sábado, 14 de febrero de 2015

Capitulo 24

MARATÓN 3/5


Sabes que padeces trastorno de déficit de atención cuando...
¡Mira! ¡Un pollo!
(Camiseta)

La primera vez que lo vi fue el día en que nací. La capa encapuchada formaba ondas majestuosas, como las sombras que proyectan las hojas mecidas por una brisa suave. Me observaba mientras el médico me cortaba el cordón umbilical. Sabía que me estaba mirando, aunque no podía verle la cara. Me acarició mientras las enfermeras me aseaban, aunque no pude sentir sus dedos. Y susurró mi nombre con tono ronco, profundo y suave, aunque no pude escuchar su voz. Seguramente porque gritaba a todo pulmón después de que me dieran a luz.

Desde aquel día, solo lo he visto en contadas ocasiones, todas horribles. Así que no me extrañó en absoluto verlo en aquel momento. Porque la ocasión también era horrible y todo eso.

Cuando caí por la claraboya y el suelo de cemento se abalanzó hacia mí a la velocidad de la luz, estaba allí, mirándome desde abajo, aunque no pude verle la cara. Intenté pararme en medio de la nada, detener la caída, revolotear para poder verlo mejor. Sin embargo, la gravedad insistió en que continuara mi viajecito de descenso. Entonces, en algún lugar oscuro y aterrador (y algunos dirían que también psicótico) de mi mente, empecé a recordar. Recordé lo que me había susurrado el día que nací. Mi mente rechazó de inmediato la idea, porque el nombre que susurró no era el mío. Me había llamado Holandesa. El mismo día que nací. ¿Cómo lo sabía?

Ocupada como estaba con los recuerdos de mi primer día en la tierra, olvidé que estaba inmersa en una caída mortal. Maldito trastorno de déficit de atención. Con todo, lo recordé a la perfección cuando me detuve en seco. Sentí un golpe fuerte que me arrancó el aire de los pulmones. Sin embargo, él seguía mirándome desde abajo. Eso significaba que no había chocado contra el suelo. Me había golpeado con otra cosa, algo de metal, antes de rebotar y estrellarme contra un enrejado de acero.

Sentí un dolor agonizante en medio del torso que se extendió como una explosión nuclear, tan agudo, tan increíblemente intenso, que me dejó sin aliento y me nubló la vista. Sentí que me derretía y me colaba entre los agujeros de la reja metálica. Y mientras la oscuridad invadía los límites de mi conciencia, volví a verlo, inclinado sobre mí, observándome concentrado.

Intenté enfocarlo con todas mis fuerzas, intenté bloquear el dolor que llenaba mis ojos de lágrimas y emborronaba mi visión. Pero se me agotó el tiempo antes de conseguirlo y todo se volvió negro. Un gruñido inhumano, furioso y lleno de dolor, resonó en las paredes del almacén vacío y sacudió las placas de metal del edificio, que empezaron a zumbar como un diapasón.

Sin embargo, no pude oír su voz.

Fue como si recuperara la conciencia un instante después de perderla. Desde luego, no estaba donde yo la había dejado. Con todo, seguía respirando y pensaba con claridad. Por sorprendente que parezca, el viejo dicho era cierto: no te mata la caída, sino el golpe contra el suelo.

Intenté abrir los párpados. Fracasé. O bien no estaba consciente de verdad o bien Benjamin había encontrado un tubo de Super Glue y se había vengado por el asunto de la salsa. Mientras esperaba a que mis párpados comprendieran que debían estar alzados, lo oí parlotear por la radio. Decía algo sobre que yo tenía pulso. Una observación muy agradable. Apoyó las yemas de los dedos sobre mi cuello.

—Estoy aquí —replicó el tío Nico, jadeante, a través de la radio. Luego escuché pasos sobre las escaleras de metal y sirenas de fondo.

Benija debió de darse cuenta de que estaba despierta.

