sábado, 14 de febrero de 2015

Capitulo 25

MARATÓN 4/5


¿Era una pregunta trampa?

—Bueno, pues sí. ¿A quién no le habría molestado?

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—A mí —dijo, anonadada, como si hubiera herido sus sentimientos al sugerir una cosa semejante—. Me habría puesto furiosa si no me hubieras llamado. Sé que eres especial y que tienes un don extraordinario que jamás llegaré a entender del todo, pero aun así eres humana, y sigues siendo mi mejor amiga. —Su rostro se transformó en un mapa de líneas de preocupación—. No me enfadé por el hecho de que me llamaras. Me enfadé porque te crees que eres indestructible. Pues no lo eres. —Se quedó callada un instante para mirarme a los ojos y aguardar a que asimilara sus palabras. Qué encanto—. Y debido a esa falsa sensación de seguridad, te metes en... las situaciones más extrañas.
—¿Extrañas? —inquirí con fingida indignación.
—Te pondré un ejemplo: planta de tratamiento de aguas residuales.
—Aquello no fue culpa mía —protesté, ofendida ante la mera idea. Por favor.

Euge frunció los labios y esperó a que entrara en razón.

—Vale, fue culpa mía. —Me conocía demasiado bien—. Pero solo un poco. Y aquellas ratas se lo merecían. Bueno, ¿qué has averiguado? —pregunté antes de volver a contemplar la fotografía de Peter.

Euge examinó las copias impresas y eligió un papel.

—¿Estás preparada para esto?
—Siempre que no vayas a enseñarme imágenes de ancianas desnudas, sí. —No aparté los ojos de los de Peter, feroces e intensos.

Euge me pasó un folio.

—Asesinato.
—No —susurré, como si me hubieran arrancado el aire de los pulmones.

Era una noticia fechada diez años antes. No, no, no, no, no. Cualquier cosa menos asesinato. O violación. O secuestro. O atraco a mano armada. O exhibicionismo, que era espeluznante. Ojeé el artículo a regañadientes, como cuando pasas junto a un accidente y no puedes evitar mirar.    Ciudadano de Buenos Aires declarado culpable. Breve. Conciso.

Un hombre con un pasado aun más misterioso que las circunstancias que rodean la muerte de su padre fue declarado culpable el lunes, tras tres días de deliberación del jurado. El proceso judicial se enfrentó a varios problemas inusitados durante el juicio, tales como el hecho de que Juan Pedro Lanzani o Peter Lanzani, de veinte años, no existe.

Peter Lanzani. Hice una breve pausa para intentar recuperar el aliento, para que mi pulso se normalizara. Incluso el nombre de Peter me provocaba palpitaciones. ¿Y no existía? Mierda, aquello podría habérselo dicho yo.

«Farrow carece de certificado de nacimiento», declaró la fiscalía una vez terminado el juicio de dos semanas. «No posee registros médicos ni número de la seguridad social ni expedientes escolares, a excepción de una breve estancia de tres meses en el instituto de Yucca. Sobre el papel, este hombre es un fantasma».

Un fantasma. Como diría Morfeo, el destino, al parecer, no estaba carente de ironía.

El padre de Lanzani, Earl Walker, fue encontrado muerto en el interior de su coche, hallado por un grupo de excursionistas en el fondo de un cañón situado a ocho kilómetros al este de Buenos Aires. A pesar de que su cuerpo estaba tan quemado que resultaba imposible reconocerlo, la autopsia concluyó que había muerto a causa de un trauma cerebral ocasionado por un objeto contundente. Muchos testigos vieron a Lanzani pelearse con su padre el día anterior a que la prometida de Walker denunciara su desaparición.

«Teníamos las manos atadas», declaró el abogado principal de la defensa de Lanzani, Stan Eichmann, tras conocer el veredicto. «En este caso hay muchas más cosas de las que se ven a primera vista. Supongo que nunca llegaremos a averiguar qué se podría haber conseguido».

La declaración de Eichmann es tan solo una de las muchas incógnitas que rodean este caso. Por ejemplo, Walker tampoco tenía número de la seguridad social, y jamás había firmado una sola declaración de impuestos.

