miércoles, 25 de febrero de 2015

Capitulo 27




No temas al ángel de la muerte.
Solo sé muy, muy cuidadoso con ella.
MARIANA ELIZABETH ESPOSITO.

—Y entonces miré hacia arriba y allí estaba.

Euge sujetaba una palomita contra sus labios mientras me escuchaba con los ojos abiertos de par en par a causa del asombro. O, quizá, a causa de un miedo primitivo y horripilante. Resultaba difícil saberlo.

—El Malo Malísimo —dijo.
 —Sí, pero puedes llamarlo Malo para abreviar. Estaba allí de pie, mirándome, y yo estaba desnuda y cubierta de placenta, aunque en realidad de eso no me di cuenta hasta después. Solo recuerdo que él me fascinaba. Parecía estar en un constante estado de movimientos fluidos.
—Como el humo.
—Como el humo —repetí mientras le arrebataba el bocadito mantequilloso de los labios y me lo metía en la boca—. Si te duermes, pierdes bocado, chica.
—¿Recuerdas algo antes de él? —inquirió mientras estiraba el brazo para coger otra palomita, que al igual que antes, sujetó contra sus labios. Intenté no soltar una carcajada para no romper el hechizo.
—No mucho. Quiero decir que no recuerdo cómo me concibieron ni nada de eso. Y doy gracias a los dioses, porque sería asqueroso. Solo me acuerdo de lo que vino después. Y todo está bastante confuso. Salvo él. Y mi madre.
—Espera —dijo al tiempo que levantaba un dedo—, ¿tu madre? Pero tu madre murió el día que naciste. ¿La recuerdas?

Esbocé una sonrisa lánguida.

—Era tan hermosa, Euge. Fue mi primer... bueno, mi primer cliente.
—¿Quieres decir que...?
—Sí. Cruzó a través de mí. Era todo luz, calidez y amor incondicional. En aquel momento no lo entendí, pero me dijo que la hacía feliz haber renunciado a su vida para que yo pudiera vivir la mía. Hizo que me sintiera calmada y querida; algo muy de agradecer, porque el Malo me asustaba bastante.

Euge perdió la mirada en un punto distante mientras procesaba lo que le había dicho.

—Eso es... Eso es...
—Imposible de creer, lo sé.
—Alucinante. —Me miró a los ojos.

El alivio inundó todo mi cuerpo. Debería haber sabido que ella me creería. Pero la gente con la que había crecido, las personas más próximas a mí, nunca había creído lo del día que nací.

—Así que en cierto modo conociste a tu madre, ¿no?
—Sí. —Y mientras crecía, me di cuenta de que aquello era mucho más de lo que tenían otros niños. Siempre estaría agradecida por aquellos breves momentos que compartimos.
—¿Y conoces todos los idiomas que se han hablado alguna vez sobre la tierra?
—Todos y cada uno de ellos —contesté, contenta con el cambio de tema.
—¿Incluso el parsi?
—Incluso el parsi —aseguré con una sonrisa.
—¡Ay, Dios santo! —dijo casi a voz en grito. En aquel instante debió de acordarse de algo, porque sus rasgos cambiaron, se oscurecieron, y luego me apuntó con el dedo índice de manera acusadora—. Lo sabía. Sabía que habías entendido lo que aquel hombre vietnamita me dijo en el supermercado. Pude verlo en tus ojos.

Sonreí y volví a contemplar la imagen de Peter.

—Dijo que le gustaba tu culo. —Ahogó una exclamación.
—¡Vaya! Menudo pervertido...
—Dijo que le habías puesto cachondo.
—Es una lástima que fuese lo bastante pequeño como para caberme en el canalillo.
—Creo que por eso le gustabas —dije antes de soltar una carcajada.

Euge permaneció en silencio un buen rato después de eso. Le concedí tiempo para asimilar todo lo que le había dicho.

—¿Cómo es posible algo así? —preguntó al final.
—Bueno —dije, tras decidir que iba a tomarle el pelo—, en realidad no creo que te hubiera cabido en el canalillo. Aunque estoy segura de que a él le habría encantado hacer la prueba.
—No, me refiero a lo de los idiomas. Es algo...
—¿Increíblemente genial? —inquirí con voz esperanzada.
—Abrumador.
—Ah. Sí, supongo que sí.
—¿Y entendías lo que te decía la gente el día que naciste? —Arrugué la nariz mientras lo pensaba.
—Más o menos, pero no literalmente. No tenía esquemas ni un pasado con el que relacionar las palabras. No podía asociarlas a ningún significado. Cuando la gente me hablaba, entendía a un nivel visceral. Por extraño que parezca, empecé a andar, a hablar y a todo lo demás a la misma edad que los demás niños. Pero cuando alguien me hablaba, lo entendía. Sin importar en qué idioma me hablase. Sabía lo que me estaban diciendo.

