sábado, 14 de febrero de 2015

Capitulo 23

MARATÓN 2/5


Los chicos también tienen sentimientos.
Pero... ¿a quién le importa?
(Póster motivador)

El sol anidó durante unos instantes antes de perder el interés y deslizarse hacia el otro lado. Me senté en mi Miseria (en el coche, no en la emoción), y esperé a que el horizonte se lo tragara por completo antes de seguir adelante con el asunto del allanamiento. Sin embargo, cuanto más esperaba, más pensaba en Peter. Y cuanto más pensaba en Peter, más confundida me sentía.

Rocket conocía el nombre de Peter, pero ¿significaba eso necesariamente que había muerto? ¿Podría significar otra cosa? Nunca había visto a Rocket asustado, y eso me asustaba. También parecía ocultar algo, pero intentar distinguir los momentos lúcidos de Rocket de los menos lúcidos era una tarea casi imposible.

Lo más positivo era que había descubierto que los marcianos nunca debían intentar convertirse en humanos solo para beberse nuestra agua. Puesto que los marcianos no existían, supuse que formaban parte de alguna de las extrañas analogías de Rocket. Bien, ¿qué narices podía compararse con seres alienígenas? Sin tener en cuenta a los artistas circenses, claro está. Debían de ser personas que vivían fuera del sistema. Se me ocurrían un par de grupos, pero tenía la extraña certeza de que Peter no era ni inspector de Hacienda ni miembro de la familia Manson. Y menos mal, porque las esvásticas no son tan fáciles de combinar como uno podría pensar.

Quizá la pieza más importante del rompecabezas fuera el agua. ¿Qué representaba? ¿Qué podría desear una persona que vivía fuera de los límites de la sociedad? ¿Dinero? ¿Aceptación? ¿Poder? ¿Una enchilada verde? Debía admitir que no tenía ni idea. Aunque en mi defensa tengo que decir que la analogía de Rocket era muy mala. Vivíamos demasiado cerca  para pensar con lógica sobre las invasiones alienígenas.

Sin embargo, si podía ser lógica con el caso. El sobrino de Mark Weir estaba vivo, y tenía la sospecha de que el chaval conocía a James Barilla, el muchacho que habían encontrado muerto en el jardín de Weir. Tenía que haber una conexión. Sobre todo porque yo quería que la hubiera. Y fuera cual fuese aquella conexión, Teddy corría peligro.

¿Dónde demonios estaba Angel cuando lo necesitaba? Casi nunca desaparecía durante tanto tiempo. ¿Cómo podría llevar a cabo un estudio de reconocimiento sobrenatural sin mi equipo de reconocimiento sobrenatural? A saber, mi Equipo Ángel, un equipo formado por un solo miembro. Pero al considerarlo un equipo, podía permitirme decir cosas como «Estas son las órdenes de equipo». Me chiflaba decir gilipolleces como esa.

En fin, tal y como estaban las cosas, tendría que darme más paseos de los que pensé cuando decidí ponerme aquellas botas.

Mientras regresaba del psiquiátrico, llamé al detective jefe del caso de Weir. Era un amigo del tío Nico, pero no un gran fan mío. Creo que lo irritaba. Podía ser muy irritante cuando ponía mi ventrículo izquierdo en ello. A mi parecer, o bien estaba celoso del éxito del tío Nico (y de mi importante parte en él), o bien no le gustaban las chicas monas con carácter. Lo más probable era que la razón fuese una mezcla de ambas cosas.

Nuestra conversación no duró mucho. Las respuestas del detective Anaya fueron breves y concisas. Según él, la policía de Buenos Aires también había intentado localizar a Teddy en relación con el caso, pero buscaban otro cadáver, otra muerte que achacarle a Mark Weir. Dicha investigación los llevaría siempre en la dirección equivocada. Puesto que yo sabía que Teddy estaba vivo, tendría una ligera ventaja sobre el departamento, con énfasis en lo de «ligera». Y decir ventaja también era un poco exagerado.

Cuando entrevistaron a la madre de Teddy, ella les contó que su hijo no había regresado a casa después de vivir con su hermano. ¿Y aun así esperó a que Mark fuera arrestado por asesinato para informar de su desaparición? Eso significaba que Teddy había estado dos semanas en paradero desconocido. Tal vez no fuera la campeona estatal del decatlón académico, pero hasta yo me daba cuenta de que las cosas no encajaban.