—Hola, detective —le dijo al tío Nico, que en aquel momento caminaba sobre el emparrillado metálico hacia nosotros—. Creo que la estamos perdiendo. No tengo más remedio que hacerle el boca a boca.
 —Ni se te ocurra —dije, aún con los ojos cerrados. Se echó a reír por lo bajo.
—Por todos los infiernos, Lali. —El tío Nico estaba sin resuello, pero su voz sonaba más preocupada que furiosa. Quizá la banda elástica de la muñeca sirviera de algo, después de todo—. ¿Qué ha pasado?
—Me caí.
—¿No me digas?
—Alguien me golpeó.
—¿Otra vez? No sabía que estábamos en la Semana Nacional de Mata a Lali Esposito.
—¿Eso nos daría algún día de vacaciones? —preguntó Benja. El tío Nico debió de dirigirle su famosa mirada asesina, porque Benjamin dio un respingo y añadió—: De acuerdo. Ya me pongo en marcha.—Se alejó en busca del asaltante, supuse.

Las sirenas se acercaban cada vez más, y oí a varios hombres por debajo de mí.

—¿Te has roto algo? —La voz del tío Nico se había suavizado.

—Los párpados, creo. No puedo abrirlos. —Oí una risotada entre dientes.
—Si fueras otra persona, te diría que los párpados no pueden romperse. Pero considerando que eres tú...

Esbocé una débil sonrisa.

—¿Entonces soy especial?

Resopló y presionó con delicadeza aquí y allá en busca de huesos rotos y cosas por el estilo.

—«Especial» no se acerca a describirte, querida mía.

Los milagros existen. Empecé a considerarme una persona a prueba de muerte. Salir andando (bueno, cojeando y con un montón de ayuda) de una caída como aquella sin un solo hueso roto era un milagro. Con M mayúscula.

—Tendríamos que hacer unas cuantas radiografías —le dijo el técnico médico de emergencias al tío Nico mientras yo yacía tumbada en la camilla.

Las ambulancias eran geniales.

—Reconózcalo, lo que quiere en realidad es sobar las partes exteriores de mi cuerpo —le dije al técnico al tiempo que cogía un artilugio plateado que guardaba un parecido inquietante con una de esas sondas alienígenas que sirven para explorar orificios. Lo rompí sin querer y volví a dejarlo de inmediato en su lugar, con la esperanza de que nadie perdiera la vida debido a que el médico no pudiera insertar la sonda alienígena en sus orificios.

El técnico se echó a reír por lo bajo y examinó mi presión sanguínea por enésima vez.

—De verdad, tío Nico, estoy bien. ¿Quién es el dueño de este almacén?

El tío Nico colgó el teléfono y me miró a través de las puertas abiertas de la ambulancia.

—Bueno, si esperabas que hubiera un letrero luminoso sobre su cabeza que rezara «Soy el malo», te llevarás una enorme decepción.
—¿No me digas? ¿El tipo ha sido canonizado o algo así?
—Más o menos. Es el padre Federico Díaz.

Vaya. ¿Para qué querría un sacerdote católico un almacén situado en mitad de ninguna parte? ¿Para qué querría un sacerdote católico un almacén, sin más? Aquel caso se volvía más y más extraño a cada minuto que pasaba.

—No hay nadie —dijo Benjamin cuando se unió a nosotros—. No lo entiendo. Si había dos tipos dentro y uno en el tejado, ¿dónde se han metido?
—El furgón era el único vehículo en las cercanías. Tuvieron que marcharse a pie —dijo el tío Nico mientras examinaba la zona con expresión intrigada.
—Quizá no se hayan marchado —añadí—. ¿Dónde están las cajas? Ambos se volvieron para echarle un vistazo al almacén vacío.
—¿Qué cajas? —quiso saber el tío Nico.
—A eso me refiero. —Me bajé de la camilla, cogí la sonda rota para entregársela al auxiliar, quien arregló la parte alienígena y la devolvió a su lugar con una sonrisa, y luego salté al suelo con más dificultades de las socialmente aceptables.
—Le diré tres palabritas —dijo el técnico—. Posible hemorragia interna. —Me volví hacia él.
—¿No cree que si sangrara por dentro habría algún lugar recóndito de mi interior que lo sabría... interiormente?
—Una radiografía —regateó. Al ver que me encogía de dolor una vez más, añadió—: Tal vez dos.

El tío Nico me rodeó con uno de sus fornidos brazos. Yo estaba a un nanosegundo de empezar a discutir de nuevo con el auxiliar cuando empezó a hablar.

