martes, 10 de febrero de 2015

Capitulo 21

La inteligencia tienes ciertas limitaciones. 
La locura... casi ninguna. 
(Pegatina de parachoques) 

¿Un uniforme de prisión? ¿Qué significaba aquello? ¿Que él estaba en prisión? ¿Que había muerto allí?

Se me encogió el corazón ante esa posibilidad. Había tenido una vida muy difícil; eso quedó dolorosamente claro desde la primera vez que lo vi. Y encima había acabado en prisión. No quería ni imaginarme los horrores que debía de haber soportado.

Aunque no deseaba otra cosa que salir pitando hacia aquella prisión, no tenía ni la menor idea de en cuál estaba encarcelado. Por lo que sabía, podría encontrarse en Sing Sing. Debía apagar los reactores y concentrarme en el caso. El tío Nico se puso a trabajar en lo de la orden y las transcripciones judiciales, y los abogados se marcharon a ver a sus familias, de modo que yo fui en coche hasta el centro de detenciones metropolitano para hablar con Mark Weir, el hombre que según Carlos Rivera era inocente.

La agente apostada en el mostrador de registros estudió mi placa identificativa.

—¿Mariana Esposito? —preguntó con el ceño fruncido, como si yo hubiera hecho algo malo.
—Esa soy yo —dije con una risilla absurda.

La mujer no me devolvió la sonrisa. Ni lo intentó. Era evidente que me hacía falta leer aquel libro sobre cómo hacer amigos e influir en la gente. Pero algo así implicaría un deseo innato de conseguir amigos y de influir en la gente. Y mis deseos en aquellos momentos eran algo más viscerales.

La agente me señaló una zona de espera mientras llamaba para solicitar la presencia del señor Weir. Mientras permanecía sentada reflexionando sobre mis deseos viscerales, en especial sobre aquellos relacionados con Peter, noté que alguien se sentaba a mi lado.

—Hola, Parca, ¿qué haces en mi área del sistema penitenciario?

Volví la vista y sonreí antes de sacar el teléfono móvil, que ya tenía algo de carga. Lo abrí y me aseguré de que estaba en modo silencio antes de hablar.

—Vaya, Billy —le dije al teléfono—, tienes buen aspecto. ¿Has perdido peso?

Billy era un preso nativo americano que se había suicidado en el centro de detenciones unos siete años antes. Intenté convencerlo de que cruzara, pero insistió en quedarse para poder disuadir a otros de seguir su ejemplo asesino. Según sus propias palabras. A menudo me preguntaba si podría conseguir algo semejante.

Esbozó una sonrisa radiante al escuchar el cumplido. A pesar del hecho de que los difuntos no podían perder peso, lo cierto era que sí parecía más delgado. Tal vez hubiese algo que yo no sabía. De cualquier forma, era un tipo guapo.
Me dio un codazo juguetón.

—Tú y tus teléfonos.
—Tengo que hacer esto si no quiero que me encierren por hablar sola, señor Invisible.

Soltó una risa ronca que le salió del pecho.

—¿Has venido aquí a ligar conmigo?
—¿Tan evidente resulta?
—Pues claro —dijo, decepcionado—. Siempre atraigo a las chifladas. Contuve el aliento, y ya estaba inmersa en una interpretación digna de un Oscar (fingiendo una indignación llena de realismo y emoción), cuando me llamaron por megafonía.
—Vaya, esa soy yo, grandullón. ¿Cuándo vendrás a verme?
—¿Ir a verte? —preguntó mientras me ponía en pie para seguir a la agente hasta la sala de visitas—. ¿Cómo podría no verte? Brillas más que los malditos focos de ahí fuera.

Cuando me volví, ya había desaparecido. Aquel tipo me gustaba de verdad.