Mientras esperaba a que la luz del ocaso se desvaneciera y la oscuridad reinara en la zona, cogí el teléfono para examinar la imagen de Peter por enésima vez aquel día. Y al igual que en todas las ocasiones anteriores, me quedé sin aliento al verlo. No podía creerlo. Después de más de diez años, lo había encontrado. Vale, lo había encontrado en prisión, pero por el momento (puesto que era una experta en lo que a vivir en la negación se refiere), pensaba pasar por alto aquella parte. El rayo de esperanza al que me aferraba era que Peter estaba cabreado cuando le habían tomado aquella foto. No solo molesto, no solo enfadado, sino presa de una furia salvaje. Los culpables no se cabrean. O bien se sienten aliviados o bien preocupados por su captura. Peter no mostraba ninguna de aquellas dos emociones.

Guardé el teléfono tras controlar el disparatado impulso de darle un lametón a la pantalla, y caminé por la acera hasta la entrada principal de las oficinas de Sussman, Ellery & Barber. Había una enorme puerta de madera de roble convenientemente oculta entre yucas y arbustos de hoja perenne, lo que hacía que el allanamiento fuera mucho más complicado. Aunque, en realidad, no era un allanamiento normal y corriente, ya que yo tenía la llave y todo eso.

La oficina de Barber estaba tan solo un poco más organizada que una zona de guerra postapocalíptica. Examiné varias pilas de documentos y encontré los expedientes del caso de Weir en una caja de cartón rotulada como «Weir, Mark L.». Que era el lugar más lógico donde encontrarlos. No obstante, la misteriosa llave de memoria fue un asunto bien distinto. Barber dijo que estaría encima de su escritorio, pero no lo estaba; y en el cajón de los lápices había al menos siete llaves de memoria sin etiquetar. No podía tirarme allí toda la noche. Tenía una emboscada policial a la que acudir, que por desgracia no involucraba ni bosques ni bandidos enmascarados.

Sopesé los pros y los contras de llevarme todas las llaves de memoria para examinar su contenido más tarde. Los pros ganaron. Tras apuntar en mi agenda mental que debería llevar a cabo otro allanamiento la noche siguiente para devolverlas, comencé a meterme las memorias USB en los bolsillos. Y eso me llevó a darme cuenta de que los cafés mocha y las hamburguesas con queso no me estaban haciendo ningún favor. Lo que, a su vez, me llevó a percibir un furioso gruñido de mi estómago vacío. Estaba muerta de hambre.

Mientras daba saltitos para intentar introducir las dos últimas llaves de memoria en los bolsillos, repasé mi lista mental de locales de comida rápida por los que podría pasarme de camino hacia el almacén que la poli vigilaba en secreto.

—Pasas tan desapercibida como un camión gigante en una exposición de coches exóticos.

Absolutamente sorprendida, me di la vuelta y vi a Benjamin junto a la puerta.

—Joder, Amadeo —dije con una mano sobre el corazón—. ¿Qué estás haciendo aquí?

Entró en el despacho y echó un vistazo al mobiliario iluminado por la luz de la luna antes de concentrar su atención en la menda.

—Me ha enviado tu tío —dijo con voz apagada—. Cualquier prueba que obtengas sin una orden no servirá de nada en un tribunal.

Ah, volvíamos a ser enemigos mortales. Su presencia irradiaba frialdad. Tendría que estar alerta, atenta a sus traidores impulsos. Tendría que comer, dormir y utilizar el inodoro con un ojo abierto.

—¿Las palabras «cadena de custodia» significan algo para ti? —inquirió.

—Significarían algo si me importaran una mierda. —Cogí la caja y me encaminé hacia la puerta—. Lo único que necesito es saber a qué me enfrento, Amadeo.
—¿Te refieres a una posible enfermedad mental?

Vaya, habíamos vuelto a los insultos sutiles. Nada como regresar al hogar.

—Mi intención no es demostrar mis dotes como investigadora, Amadeo, ni hacerme famosa para que todo el mundo sepa lo enorme que tengo la polla. Solo ayudo a mis clientes. Sin más —dije mientras pasaba a su lado—. Es lo que hago desde hace años, mucho antes de que tú aparecieras.

Benja me siguió hasta la puerta principal.

—¿Cuál es el código? —preguntó para poder resetear la alarma.

