sábado, 14 de febrero de 2015

Capitulo 22

MARATÓN 1/5


—¿Tienen alguna foto del expediente de arresto? —pregunté. Al ver que Euge no respondía, lo intenté de nuevo—. ¿Euge? ¿Estás ahí?

...
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—Ay, Dios, Charley. Él es... Es él.

Se me cayeron las llaves al suelo, y apoyé la mano libre encima de Misery.

—¿Cómo lo sabes? No lo has visto nunca.
—Está como un tren. Es exactamente como lo describiste.

Traté de controlar la respiración. No tenía una bolsa de papel a mano si las cosas se ponían mal.

—Nunca he conocido a nadie así. No sé, tan feroz, tan increíblemente hermoso.
 —Es él —aseguré, porque sabía sin duda alguna que mi amiga había dado con el tipo correcto.
—Te envío la foto del expediente ahora mismo.

Sostuve el teléfono a la espera de que llegara el mensaje. Después de unos segundos que se me hicieron eternos, apareció una imagen en la pantalla. De pronto, mi único propósito en la vida fue seguir en posición vertical. Con todo, se me doblaron las rodillas y me deslicé hasta el estribo de la puerta, incapaz de apartar la vista de la pantalla.

Euge había clavado la descripción. Era feroz, con una expresión cauta y furiosa a un tiempo, como si pretendiese advertirle a los agentes que mantuvieran las distancias. Por su propio bien. A pesar de la escasez de luz, sus ojos tenían un brillo que hablaba de una rabia contenida a duras penas. Estaba claro que Peter no era muy feliz cuando tomaron la foto.

—Sigue en la lista de reclusos. Me pregunto cada cuánto tiempo actualizan estas cosas. ¿Lali?—Cookie seguía en línea, pero yo era incapaz de apartar los ojos de la fotografía. Mi amiga pareció darse cuenta de que necesitaba un momento y aguardó en silencio a que me recobrara.

Lo hice. Con un nuevo propósito en mente, me coloqué el teléfono junto a la oreja y me agaché para recoger las llaves.

—Voy a ver a Rocket.

Con la idea de matar dos pájaros de un tiro, me dirigí a una calle paralela y aparqué junto a un contenedor con la esperanza de que los vecinos no se dieran cuenta de que planeaba colarme en su manicomio abandonado. El hospital, clausurado por el gobierno en los años cincuenta, había acabado en manos de una banda de moteros, también conocidos como «los vecinos». Se llamaban a sí mismos los Bandits, y no eran muy amables con los intrusos. Tenían rottweilers que lo demostraban.

El mero hecho de acercarme al manicomio me provocó un nudo en el estómago, pero no por los perros. No era un nudo de los malos. Los psiquiátricos me fascinaban. Cuando estaba en la facultad, mis excursiones de fin de semana favoritas consistían en visitar clínicas mentales abandonadas. Los difuntos que encontraba allí eran enérgicos y apasionados, llenos de vida. Lo cual resultaba bastante irónico, ya que estaban muertos.

Aquel manicomio en particular daba cobijo a mis loco favorito. La vida de Rocket (cuando estaba vivo de verdad) era más misteriosa que el triángulo de las Bermudas, pero, por lo que había conseguido descubrir, Rocket había vivido su infancia en la época de la Depresión. Su hermana pequeña había muerto de neumonía, y aunque yo no había llegado a conocerla, Rocket aseguraba que todavía andaba por allí, haciéndole compañía.

Rocket se parecía mucho a mí. Había nacido con un propósito, con un trabajo que hacer. Pero nadie había entendido su don. Tras la muerte de su hermana, sus padres lo habían internado en el hospital psiquiátrico de Nuevo México. Los siguientes años de incomprensión y malos tratos, aderezados con dosis periódicas de terapia de electrochoque, convirtieron a Rocket en una fracción de la persona que podría haber sido.

En muchos sentidos, era como un niño de cuarenta años metido en un tarro de galletas, solo que su tarro era una maldita institución mental desmoronada y sus galletas eran nombres, los nombres de los fallecidos que había grabado, un día sí y otro también, en las paredes del psiquiátrico. El último guardián de los registros. No creo que san Pedro pudiera echarle algo en cara a Rocket.

Aunque no estaría mal que le hubiese dado un lápiz.

El nerviosismo había derramado un montón de adrenalina en mi organismo. Podría descubrir de una tacada si el sobrino de Mark Weir estaba vivo (cruzaba los dedos) y si también Peter seguía con vida. Rocket sabía cuándo cruzaba alguien, y nunca olvidaba un nombre. La increíble cantidad de información que pasaba por su cabeza en un momento dado habría llevado a cualquier persona cuerda al borde del abismo, lo que también explicaba la personalidad de Rocket.