Cuando saltó el salvapantallas, moví el ratón para recuperar la imagen de Peter.
—Incluso entendí las primeras palabras que me dijo mi padre —añadí, aunque hice cuanto pude por disimular la tristeza de mi voz—. Al menos la mayor parte. Me dijo que mi madre había muerto.

Euge negó con la cabeza.

—Lo siento muchísimo.
—Creo que mi padre lo sabía. Creo que sabía que yo entendía lo que me decía. Era nuestro pequeño secreto. —Cogí un puñado de palomitas y me lancé una a la boca—. Luego se casó con mi madrastra y todo cambió. Ella descubrió enseguida que yo era un bicho raro. Todo empezó cuando me enganché a las telenovelas mexicanas.
—Tú no eres un bicho raro, Lali.
—No pasa nada. No puedo culparla.
—Sí, sí que puedes —dijo, y su voz tenía de repente un matiz afilado como una chuchilla—. Yo también soy madre. Las madres no hacen eso, aunque sean madres adoptivas.
—Ya, pero Rufi no nació siendo un ángel de la muerte.
—Eso da igual. Es tu madrastra. Punto. Y tú no eres una asesina en serie ni nada de eso.

Dios, me encantaba tener a alguien de mi parte. Mi padre siempre me había querido sin reservas, pero nunca me había respaldado de aquel modo. Creo que Euge se habría enfrentado sola a la mafia para defenderme. Y habría ganado.

—Bueno, ¿entonces ya te llamó Holandesa el día que naciste?
—Sí.
—¿Y eso fue antes o después de que tu madre cruzara a través de ti?
—Después, pero no lo entiendo. ¿Cómo lo sabía? Hasta esta noche, nunca me había dado cuenta de que el Malo no me llamó por mi verdadero nombre aquel día. No me llamó Mariana. Me llamó Holandesa, Euge, igual que hizo Peter cuando iba al instituto. ¿Cómo lo sabía? —Mi mente comenzó a dar vueltas en un intento desesperado por encajar las piezas.
—Vale, deja que te pregunte una cosa —dijo ella, con la frente llena de arrugas pensativas—. La primera vez que viste a Peter, ¿notaste algo inusual en él?
—¿Aparte de que estaba recibiendo una paliza de manos de un padre psicópata?
—Sí.

Tomé una honda bocanada de aire y me puse a pensarlo.

—¿Sabes? Es posible que notara algo raro en él sin darme cuenta. Lo que quiero decir es que quizá hubiera algo diferente, algo sobrenatural, pero lo achaqué a la adrenalina que corría por mis venas. Era un chico magnífico. Hermoso, ágil y perfecto.
—Por tu forma de describirlo, se diría que Peter podría ser alguna clase de criatura sobrenatural. El hecho de que recibiera una paliza semejante y se quedara tan ancho, como te pasa a ti, me tiene intrigada.
—Nunca lo había visto de esa manera. —Mientras pensaba en aquella noche, en aquellos recuerdos inquietantes y fascinantes a un tiempo, Peter  reapareció en mi mente—. ¿Sabes una cosa? —pregunté al darme cuenta—. Él era diferente. Era, no sé, siniestro. Impredecible.
—En mi opinión, eso podría considerarse sobrenatural, sí. —De no haber estado tan cansada, me habría echado a reír.
—¿De repente eres una experta?
—En lo que se refiere a lo siniestro y atractivo, sí, desde luego. —Aquella vez, me eché a reír.    —Bueno, ¿cuántas veces has visto al Malo? —me preguntó. Por lo visto, había aceptado sin problemas todo lo que le había contado. Y eso era bueno. Provechoso. Mucho más barato que un terapeuta.
—No muchas.
—Vale, ¿y qué ocurrió cuando lo viste?

Cogí mi taza y di un sorbo del chocolate caliente que Euge me había preparado después de insistir en que lo necesitaba mucho más que el café.

Me colocó una mano sobre el hombro y me miró con expresión perspicaz.

—En el parque. Con la niña Johnson.

Cuando dejé la taza, intenté hacerlo con un gesto lo más despreocupado posible. Pensar en el incidente de la niña Johnson era como deslizar un dedo sobre una zona en carne viva. Solo pretendía ayudar a una madre a salir del agujero de desesperación en el que se había hundido cuando su hija desapareció. Pero en lugar de ayudar, causé un escándalo; un escándalo que mi madrastra consideró la gota que colmaba el vaso. Desde aquel día me dio la espalda y nunca volvió la vista atrás.

