No temas al ángel de la muerte.
Solo sé muy, muy cuidadoso con
ella.
MARIANA ELIZABETH ESPOSITO.
—Y entonces miré hacia arriba y
allí estaba.
Euge sujetaba una palomita contra
sus labios mientras me escuchaba con los ojos abiertos de par en par a causa
del asombro. O, quizá, a causa de un miedo primitivo y horripilante. Resultaba
difícil saberlo.
—El Malo Malísimo —dijo.
—Sí, pero puedes llamarlo Malo para abreviar.
Estaba allí de pie, mirándome, y yo estaba desnuda y cubierta de placenta, aunque
en realidad de eso no me di cuenta hasta después. Solo recuerdo que él me
fascinaba. Parecía estar en un constante estado de movimientos fluidos.
—Como el humo.
—Como el humo —repetí mientras le
arrebataba el bocadito mantequilloso de los labios y me lo metía en la boca—.
Si te duermes, pierdes bocado, chica.
—¿Recuerdas algo antes de él?
—inquirió mientras estiraba el brazo para coger otra palomita, que al igual que
antes, sujetó contra sus labios. Intenté no soltar una carcajada para no romper
el hechizo.
—No mucho. Quiero decir que no
recuerdo cómo me concibieron ni nada de eso. Y doy gracias a los dioses, porque
sería asqueroso. Solo me acuerdo de lo que vino después. Y todo está bastante
confuso. Salvo él. Y mi madre.
—Espera —dijo al tiempo que
levantaba un dedo—, ¿tu madre? Pero tu madre murió el día que naciste. ¿La recuerdas?
Esbocé una sonrisa lánguida.
—Era tan hermosa, Euge. Fue mi
primer... bueno, mi primer cliente.
—¿Quieres decir que...?
—Sí. Cruzó a través de mí. Era
todo luz, calidez y amor incondicional. En aquel momento no lo entendí, pero me
dijo que la hacía feliz haber renunciado a su vida para que yo pudiera vivir la
mía. Hizo que me sintiera calmada y querida; algo muy de agradecer, porque el
Malo me asustaba bastante.
Euge perdió la mirada en un punto
distante mientras procesaba lo que le había dicho.
—Eso es... Eso es...
—Imposible de creer, lo sé.
—Alucinante. —Me miró a los ojos.
El alivio inundó todo mi cuerpo.
Debería haber sabido que ella me creería. Pero la gente con la que había
crecido, las personas más próximas a mí, nunca había creído lo del día que nací.
—Así que en cierto modo conociste
a tu madre, ¿no?
—Sí. —Y mientras crecía, me di
cuenta de que aquello era mucho más de lo que tenían otros niños. Siempre
estaría agradecida por aquellos breves momentos que compartimos.
—¿Y conoces todos los idiomas que
se han hablado alguna vez sobre la tierra?
—Todos y cada uno de ellos
—contesté, contenta con el cambio de tema.
—¿Incluso el parsi?
—Incluso el parsi —aseguré con
una sonrisa.
—¡Ay, Dios santo! —dijo casi a
voz en grito. En aquel instante debió de acordarse de algo, porque sus rasgos
cambiaron, se oscurecieron, y luego me apuntó con el dedo índice de manera
acusadora—. Lo sabía. Sabía que habías entendido lo que aquel hombre vietnamita
me dijo en el supermercado. Pude verlo en tus ojos.
Sonreí y volví a contemplar la
imagen de Peter.
—Dijo que le gustaba tu culo. —Ahogó
una exclamación.
—¡Vaya! Menudo pervertido...
—Dijo que le habías puesto
cachondo.
—Es una lástima que fuese lo
bastante pequeño como para caberme en el canalillo.
—Creo que por eso le gustabas
—dije antes de soltar una carcajada.
Euge permaneció en silencio un
buen rato después de eso. Le concedí tiempo para asimilar todo lo que le había
dicho.