Las puertas y ventanas del psiquiátrico estaban selladas con tablas desde hacía mucho tiempo. Me escabullí hacia la parte de atrás, atenta al ruido de los pasos de los rottweiler, y me arrastré bocabajo para colarme por una de las ventanas del sótano que forzaba en cada visita. Todavía no me había quedado atrapada en aquel manicomio en particular (algo de agradecer, ya que probablemente habría perdido una pierna), pero sí me había quedado encerrada en uno que había a las afueras de Las Vegas, en Nuevo México. Un sheriff me arrestó. Tal vez me equivoque, pero estoy casi segura de que mi obsesión por los hombres uniformados empezó aquel día. El sheriff estaba como un tren. Nunca he vuelto a ser la misma.

—¿Rocket? —dije después de caer de cabeza sobre una mesa y saltar al suelo con un movimiento bastante impresionante. Me sacudí el polvo de la ropa, encendí mi linterna LED y me dirigí hacia las escaleras—. ¿Rocket, estás aquí?

La planta baja estaba vacía. Seguí los pasillos, maravillada por los miles y miles de nombres grabados en las paredes de yeso, y empecé a subir las escaleras de servicio hacia la primera planta. Allí había libros y muebles esparcidos por el suelo. Los grafitis cubrían la mayor parte de las superficies, una muestra de las incontables fiestas que se habían celebrado en aquel lugar a lo largo de los años, probablemente antes de que la banda de moteros se hiciera con la propiedad. Al parecer, la clase de 1983 había vivido libremente, y Patty Jenkins había perdido la virginidad.

La miríada de nacionalidades que Rocket había grabado en las paredes me dejó alucinada. Había nombres indios, mandarines, arapahoes e iraníes.

—Señorita Mariana —dijo Rocket a mi espalda con una risilla maliciosa. Di un respingo antes de darme media vuelta.
—¡Rocket, diablillo! —Le encantaba asustarme, de modo que debía fingir una experiencia cercana a la muerte cada vez que lo visitaba.

Se echó a reír a carcajadas y me dio un enorme abrazo. Rocket era una mezcla entre un oso pardo de peluche y Pillsbury Doughboy, el muñequito de las tortitas. Tenía un rostro infantil y un corazón juguetón que solo veía lo bueno de la gente. Siempre deseé haberlo conocido cuando estaba vivo, antes de que el gobierno le achicharrara el cerebro. ¿Habría sido un ángel de la muerte como yo?
 Sabía con certeza que él podía ver a los difuntos antes de morir.

Me dejó en el suelo y luego frunció el ceño en una expresión cómica.

—Nunca vienes a verme. Nunca.
—¿Nunca? —le pregunté para fastidiarlo.
—Nunca.
—Ahora estoy aquí, ¿no?

Se encogió de hombros de mala gana.

—Y cada vez que vengo debo enfrentarme al pequeño problemilla de los rottweilers.
 —Ya. Tengo muchos nombres que darte. Muchos.
—En realidad no tengo tiempo para...
—No deberían estar aquí. No, no, no. Tienen que marcharse. —Rocket también era un chismoso consumado que siempre me daba los nombres de aquellos que habían muerto pero que aún no habían cruzado.
—Tienes razón, Rocket, pero esta vez soy yo la que tiene un nombre para ti. Se quedó callado y me miró con perplejidad.
—¿Un nombre?

Decidí decirle el nombre de alguien que ya sabía que había fallecido.

—James Enrique Barilla —comenté, el nombre del chico asesinado que había sido encontrado en el jardín de Mark Weir.
—Vaya —dijo él, que se concentró de inmediato.

Lanzarle un nombre de aquella forma era un truco barato, pero tenía que conseguir que Rocket se concentrara. No contaba con mucho tiempo. Tenía una cita con la señora Actividad Ilegal. El allanamiento no se llevaría a cabo solo.

Rocket reconoció el nombre de inmediato y comenzó a caminar hacia un lugar en particular, lo que por desgracia incluía algunos atajos a través de las paredes. Me esforcé para seguirlo; doblé esquinas y crucé puertas mientras rezaba por que el suelo no se hundiera bajo mis pies.

—Espera, Rocket. No me pierdas.

Lo oí escaleras abajo, más allá de las cocinas, repitiendo el nombre en voz baja una y otra vez. Tropecé con una silla rota y dejé caer la linterna, que bajó dando tumbos por las escaleras.
En aquel momento, Rocket apareció ante mí.

—Nunca eres capaz de seguirme, señorita Mariana.
—¿Nunca? —pregunté mientras me ponía en pie con cierto esfuerzo.
—Nunca. —Me agarró del brazo y tiró de mí escaleras abajo. Conseguí de algún modo recoger la linterna cuando pasamos junto al lugar donde se encontraba.

Sus intenciones eran buenas.

Nos detuvimos. Rocket frenó con una brusquedad que no me esperaba. Choqué contra su espalda, siempre agradecida por su cuerpo blandito, y reboté para aterrizar, una vez más, de culo en el suelo. Por lo general, Rocket se habría reído mientras me levantaba y me sacudía el polvo, pero en aquellos momentos tenía una misión. Según mis experiencias pasadas, nada distraía a Rocket cuando tenía una misión.

—Aquí. Es aquí —dijo al tiempo que señalaba repetidamente uno de los miles de nombres que había grabado en el yeso—. James Enrique Barilla.

