jueves, 26 de febrero de 2015

Capitulo 28


Mi capacidad de atención sería mayor
si no hubiera tantas cosas brillantes
(Camiseta)

Desperté al amanecer, cuando la imperiosa llamada de la naturaleza me obligó a salir de la cama. Después de la caída, no obstante, me sentía como si acabara de tomar media botella de whisky. Después de tropezar con una maceta, aplastarme el dedo meñique del pie contra la pata de un taburete y darme de bruces contra el marco de la puerta, llegué al cuarto de baño y repasé mis planes para aquel día con la cabeza como un bombo. Por suerte, tenía una tendencia minimalista en cuanto a la decoración del hogar. Si hubiera habido algo más entre el trono de porcelana y yo, tal vez no hubiese llegado a vivir mi próximo cumpleaños.

Eché una miradita a la camiseta de rugby que llevaba puesta. Se la había robado a un novio del instituto, un demonio rubio de ojos azules con el pecado en la sangre. Ya en nuestra primera cita, se había mostrado más interesado en el color de mi ropa interior que en el de mis ojos. De haberlo sabido de antemano, me habría puesto el sujetador de color verde. Pero lo más extraño era que no recordaba haberme puesto aquella camiseta la noche anterior. Ni siquiera recordaba haberme ido a la cama.

Quizá Euge me hubiera echado un sedante en el chocolate. Tendría que hablar con ella más tarde, pero por el momento debía decidir en qué iba a ocupar el día. ¿Debería dejar a un lado mis responsabilidades con el Departamento de Policía de Buenos Aires e ir a ver a Peter a prisión? ¿O debería dejarle a Euge todas mis responsabilidades con el departamento y luego ir a ver a Peter a la prisión?

Se me aceleró el corazón ante la idea de verlo, aunque debía admitir que estaba un poco preocupada. ¿Y si no me gustaba lo que descubría? ¿Y si era culpable de verdad? Una parte de mí albergaba la esperanza de que su encarcelamiento hubiera sido un gran error. De que Peter hubiera sido acusado injustamente. De que las evidencias hubieran sido malinterpretadas, o incluso manipuladas. La negación no era cosa solo de pesimistas.

A juzgar por lo que había averiguado la noche anterior, después de leer un artículo tras otro sobre el caso (aunque ninguno de ellos procedía de una fuente fidedigna) y parte de las transcripciones del juicio de Peter que había conseguido Eugee, resultaba evidente que las pruebas no eran ni mucho menos convincentes. Aun así, doce personas lo habían encontrado culpable. Lo más inquietante era que no se habían mencionado ni una sola vez los maltratos que había sufrido. ¿Acaso no contaba para nada el hecho de que tu padre estuviera a punto de matarte de una paliza?

Aunque deseaba volver a dormirme, sabía que no lo conseguiría. Mi mente funcionaba con demasiada intensidad, a demasiada velocidad. No obstante, tenía una buena razón para desear volver a la cama y caer en el olvido. Aquella había sido la primera noche en un mes que Peter no me había visitado. No se había colado en mis sueños con sus ojos oscuros y sus cálidas caricias. No había dejado un reguero de besos a lo largo de mi columna ni había deslizado los dedos entre mis piernas. Y no podía evitar preguntarme por qué. ¿Había hecho algo malo?

Sentía el corazón vacío. Me había vuelto adicta a sus visitas nocturnas. Las necesitaba casi más que respirar. Quizá los fluorescentes de la prisión arrojaran algo de luz sobre la situación.

Mientras me lavaba los dientes, oí ruidos en la cocina. Si bien la mayoría de las mujeres que viven solas se habrían asustado ante algo semejante, yo lo achaqué a la gran estabilidad laboral de mi trabajo.

Salí del baño y entrecerré los párpados para protegerme de la luz.

—¿Tía Lillian? —pregunté antes de cojear hasta la barra de desayunos y coger un taburete.