—¿Cómo es posible algo así?
—preguntó al final.
—Bueno —dije, tras decidir que
iba a tomarle el pelo—, en realidad no creo que te hubiera cabido en el
canalillo. Aunque estoy segura de que a él le habría encantado hacer la prueba.
—No, me refiero a lo de los
idiomas. Es algo...
—¿Increíblemente genial? —inquirí
con voz esperanzada.
—Abrumador.
—Ah. Sí, supongo que sí.
—¿Y entendías lo que te decía la
gente el día que naciste? —Arrugué la nariz mientras lo pensaba.
—Más o menos, pero no
literalmente. No tenía esquemas ni un pasado con el que relacionar las
palabras. No podía asociarlas a ningún significado. Cuando la gente me hablaba,
entendía a un nivel visceral. Por extraño que parezca, empecé a andar, a hablar
y a todo lo demás a la misma edad que los demás niños. Pero cuando alguien me
hablaba, lo entendía. Sin importar en qué idioma me hablase. Sabía lo que me
estaban diciendo.
Cuando saltó el salvapantallas,
moví el ratón para recuperar la imagen de Peter.
—Incluso entendí las primeras
palabras que me dijo mi padre —añadí, aunque hice cuanto pude por disimular la
tristeza de mi voz—. Al menos la mayor parte. Me dijo que mi madre había
muerto.
Euge negó con la cabeza.
—Lo siento muchísimo.
—Creo que mi padre lo sabía. Creo
que sabía que yo entendía lo que me decía. Era nuestro pequeño secreto. —Cogí
un puñado de palomitas y me lancé una a la boca—. Luego se casó con mi
madrastra y todo cambió. Ella descubrió enseguida que yo era un bicho raro.
Todo empezó cuando me enganché a las telenovelas mexicanas.
—Tú no eres un bicho raro, Lali.
—No pasa nada. No puedo culparla.
—Sí, sí que puedes —dijo, y su
voz tenía de repente un matiz afilado como una chuchilla—. Yo también soy
madre. Las madres no hacen eso, aunque sean madres adoptivas.
—Ya, pero Rufi no nació siendo un
ángel de la muerte.
—Eso da igual. Es tu madrastra.
Punto. Y tú no eres una asesina en serie ni nada de eso.
Dios, me encantaba tener a
alguien de mi parte. Mi padre siempre me había querido sin reservas, pero nunca
me había respaldado de aquel modo. Creo que Euge se habría enfrentado sola a la
mafia para defenderme. Y habría ganado.
—Bueno, ¿entonces ya te llamó
Holandesa el día que naciste?
—Sí.
—¿Y eso fue antes o después de
que tu madre cruzara a través de ti?
—Después, pero no lo entiendo.
¿Cómo lo sabía? Hasta esta noche, nunca me había dado cuenta de que el Malo no
me llamó por mi verdadero nombre aquel día. No me llamó Mariana. Me llamó Holandesa,
Euge, igual que hizo Peter cuando iba al instituto. ¿Cómo lo sabía? —Mi mente
comenzó a dar vueltas en un intento desesperado por encajar las piezas.
—Vale, deja que te pregunte una
cosa —dijo ella, con la frente llena de arrugas pensativas—. La primera vez que
viste a Peter, ¿notaste algo inusual en él?
—¿Aparte de que estaba recibiendo
una paliza de manos de un padre psicópata?
—Sí.
Tomé una honda bocanada de aire y
me puse a pensarlo.
—¿Sabes? Es posible que notara
algo raro en él sin darme cuenta. Lo que quiero decir es que quizá hubiera algo
diferente, algo sobrenatural, pero lo achaqué a la adrenalina que corría por
mis venas. Era un chico magnífico. Hermoso, ágil y perfecto.
—Por tu forma de describirlo, se
diría que Peter podría ser alguna clase de criatura sobrenatural. El hecho de
que recibiera una paliza semejante y se quedara tan ancho, como te pasa a ti,
me tiene intrigada.