Me senté en la cabina siete mientras un hombre larguirucho de unos cuarenta años tomaba asiento frente a mí. Tenía el pelo rubio y unos ojos azules amables, y su aspecto era una mezcla entre un hippie de playa y un profesor de universidad. Nos separaba una placa de vidrio con una malla interior de alambre fino que la volvía aún más impenetrable. Me pregunté cómo conseguían meter el alambre allí dentro, en hileras tan uniformemente espaciadas, pero no tenía tiempo para esas minucias. Tenía un trabajo que hacer, maldita sea. No podía distraerme con los enrejados.

El señor Weir me estudió desde el otro lado (no desde el Más Allá, sino desde el otro lado del cristal) con expresión curiosa. Cogí el auricular mientras me cuestionaba cuánta gente había utilizado el mismo teléfono y lo limpia que había sido esa gente.

—Hola, señor Weir. Me llamo Mariana Esposito. —Su expresión siguió siendo vacía. Estaba claro que mi nombre no lo impresionaba.

Cuando entró otro recluso para ocupar la cabina de al lado, Weir lo miró con cautela por encima del hombro. Miraba a los demás como si todos fueran enemigos; estaba siempre alerta, preparado para defenderse en cualquier momento dado. Aquel hombre no se merecía estar en prisión. No había matado a nadie. Pude percibir su conciencia tranquila con tanta facilidad como podía percibir la culpabilidad del tipo que estaba sentado a su lado.

—He venido con malas noticias. —Esperé a que volviera a concentrarse en mí—. Sus abogados fueron asesinados anoche.
—¿Mis abogados? —preguntó, decidiéndose a hablar por fin. Luego comprendió lo que acababa de decirle y abrió los ojos de par en par, asombrado—. ¿Los tres?
 —Así es, señor. Lo siento muchísimo.

Me miró como si hubiera alargado el brazo a través del cristal y lo hubiera abofeteado. Estaba claro que no se había dado cuenta de que algo así era imposible, teniendo en cuenta la malla de alambre y todo eso.

—¿Qué ocurrió? —preguntó después de un rato.
—Les dispararon. Creemos que sus muertes están relacionadas con su caso.

Aquello lo desconcertó aún más.

—¿Los mataron por mi culpa? —Negué con la cabeza.
—Esto no es culpa suya, señor Weir. Lo sabe, ¿verdad? —Al ver que no respondía, continué—: ¿Ha recibido alguna amenaza?

Soltó un resoplido y señaló con la mano lo que le rodeaba para hacer hincapié en su actual entorno.

—¿Sin tener en cuenta las que recibo a diario, quiere decir? —Tenía razón. La cárcel resultaba bastante estresante.
—Para serle sincera—dije sinceramente—, no creo que esa gente desperdicie su tiempo con amenazas. A juzgar por lo ocurrido en las últimas veinticuatro horas, parecen bastante más activos.
—¿No me diga? ¿Quién mata a tres abogados?
—Manténgase alerta, señor Weir. Trabajaremos en ello a partir de ahora.
—Lo intentaré. Siento de verdad lo de los abogados —dijo mientras se pasaba los dedos por la barba incipiente y se frotaba los ojos.

Estaba cansado, exhausto a causa del estrés de permanecer encarcelado por algo que no había hecho. Me compadecí de él mucho más de lo que habría deseado.

—Me caían muy bien —dijo—. En especial la mujer, Ellery. —Bajó la mano e intentó descartar las emociones que lo embargaban—. Era una preciosidad.
—Sí, era muy hermosa.
—¿Eran ustedes amigas?
—No, no, pero he visto algunas fotografías suyas.—Nunca sabía cómo explicar mi conexión con los difuntos. Un desliz podía atormentarme durante años. Literalmente.
—¿Y ha venido aquí para decirme que me guarde las espaldas?
—Soy detective privado, y trabajo con el Departamento de Policía de Buenos Aires en este caso.—Pareció encresparse al escuchar la mención del departamento de policía. No podía culparlo. Aunque tampoco podía culpar al departamento. Todas las pruebas apuntaban hacia él—. ¿Conocía al informante? ¿Al hombre que pidió una cita con Barber el mismo día que todos fueron asesinados?
—¿Informante? —inquirió al tiempo que negaba con la cabeza—. ¿Qué quería ese hombre?