La pequeña figura de la tía Lillian había sido engullida por un descomunal vestido floral hawaiano que ella había combinado con un chaleco de cuero y un collar de cuentas de los años sesenta. Llevaba años intentando averiguar qué hacía mi tía cuando murió, pero no se me ocurría nada que encajara con vestidos hawaianos y collares de cuentas. Aparte de jugar al Twister con un colocón de LSD, claro está.
—Hola, calabacita —dijo con su brillante y desdentada sonrisa de anciana—. Te oí tropezar de camino al baño, así que supuse que debía ganarme el sustento y preparar café. A juzgar por el aspecto que tienes, te vendría muy bien uno.

Compuse una mueca.

—¿En serio? Qué amable. —Mierda. La tía Lillian no podía preparar café de verdad. Me senté junto a la encimera y fingí que me bebía una taza.
 —¿Está demasiado fuerte? —preguntó.
—Claro que no, tía Lil. Tú siempre preparas el mejor café.

Fingir que se bebe café era algo similar a fingir un orgasmo. ¿Qué gracia tenía aquello en la vida del Más Allá? Sin embargo, el síndrome de abstinencia de cafeína era el menor de mis problemas. Seguía sin poder sacarme a Peter de la cabeza. Quizá hubiera hecho algo malo. O algo que no debería haber hecho. Tal vez me había mostrado poco colaborativa en la cama. Aunque, por supuesto, eso implicaría que tenía algo parecido al control durante nuestras sesiones, y «controladas» no sería el adjetivo que elegiría si tuviese que describírselas con detalle a Euge.

—Pareces... distraída, cariño.

Bueno, no me habían elegido como La Más Fácil de Distraer por nada.

—¿Estás bien? ¿Te ha subido la temperatura? —Eché un vistazo hacia atrás.
—Estoy segura de que mi temperatura está bien, tía Lil. Gracias por preguntar.

No mencioné que a todo el mundo le subía la temperatura. Incluso a los muertos; aunque a ellos metafóricamente, claro.

—Y muchas gracias por el café.

—De nada, cielito. ¿Quieres que te prepare algo para desayunar? —Mejor que no, si quería aguantar el día que tenía por delante.
—No, no te molestes. Necesito darme una ducha. Me espera un día duro.

Se inclinó hacia delante y esbozó una sonrisa cómplice. A menudo me preguntaba si su pelo había sido azul en la vida real o si solo era un efecto de su carácter incorpóreo.

—¿Piensas atrapar a unos cuantos malos? —Me eché a reír.
—Has dado en el clavo. A los peores.

La tía Lillian dejó escapar un suspiro de añoranza.

—Ay, la imprudencia de la juventud. Pero, en serio, calabacita —Se puso seria y me miró a los ojos con solemnidad—, tienes que evitar que te sigan dando esas palizas. Tienes un aspecto desastroso.
 —Gracias, tía Lil —dije mientras me bajaba del taburete con una mueca—. Lo tendré en cuenta.

Sonrió y dejó al descubierto la cueva vacía en la que había habitado su dentadura postiza. Por lo visto, las dentaduras no conseguían llegar al otro lado. Nunca había tenido claro si la tía Lillian sabía o no que estaba muerta, y nunca había tenido el valor de decírselo. Aunque debería hacerlo. Ahora que por fin tenía una cafetera que funcionaba, a mi difunta tía abuela le daba por mostrarse útil.

—Por cierto, ¿qué tal Nepal? —le pregunté.
—Uf —dijo al tiempo que levantaba las manos en un gesto exasperado—. Ese lugar es más húmedo y sofocante que una sauna en agosto.

Puesto que los muertos no sufrían las inclemencias del clima, tuve que reprimir una carcajada.

Justo en aquel momento, Euge entró en el apartamento, me echó un vistazo y avanzó a toda prisa hacia la barra con el pijama azul torcido y lleno de arrugas.

—Me he dormido —dijo, casi sin aliento.
—¿No es eso lo que hay que hacer por las noches?
—No —respondió antes de echarme una de esas miraditas típicas de las madres—. Bueno, sí, pero mi intención era venir a verte hace horas. —Se inclinó hacia delante y me miró a los ojos. ¿Por qué?, pues ni idea—. ¿Estás bien?
—Estoy viva —contesté. Y lo dije muy en serio.