—Nunca lo había visto de esa
manera. —Mientras pensaba en aquella noche, en aquellos recuerdos inquietantes y
fascinantes a un tiempo, Peter reapareció en mi mente—. ¿Sabes una cosa?
—pregunté al darme cuenta—. Él era diferente. Era, no sé, siniestro.
Impredecible.
—En mi opinión, eso podría
considerarse sobrenatural, sí. —De no haber estado tan cansada, me habría
echado a reír.
—¿De repente eres una experta?
—En lo que se refiere a lo
siniestro y atractivo, sí, desde luego. —Aquella vez, me eché a reír. —Bueno, ¿cuántas veces has visto al Malo?
—me preguntó. Por lo visto, había aceptado sin problemas todo lo que le había
contado. Y eso era bueno. Provechoso. Mucho más barato que un terapeuta.
—No muchas.
—Vale, ¿y qué ocurrió cuando lo
viste?
Cogí mi taza y di un sorbo del
chocolate caliente que Euge me había preparado después de insistir en que
lo necesitaba mucho más que el café.
Me colocó una mano sobre el
hombro y me miró con expresión perspicaz.
—En el parque. Con la niña
Johnson.
Cuando dejé la taza, intenté
hacerlo con un gesto lo más despreocupado posible. Pensar en el incidente de la
niña Johnson era como deslizar un dedo sobre una zona en carne viva. Solo
pretendía ayudar a una madre a salir del agujero de desesperación en el que se
había hundido cuando su hija desapareció. Pero en lugar de ayudar, causé un
escándalo; un escándalo que mi madrastra consideró la gota que colmaba el vaso.
Desde aquel día me dio la espalda y nunca volvió la vista atrás.
De modo que sí, el incidente era
un punto doloroso en mi mente, pero los tenía peores. Tenía heridas abiertas que
se negaban a curarse, y Euge conocía muy pocas de aquellas heridas.
—Sí —dije, alzando la barbilla—.
En el parque. Aquella fue la tercera vez que lo vi.
—Pero tu vida no estaba en
peligro. ¿O sí?
—En absoluto, pero tal vez él
creyera que lo estaba. Estaba cabreadísimo, y creo que se debía a que mi
madrastra me estaba gritando delante de toda aquella gente. —Agaché la cabeza
al recordarlo—. Y me dio una bofetada. Fue bastante horrible. —Miré a Euge a
los ojos, deseando de pronto que mi amiga comprendiese el miedo que le tenía a
aquel ser—. Creí que iba a matarla. Él temblaba de furia. Lo sentí; sentí algo
así como una corriente eléctrica sobre la piel. Mientras mi madrastra me
reprendía a gritos delante de media ciudad, le supliqué en susurros que no le
hiciera daño.
Euge apretó los labios en un
gesto compasivo.
—Lali, lo siento muchísimo.
—No pasa nada. Lo cierto es que
no sé por qué me asusta tanto ese ser. No puedo creer lo gallina que soy a
veces.
—También siento que te asuste,
pero me refería a lo de tu madrastra.
—Ah, pues no lo sientas —dije al
tiempo que negaba con la cabeza—. Aquello fue por mi culpa.
—Tenías cinco años.
Tragué saliva con fuerza y me
incliné hacia ella.
—No sabes lo que hice —le dije.
—A menos que le echaras gasolina
por encima y le prendieras fuego a esa mujer, no entiendo su reacción.
Esbocé una sonrisa torcida.
—Puedo asegurarte que ningún
derivado petrolífero salió dañado en la creación de aquella película.
—¿Qué ocurrió entonces? ¿Qué pasó
con el Malo?
—Creo que me oyó. Se marchó, pero
no le hizo ninguna gracia. —Euge asintió de manera comprensiva.
—Y apostaría a que otra de las
veces que apareció fue cuando estabas en la facultad —señaló.