De modo que sí, el incidente era un punto doloroso en mi mente, pero los tenía peores. Tenía heridas abiertas que se negaban a curarse, y Euge conocía muy pocas de aquellas heridas.

—Sí —dije, alzando la barbilla—. En el parque. Aquella fue la tercera vez que lo vi.
—Pero tu vida no estaba en peligro. ¿O sí?
—En absoluto, pero tal vez él creyera que lo estaba. Estaba cabreadísimo, y creo que se debía a que mi madrastra me estaba gritando delante de toda aquella gente. —Agaché la cabeza al recordarlo—. Y me dio una bofetada. Fue bastante horrible. —Miré a Euge a los ojos, deseando de pronto que mi amiga comprendiese el miedo que le tenía a aquel ser—. Creí que iba a matarla. Él temblaba de furia. Lo sentí; sentí algo así como una corriente eléctrica sobre la piel. Mientras mi madrastra me reprendía a gritos delante de media ciudad, le supliqué en susurros que no le hiciera daño.

Euge apretó los labios en un gesto compasivo.

—Lali, lo siento muchísimo.
—No pasa nada. Lo cierto es que no sé por qué me asusta tanto ese ser. No puedo creer lo gallina que soy a veces.
—También siento que te asuste, pero me refería a lo de tu madrastra.
—Ah, pues no lo sientas —dije al tiempo que negaba con la cabeza—. Aquello fue por mi culpa.
—Tenías cinco años.

Tragué saliva con fuerza y me incliné hacia ella.

—No sabes lo que hice —le dije.
—A menos que le echaras gasolina por encima y le prendieras fuego a esa mujer, no entiendo su reacción.

Esbocé una sonrisa torcida.

—Puedo asegurarte que ningún derivado petrolífero salió dañado en la creación de aquella película.
—¿Qué ocurrió entonces? ¿Qué pasó con el Malo?
—Creo que me oyó. Se marchó, pero no le hizo ninguna gracia. —Euge asintió de manera comprensiva.
—Y apostaría a que otra de las veces que apareció fue cuando estabas en la facultad —señaló.
—Vaya, eres muy buena.
—Me contaste que te atacaron una noche, cuando regresabas a casa después de la última clase, pero no me dijiste que él había aparecido.
—Pues sí, apareció. Me salvó, igual que cuando tenía cuatro años. —El rostro de Euge era todo asombro.
—¿Cuatro? ¿Qué ocurrió cuando tenías cuatro años? Espera, espera, ¿te salvó cuando te atacaron en la facultad? ¿Cómo? —preguntó, soltando las preguntas según las pensaba.

Fue entonces cuando comprendí que mi descripción del Malo Malísimo la había llevado a creer que era... pues eso, malo malísimo. Y lo era. Más o menos.

Con todo, no podía contarle cómo me había salvado. No podía hacerle eso. No hasta que supiera que podría soportarlo.

—Él... apartó al tipo de mí.
—Ay, Dios, Lali. Supongo que no me di cuenta... Bueno, lo contaste como si fuera algo sin importancia. ¿Tu vida corrió peligro?
—Quizá un poco —repliqué con un gesto de indiferencia—. Había una navaja automática implicada. Ni siquiera estaba al tanto de que siguieran fabricando esas cosas. ¿No son ilegales?
—Aparece cuando tu vida corre peligro —repitió con aire pensativo—, ¿y te salvó cuando tenías cuatro años? ¿Qué te ocurrió a esa edad?

Me removí en la silla, aunque estaba tan dolorida que lo logré a duras penas.

—Bueno, podría considerarse un secuestro, aunque fue más un alejamiento que un secuestro.    Euge se llevó la mano a la boca para contener un grito.
—Dios, todo esto suena más horrible cuando se pronuncia en voz alta —protesté—. Lloriqueo más que los góticos en los blogs. En realidad no fue tan malo. Lo cierto es que tuve una infancia bastante feliz. Tenía un montón de amigos. Aunque casi todos estaban muertos, la verdad.
—Mariana Elizabeth Esposito—dijo Euge a modo de advertencia—. No puedes utilizar la palabra «secuestro» en una frase sin explicarte después.
—Está bien, si de verdad quieres saberlo... Pero te adelanto que no te gustará.
—De verdad quiero saberlo.

Solté un largo y profundo suspiro antes de continuar.

