había pasado, Peter parecía incluso más irreal que en mis sueños. Más hermoso que en mis fantasías.
Su amplio pecho subía y bajaba al ritmo de la máquina. Deslicé las yemas de los dedos sobre su hombro y noté que ardía. Me bastó echar un vistazo al cartel que colgaba a los pies de la cama para averiguar que su temperatura era perfecta, de treinta y siete grados centígrados. Sin embargo, el calor que desprendía era tan real que me daba la impresión de estar delante de un horno.
Aun dormido parecía salvaje e indómito, una criatura imposible de domesticar, de retener durante mucho tiempo. Apoyé la mano sobre la suya, soportando el ardor de su piel, y me incliné hacia él.
—Peter Lanzani —dije con una voz rota por las emociones—, despierta, por favor. —Me daba igual lo que dijera el estado; Peter no estaba más muerto que yo. ¿Cómo podían considerar siquiera la idea de retirarle el soporte vital?—. Si no lo haces, apagarán estas máquinas. ¿Lo entiendes? ¿Puedes oírme? Tenemos tres días.
Eché un vistazo a la habitación con la esperanza de que se presentara en otra forma. Aún no sabía qué era exactamente, pero era algo más que humano. Lo sabía sin el menor atisbo de duda. Debía encontrar a su hermana. Debía detener aquello.
—Volveré —susurré.
Pero antes de marcharme, agaché la cabeza y apreté mi boca contra la suya. El beso me abrasó los labios, pero aguanté durante varios segundos milagrosos para poder disfrutar del contacto de su boca bajo la mía.
Cuando hice ademán de enderezarme para poner fin al beso, empezaron a llegarme imágenes a toda velocidad. Comencé a recordar las noches que habíamos pasado juntos durante el último mes. Recordé sus manos en mis caderas mientras le rodeaba la cintura con las piernas como si mi vida dependiera de ello. Recordé cómo se hundía hasta el fondo en mi interior y me provocaba increíbles oleadas de placer. Recordé el beso en el despacho de Euge, cómo había guiado mi mano, cómo me había sujetado cuando me flaquearon las piernas. Y luego me acordé de aquella noche ocurrida tanto tiempo atrás. La noche que su padre le golpeó, cuando se quedó inconsciente durante una milésima de segundo. Recordé la expresión de sus ojos cuando recuperó el sentido. La furia. Aquella furia no iba dirigida contra su padre, ¡sino contra mí! Me había mirado directamente a mí. Me vio y se puso furioso.
Luego recordé una taza junto a mis labios, una toalla caliente en la cabeza y un brazo que me sostenía mientras regresaba a la realidad y me preguntaba si se me habían derretido los huesos.
—¿Se encuentra bien, señorita Esposito?
—Tome —dijo una mujer—, beba esto, querida. Se ha dado un buen trompazo.
Di un trago de agua fría y abrí los ojos. El guarda de la prisión y la enfermera estaban a mi lado. El agente sostenía una toalla húmeda sobre mi cabeza mientras la enfermera intentaba que bebiera más agua. Me habían arrastrado hasta una silla que había fuera de la habitación y trataban de mantenerme sentada en ella, a pesar de la insistencia de mi cuerpo inconsciente por comerse el suelo de baldosas.
—Huy —dijo la enfermera—. ¿La tienes?
—La tenía la primera vez. Se me resbala continuamente. Es como un espagueti gigante.
—¿Qué? —grité, ya recuperada—. ¿Cómo que gigante? ¿Qué ha pasado? —Alcé la vista para contemplar los ojos risueños del agente y di otro trago mientras se explicaba.
—No sé si se desmayó o si solo quería examinar de cerca las grietas de las baldosas, pero el caso es que se ha dado un buen golpe.
—¿En serio?
Asintió con la cabeza.
—Me parece que no debería haber intentado darse el lote con él —sugirió. ¿Cómo sabía aquello?
—Le estaba dando un beso de despedida.
El agente resopló e intercambió una miradita con la enfermera.
—A mí no me dio esa impresión.
Seguro que no. Pero ¿qué había ocurrido? ¿Acaso Peter Lanzani podía controlarme a pesar de estar sumido en un puñetero coma? Si era así, lo tenía chungo.
—¡Ay, madre mía! —exclamé al tiempo que me levantaba de un salto de la silla.
Tras un instante de mareo que me recordó demasiado a la noche que celebré mi graduación en el instituto, en un charco formado por mi propio vómito, me adentré de nuevo en la habitación de Peter, admiré su belleza unos segundos, le di un beso de despedida (esta vez en la mejilla) y luego les di las gracias al guardia y a la enfermera y salí pitando del hospital. Debía encontrar a la hermana de Reyes, y se me agotaba el tiempo.
—¿Te desmayaste?
Suspiré junto al teléfono y esperé a que Euge superara el momento de asombro. No entendía por qué aún se sorprendía con las cosas que me pasaban.
—¿Has echado un vistazo a los informes del instituto de Peter?
—Todavía no. ¿Te desmayaste? ¿Mientras lo besabas?
—¿Hay algo que deba saber?
—Bueno, he examinado las memorias USB. Solo contienen cosas del señor Barber. No hay nada en ellas que no esté relacionado con sus casos.
—Mierda. Tendré que hablar con Barber al respecto. —De todas formas, ¿dónde estaban mis abogados?—. Y habrá que devolver esas memorias antes de que la secretaria descubra que han desaparecido.
Antes de colgar, le pedí a Euge que averiguara si la secretaria de los abogados, Nora, había ido a la oficina aquel día. Esperaba que no, ya que así no habría echado en falta las memorias.
Justo cuando entraba con Misery en la zona de estacionamiento de mi edificio, también conocido como mi «hogar, dulce hogar», el móvil empezó a entonar la Quinta de Beethoven. El tío Nico me dijo que habían conseguido la identidad y la dirección de nuestro asesino. O del tipo que creían que era nuestro asesino. Deseé que al menos uno de los abogados hubiese visto al asaltante para poder estar seguros de que habíamos dado con el tipo correcto. Por lo visto, el fulano trabajaba para Noni Bachicha, un tendero del barrio. Yo conocía a Noni personalmente, y jamás se había involucrado en nada semejante, así que estaba claro que algo no encajaba. De cualquier forma, no averiguaríamos nada hasta que atrapáramos al supuesto asesino. El tío Nico estaba a punto de hacer justo eso. Con la ayuda de casi la mitad del cuerpo de policía.
Por supuesto, no podía perderme la diversión. En cuanto lo viera, sabría si el tipo era culpable o no. Era una de las ventajas de ser un ángel de la muerte, suponía. El problema surgía cuando la persona que tenía ante mí era culpable de muchos otros crímenes. La culpabilidad era la culpabilidad, pero en ocasiones resultaba difícil distinguir entre dos crímenes. Aun así, debía intentarlo.
Anoté la dirección, realicé un giro en U y me dirigí hacia un complejo de apartamentos situado en mitad de la zona de guerra sur, donde residía un tal señor Julio Ontiveros.
Los equipos estaban a una manzana de distancia, preparándose para la detención. Al parecer, estaban casi seguros de que el tal Julio estaba dormido en su casa. Debía de haber salido hasta altas horas de la madrugada. Aparqué entre el monovolumen del tío Nico y un coche patrulla, puse el móvil en modo silencio —porque no hay nada peor que el timbre de un móvil en medio de una detención; todo el mundo te mira con muy mala cara—, y luego fui en busca de Ubie.
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Chic@s otro cap de la adaptación. Despertara Peter??
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