—Vaya, eres muy buena.
—Me contaste que te atacaron una
noche, cuando regresabas a casa después de la última clase, pero no me dijiste que
él había aparecido.
—Pues sí, apareció. Me salvó,
igual que cuando tenía cuatro años. —El rostro de Euge era todo asombro.
—¿Cuatro? ¿Qué ocurrió cuando
tenías cuatro años? Espera, espera, ¿te salvó cuando te atacaron en la
facultad? ¿Cómo? —preguntó, soltando las preguntas según las pensaba.
Fue entonces cuando comprendí que
mi descripción del Malo Malísimo la había llevado a creer que era... pues eso,
malo malísimo. Y lo era. Más o menos.
Con todo, no podía contarle cómo
me había salvado. No podía hacerle eso. No hasta que supiera que podría
soportarlo.
—Él... apartó al tipo de mí.
—Ay, Dios, Lali. Supongo que no
me di cuenta... Bueno, lo contaste como si fuera algo sin importancia. ¿Tu vida
corrió peligro?
—Quizá un poco —repliqué con un
gesto de indiferencia—. Había una navaja automática implicada. Ni siquiera
estaba al tanto de que siguieran fabricando esas cosas. ¿No son ilegales?
—Aparece cuando tu vida corre
peligro —repitió con aire pensativo—, ¿y te salvó cuando tenías cuatro años?
¿Qué te ocurrió a esa edad?
Me removí en la silla, aunque
estaba tan dolorida que lo logré a duras penas.
—Bueno, podría considerarse un
secuestro, aunque fue más un alejamiento que un secuestro. Euge se llevó la mano a la boca para contener
un grito.
—Dios, todo esto suena más
horrible cuando se pronuncia en voz alta —protesté—. Lloriqueo más que los
góticos en los blogs. En realidad no fue tan malo. Lo cierto es que tuve una
infancia bastante feliz. Tenía un montón de amigos. Aunque casi todos estaban
muertos, la verdad.
—Mariana Elizabeth Esposito—dijo
Euge a modo de advertencia—. No puedes utilizar la palabra «secuestro» en una
frase sin explicarte después.
—Está bien, si de verdad quieres
saberlo... Pero te adelanto que no te gustará.
—De verdad quiero saberlo.
Solté un largo y profundo suspiro
antes de continuar.
—Ocurrió aquí —dije.
—¿Aquí? ¿En Buenos Aires?
—Aquí, en este edificio. Cuando
tenía cuatro años.
—¿Has vivido antes en este
edificio?
De pronto me sentí como si
estuviera en una sesión de terapia y todas las cosas que me habían sucedido en
el pasado, tanto las buenas como las malas, empezaran a rezumar por una herida
abierta.
Sin embargo, lo que me había
ocurrido en aquel edificio era lo peor de todo. Recordaba muy bien el cuchillo
dentro de mi carne, tan enterrado en mi interior que llegué a creer que jamás
podría sacarlo del todo. Al menos, no sin cantidades ingentes de anestesia.
—No —respondí antes de dar otro
sorbo. Paladeé el sabroso chocolate caliente antes de tragármelo—. Nunca había
vivido aquí antes. Pero incluso antes de que mi padre lo comprara, el bar ya
era un lugar frecuentado por polis. Me llevaba allí de vez en cuando, sobre
todo cuando se celebraban fiestas de cumpleaños y cosas por el estilo. Y en
ocasiones debía charlar con su compañero, ya que aquellos eran los años ochenta
A.C. —Al ver que Euge alzaba las cejas en un gesto interrogativo, añadí—: Antes
de las Células.
—Ah, claro.
—Una de esas veces, mi madrastra
se había enfadado conmigo porque le había dicho que su padre había muerto y
había cruzado a través de mí para que pudiera transmitirle un mensaje. Ella
todavía no sabía que había muerto y se puso furiosa; se negó a escucharme.
