jueves, 5 de febrero de 2015

Capitulo 19

—En serio —añadió—. Díselo sin más. Ahora empieza a creerte. Pensará que es algo asombroso.
—No, no pensará eso —susurré con los dientes apretados, olvidando que yo era la única persona en la estancia que podía oírla.
—«Persona sensible a cosas que están más allá del rango natural de percepción.» —Benjamin levantó la vista para mirarme—. Es la definición de médium.
—Ah, vale, de acuerdo. Tal vez —dije—. Pero aun así, detesto esa palabra. Y sus implicaciones.
—Me parece bien —dijo encogiéndose de hombros—. ¿Y qué es lo que no pensaré?
...
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—Que es algo asombroso.
—¿El qué? ¿Tu habilidad?
—No exactamente.
—¿Qué, entonces?

¿Qué, entonces? Si de verdad deseaba saberlo, le daría con toda la enchilada en las narices. Después de todo, estaba en racha. ¿Por qué parar? Ni siquiera mi padre o mi tío Nico sabían con exactitud lo que era en realidad. Además, como me daba igual lo que Benja pensara de mí...

—Vale —le dije con tono desafiante—. Te lo contaré todo. ¿Te marcharás si lo hago?

Después de un instante, mostró su acuerdo con un asentimiento de cabeza casi imperceptible.

—Soy... Soy una especie de... Soy algo así como un... Mierda. —Apreté los dientes y lo solté sin más—: Soy un ángel de la muerte. Bueno, en realidad, el ángel de la muerte.

Ahí quedaba eso. Lo había dicho. Había puesto mis cartas sobre la mesa, aclarado las cosas, desnudado mi alma, y todo ello sin dejarme ningún cliché. Pero él ni se inmutó. No se echó a reír. No se levantó de un salto de la silla ni corrió hacia la puerta. De hecho, no se movió. Ni un milímetro. Me pregunté si aún respiraba, pero luego lo entendí todo. Aquella era su cara de póquer. Sus ojos grises se clavaron en los míos mientras aguardaba su reacción, pero no iba a haber ninguna. Tuve que admitirlo: su cara de póquer era bastante buena. No tenía ni la menor idea de qué pensaba.

 —Me parece que te cree —dijo Elizabeth, que se inclinó hacia delante para observarlo con detenimiento antes de volver a mirarme.

Compuse mi expresión con muchísimo cuidado, de manera que ella no tuviera más remedio que apreciar el escepticismo que sentía en cada uno de los rasgos de mi cara.

—¿Cómo funciona eso? —preguntó Benja al final. Volví a concentrar mi atención en él.
—Dijiste que te marcharías.
—Si... —contraatacó— me lo contabas todo. —Maldición.
—Vale, así que quieres saber cómo funciona. Pues no tengo ni idea, joder. Funciona y ya está.
—Lo que quiero saber es qué haces.
—Ah. Ayudo a la gente a cruzar.
—¿A cruzar?
—¿A cruzar al otro lado?

Me pregunté hasta dónde llegaba su supuesta ignorancia.

—¿Cómo?

Era persistente, eso no había forma de negarlo.

—Perdona. —Me puse en pie, acerqué mi versión de oficina de un sofá de dos plazas, y luego volví a sentarme. Los abogados se aproximaron, ya que también deseaban escuchar todos los detalles de la historia—. ¿Queréis tomar asiento, chicos? Me pone de los nervios que revoloteéis así.
—Ah, por supuesto —dijeron antes de apretujarse en el sofá. Tuve que contener una risotada.
—¿Cómo? —repitió Benja.

De vuelta al tercer grado. Dejé escapar un largo suspiro mientras consideraba lo que iba a contarle. Todo aquello podría utilizarse como munición en mi contra. Ya me había ocurrido antes, con gente en la que confiaba mucho más que en Benja. Aun así, habíamos llegado bastante lejos.

—En esencia —dije, exagerando la renuencia de mi tono de voz—, intento ayudarlos a averiguar por qué no han cruzado. Y luego los guío hasta la luz.
—¿Qué luz?
—La luz. La única luz que conozco —repliqué, echando mano de las tácticas de evasión y fuga que había aprendido de un teniente con el que salía en la facultad.
—Venga —dijo él, impertérrito—. ¿Qué luz?

Titubeé. Había cierta información que era más sagrada que otra. Partes reservadas tan solo a los difuntos. Además, contarle todo lo que hacía no serviría para que me creyera. En todo caso, le haría salir pitando hacia la puerta. Aunque bien pensado...

