sábado, 14 de febrero de 2015

Capitulo 26

MARATÓN 5/5


—Bueno, ¿y eso cómo lo sabes? —preguntó con el ceño fruncido—. ¿Te lo ha contado alguien?
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—¿Contarme el qué? —Mi taza de café era muy bonita. Tenía un dibujo de un lirio tigre, mi flor favorita. Me dediqué a observarla en un intento por mantener la vista alejada de Peter.
 —Que esa criatura enorme y malvada estaba allí cuando naciste.
—¿Qué? —¿De qué demonios estaba hablando? Quizá me hubiera quedado dormida sin darme cuenta, después de todo.
—¿Cómo sabes que estaba presente cuando naciste? —Ah, eso. Ella tampoco conocía aquella parte.
—Recuerdo casi todo lo ocurrido desde el primer día.
—¿El primer día?

Asentí con la cabeza, y luego me fijé por primera vez en que uno de los pétalos del lirio tigre llegaba casi hasta el borde de la taza.

—¿El primer día de qué? ¿De la escuela primaria? ¿De la Operación Tormenta del Desierto? ¿De tu ciclo menstrual? —Soltó un silbido, como si de pronto lo entendiera todo—. ¡Eso es! Todo empezó el día que tuviste la regla por primera vez. Es algo hormonal, ¿verdad? ¿Fue entonces cuando lo descubriste todo?

Sonreí. Era muy graciosa.

—El primer día de mi vida. De mi existencia. De mi presencia en la tierra.
—Me he perdido.
—El día en que nací —dije al tiempo que ponía los ojos en blanco. Euge no solía ser tan lenta de entendederas.

Guardó un silencio perplejo después de eso. Me resultó de lo más extraño.

—Lo sé. Todo el mundo se queda a cuadros. —Tras deslizar el dedo a lo largo del pétalo naranja más brillante, añadí—: Al parecer, es bastante raro que la gente recuerde el día que nació. —Los pétalos se abrían en una explosión de color, y eran más oscuros en la parte central, como si aquel fuera su punto más vulnerable.
—¿Raro? —preguntó en cuanto recuperó el habla—. ¿En serio? Prueba mejor con inexistente.
—Bueno, dejémoslo en peculiar. —Recorrí el siguiente pétalo—. Lo recuerdo como si fuera ayer. Aunque la verdad es que todo lo que ocurrió ayer resulta bastante confuso.

Cuando se me acabaron los pétalos, mis ojos vagaron de nuevo hasta la imagen de Peter. El dolor y la furia de su expresión eran casi palpables. Y el color de sus ojos, aquel castaño rico y profundo, se volvía más oscuro a medida que se acercaba a la parte central, la parte más vulnerable.

—Dios mío, Lali, ¿recuerdas el día que naciste?
—Lo recuerdo a él.
—¿Al tipo grande y malo?
—Al Malo Malísimo. Y también recuerdo otras cosas, como por ejemplo que el médico me cortó el cordón umbilical y que las enfermeras me asearon.

Euge se reclinó en la silla, atónita.

—Dijo mi nombre. Al menos, el que yo creí que era mi nombre. —Respiró hondo al comprender lo que quería decir.
—Te llamó Holandesa.
—Sí. Pero ¿cómo es posible? ¿Cómo podía saberlo?
—Cielo, todavía estoy alucinando con lo de que recuerdes el día de tu nacimiento.
—Es verdad. Lo siento. Pero ¿podrías darte un poco de prisa y asimilarlo ya? Tengo algunas preguntas que hacerte.

Su expresión se tornó indecisa.

—¿Tienes alguna otra perla desconcertante que contarme?
—En realidad no —le dije al tiempo que me encogía de hombros—. A menos que se tenga en cuenta el hecho de que entiendo todos los idiomas conocidos desde el día de mi nacimiento. Es algo que probablemente sea digno de mención.

Estaba cansada, así que no podía estar del todo segura, pero me dio la impresión de que Euge se había quedado pasmada.
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Fin de la maratón. me quedo re cortito este ultimo. pero no tengo tiempo.

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