Nunca me dejó entregarle el mensaje. De todas formas, yo no entendí el
significado de aquel mensaje. Se trataba de algo sobre toallas azules.
—¿No quiso escucharte? ¿Ni
siquiera cuando se enteró de que era cierto que su padre había muerto?
—Desde luego que no. En aquella
época, Denise era anti todo-lo-relacionado-con-la-muerte.
Euge respiró hondo, como si
intentara tranquilizarse.
—Esa mujer nunca deja de
asombrarme.
—Deberías probar su asado de
carne. Es de los que hacen que crezca pelo en el pecho.
Se echó a reír por lo bajo.
—Ya tengo bastante pelo del que
encargarme, gracias. Paso de una noche en familia con los Esposito.
Me encogí de hombros.
—Tú te lo pierdes.
—Bueno, tenías cuatro años.
Sigue. —Qué insistente.
—Sí. Cuatro. Bueno, mis
sentimientos estaban heridos, como de costumbre, y cuando llegamos al bar
donde mi padre se estaba tomando una cerveza, Denise me dejó en el banco que
había junto a la cocina para contarle a papá lo que le había dicho. Me
encantaba estar en la cocina, pero estaba enfadada y herida, así que decidí
marcharme. Cuando el señor Dunlop, el cocinero, no miraba, me escabullí por la
parte de atrás.
—¿Una niña de cuatro años sola de
noche en el centro de la ciudad? La peor pesadilla de un padre.
—Sí, ya. Supuse que eso le daría
una lección a mi madrastra —le dije—. No era la niña de cuatro años más lista
del centro de la ciudad. Por supuesto, en el instante en que salí, cambié de
opinión. No es que estuviese asustada. No me asusto como la mayoría de la
gente. Solo estaba... alerta. Sin embargo, antes de que pudiera regresar
dentro, un hombre súper agradable ataviado con una gabardina se ofreció a ayudarme
a encontrar a mi madrastra. Por extraño que parezca, en lugar de entrar en el
bar donde yo sabía que ella estaba, vinimos a este edificio.
—Ay, cielo —susurró Euge con tono
desesperado.
—Pero no llegó a ocurrir gran
cosa —dije fingiendo indiferencia—. Como ya te he dicho, el Malo me salvó. —En
un intento por restarle importancia a un asunto tan siniestro, añadí—: Ahora
que lo pienso, creo que aquel hombre nunca tuvo intenciones de ayudarme a
encontrar a mi madrastra.
Euge estiró los brazos para darme
un enorme y largo abrazo. Un abrazo que me hizo pensar en las hogueras cálidas
de las noches de invierno. Y, por algún motivo, también en los malvaviscos a la
brasa.
—No... puedo... respirar —murmuré
después de lo que me parecieron una hora y veintisiete minutos.
Se echó hacia atrás con el ceño
fruncido en un gesto pensativo.
—¿Me lo parece a mí o el hecho de
que vivas en el mismo edificio en el que fuiste secuestrada resulta un poco
morboso?
—Mmm. Te lo parece a ti —le dije,
dejando a un lado todo lo macabro y desagradable del incidente.
Me alegró muchísimo que no
quisiera saber más detalles. Los detalles siempre lo estropeaban todo, y no
podía permitirme el lujo de estropearme más en aquellos momentos.
—Ah —dije al recordar otro asunto—.
Un chico del instituto intentó atropellarme con el monovolumen de su padre. El
Malo hizo que el vehículo atravesara el escaparate de una tienda. —El recuerdo me
hizo esbozar una sonrisa.
—¿Alguien intentó atropellarte en
el instituto? —preguntó Euge, atónita.
—Solo esa vez —respondí.
Se pellizcó el puente de la nariz
antes de formular la siguiente pregunta.
—Entonces, ¿esas son las únicas
veces que has visto al Malo? —Conté en silencio con los dedos.
—Sí, las únicas.