—Yo —dije con una pizca de merecida arrogancia al tiempo que alzaba la barilla.

Me sentí como si estuviera de nuevo en el colegio, suplicándoles a los abusones que me desafiaran.

—¿Tú? —preguntó Benja tras pensárselo un momento.
—Yo —repetí, casi con la misma arrogancia. Adelante, señor Escéptico,alégrame el día. Desafíame. Demuestra que estoy equivocada. Demuestra lo indemostrable—. Al parecer, soy muy brillante.

De pronto me di cuenta de lo que había hecho. Había dicho demasiado. Había permitido que mi orgullo entrara en juego y había acabado haciendo un casting para Girls Gone Wild. Qué desastre.    Benja se reclinó en la silla y dejó que su mirada recorriera todas las partes de mi cuerpo que quedaban a la vista antes de volver a clavarse en mis ojos.

—Y los ayudas a averiguar por qué no han cruzado...

Ya no había forma de escabullirse de aquella maldita conversación. No era de extrañar que el orgullo estuviera incluido en los siete pecados capitales.

—Sí —contesté.
—Y luego los guías hacia la luz.
—Sí. 
—Que eres tú.
—Sí.
—Entonces, cuando crucemos —dijo Sussman—, ¿lo haremos a través de ti? Lo miré de reojo.

Supuse que lo asustaba el concepto (un concepto que podría haberse considerado sacrílego en un millón de planetas diferentes), pero parecía fascinado.

—Sí, cruzaréis a través de mí. Soy el ángel de la muerte —dije a modo de explicación.
—¡Vaya! —intervino Barber—. Creo que eso es lo más guay que he escuchado en todo el día.
—Tú eres un portal —dijo Benjamin. Me encogí de hombros.
—Supongo que esa es una de las formas de verlo.

Una sonrisa intrigada se extendió por su rostro mientras me estudiaba, una sonrisa que me puso los nervios de punta.

—Le gustas mucho —dijo Elizabeth.

Hice caso omiso del comentario y consulté mi reloj.

—Mierda, mira qué hora es.

¿Dónde narices estaba el tío Nico?

 —Así que los espíritus que no pueden cruzar se limitan a vagar por la tierra y a caminar entre nosotros sin ninguna otra preocupación en el mundo, ¿no? —inquirió Benjamin, que no estaba dispuesto a dejar el interrogatorio.

Suspiré. Aquello podría durar días.

—No. Existen en el mismo tramo de tiempo y espacio, aunque en un plano diferente. Como una fotografía de doble exposición. Lo que pasa es que yo soy capaz de estar en ambos planos al mismo tiempo.
—Eso te convierte en alguien extraordinario —señaló con un brillo de apreciación en los ojos. Aquello era demasiado. Aún me costaba asimilar que creyera algo de lo que le había contado.
—Bueno, ¿qué te parece la idea de ir a tomar un café? —sugirió una vez más.
—Ya te lo he explicado todo.
—Cielo, dudo que apenas hayas arañado la superficie. —Al ver que yo vacilaba, añadió—: Podemos tomar café solo como amigos.

Fruncí el ceño un poco.

—No somos amigos, ¿recuerdas? —le dije—. Eso es algo que has dejado muy claro durante el último mes. No somos colegas ni camaradas ni ninguna otra cosa que se parezca remotamente a amigos.
—¿Amantes de fin de semana? —ofreció.

Punto y final. No tenía ni la menor idea de a qué juego jugaba (aunque estaba bastante segura de que no era el Monopoly... ni las damas), pero me negaba a seguir jugando. Me puse en pie y rodeé el escritorio para poder mirarlo desde arriba. Con aire amenazador. Como Darth Vader, aunque con una capacidad pulmonar mayor. Le señalé la salida con expresión siniestra.

—Tengo trabajo que hacer.

Benja contempló la puerta que le señalaba, la puerta por la que le sugería que se marchara.

—¿Tienes trabajo que hacer? ¿En esa puerta? —inquirió con tono de guasa.
—¿Qué?
—¿Vas a pintarla?
—No.
—Te sugiero un castaño rico y profundo que haga juego con tu pelo. —Se levantó, con lo que pasó a ser él quien me miraba desde arriba. Compuso una expresión siniestra, aunque tenía un significado muy diferente, y luego se inclinó para agregar con suavidad—: O dorado, como tus ojos.
—Creo que acabo de tener un orgasmo —dijo Elizabeth.