Aunque la respuesta solo la satisfizo a medias, se alisó la camiseta del pijama y miró a su alrededor.

—Debería preparar un poco de café.
—¿Para qué? —pregunté con tono acusador—. ¿Para poder echarme otro sedante?
—¿Qué?    —Además —dije al tiempo que señalaba a la tía Lillian con un gesto despreocupado de la cabeza—, la tía Lil ya ha preparado café.

Haciendo un esfuerzo para no reírme, contemplé cómo las esperanzas de Euge de un chute de cafeína se iban por el sumidero de la ironía. Agachó la cabeza y tomó la taza que yo le ofrecía.

—Gracias, tía Lillian. Eres la mejor.

Una actriz con muchas tablas, mi amiga.

Dejé en manos de Euge la ardua tarea de repasar las transcripciones del juicio de Mark Weir que el tío Nico había dejado en mi escritorio y me dediqué a examinar el contenido de las llaves de memoria de Barber. Con un poco de suerte, Barber no habría sido adicto al porno. Y si lo había sido, con otro poco de suerte, no habría dejado pruebas fehacientes de ello en una memoria USB, donde cualquiera podría verlo. Aquellas cosas estaban mucho mejor en un archivo protegido mediante contraseña, enterrado en las entrañas del disco duro y etiquetado con un nombre anodino. Algo como «Luchadoras Cachondas Enamoradas». Por ejemplo.

Mi móvil empezó a entonar la Quinta de Beethoven, así que tuve que buscar la mítica aguja en el pajar y preguntarme por enésima vez cómo era posible que un teléfono se escondiera tan bien en un bolso tan pequeño.

—Hola, Ubie —dije tras una búsqueda de tres horas.
—¿Tienes que llamarme así? —inquirió con voz adormilada. Parecía tan falto de cafeína como yo.
—Sí. Tengo los expedientes que dejaste en mi escritorio. Euge los está revisando en estos momentos.
—¿Y tú qué estás haciendo?
—Mi trabajo —repliqué con aire ofendido.

Aunque me moría por preguntarle sobre el encarcelamiento de Peter, quería hacerlo cara a cara para poder interpretar sus cambios de su expresión. O para interpretar las cosas que me dijeran sus cambios de expresión, lo que más me conviniera. Aún me costaba creer que él hubiese sido el detective principal en el caso de Peter. ¿Qué probabilidades había?

—Ah, vale —dijo—. Encontraron una huella parcial en el casquillo del escenario Ellery.
—¿En serio? —pregunté, súbitamente esperanzada—. ¿Has conseguido algo?
—Esto no es CSI, cielo. Aquí las cosas no van tan rápido. Esta tarde sabremos si esa huella nos lleva a algún sitio. —Bostezó con ganas y luego preguntó—: ¿Estás en el jeep?
—Claro. Voy de camino a la prisión de Santa Fe para comprobar cierta información.
—¿Qué información? —inquirió con un tono de voz teñido de recelo.
—Se trata de... otro caso en el que estoy trabajando —contesté, evasiva.
—Ah.

Había sido fácil.

—Oye, ¿qué significa «bombázó»?
—Tío Nico —le regañé—, ¿has entrado otra vez en ese chat húngaro? —Intenté contener la risa, pero imaginarme a una chica húngara diciendo que Ubie era «la bomba» fue demasiado. Solté una carcajada.
—Da igual —replicó él, molesto.

Me reí con más ganas aún.

—Llámame cuando vuelvas.

Cuando él colgó el teléfono, yo guardé el mío e intenté concentrarme en la carretera a pesar de las lágrimas. Mi reacción había sido insensible e inapropiada, pensé mientras me agachaba sobre el volante, muerta de risa y sujetándome las costillas doloridas.