—Ocurrió aquí —dije.
—¿Aquí? ¿En Buenos Aires?
—Aquí, en este edificio. Cuando tenía cuatro años.
—¿Has vivido antes en este edificio?

De pronto me sentí como si estuviera en una sesión de terapia y todas las cosas que me habían sucedido en el pasado, tanto las buenas como las malas, empezaran a rezumar por una herida abierta.

Sin embargo, lo que me había ocurrido en aquel edificio era lo peor de todo. Recordaba muy bien el cuchillo dentro de mi carne, tan enterrado en mi interior que llegué a creer que jamás podría sacarlo del todo. Al menos, no sin cantidades ingentes de anestesia.

—No —respondí antes de dar otro sorbo. Paladeé el sabroso chocolate caliente antes de tragármelo—. Nunca había vivido aquí antes. Pero incluso antes de que mi padre lo comprara, el bar ya era un lugar frecuentado por polis. Me llevaba allí de vez en cuando, sobre todo cuando se celebraban fiestas de cumpleaños y cosas por el estilo. Y en ocasiones debía charlar con su compañero, ya que aquellos eran los años ochenta A.C. —Al ver que Euge alzaba las cejas en un gesto interrogativo, añadí—: Antes de las Células.
—Ah, claro.
—Una de esas veces, mi madrastra se había enfadado conmigo porque le había dicho que su padre había muerto y había cruzado a través de mí para que pudiera transmitirle un mensaje. Ella todavía no sabía que había muerto y se puso furiosa; se negó a escucharme. Nunca me dejó entregarle el mensaje. De todas formas, yo no entendí el significado de aquel mensaje. Se trataba de algo sobre toallas azules.
—¿No quiso escucharte? ¿Ni siquiera cuando se enteró de que era cierto que su padre había muerto?
—Desde luego que no. En aquella época, Denise era anti todo-lo-relacionado-con-la-muerte.

Euge respiró hondo, como si intentara tranquilizarse.

—Esa mujer nunca deja de asombrarme.
—Deberías probar su asado de carne. Es de los que hacen que crezca pelo en el pecho.

Se echó a reír por lo bajo.

—Ya tengo bastante pelo del que encargarme, gracias. Paso de una noche en familia con los Esposito.

Me encogí de hombros.

—Tú te lo pierdes.
—Bueno, tenías cuatro años. Sigue. —Qué insistente.
—Sí. Cuatro. Bueno, mis sentimientos estaban heridos, como de costumbre, y cuando llegamos al bar donde mi padre se estaba tomando una cerveza, Denise me dejó en el banco que había junto a la cocina para contarle a papá lo que le había dicho. Me encantaba estar en la cocina, pero estaba enfadada y herida, así que decidí marcharme. Cuando el señor Dunlop, el cocinero, no miraba, me escabullí por la parte de atrás.
—¿Una niña de cuatro años sola de noche en el centro de la ciudad? La peor pesadilla de un padre.
—Sí, ya. Supuse que eso le daría una lección a mi madrastra —le dije—. No era la niña de cuatro años más lista del centro de la ciudad. Por supuesto, en el instante en que salí, cambié de opinión. No es que estuviese asustada. No me asusto como la mayoría de la gente. Solo estaba... alerta. Sin embargo, antes de que pudiera regresar dentro, un hombre súper agradable ataviado con una gabardina se ofreció a ayudarme a encontrar a mi madrastra. Por extraño que parezca, en lugar de entrar en el bar donde yo sabía que ella estaba, vinimos a este edificio.
—Ay, cielo —susurró Euge con tono desesperado.
—Pero no llegó a ocurrir gran cosa —dije fingiendo indiferencia—. Como ya te he dicho, el Malo me salvó. —En un intento por restarle importancia a un asunto tan siniestro, añadí—: Ahora que lo pienso, creo que aquel hombre nunca tuvo intenciones de ayudarme a encontrar a mi madrastra.

Euge estiró los brazos para darme un enorme y largo abrazo. Un abrazo que me hizo pensar en las hogueras cálidas de las noches de invierno. Y, por algún motivo, también en los malvaviscos a la brasa.
—No... puedo... respirar —murmuré después de lo que me parecieron una hora y veintisiete minutos.

Se echó hacia atrás con el ceño fruncido en un gesto pensativo.

—¿Me lo parece a mí o el hecho de que vivas en el mismo edificio en el que fuiste secuestrada resulta un poco morboso?
—Mmm. Te lo parece a ti —le dije, dejando a un lado todo lo macabro y desagradable del incidente.