Respiré hondo y, antes de responder, observé con detenimiento al señor Weir para decidir cuánto debía contarle. Aquel era su caso. Si había alguien que mereciera saber la verdad, era él. Aun así, en mi cabeza no dejaba de aparecer un cartel que rezaba «Proceda con precaución». Y aquel cartel podía significar dos cosas: que debía proceder con precaución o que aquella asquerosa taza de café empezaba a hacer efecto.

—Señor Weir, lo último que desearía sería darle esperanzas infundadas. Lo más probable es que esto no tenga ninguna importancia. E incluso aunque la tuviera, lo más seguro es que no pueda demostrarse. ¿Lo entiende?

Asintió, aunque de manera casi imperceptible.

—En resumidas cuentas, ese hombre le dijo a Barber que usted era inocente. —Sus párpados se alzaron un poco sin que pudiera evitarlo.—Dijo que los tribunales habían encerrado al hombre equivocado y que él tenía pruebas de ello.

A pesar de mi advertencia, en los ojos del señor Weir apareció una chispa de esperanza. La vi. Aunque también supe que él deseaba que aquella chispa estuviese allí tanto como yo. Seguro que se había sentido decepcionado en incontables ocasiones. No podía ni imaginar lo horrible que debía ser ir a prisión por un delito que no se había cometido. Tenía todo el derecho a estar resentido con el sistema.

—En ese caso, ¿a qué espera? Tráigalo aquí. —Me froté la frente.
—Él también está muerto. Lo asesinaron ayer también.

Tras todo un minuto de tenso silencio, el hombre dejó escapar un suspiro sibilante y se reclinó en la silla, estirando al máximo el cable del auricular del teléfono. Pude percibir la frustración que lo invadía.

—¿A qué viene todo esto, entonces? —inquirió con tono amargo.
—No lo sé exactamente. Intentamos hacer algunas averiguaciones por nuestra cuenta. Haré todo cuanto esté en mi mano para ayudarlo, aunque la cuestión es si mis esfuerzos pueden llegar a dar su fruto. Resulta muy difícil anular una condena, sin importar cuáles sean las pruebas.

El hombre pareció perderse, sumirse en sus pensamientos.

—¿Señor Weir? ¿Podría hablarme del caso? —Tardó un buen rato en regresar conmigo.
—¿Qué quiere saber? —preguntó a la postre
—Bueno, las transcripciones judiciales están en camino, pero quería preguntarle por esa mujer, la vecina que testificó que lo había visto escondiendo el cadáver del muchacho.
—No había visto a ese chico en toda mi vida. Y las únicas veces que veía a esa mujer era cuando salía al jardín a gritarle a sus girasoles. Está como una cabra. Pero ellos la creyeron. Los miembros del jurado la creyeron. Se tragaron todo lo que les dijo, como si se lo hubiera servido en una bandeja de plata.
—A veces, la gente solo oye lo que quiere oír.
—¿A veces? —inquirió, como si yo le hubiese restado importancia al asunto. Lo había hecho, pero solo intentaba resaltar la parte positiva.
—¿Tiene alguna idea de cómo llegó la sangre del chico a sus zapatillas?

Aquello me desconcertaba. Estaba claro que el hombre era inocente, pero el laboratorio forense había confirmado que la sangre de sus deportivas era la del chico. Aquella, por sí sola, era una prueba capaz de poner a los doce miembros del jurado en su contra.

—Alguien debió de ponerla allí. ¿Cómo si no iban a estar manchadas mis zapatillas? —preguntó, tan desconcertado como yo.
—Está bien, ¿podría hacerme un breve resumen de lo que ocurrió?

Por suerte, me había pasado por Staples cuando iba de camino hacía allí. Saqué mi nueva libreta, del mismo tipo que las que utilizaban Amadeo y el tío Nico. Sencillas. Inclasificables. Sin pretensiones. Anoté todo lo que podría resultar pertinente.