Los otros dos abogados, después de aclararse la garganta, tuvieron la decencia de abandonar la sala. Elizabeth los siguió a regañadientes hasta la zona de recepción, también conocida como territorio-sagrado-de-Euge-y-será-mejor-que-no-lo-olvides.

Mientras Benjamin aguardaba a que accediera a tomar un café con él, lo vi por el rabillo del ojo. El borrón oscuro supermaniano. Se movió tan rápido que cuando conseguí volver la cabeza para seguirlo ya había desaparecido. Se trasladó al otro lado de mi cuerpo, me rozó el brazo, me acarició la boca y luego se introdujo en mi interior; se acumuló en mi vientre y desde allí empezó a circular por todo mi cuerpo.

Mis entrañas se estremecieron y eché la cabeza hacia atrás con una exclamación de sorpresa. Benja avanzó y me sujetó por los brazos para evitar que cayera. Y solo entonces pude apreciar la expresión perpleja de su rostro. Me acercó más a él. En aquel momento, lo que estaba en mi interior decidió abandonarme y Benja salió disparado hacia atrás, como si una fuerza violenta lo hubiera empujado.
Trastabilló, recuperó el equilibrio y luego me miró. Nos quedamos inmóviles, ambos aturdidos y alucinados. Me arrastré hasta el escritorio y me apoyé antes de que me fallaran las rodillas.

—¿Ha sido... uno de ellos? —inquirió Benja, que se frotaba con aire distraído la zona del pecho donde había recibido el empujón. Examinó los alrededores con aire frenético antes de mirarme con el ceño fruncido. Estaba desconcertado.
—No —dije mientras intentaba recuperar el aliento—. Ha sido algo muy diferente.

No sabía qué era ese algo. Pero podía imaginarlo, y no me gustaba la dirección que tomaban mis pensamientos. ¿Podría tratarse del Malo Malísimo? Y de ser así, ¿por qué en aquel lugar? ¿Por qué en aquel momento? Mi vida no parecía correr un peligro inmediato.

Me resultaba difícil ocultar el miedo que sentía. Tenía miedo en muy raras ocasiones. Y seguro que Benjamin lo había notado. La idea de que me viera asustada me fastidió más de lo que debería.

De pronto, otra idea apareció en mi mente. En todas las ocasiones que había visto al Malo, jamás me había rozado. Nunca me había tocado, y desde luego no se había dado un chapuzón en mis entrañas. Quizá no se tratara del Malo, después de todo.

Examiné la habitación, probablemente con una expresión algo desesperada.

¿Era Peter? ¿Podría ser él? ¿Estaría... celoso? ¿De Amadeo? ¿En serio?
Me acerqué a la puerta a toda prisa.

—¿Habéis visto algo? ¿Salió por aquí? —les pregunté a todos los presentes. Elizabeth, que se había sentado en el sofá verde salvia de la zona de recepción, se levantó de un salto.
—¿Lo has perdido? ¿Cómo es posible? —dijo.
—No me refiero a Benjamin —expliqué con tono impaciente—, sino al tipo oscuro y borroso.

Euge comenzó a darse cuenta de que teníamos compañía. Se alejó de su silla como si hubiera una cobra encima del escritorio.

—Charley, cielo, ¿tenemos clientes?
 —Sí, desde luego. Olvidé mencionártelo. Chicos, esta es Euge. Euge, han venido a vernos tres abogados que fallecieron anoche. Los mismos de los que te hablé. Estamos trabajando en su caso con el tío Nico. Bueno, venga, ¿alguien lo ha visto?

Los abogados intercambiaron miradas interrogantes de soslayo y luego se encogieron de hombros. Dejé escapar un suspiro y me derrumbé contra el marco de la puerta.

Cualquiera diría que siendo un ángel de la muerte y todo eso debería tener ciertas conexiones, ciertas formas de obtener información sobre la identidad del Tipo Borrón. Pero puesto que mi única conexión con el otro lado había sido siempre el Malo, también conocido como la encarnación de la muerte, las investigaciones resultaban muy difíciles.

En aquel momento percibí una sombra extraña en el rincón, una sombra que fluctuaba bajo la luz de la mañana. Debía de ser él. Tenía que serlo. Me enderecé, salté el marco de la puerta y me adentré en la estancia muy despacio para no asustarlo.

—¿Puedo verte? —pregunté con voz trémula.

Todo el mundo miró hacia el rincón, pero solo los abogados podían ver lo mismo que yo. Los tres dieron un cauteloso paso atrás con tanta sincronización como si siguieran una extraña coreografía. Yo avancé poco a poco, con expresión suplicante.