«No había nada que pudiera establecerlo como un ciudadano respetuoso con la ley», aseguró Eichmann. «Por lo visto, había utilizado diferentes alias. Tardamos semanas en averiguar el que creemos que era su verdadero nombre».

«En realidad, esto es mucho más frecuente de lo que se podría pensar», declaró la acusación. «Hay mucha gente adulta que se decanta por una vida delictiva. Lanzani, además, nunca ha existido. Según los registros, jamás llegó a nacer, y los resultados del análisis de ADN concluyen que Walker no era su padre biológico. Basándonos en lo que sabemos sobre él, diría que es bastante posible que Lanzani fuera raptado de niño».

Me quedé sin respiración. ¿De verdad lo habían raptado? Ojeé a toda velocidad el resto del artículo.

Lanzani no había subido al estrado para defenderse, lo que hizo que a los miembros del jurado les resultara difícil de ver más allá de las pruebas circunstanciales, a pesar del éxito de la defensa a la hora de desbancar varias teorías claves de la estrategia de la acusación.

El artículo seguía hablando sobre la prometida de Walker, Sarah Hadley. Había testificado que Peter había amenazado a Walker en varias ocasiones (cierto), y que ambos temían por su vida. Sin embargo, otra testigo, una compañera de la señora Hadley, refutó su declaración al testificar bajo juramento que la prometida de Walker estaba enamorada en secreto de Farrow y que habría abandonado a Walker sin pensárselo dos veces para estar con él. La testigo había afirmado que si la señora Hadley temía a alguien, era al propio Walker.

«Este es un caso de corazones rotos y mentes destrozadas», le dijo Eichmann al jurado minutos antes de que sus miembros se retiraran a deliberar. «El expediente criminal de Walker por sí solo arroja numerosas dudas sobre la legitimidad de cualquier cosa que pudiera parecerse remotamente a un móvil por parte de su único hijo».

¿Cómo que su único hijo? Peter tenía una hermana.

«Las circunstancias que rodean su muerte son tan transparentes como yo», añadió Eichmann.

Lanzani, que antes de su arresto había asistido a clases nocturnas con un número de la seguridad social falso para obtener nada menos que un graduado en leyes, permaneció impasible y con la cabeza gacha cuando se leyó el veredicto.

Se me cayó el alma a los pies al imaginarme a Lanzani de pie en la sala del tribunal, a la espera de que lo juzgaran, de que lo declararan culpable o inocente. Me pregunté qué habría sentido, cómo habría afrontado la decisión.

—El misterio de Peter Lanzani aumenta a cada minuto que pasa —comenté. La prometida de Walker estaba, a falta de una definición mejor, llena de mierda. Los niños maltratados rara vez atacaban a sus maltratadores, y mucho menos los amenazaban. Y las mujeres no se enamoraban en secreto de alguien a quien consideraban capaces de matarlas en cualquier momento.
—Culpable de asesinato, Lali.
 —¿Sabes cuánta gente está en prisión por crímenes que no ha cometido?
—¿Crees que Peter es inocente? —Ni en sueños.
—Tengo que verlo personalmente para estar segura. —Unió las cejas en un ceño.
 —¿Eso forma parte de tu habilidad?

En realidad, nunca me había parado a pensarlo.

—Sí, supongo que sí —respondí—. Siempre olvido que nadie ve lo que yo veo.
 —Hablando de eso, ¿no me has dicho que has vuelto a verlo esta noche? ¿Te referías a Peter?
—Ah, es verdad. —Me enderecé, pero volví a encogerme a causa del dolor. Me acurruqué de nuevo en la silla mientras me preguntaba por dónde debía empezar. Lo mejor era desembucharlo todo; airear mis trapos sucios, por decirlo de alguna manera—. ¿Sabes? Hay ciertas cosas que nunca te he contado, pero solo porque no quería que tuvieses que acudir a un terapeuta.

Euge se echó a reír.

—Sí, pero sabes que puedes contarme cualquier cosa.
—Ya, bueno, pues me alegro, porque estás a punto de recibir un curso acelerado sobre cosas siniestras. Estoy perdida.
—¿No lo estás siempre? —dijo con un brillo malicioso en los ojos.
—Muy graciosa. No hablo de mi habitual estado de confusión. Esto es distinto.
—¿Es distinto al caos absoluto? —Al ver que la miraba con fingido enfado, se removió en su silla y añadió—: Vale, cuentas con toda mi atención.