Tardé un buen rato en serenarme, pero lo cierto es que reírme a expensas del tío Ubie era mucho mejor que pensar en Peter, algo que no había dejado de hacer en toda la mañana. Por desgracia, mi ducha de una hora (en la que descubrí que me estaba convirtiendo en un ser azul y negro) no me había ayudado a averiguar por qué no se había presentado la noche anterior. Y cuanto más me acercaba a la Penitenciaría de Nuevo México, más optimista me volvía. Estaba segura de que encontraría algunas respuestas en aquel lugar.

Sin embargo, en cuanto atravesé las puertas exteriores de la prisión de máxima seguridad, mi optimismo se transformó en una oleada de sudor pesimista.

Eché un vistazo a mi ropa una vez más. Pantalones holgados, mangas largas, cuello vuelto. Tapada de la cabeza a los pies. Me pregunté si tener un aspecto masculino en una prisión de máxima seguridad sería realmente una ventaja. A saber.

Treinta minutos y dos ancianas italianas después (habían cruzado a través de mí sin dejar de discutir mientras aguardaba en la sala de espera), me condujeron hasta la oficina del subdirector de la prisión, Neil Gossett. Era una sala pequeña aunque luminosa, con mobiliario oscuro y montañas de documentos apilados en todas las superficies disponibles. Neil había sido un jugador de rugby más que decente en el instituto y conservaba los músculos de su juventud, aunque no en las mismas proporciones. Tenía buen aspecto, a pesar de la trágica emergencia de un patrón de calvicie masculina.

Se puso en pie y rodeó el escritorio.

—Mariana Esposito —dijo, muy sorprendido.

Dada su elevada estatura, tuve que alzar cabeza para mirarlo cuando le estreché la mano.

—Hola, Neil. Estás genial —aseguré, aunque me pregunté si estaba bien decirles cosas así a las personas que no eran exactamente tus amigas.
—Tú estás... —Extendió las manos para expresar que se había quedado sin palabras.

¿Debería sentirme insultada? No podía ser por los cardenales. Me había esforzado muchísimo a la hora de taparlos. ¿Era por el pelo? Seguro que era por el pelo.

—Estás espectacular —dijo al final. Ah. Mucho mejor.
—Gracias.
—Por favor. —Señaló una silla con un gesto de la mano y tomó asiento tras el escritorio—. Debo admitir —admitió—, que me sorprende un poco verte por aquí.

Esbocé una sonrisa tímida mientras inclinaba la cabeza en una pose «alegre y coqueta».

—Bueno, tengo algunas preguntas sobre uno de tus reclusos, así que supuse que debía empezar por lo más alto y luego seguir hacia abajo. —La insinuación sexual fue deliberada.

Gossett estuvo a punto de ruborizarse.

—No soy exactamente lo más alto, pero me alegra que pienses tan bien de mí.

Solté la risilla de rigor y saqué la libreta.

—Luann me ha dicho que ahora eres detective privado. —Luann. Se refería a su secretaria.
 —Sí, así es. En estos momentos trabajo con el DPA en un caso de asesinato en PG que ha salido en todos los medios de TV. —Solté adrede unas cuantas siglas para quedar como una experta.

Gossett enarcó las cejas. Al menos parecía impresionado. Eso me serviría.

—¿Y has venido por algo relacionado con ese caso?
—Todo está relacionado —mentí como una bellaca—. En realidad he venido a preguntar por un hombre que fue encarcelado por asesinato hace diez años. ¿Puedes contarme algo sobre...? —Eché un vistazo a la libreta con fingido desinterés—. ¿Un tal Peter Lanzani? Esperaba poder interrogarlo en relación a un caso. Ya sabes, ese caso en el que estoy trabajando...

Perdí el hilo cuando Neil se quedó pálido ante mis ojos. Cogió el teléfono y pulsó un botón.

—Luann, ¿podrías venir aquí?