Grité los números por encima del hombro (casi para que todo el mundo en el vecindario pudiera oírlos) y luego metí la caja en la parte trasera de mi jeep. El detective me siguió.


—Tengo que parar a comer algo. Me reuniré contigo en el almacén —le dije. Benja se aseguró de que la puerta trasera estaba bien cerrada antes de hablar.
 —No estamos lejos de tu casa —me dijo—. ¿Por qué no dejamos tu coche y viajas conmigo?

Metí la llave en la cerradura para abrir mi puerta.

—Tengo hambre.
—Puedes comer en el camino.

Solté un suspiro irritado y coloqué la mano en la manilla.

—¿Es que ahora el tío Nico te paga para que seas mi niñera?
—Tenemos cuatro cadáveres, Esposito. Él está... preocupado.
—¿Ubie? —inquirí con un resoplido.
—Te seguiré hasta tu casa.
—Cualquier cosa que te haga feliz, Amadeo —dije antes de subirme a Misery y cerrar la puerta.

Por lo visto, lo de convertirse en mi niñera le hacía tan poca gracia como a mí. En algún profundo lugar de mi interior lo sentí por él. Ja.

—Mmm. Los tacos son lo mejor. —Miré a Amadeo mientras aparcábamos al lado del coche de incógnito del tío Nico, un anodino sedán azul oscuro—. Solo espero no derramar más salsa sobre tus preciosos asientos de vinilo.

A Benja se le contrajo la mandíbula cuando apretó los dientes. Muy divertido.

—Son de cuero —dijo con un tono de voz tenso y controlado.
—¡Huy! Bueno, son muy bonitos.

Aparcó la furgoneta y salté del vehículo antes de que la tensión se transformara en violencia espontánea; me agaché para recoger mi vaso extragrande de refresco bajo en calorías y luego corrí hacia el coche del tío Nico. También conocido como Zona Segura.

Habíamos aparcado a bastante distancia del almacén y un amplio campo de ambrosías y mezquites nos separaba de la construcción de metal oxidado. Parecía una mezcla entre un hangar de aviones y un taller mecánico, y estaba situado en medio de ninguna parte. No había un solo vecino en varios kilómetros. Un hecho que encontré de lo más interesante.

El tío Nico estaba sentado dentro del coche y miraba a través de unos prismáticos muy chulos que había apoyado en el volante. Me incliné sobre el parabrisas, me coloqué delante de las lentes y sonreí. Ubie apartó los ojos de los prismáticos y me miró con el ceño fruncido.

—¿Qué pasa? —articulé con los labios antes de trotar hacia el asiento del acompañante y adentrarme en el cálido interior del coche.

Gracias a Macho Taco, había demorado la muerte por inanición un día más. La vida era una gozada.

—¿Quién es ese? —pregunté mientras señalaba un segundo coche policía de incógnito estratégicamente aparcado a unos metros de distancia. Se había camuflado por completo en la oscuridad. Salvo por un detalle minúsculo e insignificante: tenía las luces de posición encendidas. Me dio en la nariz que el tipo no se había graduado el primero de su clase.
—Es el agente Taft —dijo el tíoNico.
—No —susurré.
—Se ofreció voluntario.
—No.
—Es un buen tipo.

Puse los ojos en blanco y me arrellané en el asiento cuando Benjamin abrió la puerta de atrás para entrar en el coche y me apuntó con su mini foco de búsqueda.

—Cierra la puerta —susurré con apremio.

El tío Nico frunció el ceño. Otra vez. No entendí por qué. Estaba claro que no necesitaba práctica.

—Taft tiene una admiradora —expliqué—. Una adorable niñita lo ha estado acechando. Creo que se llama Engendro Infernal de Satán.

El tío Nico rió entre dientes.

—¿Y qué engendro infernal de Satán llevas tú puesto?

A lo que Ubie se refería con tan poca delicadeza era la ropa que me había puesto al cambiarme. Llevaba mi más cómodo atuendo negro y me había untado la cara con maquillaje teatral negro para completar el look medianoche-en-el-desierto. Por supuesto, había tenido que cambiarme de ropa varias veces mientras Benjamin me esperaba en el asiento de cuero de su furgoneta, pero esperaba de verdad que aquello no lo hubiera molestado...