—Lali, tenemos hombres por toda la zona. Te prometo que buscaremos tus cajas desaparecidas.
—Pero...
—Vas a ir al hospital, aunque tenga que esposarte a esa camilla —dijo Benja, que se situó delante de mí para bloquear mi única vía de escape.

Tras un suspiro exasperado, crucé los brazos y lo fulminé con la mirada.

—Deja ya de intentar esposarme. Quiero estar presente cuando hables con el padre Federico —le dije al tío Nico, pasando por alto la expresión sorprendida de Benja. ¿Aquel hombre nunca aprendería?
—Trato hecho —convino el tío Nico antes de que pudiera cambiar de opinión—. Te llamaré mañana sin falta para decirte la hora.
—Necesitarás a alguien que te lleve a casa desde el hospital —me recordó Benjamin.
—Tú lo único que quieres es utilizar esas esposas. Llamaré a Eugenia. Id a averiguar dónde han ido a parar las cajas.
—¿Quieres que lleve mañana las fotos de los expedientes para que les eches un vistazo? —preguntó el tío Nico—. ¿Podrías identificar al tipo que te golpeó?
—Bueno... —Arrugué la nariz mientras consideraba la posibilidad de identificar a mi asaltante basándome en el bocadillo de nudillos que me había hecho tragar—. Tengo una imagen periférica casi nítida del puño izquierdo de ese tío. Tal vez pueda reconocer su dedo meñique.

Por alguna extraña razón que no conseguí explicarme, a Euge no le hizo ninguna gracia que la llamara a la una de la madrugada para que viniera a buscarme al hospital.

—¿Qué has hecho ahora? —inquirió mientras entraba en la sala de reconocimientos. Todavía llevaba puestos los pantalones del pijama, que había combinado con una camiseta de tirantes y una rebeca enorme similar a una bata. Tenía un aspecto postapocalíptico. Y sufría un caso grave de peinado de almohada. Estaba muy graciosa.

Empecé a bajarme de la camilla de reconocimiento tan despacio como si hubiera una bomba en la estancia que se detonara por un sensor de movimientos. Ella se acercó a toda prisa para ayudarme. Si de verdad hubiese habido una bomba que se detonara por un sensor de movimientos, habríamos volado por los aires.

—¿Por qué das por hecho que todo esto ha sido culpa mía? —pregunté una vez que conseguí apoyar los pies en el suelo.

Sus labios formaron una mueca de reprimenda.

—¿Te haces una idea de lo que es recibir una llamada del hospital en mitad de la noche? Casi me muero del susto. —Apenas puedo hilar dos palabras seguidas.
 —Lo siento. —Cojeé hasta mi chaqueta y me la puse, sorprendida por lo mucho que me costaba no desmayarme—. Seguro que pensaste que le había ocurrido algo a Amber.
—¿Estás de coña? Amber es un ángel comparada contigo. Tenerte cerca me hace apreciar lo que vale su comportamiento hormonal adolescente. Si te soy sincera, no sé cómo pudo soportarlo tu madrastra.

Una bombilla se apagó en el interior de mi cabeza cuando dijo aquello. No era una bombilla muy brillante (quizá de doce vatios), pero me hizo reconsiderar la falta de interés de mi madrastra por mi bienestar. Tal vez nuestra escabrosa relación fuera en parte culpa mía.

No. De eso nada.

Euge me regañó durante todo el camino de regreso a casa. Por suerte, había conseguido que la ambulancia me llevara hasta Pres, así que el trayecto no fue muy largo. Su preocupación resultaba agradable y, al mismo tiempo, extrañamente irritante. Mi preocupación, sin embargo, se centraba más en homicidios. Por más que lo intentaba, no conseguía aliviar el ardor que me subía bajo el collar de Gucci de siete dólares que había comprado en una tienda de artículos de segunda mano. Alguien me había golpeado. Alguien había intentado matarme. Si hubiese tenido éxito, estaría muerta.

Luego, como si mi perpetuo estado de alegría no pudiese permitir que un pensamiento tan negativo infectase mi mente (estoy casi segura de que fui hippie en una vida anterior), me di cuenta de que solo debía ver el vaso medio lleno. De Jack Daniel’s, con un poco de suerte. Aquella noche había aprendido una cosa, además de la legitimidad del dicho del golpe contra el suelo. Había aprendido que de algún modo, por alguna extraña coincidencia del destino, Peter y el Malo Malísimo estaban relacionados. La cuestión era cómo. Peter no tendría más de tres años cuando yo nací. ¿Cómo sabía el Malo Malísimo que me llamaría «Holandesa» quince años después?