—Por favor, deja que te vea.

La sombra se movió, se desintegró, se desvaneció y reapareció ante mí al mismo tiempo. Y entonces me llegó el turno de retroceder. Trastabillé hacia atrás cuando se alzó una larga voluta de humo que, de repente, se transformó en un brazo apoyado en la pared que había detrás de mi cabeza. Era un brazo muy largo unido a un hombro muy alto.

Los abogados ahogaron una exclamación cuando la entidad se materializó ante ellos, cuando el humo se convirtió en carne y las moléculas se fusionaron formando sólidos músculos, uno tras otro. Recorrí con la mirada desde el brazo hasta la mano que estaba apoyada en la pared (una mano hermosa, a pesar de las señales de trabajo duro que mostraba), y luego hasta la fuerte curva de un antebrazo que parecía hecho de acero. Una manga enrollada, de un color extrañamente brillante, rodeaba el brazo por debajo del codo, pero por encima, el bíceps tensaba el grueso tejido, dejando bien claro la fuerza que contenía. Levanté la mirada un poco más arriba, hasta un hombro amplio, poderoso e indoblegable.

La criatura se inclinó hacia delante antes de que pudiera verle la cara, apretó su cuerpo cálido contra el mío y agachó la cabeza para susurrarme algo al oído. Estaba tan cerca que solo pude atisbar una mandíbula con barba de dos días y un cabello oscuro que necesitaba un corte.

Sus labios rozaron mi oreja y me provocaron un escalofrío que descendió por mi espalda.

—Holandesa —susurró. Me derretí contra él.

Aquella era mi oportunidad, la ocasión perfecta para preguntarle si era quien yo creía que era, quien yo esperaba que fuera. Sin embargo, me sumergí en mi mundo de ensueño, donde nada funcionaba bien. Mis manos cobraron vida propia y se alzaron hasta su pecho. Los huesos de mis piernas se disolvieron. Mi boca solo deseaba una cosa. A él. Su sabor. Su textura. Olía como la lluvia durante una tormenta, terrenal y eléctrica.

Aferré con las manos su camisa, aunque no tenía claro si deseaba apartarlo o acercarlo más. ¿Por qué no podía verlo? ¿Por qué no lograba echarme a un lado para mirarlo?

En aquel momento, su boca cubrió la mía y perdí todo sentido de la realidad. Mi mundo tomó su forma, se convirtió en su cuerpo, en las manos que se deslizaban sobre mí y recorrían todos los valles y colinas de mi anatomía. Me convertí en su luna, en el satélite seducido por su órbita, por la fuerza de su gravedad.

El beso se volvió más intenso, más apremiante, y mi cuerpo respondió con un estremecimiento de deseo. Él soltó un gemido y me estrechó con más fuerza. Introdujo la lengua entre mis labios, pero no solo para saborearme, sino para absorber todo lo que había en mí, para fundir mi alma con la suya.

Apartó una de mis manos de la camisa y la colocó sobre la zona de los pantalones que le cubría la erección. Aspiré con fuerza y percibí el calor que emanaba de él. Sentí una mano que se introducía entre mis piernas, y un fuego líquido acumulado en mi abdomen. Lo deseaba sobre mí, a mi alrededor, dentro de mí. No podía pensar en otra cosa que no fuera la increíble sensualidad de aquel ser perfecto.

Mi deseo parecía una entidad impenetrable hasta que escuché que alguien pronunciaba mi nombre a lo lejos y la niebla comenzó a disiparse.

—¿Lali?

Salí de pronto del sueño y recobré el sentido. Todo el mundo presente en la sala me miraba con la boca abierta. El tío Nico estaba junto a la puerta y me observaba con el ceño fruncido en una expresión interrogante. Benja también me observaba, pero sus ojos tenían un brillo agitado. Se dio la vuelta y caminó con grandes zancadas hacia la puerta, donde saludó con un brusco asentimiento de cabeza al tío Nico antes de marcharse.

Y fue entonces cuando me di cuenta de que había desaparecido. Se había ido. Incapaz ya de cargar con mi propio peso, me derrumbé en el suelo e intenté asimilar mi propio asombro.

—¿Estabas poseída? —preguntó Euge un rato después con una voz sobrecogida—. Porque deja que te diga una cosa: si eso era una posesión, estoy más que dispuesta a vender mi alma.

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Aqui les dejo otro capitulo. Les dejo el ultimo capitulo dentro de unos minutos.

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