—Quiero camuflarme —dije.
—¿Con eso? ¿En serio?
—Ríete cuanto quieras, tío Nico—dije antes de hacer una pausa para sorber ruidosamente el refresco—. Pero ya verás cuando alguien tenga que darse un paseo por el desierto para echar un vistazo más de cerca. Entonces apreciarás que sepa adelantarme a los acontecimientos.

Benjamin eligió aquel momento para unirse a la conversación.

—Yo aprecio que sepas adelantarte —dijo con tono distante, como si estuviera pensando en otra cosa—. No tanto como tu delantera, pero aun así...

Me giré en el asiento para mirarlo a la cara.

—Mi delantera, como tú la llamas, tiene nombre. —Señalé mi pecho derecho—. Este es Peligro. —Luego el izquierdo—. Y este es Will Robinson. Apreciaría que te dirigieras a ellos como es debido.

Se produjo un largo silencio en el que Benja tuvo que parpadear varias veces.

—¿Les has puesto nombre a tus pechos? —preguntó al final.

Le di la espalda encogiéndome de hombros.

—También les he puesto nombre a mis ovarios, pero ellos no destacan tanto.

—¿Alguna vez se os ha ocurrido pensar que toda esta operación se echó a perder cuando torturaron a Carlos Rivera? —le pregunté al tío Nico—. Si esos tipos tienen algo en la mollera, seguro que se deshicieron de cualquier prueba incriminatoria en el momento que averiguaron lo que hizo Rivera.
—Cierto —dijo el tío Nico—. Pero solo existe una forma de estar seguros.
—¿Por qué no te limitas a conseguir una orden, reunir un pequeño ejército y entrar sin más en ese lugar?
—¿Basada en qué causa probable? Las pistas anónimas no bastan para obtener una orden de registro, calabacita. Necesitamos esa llave de memoria.

Tenía razón. No mucha, pero razón al fin y al cabo. Y me había llamado calabacita. En respuesta, sorbí el refresco haciendo tanto ruido como me fue quinestésicamente posible. Sería de mucha ayuda saber lo que buscábamos. Suspiré para resaltar mi impaciencia y mi aburrimiento. Las vigilancias secretas eran un coñazo. Y sentía que mi deber cívico como reconocida experta en sarcasmo era aligerar el ambiente un poco, así que di un sorbo más.

—¿Por qué no vas a hacerle compañía a Taft? —sugirió el tío Nico sin dejar de mirar por los prismáticos.
—No puedo.

Se apartó de las lentes.

—¿Por qué no?
—No me cae bien.
—Pues perfecto. Creo que tú tampoco le caes muy bien.
—Además —dije, ignorado a mi desagradecido tío—, el Engendro Infernal de Satán sigue cada uno de sus movimientos, ¿recuerdas? —Fue entonces cuando me di cuenta de lo que el tío Nico acababa de decir—. ¿No le caigo bien?

Ubie enarcó las cejas unas cuantas veces.

—¿Qué le he hecho? —Clavé una mirada furiosa en el estúpido coche de Taft—. Será asqueroso... Ya veremos si le presto mi ayuda cuando la niña demonio empiece a dar a conocer su presencia.

Oí un zumbido eléctrico a mi espalda cuando Benjamin bajó su ventanilla.

—Hay movimiento.

Todos miramos hacia el almacén, donde apareció una columna vertical de luz. Las descomunales puertas se abrieron y la luz se derramó sobre el furgón que aguardaba. El vehículo se adentró en el interior antes de que las puertas volvieran a cerrarse.

—A este ritmo, nunca resolveremos el caso y Mark Weir envejecerá en prisión. Esta vigilancia es un asco —protesté por encima de mi refresco bajo en calorías—. No vemos nada. Tenemos que acercarnos más.
—Envía a tu gente —dijo el tío Nico.
—No me acompaña nadie.
—¿Qué? —inquirió, aterrado de repente—. ¿Y qué pasa con Angel? —Me encogí de hombros.
—Hace varios días que no veo a ese mierdecilla. ¿Por qué crees que me he vestido así? El maquillaje teatral hace estragos en mi piel.
—No pienso dejar que te acerques a ese lugar, Mariana Elizabeth Esposito.

Oh, oh. Ubie se había puesto superserio. Le daba dos minutos. Sesenta y siete segundos y tres largos sorbos después, ya había cambiado de opinión.

—Está bien —dijo con un suspiro. Por fin.
—Ve a ver qué puedes hacer.

Sabía que cedería.