Me alegró muchísimo que no quisiera saber más detalles. Los detalles siempre lo estropeaban todo, y no podía permitirme el lujo de estropearme más en aquellos momentos.

—Ah —dije al recordar otro asunto—. Un chico del instituto intentó atropellarme con el monovolumen de su padre. El Malo hizo que el vehículo atravesara el escaparate de una tienda. —El recuerdo me hizo esbozar una sonrisa.
—¿Alguien intentó atropellarte en el instituto? —preguntó Euge, atónita.
—Solo esa vez —respondí.

Se pellizcó el puente de la nariz antes de formular la siguiente pregunta.

—Entonces, ¿esas son las únicas veces que has visto al Malo? —Conté en silencio con los dedos.
—Sí, las únicas.
—¿Y nuestro trabajo es descubrir qué papel juega Peter en todo esto?
—Sí otra vez. Deberíamos asar malvaviscos.
—En ese caso, creo que es mi deber —continuó, impertérrita—, como amiga y confidente, analizar con todo detalle la escenita de la ducha.

Reprimí una carcajada.

—No estoy segura de que la escena de la lucha tenga alguna relevancia en esto. Me parece más bien, no sé, irrelevante.
—Lali —dijo a modo de advertencia—, desembucha ya si no quieres morir de forma lenta y agonizante. ¿Quién estaba en la ducha contigo? ¿Peter? ¿El Malo Malísimo? Cuéntamelo. Ya.
—Está bien —dije—. Ya sabes que Peter me llamó «Holandesa» aquella noche cuando tenía quince años, ¿no es así?
—Sí, lo sé —dijo, impaciente por llegar al momento de la ducha.
—Y estás al tanto de lo del macizorro que se me ha aparecido en sueños todas las noches este último mes, ¿verdad?
—Verdad —dijo con un leve suspiro.
—Bueno, pues hoy, el Hombre Onírico escribió «Holandesa» en la condensación que cubría el espejo, y me llamó Holandesa en la ducha.
—Ahora empieza lo bueno. —Se sentó al borde de la silla, pero se quedó inmóvil al darse cuenta de una cosa—. ¿El Hombre Onírico es Peter entonces?
—Ahí es donde quería llegar. Esta noche me he dado cuenta de que el Malo me llamó Holandesa el día que nací.

Euge frunció el ceño, confundida.

—Bueno, ¿quién estaba en la ducha?

Sonreí y la recorrí con la mirada, súbitamente consciente de lo increíble que era la mujer que tenía delante.

—¿Sabes? Te he hablado sobre esa criatura enorme y terrible que me sigue y me salva la vida de vez en cuando, y que recuerdo el día que nací, y que conozco todos los idiomas existentes, y aun así, no has salido de aquí dando gritos como una posesa. ¿Cómo puedes creer lo que te digo?
—¿Estás cambiando de tema a propósito? —me preguntó tras una larga pausa de reflexión.    Solté una carcajada que me dobló en dos.
—¡Para! No me hagas reír. Me duele —le dije a voz en grito mientras me sujetaba las costillas doloridas.
—Lo siento.

Pero no lo sentía. Era evidente.

—¿Qué descubriste en la prisión? —quise saber mientras volvía a clavar los ojos llorosos en la pantalla—. ¿Peter sigue allí? ¿Sigue... con vida?
—Lo único que pudo decirme la agente fue que Peter todavía aparecía en la lista de reclusos del registro de la prisión, y que estaba emplazado en la Unidad D. Pero si quieres que te diga la verdad, creo que no me contó todo lo que sabía.
—Voy a ir mañana.
—¿A la prisión?
—Sí. —Llevé el cursor del ratón hasta los archivos de personal que mostraban las listas de los responsables de la prisión y resalté la imagen de Neil Gossett—. Fui al colegio con el subdirector.
—¿En serio? ¿Era amigo o enemigo? —Yo me preguntaba lo mismo.
—Es una pregunta difícil. Creo que si de repente hubiera estallado en llamas en medio del comedor escolar, él no habría sacrificado su vitamina D para salvarme, pero estoy casi segura de que después se habría sentido culpable.
—Ay, madre mía —dijo Euge, que contemplaba con unos ojos como platos otro de los artículos que tenía en la mano.

Me incliné hacia delante, di un respingo por el dolor que me causó el movimiento, y luego me quedé inmóvil al leer el último párrafo del artículo.

El tío Nico había sido el detective jefe en el caso contra Peter. Menuda mierda.
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Chic@s aca les dejo un cap de la adaptacion. Comenten que creen que sucedera en la visita si llega a verlo?

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