—Espere un momento —dije, deteniéndolo en cierto punto—. ¿La señora testificó que el chico vivía con usted?
—Sí, pero a quien se refería era a mi sobrino. Vivió conmigo alrededor de un mes antes de que todo esto ocurriera. Ahora los polis creen que también lo maté a él.

Parpadeé con sorpresa.

—¿Está muerto?
—No que yo sepa. Pero ha desaparecido. Y la policía ha convencido a mi hermana de que yo tengo algo que ver con su desaparición.

Aquella debía de ser la conexión que estaba buscando. No sabía a dónde podía llevarme aquella conexión, pero ya había trabajado antes con menos.

—¿Cuándo desapareció?

Weir movió los ojos hacia abajo y a la derecha, lo que significaba que estaba recordando, y no inventando. Otra prueba de su inocencia, aunque no me hacía falta.

—Teddy se quedó conmigo alrededor de un mes. Su madre lo había echado de casa a patadas. No se llevaban bien.
—¿La madre del chico es su hermana?
—Sí. Luego ella lo convenció para que volviera a casa, a pesar de sus constantes disputas. Esa fue la última vez que lo vi. Me arrestaron unas dos semanas más tarde. Nadie me dijo que el chaval había desaparecido hasta después del arresto.
—¿Cuál pudo ser su móvil, según la fiscalía? —le pregunté. Su expresión se transformó en una mueca de repugnancia.
—Drogas.
—Ah —dije—. El móvil que sirve para cualquier delito.
—Pregúntale más cosas sobre su hermana.

Me di la vuelta y vi a Barber detrás de mí, con los brazos cruzados y la cabeza agachada en una postura pensativa.

—Debí de pasar algo por alto.
—¿Puede contarme algo más sobre su hermana? —le pedí al señor Weir, que examinaba la zona a mi espalda para intentar averiguar qué era lo que miraba yo.
—No es la mejor de las madres, pero tampoco la peor —contestó después de un momento—. Ha tenido problemillas aquí y allí. Drogas, y no solo hierba. Algunos robos en tiendas. Ya sabe, lo habitual.

Lo habitual. Interesante defensa.

—¿Y recientemente? —preguntó Barber. Le transmití la pregunta al interesado.
—Hace un año que no la veo. No tengo ni idea de a qué se dedica. Me pregunté si la habían interrogado con respecto al chico muerto.
—¿Cree posible...?
—¿Podría haberse involucrado en algo más serio?

Miré de reojo a Barber para reprenderlo por haberme interrumpido (¡Abogados!), y luego le transmití su pregunta al señor Weir. Barber no se fijó en mi mirada, pero el señor Weir sí.

—Con Janie —dijo, aunque empezó a mostrarse receloso conmigo—, cualquier cosa es posible.    —¿Diría usted que...?
—¿Podría haberse endeudado con alguien? ¿Con alguien lo bastante rencoroso como para raptar a...?
—Ya está bien —susurré con los dientes apretados—. Aquí no pregunta nadie más que yo. —Estaba haciendo mi mejor imitación de un ventrílocuo, como si el señor Weir no pudiera oírme debido a la falta de movimientos faciales. Ni verme fingir que no hablaba con nadie.

Barber me observó con aire divertido.

—Lo siento —dijo—. Pero sigo creyendo que he pasado algo por alto. Algo que ha estado justo delante de mis narices todo el tiempo.

Genial, ahora me sentía culpable.

—No, soy yo la que lo siento. —Me sentía mal, pero debía mantener una sonrisa estúpida para no mover los labios—. No debería haberte regañado.
 —No, no, tienes razón. Ha sido culpa mía. —Volví a girarme hacia el señor Weir.
—Siento todo esto. Es algo parecido a oír voces en la cabeza, ya sabe.

Su expresión cambió, pero no de la manera que cabría esperar. De repente pareció... esperanzado otra vez.