No obstante, me había quedado atrapada en lo del caos absoluto. Euge tenía razón. Mi vida solo tenía dos marchas: punto muerto y quinta; y avanzaba entre el tráfico sin pensar mucho en los coches de alrededor o en el posible destino.

—Avanzo a trompicones por la vida, ¿verdad?
—Bueno, sí, pero eso no está mal —dijo al tiempo que hacía un gesto indiferente.
—¿Tú crees?
—Claro que sí. Todos avanzamos a trompicones por la vida, por si no lo sabías.
—Aun así, todo este rollo de ser un ángel de la muerte debería venir con un manual de instrucciones. O con algún diagrama. Me bastaría con un diagrama de movimientos.
—Sí, tienes razón —dijo Euge—. Uno de esos con flechitas de colores, ¿eh?
—Y con preguntas sencillas de respuestas sí o no. Como por ejemplo: «¿Te ha visitado hoy la encarnación de la muerte? Si no es así, adelántate hasta el paso diez. Si es así, déjalo ya, porque estás jodida, guapa. Puedes irte a casa. Y espira hondo, porque va a dolerte. Tal vez quieras telefonear a una amiga, decirle que ya puede despedirse de ti...»

Me di cuenta de que Euge ya no realizaba sus típicos asentimientos comprensivos. Contemplé su rostro, que se había quedado pálido de repente. Estaba bastante bonita. La palidez resaltaba el tono azul de sus ojos.

—¿Euge?

Iba a comprobar si tenía pulso cuando la oí susurrar.

—¿La encarnación de la muerte? —preguntó. Ay.
—Ah, eso —dije con un gesto despreocupado de la mano—. En realidad él no es la encarnación de la muerte. Solo se parece a la encarnación de la muerte. Aunque bien pensado, se parece mucho. —Alcé la vista hacia el techo mientras pensaba y decidí pasar por alto las telarañas que había en los focos—. Se parece bastante a un ángel de la muerte, ¿sabes? Pero el ángel de la muerte soy yo, y no se parece en nada a mí. Si no supiera qué aspecto tienen los ángeles de la muerte (y debo reconocer que nunca he conocido a ninguno aparte de mí), me lo imaginaría igual que él. —Volví a mirarla—. Sí. Lo de la encarnación de la muerte le pega mucho.
—¿La encarnación de la muerte? ¿Eso existe de verdad? —Quizá estuviera enfocando mal todo aquello.
—No, en realidad no es la muerte. Está bastante bueno, supongo, en cierto modo aterrador. —Euge palideció aún más. Maldición—. Si al final tienes que acudir a un terapeuta, ¿tendré que pagarlo yo?
—No —dijo al tiempo que se cruzaba de brazos, fingiendo tenerlo todo bajo control—. Estoy bien. Es que me has pillado desprevenida, eso es todo. —Levantó la mano y agitó los dedos—. Continúa. Podré aguantarlo.
—¿Me lo juras? —pregunté con recelo al ver el tono azulado que rodeaba sus labios.
—Te lo juro. Un curso acelerado. Estoy lista.

Cuando se aferró a los brazos de la silla como si se preparara para un ataque aéreo, mis dudas regresaron. ¿Qué demonios estaba haciendo, además de aterrarla de por vida?

—No puedo hacer esto —dije después de replantearme la decisión de contarle todo lo ocurrido con el Malo Malísimo en el almacén para que me diera su opinión al respecto. No podía hacerle eso a Euge—. Lo siento. Nunca debería haberte mencionado nada de esto.

Ella apartó las manos de los brazos de la silla y me miró con un brillo de determinación en los ojos.

—Lali, puedes contármelo todo. Te prometo que no me dejaré llevar por el pánico delante de ti otra vez. —Al ver que la miraba con absoluto escepticismo, aclaró—: Te prometo que intentaré no dejarme llevar por el pánico delante de ti otra vez.

—No es culpa tuya —dije al tiempo que agachaba la cabeza—. