jueves, 5 de febrero de 2015

Capitulo 20

TDA. 
Toda una vida de distracciones. (Camiseta)

Aunque no había nada que deseara más que preguntarles a mis queridos difuntos sobre Peter (¿Lo habían visto bien? ¿De qué color eran sus ojos? ¿Les había parecido... muerto?), el tío Nico se empeñó en hablar sobre el caso. Entretanto, mi cordura pendía de un hilo. Y mi frágil sensación de bienestar. Y mi capacidad para lidiar con las rutinarias realidades de la realidad. Por no mencionar mi vida sexual.

¿Acaso no había nada sagrado?

—¿Has conseguido la identidad del asesino? —preguntó el tío Nico mientras volvíamos a mi despacho, conocido también como la Zona Muerta.
—No. —En aquellos momentos, la estancia me pareció fría, aunque probablemente se debiera a que acababa de vivir una experiencia cercana al sexo con una criatura incendiaria. Encendí la calefacción y me serví un café antes de sentarme.

El tío Nico tomó asiento frente a mí.

—¿No? Bueno ¿ellos están... ya sabes, aquí?
—Sí. —¿Cómo era posible que hubiera sucedido algo así? Estaba claro que Peter no era un fiambre corriente y moliente. Si de verdad era Peter. Si de verdad era un fiambre.
—¿No has hablado sobre el tema con ellos, entonces?
—No. —Si estaba muerto, ¿cómo era tan... ardiente? Porque ardía, en sentido literal. Y si estaba vivo, ¿cómo podía ser algo inmaterial? ¿Cómo se movía tan rápido? ¿Cómo pasaba de un estado molecular a otro? Nunca había visto nada parecido.

El tío Nico chasqueó los dedos delante de mi cara. Parpadeé con sorpresa y luego lo fulminé con la mirada.

—No te enfades. —Me mostró las palmas de las manos en un gesto de paz—. Estás en otra parte, y te necesito aquí. Anoche se produjo otro homicidio. No creen que esté relacionado con esto, pero necesito saberlo con seguridad.
—¿Otro? —pregunté mientras él abría la carpeta que llevaba para sacar una foto de autopsia—. ¿Por qué no me llamaste?
—Lo hice. Tienes el teléfono apagado.
—Huy.
—El alcalde no deja de darme la lata con este caso. La noticia del asesinato de tres abogados en la misma noche no queda bien en el telediario nocturno.
Comprobé el teléfono móvil.

—Lo siento, se me ha agotado la batería. —Supongo que nada estaba a salvo en la Zona Muerta.

En cuanto coloqué el móvil en el cargador, el tío Nico situó la foto encima del escritorio. Un rostro ensangrentado, lleno de manchas púrpuras y azules, apareció ante mí. Tenía costras de sangre alrededor de varias heridas hinchadas, como si el sujeto hubiera sufrido un accidente. Sin embargo, dadas las circunstancias, dudaba mucho que las heridas fueran accidentales. Quienquiera que fuese, no había tenido una muerte fácil.

—¿Qué le ocurrió? —quise saber.
—Lo torturaron antes de matarlo. Pero no buscaban información. —Señaló la boca y la garganta del hombre—. Le cubrieron la boca con cinta adhesiva y le apretaron la tráquea para evitar que gritara. Así que o bien les había proporcionado ya la información que necesitaban, o bien sabían de antemano lo que había hecho.

Dejé que mi mirada vagara por la estancia en un intento por no parecer escrupulosa.

—Los asaltantes deseaban infligirle el mayor dolor posible antes de matarlo. Me da que habló más de la cuenta de quien no debía. Este tipo de tortura se reserva normalmente para los traidores, ya sea para los que traicionan a un miembro importante de alguna banda o para los que traicionan a todo un grupo u organización. Hoy en día, los sindicatos del crimen están más jerarquizados que la nobleza británica.

Los abogados se reunieron en torno al escritorio, de modo que cogí la foto y la coloqué de manera que pudieran verla mejor. Sussman compuso una mueca y dio un paso atrás. Era de los míos. Sin embargo, Elizabeth y Barber la estudiaron con detenimiento.

—Resulta difícil reconocerlo —dijo Elizabeth—. Quizá si no estuviera tan amoratado...
 —Ayudaría que tuviéramos una foto del expediente de arresto, y no una de la autopsia.
—Todavía no lo hemos identificado —me dijo el tío Nico antes de coger el teléfono móvil, que había comenzado a sonar.

Sussman contempló a Barber a través de sus gafas de montura redonda.

—¿Reconoces a este hombre, Jason?

Eché un vistazo a Barber. Parecía sorprendido, sin habla y pálido, a pesar de que la palidez era una imposibilidad fisiológica en su estado. Porque carecía por completo de sangre.

—Es él —dijo Barber—. Es el tipo que me pidió que me reuniera con él. Elizabeth volvió a examinar la foto.
—¿Ese es tu hombre misterioso? —inquirió.
—Yo diría que sí —replicó él.

Sussman dio un paso adelante y volvió a examinar la foto.

—¿Estás seguro?

Barber asintió, estremecido.

—Aunque no apostaría mi vida ni nada de eso.
—De todas formas, ya es demasiado tarde para eso —señaló Elizabeth, que no había dejado de observar la foto con distintos grados de repulsión.

El tío Nico cerró su teléfono móvil.

—Carlos Rivera. Tiene un historial de arrestos tan grande como mi legendaria y envidiada capacidad de memoria.
—En ese caso, seguro que no hay antecedentes —dije, conteniendo una risotada.

Mi tío entrecerró los ojos y se dio unos golpecitos en la sien con el dedo índice.

—Esto es como una trampa de acero.
—Ya, pues parece que has olvidado aquella vez que se suponía que debías sacarme del coche de papá y meterme en la cama mientras él se tomaba unos margaritas. Me desperté a las dos de la mañana, casi congelada en el asiento trasero, mientras tú lo pasabas en grande con la señora Dunlop en la puerta de al lado.

El tío Nico se ajustó la corbata.

—Creo que ese fue un incidente relacionado con el alcohol —masculló. Un rubor extrañamente favorecedor se extendió por su rostro, haciendo que todo aquello hubiera merecido la pena.

Solo para echar sal sobre la herida, sacudí la cabeza con fingida desaprobación.

—Si creer eso te ayuda a dormir por las noches, tío Casi Homicidio por Negligencia...

Elizabeth rió por lo bajo. Pero el tío Nico no.

—Podríamos dejarles lo de presentar cargos a los de la fiscalía del distrito.—Antes de que pudiera protestar, añadió—: Encontramos el cadáver del señor Rivera en el Río Grande.
—Quizá tuviera sed —sugerí.
—¿Alguna vez has probado el agua del Río Grande?
—Últimamente no —dije, y me pregunté si él lo había hecho. Y por qué. Y si padecía alguna enfermedad parasitaria a causa de ello—. Barber cree que puede ser el mismo tipo que le pidió que se reuniera con él en secreto.

El tío Nico se inclinó hacia delante, intrigado.

—¿Ah, sí?
—Sí. —Barber me explicó el incidente y yo le transmití la información al tío Nico, quien, por supuesto, lo anotó todo en su libreta.
—Ese tipo me llamó —dijo Barber, que tomó asiento en el sofá que yo había acercado antes. Elizabeth lo imitó, pero Sussman se acercó a la ventana y contempló el campus universitario que había al otro lado de la calle mientras hablábamos—. Quería que me reuniera con él en un callejón, algo que me resultó bastante extraño. Pero el caso es que me pareció, no sé, desesperado.
—¿Podría describir su comportamiento? —me preguntó el tío Bob.
—Estaba nervioso —dijo Barber—. Inquieto. No dejaba de mirar por encima del hombro y de consultar el reloj. Supuse que necesitaba un chute, o algo así.
—Pero ¿escuchaste lo que tenía que decirte? —inquirí, interrumpiendo el interrogatorio del tío Nico.
—Dijo que tenía información sobre uno de nuestros clientes —comentó Elizabeth—. Jason no tuvo más remedio que escucharle.
—¿Qué información? —pregunté, aunque no pasé por alto aquella repentina intervención en su defensa. Interesante.

Para el momento en que Barber finalizó su narración, habíamos descubierto que, según el fallecido Carlos Rivera, había un hombre que iba a pasar mucho tiempo en prisión a pesar de que su único crimen había sido verse involucrado en un asunto de marihuana en la facultad. Por lo visto, admitió haber fumado.

Sin embargo, las evidencias forenses apuntaban hacia un crimen mucho más grave. La policía había encontrado a un adolescente muerto en su jardín trasero, y unas zapatillas deportivas manchadas de sangre en el interior de su casa. Las zapatillas habían sido el último clavo de su ataúd. Junto con el testimonio de un testigo presencial (una mujer de ochenta años con gafas de culo de vaso y juanetes), habían sido la clave para encerrar al pobre hombre por homicidio. La mujer declaró bajo juramento que había visto al acusado llevar al chico a su jardín trasero y ocultarlo tras un cobertizo que hacía las veces de almacén. En una noche oscura y tormentosa. Estaba claro la anciana había leído demasiadas novelas de misterio.

—Pero estaba demasiado oscuro —dije—. Y llovía. Esa mujer podría haber visto a mi tía abuela Lillian ocultar el cuerpo y dar por hecho que había sido vuestro pobre cliente.
—Exacto —convino Barber—. De cualquier forma, fue condenado por asesinato en segundo grado.
—¿Vuestro cliente conocía al chaval? —quiso saber el tío Nico. También habría sido mi siguiente pregunta.

Barber negó con la cabeza.

—Dijo que no lo había visto en su vida.
—¿Cómo se llamaba vuestro cliente? —pregunté antes de que pudiera hacerlo el tío Nico.
—Weir. Mark Weir. Me dio una llave de memoria USB —dijo Barber.
—¿Quién? ¿Tu cliente?
—¿Quién hizo qué? —inquirió el tío Nico sin apartar la vista de la libreta.
—Alguien le entregó a Barber una llave de memoria.
—¿Quién? —repitió.

Por el amor de Dios, ¿acaso no me había oído preguntarlo ya?

—No, el tío ese. —Barber señaló la foto con un gesto de la cabeza—. Rivera. Aunque no llegó a decirme cómo se llamaba, me dio una dirección. Me dijo que podría encontrar las pruebas que necesitaba para salvar al señor Weir en un almacén de Westside. Me pidió que estuviera allí el miércoles por la noche.
 —¿Hora? —quiso saber el tío Nico.

Al parecer, los buenos interrogatorios no precisaban frases completas. Tomé nota mental de eso.

—Nunca llegó a decirme una hora. Creo que se dio cuenta de que alguien lo había seguido. Se puso la capucha de la sudadera y entró en una pizzería antes de que pudiera preguntarle nada más.
—Barber volvió a estudiar la foto—. Supongo que al final lo atraparon, que descubrieron lo que intentaba hacer.
—Hoy es miércoles —señalé—. ¿Cuándo ocurrió todo esto?

Sussman se dio la vuelta y los tres abogados intercambiaron una mirada. Al final, fue Elizabeth la que respondió con voz triste.

—El día que morimos. —Echó un vistazo a Barber—. Parece que fue hace una eternidad.

Barber cubrió las manos de la abogada con las suyas. El coraje de Elizabeth, esa pose dura de no-juegues-conmigo, se vino un poco abajo.

—Esto sucedió ayer —le dije al tío Nico.
—Vale —replicó él antes de empezar con el interrogatorio al estilo nazi. Formuló docenas de preguntas sobre docenas de cuestiones mientras anotaba a toda prisa en su libreta las respuestas que yo le transmitía. Me pregunté si habría oído hablar alguna vez de las grabadoras digitales.
—La llave de memoria se encuentra en el escritorio de su despacho —dije, respondiendo a otra de las preguntas—. No, el tipo no dijo lo que contenía, pero a Barber le dio la impresión de que se trataba de algún vídeo. Sí, este miércoles; hoy. No, no vio quién seguía a Rivera. Ya habían presentado una apelación, pero pasarán meses antes de que se celebre el juicio. Sí. No. El cliente todavía no había sido trasladado. Quizá. Ni lo sueñes. Cuando se congele el infierno. Bueno, vale. No, su otro testículo izquierdo.

Cuando el tío Nico se quedó sin preguntas (cosa de agradecer, ya que estas se habían desviado bastante del tema principal), yo me quedé sin energía. No tanto, sin embargo, como para apaciguar las molestas sospechas que tenía con respecto a todo aquel asunto. Allí había algo mucho más importante que un pobre hombre inocente, y me daba la sensación de que ese algo estaba relacionado con el adolescente asesinado. Necesitaba más información sobre ambas cosas.

Bajamos a la planta inferior para comer algo. Mi padre hacía los mejores Monte Cristo de aquel lado de la Torre Eiffel, y se me hizo la boca agua solo de pensar en ellos. Cuando por fin tuve un momento de respiro, mis pensamientos regresaron a Peter. Resultaba difícil no pensar en un hombre cuya mera presencia evocaba imágenes de un diablo decidido a pecar.

—Me encanta el nombre del bar de tu padre —dijo Elizabeth mientras bajábamos las escaleras.

Me obligué a regresar al presente. Elizabeth había cambiado su forma de actuar conmigo desde que estuve a punto de mantener una relación sexual con un ser incorpóreo delante de ella. Sin embargo, no parecía enfadada. Ni ofendida. Quizá fuera algo relacionado con Benjamin. Quizá la abogada creyera que yo lo había engañado o algo así, ya que Benjamin parecía sentir algo por mí. Sentía algo por mí, sí, pero no era nada agradable ni cálido.

—Gracias —repliqué—. Se lo puso por mí, para el eterno disgusto de mi hermana —añadí con un resoplido.

Sussman rió por lo bajo.

—¿Le puso ese nombre por ti? ¿No se llama Calamity’s? ¿Calamidad?
 —Sí. El tío Nico me llamó Calamidad durante años, por Calamity Jane. Y cuando mi padre compró el bar, le pareció que el nombre le pegaba.
—Me gusta —aseguró Elizabeth—. Una vez tuve un perro que se llamaba como yo.

Intenté no echarme a reír.

—¿De qué raza?
—Era un pitbull. —Una sonrisa maliciosa apareció en su rostro.
—Ahora entiendo por qué le pusiste tu nombre —dije con una risotada. Elegimos un rincón oscuro y aislado en el que esperaba poder hablar con mis clientes sin que nadie nos viera. Tras una rápida introducción (una versión abreviada de mi noche con el marido maltratador en el bar que explicaba el estado de mi cara), le pregunté a mi padre si tenía algún mensaje para mí.
—¿Aquí? —inquirió—. ¿Esperas alguno?
—Bueno, sí y no.

Se suponía que Rosie Herschel, mi primer caso de desaparición asistida, me llamaría si se metía en problemas, así que el hecho de que no hubiera noticias era una buena noticia en sí. No queríamos arriesgarnos a entablar otro tipo de comunicación, cualquier cosa que pudiera relacionarla conmigo o con mi trabajo y que revelara que había escapado de la patética vida que llevaba con su marido. Aunque lo cierto era que el tipo no vivía lo bastante cerca de la ciudad Inteligencia como para ser capaz de averiguar lo que había ocurrido.

—«Sí y no» no responde a mi pregunta —dijo mi padre, que esperó a que me explicara.
—Claro que sí.
—Ah —replicó. Había entendido la indirecta—. Asuntos oficiales. Ya lo he pillado. Te haré saber si llega algún mensaje.
—Gracias, papá.

Esbozó una sonrisa y la mantuvo durante unos instantes antes de inclinarse hacia mí.

—Pero si alguna vez vuelves a entrar en mi bar con la cara hinchada y llena de cardenales —me susurró al oído—, tendremos una conversación muy seria acerca de tus asuntos oficiales y todo lo que eso conlleva.

Mierda. Creí que me había salido con la mía. Creí que lo había convencido de que la paliza había sido una experiencia más educativa que peligrosa.

Me vine abajo.

—Está bien —dije añadiendo un leve gimoteo a mi voz sobria normal.

Me dio un beso en la mejilla y regresó a atender la barra. Al parecer, Donnie aún no había llegado. Donnie era un tranquilo nativo americano con el pelo largo y negro y unos pectorales de muerte. Yo no le gustaba lo suficiente como para darme el alegrón del día, pero lo cierto era que ya tenía el alegrón del día cubierto. Y Donnie estaba de muy buen ver.

El tío Nico colgó el teléfono móvil y concentró toda su atención en mí. Algo de lo más inquietante.

—Bueno —dijo—, ¿te importaría contarme qué era lo que ocurría cuando entré en tu oficina esta mañana?

Ah, eso. Me removí en la silla, incómoda. Enrollarse con la nada debía de parecer algo ridículo para un espectador accidental.

—¿Tan malo fue? —le pregunté.
—No fue malo, supongo. Pensé que te había entrado un ataque de pánico o algo parecido. Pero luego me di cuenta de que Euge y Amadeo se limitaban a mirarte fijamente, así que imaginé que, fuera lo que fuera, no corrías un peligro de muerte.
 —Ya, porque de lo contrario Amadeo habría estado encima de mí, haciéndome el boca a boca o algo igual de heroico.

El tío Nico inclinó la cabeza hacia un lado mientras se lo pensaba.

—En realidad, lo que me chocó más fue la expresión de anhelo del rostro de Euge.

Una carcajada ascendió por mi garganta. Podía imaginarme a la perfección la cara de euforia de Euge. El tío Nico se sentó con aire paciente y enarcó las cejas en una pregunta que aguardaba una explicación.

Bien, pues no iba a recibir ninguna.

—¿Sabes, tío Nico? Deberíamos dejar a un lado ese asunto en particular, ya que eres mi tío y todo eso.
—Está bien —dijo al tiempo que se encogía de hombros con aire despreocupado, fingiendo que dejaría el tema. Dio un sorbo del té helado y luego añadió—: Amadeo parecía bastante cabreado. Supongo que sabrás por qué.
—Claro. Porque es un imbécil.
—Es algo temperamental en ocasiones, eso debo admitirlo.
—También lo era Josef Mengele.
—Pero en su defensa —continuó en un intento por apaciguarme—, debo decir que todo este malentendido que hay entre vosotros es culpa mía. Debería haber mantenido la boca cerrada. Malditas sean las cervezas.
—Bueno, no fueron las cervezas las que transformaron a Amadeo en un imbécil. Estoy casi segura de que ya nació así.

El tío Nico respiró hondo y luego dejó el tema de verdad.

—Ya veo que esto no me va a llevar a ningún sitio. Pero, maldita sea, Lali, tengo un trabajo que hacer. —Parpadeé, sorprendida, y él sonrió—. Tengo que fastidiar a tu padre como sea. —Se levantó de la mesa y me dio unas palmaditas en el hombro, que era su forma de decir que no había problemas entre nosotros.

Cubrí su mano con la mía.

—Fastídialo un poco de mi parte, ¿quieres?

Tras darme un suave apretón, el tío Nico se acercó a la barra y declaró (en voz bien alta) que era un investigador del CCPE. Di un respingo. Había pocas cosas que le hicieran menos gracia a mi padre que pensar en una visita del Centro de Control y Prevención de Enfermedades. Aquella posibilidad ocupaba algún lugar entre una auditoría de Hacienda y una demanda colectiva.

—¿Sabes cuándo es tu funeral? —le preguntó Elizabeth a Sussman con voz triste.

Él agachó la cabeza.

—No. Se reunirán con el organizador del funeral esta tarde. —Elizabeth tomó sus manos.
—¿Cómo lo está llevando Michelle?
—No muy bien. Tengo que volver con ella.

Oh, oh. Iba a ser uno de esos difuntos que se quedaban atrás para cuidar de sus familias. Al igual que la palidez de Barber, el hecho de que un fantasma se hiciera cargo de su familia era fisiológicamente imposible. Tendría que intentar sacarle esa idea de la cabeza en cuanto resolviéramos aquel asunto.

—¿Y tú? —le preguntó Barber a Elizabeth—. ¿Sabes cuándo es tu funeral?
—Yo tampoco me he enterado. —Se acercó a él—. ¿Piensas ir al tuyo, entonces?

Barber se encogió de hombros.

—No lo sé. ¿Tú vas a ir al tuyo?
—Supongo que debería.
—¿Ah, sí?

Elizabeth sonrió y se acercó un poco más.

—Haré un trato contigo.
—Madre mía...
—Si me acompañas a mi funeral, yo iré contigo al tuyo.

Barber se lo pensó durante un momento y luego se volvió a encoger de hombros a regañadientes. Intenté no echarme a reír. Eran como los novatos del instituto, que intentan convencerse a sí mismos de que en realidad no quieren asistir al baile del colegio.

—Supongo que podríamos hacerlo —dijo Barber—. ¿Te apuntas, Sussman?
—¿Qué? —Sussman se encontraba a un centenar de sistemas solares de distancia. Se obligó a concentrarse en sus colegas—. No lo sé. Me parece un poco morboso.
—Vamos—dijoElizabeth—.Podremos escuchar un montón de maravillosos comentarios sobre nosotros de boca de los parientes que más nos detestaban.

Sussman suspiró.

—Puede que tengas razón.
—Por supuesto que la tengo. —Elizabeth le dio unas palmaditas en la mano y luego me miró—. ¿Crees que debería asistir a su funeral, Mariana?
—¿A su funeral? —repetí. Me había pillado desprevenida—. Ah, bueno, claro. ¿Quién no querría asistir a su propio funeral?
—¿Lo ves? —dijo ella antes de darle otras cuantas palmaditas.
—Espero que no nos entierren en el mismo cementerio —comentó Barber—. No sé si podría soportar la eternidad con vosotros dos como vecinos.

Sussman resopló y Elizabeth le dio un golpe en el brazo.

—Solo bromeaba —aclaró con una sonrisa cuando Elizabeth fingió fulminarlo con la mirada. Después se volvió hacia mí—. Bueno, ángel de la muerte, ¿y ahora qué?

Tuve que pensármelo.

—En primer lugar —dije al tiempo que lo apuntaba con el dedo índice—, para ti soy la señora ángel de la muerte, colega.

Se echó a reír.

—Y en segundo, me parece que debería echarle un vistazo a vuestros expedientes sobre este caso.
—Claro —dijo Elizabeth—. Tenemos una llave de emergencia escondida en las oficinas.
—¡Anda! —exclamé mientras levantaba la mano y me removía en la silla como una niña de escuela con infección del tracto urinario—. ¿Está en una de esas piedras falsas que parecen piedras reales pero son falsas?
—No —respondieron los tres al unísono.
—Ah, perdón. Continúa —le pedí a Elizabeth, ya que había sido a ella a quien había interrumpido.
—Y tendremos que darte el código de seguridad, por si acaso Nora no está allí. Si está, puede que tengas ciertas dificultades para entrar sin una orden.
—Cierto. No había pensado en eso. Estoy segura de que el tío Nico puede conseguirme una.
—Si no —dijo Sussman—, podrías considerar la idea de entrar a hurtadillas esta noche y robar los archivos.

Todos nos volvimos hacia él. No parecía un tipo dado a los allanamientos.

—¿Qué? No es ilegal si nosotros damos nuestro consentimiento. —Muy cierto.
—Aunque me parece que las autoridades no estarían muy de acuerdo contigo, la idea me gusta.

Sussman sonrió.

—Tenía la corazonada de que te gustaría.
—Chicos, ¿puedo haceros un par de preguntas sobre lo que ocurrió esta mañana? —dije al darme cuenta de que tal vez fuera un buen momento para sacar a colación a Peter.
—Por supuesto —dijo Barber.

Elizabeth bajó la mirada, como si se distanciara. No lo consigo siempre, pero lo cierto es que suelo interpretar a la gente lo bastante bien como para saber cuándo ha cambiado el ambiente. Sentía curiosidad por saber lo que había pasado, y me intrigaba saber qué era lo que hacía que Elizabeth se mostrara tan renuente a hablar de ello conmigo.

Volví a lo de Peter y decidí dejar la parte bochornosa a un lado.

—He decidido dejar la parte bochornosa a un lado —dije. Era mejor decir aquellas cosas a las claras—. Espero que, puesto que vosotros podíais verlo, no creyerais que me dedicaba a hacer gilipolleces, como seguramente pensaron Euge y Amadeo. Porque vosotros podíais verlo, ¿no? Decidme que no parecía que me estaba dando el lote con el aire...

Se miraron unos a otros con aire confundido.

—¿Lo visteis? —quise saber.
—Por supuesto que lo vimos —respondió Elizabeth—. Pero tú no te estabas dando el lote con nadie. No te moviste, si eso es lo que piensas. Al menos, no mucho.

Me incliné hacia delante.

—¿Qué quieres decir?
—Te quedaste allí de pie —dijo Sussman, que se levantó las gafas con el dedo índice—, con la espalda apoyada en la pared y las manos aplastadas a los costados. Tenías la cabeza inclinada hacia atrás y jadeabas como si acabaras de correr la maratón de Duke City, pero no te movías.