—Pero ten cuidado, por el amor de Dios. Tu padre me empalará si te ocurre algo.

Me pasó la radio y yo le di mi refresco a cambio.

—Sin represalias —le advertí.
 —No dejes que te atrapen. —Se volvió hacia Benjamin—. No le quites los ojos de encima.
—¿Qué? —chillé a la radio, ya que el comentario me había sorprendido en medio de mi ruidito de prueba. El tío Nico frunció el ceño—. No pienso llevarme a Amadeo. Está de mal humor.
—O te llevas a Amadeo o no vas.

Le arrebaté mi refresco bajo en calorías y me derrumbé en el asiento.

—En ese caso, supongo que no voy.
—Ten cuidado.

Lancé una mirada asesina a Benja a través de la valla metálica mientras saltaba al otro lado. Bueno, no al otro lado sobrenatural. Al otro lado de la valla.

—Sí, eso ya me lo dejó claro el tío Nico —repliqué con tono hosco. Había perdido la discusión. Y aunque tenía muchísima práctica, no se me daba bien perder.

Benjamin me siguió. Trepó por la cerca de alambre, demostrando que tenía mucha más fuerza que yo en el tren superior, y se dejó caer a mi lado. Pero ¿acaso era capaz de hacerle un nudo al tallo de una cereza con la lengua?

Empezamos a avanzar por el campo hacia el almacén. Tuve que concentrarme al máximo para no caerme, y más aún para contener el impulso de aferrarme a la chaqueta de Benja con el fin de mantener el equilibrio.

—He leído que los ángeles de la muerte coleccionan almas —dijo mientras trotaba a mi lado.

Tropecé con un cactus, pero conseguí por los pelos seguir en pie. La noche era muy oscura. Seguramente por la hora que era. La luz de la luna ayudaba, pero atravesar aquel terreno irregular era todo un desafío.

—Amadeo—dije, respirando despacio para que no se diera cuenta de que estaba sin aliento—, hay montones de almas por todos lados que convierten mi vida en un caos. ¿Para qué iba a coleccionar esas malditas cosas? Y, aun en el caso en que quisiera hacerlo, ¿dónde iba a guardar todos los frascos?

No respondió. Corrimos a toda velocidad por el aparcamiento hasta la parte trasera de aquel edificio sin ventanas. Por suerte, no tenía cámaras de seguridad. Sin embargo, a juzgar por el tenue resplandor que iluminaba el tejado, sí que tenía claraboyas. Si conseguía llegar al tejado, podría enterarme de lo que tramaban. Nada bueno, eso seguro, pero necesitaba algún tipo de prueba que respaldara mi teoría.

Cuando Benjamin me empujó hacia un grupo de cubos de basura, choqué con una cañería de metal que llegaba hasta el tejado y que contaba con abrazaderas de sujeción cada pocos centímetros. Perfectas para apoyar los pies.

—Venga, impúlsame hacia arriba —susurré.
—¿Qué? De eso nada —replicó Benja, que miraba el canalón con recelo. De todas formas, me apartó a un lado—. Subiré yo.
—Yo peso menos —protesté—. Esta cañería no aguantará tu peso.—Aunque me gustaba bastante discutir por el mero placer de hacerlo, el canalón parecía un poco frágil. Y estaba más oxidado que la puesta de sol de Nuevo México—. Subiré y echaré un vistazo a través de los tragaluces. Es muy probable que no consiga ver nada, pero tal vez encuentre algún agujero. O quizá pueda hacer un agujero —dije, pensando en voz alta.
—En ese caso, los tipos de dentro también harán un agujero. En tu obstinada cabeza. Aunque lo más seguro es que te hagan dos, teniendo en cuenta los antecedentes.

Estudié la cañería mientras Benjamin parloteaba incoherencias sobre agujeros y antecedentes. Elegí aquel momento en particular para no entender ni una palabra de lo que me decía. Cuando acabó, me volví hacia él.

—¿Hablas mi idioma? Empújame hacia arriba, anda —añadí al ver que me miraba con el ceño fruncido.

Lo aparté con el hombro y me agarré al canalón con ambas manos. Benja soltó un suspiro exasperado antes de adelantarse y agarrarme por el trasero.

¿Excitante? Sí. ¿Apropiado? De ninguna manera. Le aparté las manos de un guantazo.

—¿Qué demonios estás haciendo?
—Me has pedido que te empuje hacia arriba.
—Sí. Un impulso. No un calentón barato.

Se quedó callado y me miró durante un largo e incómodo momento.

¿Qué había dicho?

—Enlaza los dedos de las manos —le ordené antes de que empezara a despotricar—. Si consigues alzarme hasta la primera abrazadera, podré seguir adelante.

A regañadientes, unió las manos y se inclinó hacia delante. Había traído los guantes que hacían juego con mi atuendo negro, así que me los puse, apoyé un pie en las manos de Benja y me impulsé hacia la primera abrazadera. La primera resultó bastante fácil, dada la fuerza de su torso y todo eso, pero la segunda fue algo más traicionera. El metal afilado intentó atravesarme los guantes y me hizo un daño horrible en los dedos. Me esforcé por sujetarme a la cañería, me esforcé por no perder el apoyo de los pies y me esforcé por impulsar mi peso hacia la siguiente abrazadera. Por sorprendente que parezca, la peor parte se la llevaron mis codos y mis rodillas, ya que los utilizaba como palanca contra el edificio de metal y me resbalaba mucho más de lo conveniente.

Una década después, conseguí llegar a lo alto y arrastrarme hacia el tejado. El techo de metal me arañó sin piedad las costillas, como si se burlara de mí, como si me dijera: «Eres un poco idiota, ¿no?». Me derrumbé sobre el tejado y permanecí inmóvil durante todo un minuto, asombrada por lo mucho que me había costado llegar hasta allí. Pagaría el precio por la mañana. Si Benjamin hubiera sido algo caballeroso, se habría ofrecido a subir por el canalón en mi lugar.

—¿Estás bien? —susurró a través de la radio.

Intenté responder, pero mis dedos se habían bloqueado en posición de garra después de aferrarse a las abrazaderas cuando mi vida dependía de ello y no quisieron pulsar el botón lateral del aparato.

—Esposito —siseó.

Ay, por el amor de Dios. Estiré los dedos y saqué la radio del bolsillo de la chaqueta.

—Estoy bien, Amadeo. Intento revolcarme en la autocompasión. ¿Te importaría concederme un minuto?
—No tenemos un minuto —dijo—. Las puertas se han abierto de nuevo.

No desperdicié el tiempo con respuestas. Me puse en pie y avancé agachada hacia las claraboyas. En realidad eran paneles de invernadero, pero estaban viejos, llenos de grietas y agujeros por los que podría mirar. Con todo, para hacerlo, para poder contemplar el interior del almacén, prácticamente tendría que tumbarme sobre uno de aquellos paneles. Un delgado haz de luz atravesaba una de las grietas, de modo que me coloqué sobre el techo como si fuera a hacer flexiones, con los brazos temblorosos a ambos lados de la grieta. Supuse que mientras el metal aguantara, no atravesaría el tejado. Algo muy de agradecer.

Cuando miré hacia abajo, vi que el furgón salía del almacén. Dos hombres metían en cajas los papeles y documentos de un viejo escritorio. Aparte del escritorio, el almacén, de al menos cuatro mil quinientos metros cuadrados, estaba completa y sorprendentemente vacío. No había ni una colilla ni un envoltorio de chicle a la vista. Mis preocupaciones no eran infundadas. Quienquiera que fuera el dueño de aquel almacén, lo había limpiado en el momento en que Carlos Rivera se reunió con Barber.

Aún me temblaban los brazos por la escalada, y me arrepentí muchísimo de haberme zampado los tacos y el refresco. Un litro y cuarto era un litro y cuarto. Bajo en calorías o no, pesaba lo mismo. Había llegado el momento de regresar al redil.

Mientras retrocedía centímetro a centímetro por el techo metálico, ensayé el te-lo-dije que le espetaría al tío Nico.

El almacén estaba vacío. Sí, como te dije que estaría. Sé que tenía razón, pero... De verdad, tío Nico, para ya, conseguirás que me ruborice. No, de verdad, para ya. En serio.

Estaba casi en el momento en que imaginaba mi discurso improvisado en la ceremonia de entrega de premios al mérito cuando mi mente percibió el movimiento. Algo apareció en la periferia de mi campo de visión, posiblemente un puño, y fue seguido a toda velocidad por un estallido de dolor en la mandíbula. Un instante después, cuando caí a través de la claraboya, lo único que se me vino a la cabeza fue: ¡Mierda!
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 Otro capitulo de la maratón.

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