En realidad no me sorprendió que encontrara el nombre de James entre los de aquellos que ya habían fallecido, ya que un hombre iba a ir a prisión por su asesinato. No obstante, debía comprobarlo, solo por si acaso.

—¿Sabrías decirme cómo murió?
—No cómo —dijo, molesto de repente. Luché por reprimir la sonrisa—. No por qué. No cuándo. Solo puedo decirte si está muerto o no.
—¿Y dónde? —Solo quería mostrarme obstinada. Mi amigo me fulminó con la mirada.
—Señorita Mariana, conoces las reglas. No se rompen las reglas —dijo a modo de advertencia mientras me señalaba con su dedo regordete. Una reprimenda en toda regla.

En ocasiones me preguntaba si de verdad Rocket sabía más cosas y se limitaba a seguir algunas reglas cósmicas que yo desconocía. No obstante, me daba la sensación de que aquella forma de hablar derivaba de los muchos años de internamiento. Nadie conocía las reglas mejor que los internos.

Saqué la libreta y pasé unas cuantas hojas.

—Vale, Rocket, ¿qué me dices de Theodore Bradley Thomas? —Al menos, me marcharía de allí sabiendo si el sobrino desaparecido de Mark Weir estaba vivo o muerto.

Rocket agachó la cabeza para pensarlo durante unos instantes.

—No, no, no —dijo al final—. Todavía no su hora.

El alivio inundó todas y cada una de las células de mi cuerpo. Ahora solo tenía que encontrarlo. Me pregunté si el chico corría mucho peligro.

—¿Sabes cuándo le llegará la hora? —pregunté, aunque conocía la respuesta. La misma.
—No cuándo. Solo si está muerto o no —repitió mientras se daba la vuelta para grabar otro nombre en el yeso.

Lo perdí. Conservar la atención de Rocket era como servir espaguetis con una cuchara. No obstante, tenía otro nombre que darle. Uno importante. Me acerqué un poco, porque casi me daba miedo decirlo en voz alta.

—Peter Lanzani —susurré.

Rocket se detuvo. Reconocía el nombre, eso me quedó bien claro. Y eso significaba que Peter estaba muerto. Se me cayó el alma a los pies. Había deseado con todas mis fuerzas que no lo estuviera.

—¿Dónde está su nombre? —le pregunté sin hacer caso del escozor de ojos. Examiné las paredes, como si de verdad pudiese encontrar su nombre entre la masa caótica de garabatos que se asemejaba a una obra de M.C. Escher colocado con ácido. Pero quería verlo. Tocarlo. Quería deslizar los dedos sobre las líneas que formaban el nombre de Peter.

En aquel momento me di cuenta de que Rocket me miraba con una expresión recelosa pintada en su rostro infantil.

Levanté una mano para ponérsela sobre el hombro.

—¿Qué pasa, Rocket?
—No —dijo al tiempo que se alejaba para ponerse fuera de mi alcance—. Él no debería estar aquí. No, señora.

Cerré los ojos, intentando con todas mis fuerzas no ver la verdad.

—¿Dónde está su nombre, Rocket?
—No, señora. Él nunca debería haber nacido.

Abrí los ojos de nuevo. Jamás le había oído decir algo semejante.

—No puedo creer que hayas dicho una cosa así.
—Nunca debería haber habido un niño llamado Peter. Debería haberse quedado en el lugar al que pertenece. Los marcianos no pueden convertirse en humanos solo porque quieren beberse nuestra agua. —Clavó sus ojos en los míos, pero su mirada se perdió durante unos instantes antes de volver a concentrarse en mi cara—. Mantente alejada de él, señorita Mariana —dijo al tiempo que daba un paso hacia mí—. Aléjate de él.

Me mantuve en mis trece.

—No estás siendo muy amable, Rocket. Él se inclinó hacia delante.
—Pero es que él tampoco es muy amable, señorita Mariana —me susurró con voz ronca.

Algo que escapaba a mis sentidos llamó su atención. Se dio la vuelta, escuchó con atención y luego se abalanzó sobre mí y me apretó los brazos con sus manos regordetas. Di un respingo, pero no estaba asustada. Rocket nunca me haría daño.

Un momento después, me apretó con más fuerza aun y estuve a punto de soltar un grito. Fue entonces cuando me di cuenta de que quizá estuviese equivocada.

—Rocket, cielo —dije con un tono tranquilizador—, me estás haciendo daño.

Apartó las manos de repente y se alejó con aire incrédulo, como si no pudiera creer lo que acababa de hacer.

—No pasa nada —dije. Me negué a frotarme los brazos doloridos, ya que aquel gesto solo conseguiría que se sintiera peor—. No pasa nada, Rocket. No pretendías hacerme daño.

Una expresión horrorizada apareció en su rostro justo antes de que desapareciera. Sus palabras flotaron tras él.

—Eso a él no le importará.
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Bueno chicas queria dejarles una maratón, espero que lean y comenten mucho. depende de los comentarios si subo mi nove.

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