No había sido cosa de mi imaginación. Lo recordaba con toda claridad. Holandesa. Una palabra pronunciada en un susurro suave, profundo y hechizante. Casi como el propio Peter. Y las similitudes no acababan ahí. Mi mente empezaba a registrar todo tipo de parecidos entre ellos dos. Como por ejemplo, el calor y la energía que irradiaban. La velocidad a la que se movían, que los convertía en un borrón, algo muy poco común entre los difuntos. El poder paralizante de sus caricias, de sus miradas. El hecho de que se me doblaran las rodillas cuando aparecía alguno de ellos.

Quizá estuviese equivocada. O eso, o Peter y el Malo eran el mismo tipo de ser. Pero ¿cómo era posible? Necesitaba una segunda opinión.

—He vuelto a verlo —dije mientras Euge entraba con su Taurus en el aparcamiento.

Frenó en seco y se volvió para mirarme.

—Cuando caí a través de la claraboya —añadí.
—¿A Peter? —inquirió con incredulidad.
—No. No lo sé. —La fatiga inundó mi voz—. Tengo muchas dudas. Empiezo a cuestionarme un montón de cosas.

Hizo un gesto afirmativo de comprensión, se acercó a la acera y apagó el motor.

—He hecho algunas averiguaciones. Es tarde, pero me da la sensación de que no podrás dormite hasta que obtengas respuestas para algunas de tus preguntas.

Después de arrastrarme hasta mi apartamento, Euge fue a ver cómo estaba Amber. Saludé con un grito al señor Wong y luego encendí mi flamante cafetera nueva, que según la tarjeta con lazo que tenía la caja, era un regalo de la buena gente de AAA Electric en agradecimiento por la investigación sobre los mecanismos de conmutación desaparecidos que había realizado para ellos... aunque no tenía ni idea de qué era un mecanismo de conmutación ni de por qué alguien querría robarlo. Era de color rojo. La cafetera, no el mecanismo. No sabía de qué color eran los mecanismos, ya que descubrí al ladrón mucho antes de llegar a averiguarlo. Con todo, dudaba que fueran rojos.

Me serví una tacita de leche y me la bebí de un trago para poder tomarme cuatro pastillas de ibuprofeno a la vez sin que se me agrietara el estómago. Había rechazado las recetas de analgésicos que me había ofrecido el auxiliar médico. Las recetas y yo no nos llevábamos bien. Sin embargo, el dolor ya se había infiltrado en mis músculos y los había contraído hasta tal punto que parecían romperse con cada movimiento. Quizá la caída no me hubiese causado daños permanentes, pero los daños a corto plazo iban a ser de aúpa. Apenas podía respirar.

Aun así, incluso una pequeña capacidad para respirar era mejor que ninguna.

A pesar de que había visitado a Mark Weir en prisión, perseguido a Rocket por el psiquiátrico, allanado las oficinas de los abogados y caído a través de una claraboya del almacén, todavía debía poner las manos sobre el teclado del ordenador el tiempo suficiente para entrar en la base de datos de prisiones y buscar información sobre Peter. Mientras me sentaba en la silla del ordenador, Euge regresó con un montón de notas y folios de impresora. Conociéndola, estaba segura de que ya se sabía la vida de Peter de pe a pa, desde la talla de sus zapatos hasta su grupo sanguíneo. Entré en la página web del Departamento Penitenciario de Nuevo México mientras ella servía una taza de café para cada una. Diez segundos después, gracias a la fibra óptica, la foto del expediente de Peter apareció en la pantalla.

—Dios mío —dijo Euge a mi espalda. Al parecer, experimentaba la misma reacción visceral que yo cada vez que miraba a Peter.

Dejó una taza a mi lado.

—Gracias —le dije—, y siento haberte llamado en plena noche. Cogió una silla, se sentó y puso una mano sobre la mía.
—Lali, ¿crees de verdad que me importa una mierda que me hayas llamado?

¿Era una pregunta trampa?

—Bueno, pues sí. ¿A quién no le habría molestado?

...
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Otro capitulo de la maratón solo quedan dos.

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