Su descripción me distrajo durante unos instantes. ¿Tenía los brazos a los costados? ¿La cabeza echada hacia atrás?

—Pero él estaba allí. Lo visteis. Estábamos...
—¿El uno encima del otro como el verde sobre el guacamole? —preguntó Barber.
—Bueno, algo así, supongo.
—Oye, que no me estoy quejando —dijo él con un gesto negativo de las manos—. Ni mucho menos. Fue de lo más excitante.

De algún modo, tratar de no ruborizarme solo consiguió que me ruborizara aún más. Sentí el calor en mi rostro y solo me quedó rezar para que el rojo no se mezclara con los azules y los morados que ya estaban presentes.

—Pero no te moviste —señaló Elizabeth—. No físicamente.
—Lo siento, pero sigo sin entender nada.
—Tu alma, tu espíritu, como quieras llamarlo, fue lo que se movió. Te transformaste en algo parecido a nosotros, solo que con mejor color.
—Sí —dijo Barber—, te desprendiste de tu cuerpo para... estar con él. Fue alucinante.

Me quedé desconcertada. No era de extrañar que me pareciera un sueño.

¿Había realizado algún tipo de proyección astral? Esperaba que no. No creía en las proyecciones astrales. Aunque tal vez, solo tal vez, las proyecciones astrales creyeran en mí.

—¿Cómo narices pude salir de mi cuerpo? —pregunté, mareada y confusa, aunque no a causa de ninguna sustancia ilegal.
—Eres el ángel de la muerte —comentó Barber al tiempo que se encogía de hombros—. Dínoslo tú.
—No lo sé. —Contemplé las palmas de mis manos como si la respuesta estuviera allí—. No sabía que eso fuera posible.
—No te sientas mal. Yo no creía que nada de esto fuera posible.
—Me siento derrotada —susurré.

Se suponía que yo era la que sabía cosas. ¿Qué ventaja tenía ser un ángel de la muerte si todo lo bueno se revelaba solo cuando era necesario? Yo era un portal, maldita sea. Necesitaba saber.

—Pero el tío estaba como un tren.

Eso me llevó de vuelta al presente a la velocidad del rayo. Miré a Elizabeth.

—¿En serio? ¿Pudisteis verlo bien? Tengo que deciros la verdad: yo no tengo claro cómo es.
—¿Te refieres a que no sabías que está como un tren? —inquirió Elizabeth.
—Bueno, en realidad esa parte sí la sabía.

Ella se echó a reír. Dejamos de hablar cuando mi padre me trajo el bocadillo y dijo que me daría diez mil dólares si lo libraba del tío Nico; luego se marchó con mi cuchillo para la mantequilla metido en la cinturilla del pantalón. Al parecer, pensaba encargarse de mi tío personalmente. Pensé en advertir a Ubie, pero ¿dónde estaría la diversión entonces?

—Elizabeth, tengo que preguntarte algo —dije, dejando a un lado el bocadillo por un momento.
—Claro, ¿de qué se trata?
—Me da la impresión... Bueno, creo que desde esta mañana te muestras un poco distante.
—Lo siento —replicó ella, que dio por cierto el comentario sin ofrecer una explicación. En otras palabras: intentaba librarse de tener que darla.
—No, no te disculpes —me apresuré a añadir—. Solo estaba un poco preocupada. ¿Ocurrió algo?

La abogada tomó una honda bocanada de aire, otro acto fisiológicamente superfluo.

—Es solo que ese tipo que se materializó de la nada, tu tipo, era... Era muy guapo —dijo.
—A mí me lo vas a decir. —Asentí con la cabeza para mostrar mi acuerdo.
—Y asombroso.
—Sí, también lo es.
—Y sexy.

Me incliné hacia delante.

—Me gusta el rumbo que está tomando esto.

—Pero...
—Ay.
—La verdad es que me pareció muy raro.
—¿Raro?
—Sí. —Ella también se inclinó hacia delante—. Mariana, aquel tipo llevaba puesto... un uniforme de prisión.

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Ultimo capitulo.
Chuc@s este cap es bastante largo, espero que les guste. No todos van a tener esta extension, algunos van a ser mas cortos que otros dependiendo del tiempo que tenga.

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