—¿Y nuestro trabajo es descubrir
qué papel juega Peter en todo esto?
—Sí otra vez. Deberíamos asar
malvaviscos.
—En ese caso, creo que es mi
deber —continuó, impertérrita—, como amiga y confidente, analizar con todo detalle
la escenita de la ducha.
Reprimí una carcajada.
—No estoy segura de que la escena
de la lucha tenga alguna relevancia en esto. Me parece más bien, no sé, irrelevante.
—Lali —dijo a modo de
advertencia—, desembucha ya si no quieres morir de forma lenta y agonizante.
¿Quién estaba en la ducha contigo? ¿Peter? ¿El Malo Malísimo? Cuéntamelo. Ya.
—Está bien —dije—. Ya sabes que
Peter me llamó «Holandesa» aquella noche cuando tenía quince años, ¿no es así?
—Sí, lo sé —dijo, impaciente por
llegar al momento de la ducha.
—Y estás al tanto de lo del
macizorro que se me ha aparecido en sueños todas las noches este último mes,
¿verdad?
—Verdad —dijo con un leve suspiro.
—Bueno, pues hoy, el Hombre
Onírico escribió «Holandesa» en la condensación que cubría el espejo, y me
llamó Holandesa en la ducha.
—Ahora empieza lo bueno. —Se
sentó al borde de la silla, pero se quedó inmóvil al darse cuenta de una cosa—.
¿El Hombre Onírico es Peter entonces?
—Ahí es donde quería llegar. Esta
noche me he dado cuenta de que el Malo me llamó Holandesa el día que nací.
Euge frunció el ceño, confundida.
—Bueno, ¿quién estaba en la
ducha?
Sonreí y la recorrí con la
mirada, súbitamente consciente de lo increíble que era la mujer que tenía
delante.
—¿Sabes? Te he hablado sobre esa
criatura enorme y terrible que me sigue y me salva la vida de vez en cuando, y
que recuerdo el día que nací, y que conozco todos los idiomas existentes, y aun
así, no has salido de aquí dando gritos como una posesa. ¿Cómo puedes creer lo
que te digo?
—¿Estás cambiando de tema a
propósito? —me preguntó tras una larga pausa de reflexión. Solté una carcajada que me dobló en dos.
—¡Para! No me hagas reír. Me
duele —le dije a voz en grito mientras me sujetaba las costillas doloridas.
—Lo siento.
Pero no lo sentía. Era evidente.
—¿Qué descubriste en la prisión?
—quise saber mientras volvía a clavar los ojos llorosos en la pantalla—. ¿Peter
sigue allí? ¿Sigue... con vida?
—Lo único que pudo decirme la
agente fue que Peter todavía aparecía en la lista de reclusos del registro de
la prisión, y que estaba emplazado en la Unidad D. Pero si quieres que te diga
la verdad, creo que no me contó todo lo que sabía.
—Voy a ir mañana.
—¿A la prisión?
—Sí. —Llevé el cursor del ratón
hasta los archivos de personal que mostraban las listas de los responsables de
la prisión y resalté la imagen de Neil Gossett—. Fui al colegio con el subdirector.
—¿En serio? ¿Era amigo o enemigo? —Yo
me preguntaba lo mismo.
—Es una pregunta difícil. Creo
que si de repente hubiera estallado en llamas en medio del comedor escolar, él
no habría sacrificado su vitamina D para salvarme, pero estoy casi segura de
que después se habría sentido culpable.
—Ay, madre mía —dijo Euge, que
contemplaba con unos ojos como platos otro de los artículos que tenía en la
mano.
Me incliné hacia delante, di un
respingo por el dolor que me causó el movimiento, y luego me quedé inmóvil al
leer el último párrafo del artículo.
El tío Nico había sido el detective
jefe en el caso contra Peter. Menuda mierda.
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Chic@s aca les dejo un cap de la adaptacion. Comenten que creen que sucedera en la visita si llega a verlo?
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