—¿De verdad puede hacer lo que dicen que puede hacer?

Como no estaba segura de a qué se refería (quiénes eran los que lo decían y qué era lo que decían que podía hacer), alcé las cejas en un gesto interrogante.

—Y esos a los que se refiere son...

Weir se inclinó hacia delante, como si el gesto fuera a ayudarme a oírlo mejor a través del cristal.

—He oído lo que dicen los guardias. Les ha sorprendido que usted haya venido a verme.
—¿Por qué? —pregunté, también sorprendida.
—Dicen que usted resuelve crímenes que nadie más puede resolver. Que ha resuelto incluso un caso abierto desde hacía décadas.

Puse los ojos en blanco.

—Solo he hecho eso una vez, por el amor de Dios. Tuve suerte.

Una mujer que había sido asesinada en los años cincuenta había venido a verme. Convencí al tío Nico para que me ayudara y cerramos su caso juntos. No podría haberlo hecho sin él. Ni sin todas las nuevas tecnologías que las fuerzas de la ley tienen a su disposición. Por supuesto, fue de mucha ayuda que ella supiera exactamente quién la había asesinado y dónde encontrar el arma del crimen. Aquella pobre mujer había tenido un hijastro de lo más cruel.

—No es eso lo que dicen —continuó el señor Weir—. Dicen que usted sabe cosas, cosas que nadie podría saber.

Ah.

—Vaya, ¿y quién dice eso?
—Una de las guardias está casada con un poli.
—Bien, entonces eso lo explica todo. Los polis en realidad no creen...
—Me da igual lo que crean los polis, señorita Esposito. Lo único que quiero saber es si puede hacer lo que dicen.

Un suspiro triste escapó de mis labios.

—No quiero darle vanas esperanzas.
—Señorita Esposito, su mera presencia aquí me da esperanzas. Lo siento, pero así son las cosas.
—Yo también lo siento, señor Weir. Las posibilidades de que esto nos lleve a algún sitio...
—Son mejores que las posibilidades que tenía esta mañana.
—Si quiere verlo de esa forma —dije, rendida—, no puedo impedírselo.
—Pero puede hacer lo que dicen que puede hacer.

Reacia a darle más esperanzas de las que ya le había dado, sentí la tensión que trepaba por mi espalda y se aferraba a mis hombros. Era fácil creer en mis habilidades cuando eso podía resultar beneficioso para una causa en concreto, pero no sabía lo ventajosos que podrían resultar mis dones en aquel caso en particular. Quizá la esperanza en sí resultara beneficiosa para el señor Weir. Era lo menos que podía ofrecerle.

—Sí, señor Weir, puedo hacer lo que dicen que puedo hacer. —Esperé a que asimilara aquella pequeña perla, a que su expresión de sorpresa volviera a la normalidad, y luego añadí—: Lo trasladarán al Centro de Acogida y Diagnóstico de Los Lunas para evaluarlo antes de enviarlo a prisión. Podría sortear a las huestes de Los Lunáticos y visitarlo allí, si lo desea. Dejo a su elección lo de concertar una cita.

Al final esbozó una sonrisa renuente.

—Eso me gustaría.

Hablé con Barber torciendo la boca a un lado.

—¿Tienes alguna pregunta más?

El abogado aún estaba sumido en sus pensamientos y se limitó a negar con la cabeza.

—Está bien —le dije al señor Weir—. Nos veremos pronto.

Colgué el auricular, y ya había empezado a guardar la libreta y el bolígrafo cuando tuve una epifanía. O algo así. Me di la vuelta y di unos golpecitos en la ventanilla para llamar la atención del señor Weir.

El guardia le permitió regresar y volver a coger el teléfono.