Mierda, ¿ya me había metido en problemas? ¿Iba a echarme a patadas? Pero si acababa de llegar. Tendría que haber soltado más siglas, pero no se me había ocurrido ninguna. ¡La ANPGC! ¿Por qué no se me había ocurrido la ANPGC? La Asociación Nacional para el Progreso de la Gente de Color hacía que todo el mundo se cagara de miedo.

—¿Sí, señor? —preguntó Luann cuando abrió la puerta.
—¿Podrías traerme el expediente de Peter Lanzani? —Fiu.

Sin embargo, Luann titubeó.

—¿Señor?
—No pasa nada, Luann. Tráeme el expediente de Lanzani, anda.

La secretaria me miró de reojo antes de volver a clavar la vista en su jefe.

—De inmediato, señor.

Era buena. Euge nunca me había dicho «De inmediato, señora». Tendríamos que hablar al respecto. Y la reacción de Luann había sido tan interesante como la de Neil. Se comportaba de manera muy femenina. Había muchos baños de burbujas y vino bajo aquel atuendo de trabajo. Sin embargo, se había puesto en plan protector en un abrir y cerrar de ojos. Hecha una fiera. Aunque su furia no parecía dirigida contra mí.

—¿Está relacionado con el incidente? —inquirió Neil—. Creí que Lanzani no tenía familiares.
—¿El incidente? —pregunté en el mismo momento en que Luann llegó con el expediente y se lo entregó a su jefe. Se marchó sin mirarme siquiera. ¿Le había ocurrido algo a Peter? Quizá estuviera muerto de verdad. Tal vez por eso hubiera empezado a aparecer de la nada.

Neil abrió el expediente y lo estudió un instante.

—Sí. Aquí no aparecen familiares vivos. ¿Quién te ha contratado? —Me miró a los ojos y la parte rebelde que había en mí cobró vida.
—Eso es información privilegiada, Neil. Destetaría tener que meter al FD en esto.
—¿El fiscal del distrito? Ya está al tanto de la situación, te lo aseguro.

Huy. Bueno, eso no era de gran ayuda. Ay, por el amor de Dios. Respiré hondo.

—Mira, Neil, este asunto tiene una carácter más personal, ¿de acuerdo? Estoy trabajando en un caso, pero no está relacionado. Yo solo... —Yo solo ¿qué? ¿Quiero violar a tu prisionero? ¿Quiero averiguar si puede transformarse en un ser incorpóreo?—. Solo quiero hablar con él.

Bajé las pestañas tras aquella admisión. Lo más probable es que pareciera idiota. Una de esas fans de los presos que escribían cartas de amor a los internos y se casaban con ellos para poder tener derecho a las visitas conyugales.

—Entonces, ¿no lo sabes? —preguntó. Había una pizca de alivio en su voz, pero también algo más. ¿Remordimientos, tal vez?
 —Parece que no. —Iba a decírmelo. Peter estaba muerto. Había muerto... ¿cuándo? ¿Un mes atrás?
—Lanzani está en coma. Lleva en coma casi un mes.

Tardé unos minutos en cerrar la boca (que casi me llegaba al suelo) y recuperar el habla.

—¿En coma? ¿Cómo? —pregunté—. ¿Por qué? ¿Qué ha ocurrido? —Neil se apartó del escritorio y me entregó el expediente.
—¿Te apetece un café?

Cogí el grueso expediente que me ofrecía con tanta delicadeza como si tuviera joyas incrustadas y luego dije con tono distraído:

—Mataría por un café. —Huy—. No, no lo haría —le aseguré mientras echaba un vistazo a la prisión de máxima seguridad en la que me encontraba—. Nunca he matado a nadie. Bueno, solo a un tipo, pero se lo merecía.

Mi patético intento de bromear pareció tranquilizar a Neil. Un asomo de sonrisa se dibujó en sus labios.

—No has cambiado nada. —Me mordí el labio inferior.
—Y eso es malo, ¿no?
—Claro que no.

Me dejó pensando en su respuesta y fue a por el café mientras yo examinaba el expediente de Peter, también conocido como el Santo Grial.
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Chic@s Peter esta en coma, como hace para estar presente??

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