—¿Qué edad tiene? —pregunté mientras sujetaba el receptor con el hombro, abría la libreta y apretaba el botón superior del bolígrafo a fin de prepararme para escribir.
 —¿Cómo dice?
—Su sobrino. ¿Qué edad tiene su sobrino?
—Ah, tiene quince años. O los tenía. Supongo que ahora tendrá dieciséis.
—¿Y todavía no lo han encontrado?
—No, que yo sepa. ¿Qué...?
—¿Qué edad tenía el chico? El que apareció en su jardín trasero.
—Ya veo dónde quieres llegar —dijo Barber.
—Tenía quince años. ¿Cree que existe alguna conexión?

Le guiñé un ojo a Barber y luego me incliné hacia el señor Weir con una pequeña promesa en los ojos.

—Tiene que haberla, y haré todo lo posible para descubrir cuál es.

Lo último que quería era sacar conclusiones apresuradas, pero me daba en la nariz que aquellos dos chicos frecuentaban los mismos círculos. Dos chavales con entornos similares, ¿uno muerto y el otro desaparecido? Mi mente me decía que aquello olía a chamusquina.

Aunque necesitaba los expedientes de Barber, no quería lidiar con Nora, la auxiliar administrativa de los abogados. Si se parecía en algo a otras auxiliares administrativas que conocía, el poder que ostentaba era tan solo algo menor que el de Dios, y no se mostraría amable con nadie que fuera a fisgonear. Lo del allanamiento era mucho más seguro. Sin embargo, el allanamiento tendría que esperar hasta que cayera la noche.

Entretanto, el tío Nico recopilaría todo lo que la policía de Buenos Aires tenía sobre el caso, y Barber iría a casa de la hermana del señor Weir a averiguar si había mantenido algún contacto con Teddy, el sobrino desaparecido. Decidí enviar a Barber para allanar el terreno antes de hablar con ella, ya que supuse que podía utilizar aquel tiempo para pasarme por mi oficina y conseguir toda la información posible en internet.

Mientras salía de la zona de visitas, cogí el teléfono y llamé a Euge.

—Hola, jefa —dijo a modo de saludo—. ¿Ya estás planeando una fuga de la cárcel?
—No. Aunque no lo creas, me han dejado salir.
—Chiflados. ¿Qué tendrán en la cabeza?
—Seguramente que doy más problemas de lo que valgo. Se echó a reír.
—Tienes tres mensajes, aunque ninguno urgente. La señora George sigue convencida de que su marido la engaña y quiere reunirse contigo esta tarde.
—No.
—Eso fue lo que le dije, aunque con algunas palabras más —dijo con guasa—. Todo lo demás puede esperar. Bueno, ¿qué tal?
—Me alegra que me lo preguntes —dije mientras atravesaba las puertas de cristal. Examiné la zona en busca de Billy, pero por lo visto mi amigo tenía mejores cosas que hacer—. Los abogados me han contado algunas cosas interesantes durante el almuerzo.
—¿Sí? ¿Cómo de interesantes?
—Bastante.
—Suena prometedor.
—¿Puedes meterte en la base de datos de prisiones y buscar a alguien llamado Peter?
—¿En la base de datos de prisiones?

Di un respingo. En su boca sonaba... criminal.

—Sí, es una larga historia.
—Bueno, hay unos doscientos reclusos y/o convictos en libertad condicional cuyo apellido es Peter.
—Eso ha sido rápido. Prueba con Peter como nombre. Oí cómo tecleaba.
—Mejor —me dijo—. Solo hay cuatro.
—Vale, bien. El que busco tendrá ahora unos treinta años.
—En ese caso, solo hay uno.

Me detuve con la llave a medio camino de la puerta del coche.

—¿Uno? ¿De verdad?
—Peter Lanzani.

Mi corazón empezó a martillear con nerviosismo en el interior del pecho.

Habría acertado? ¿Era posible que lo hubiera encontrado después de tantos años?

—¿Tienen alguna foto del expediente de arresto? —pregunté. Al ver que Euge no respondía, lo intenté de nuevo—. ¿Euge? ¿Estás ahí?

...

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Capitulo largo, nos leemos!!

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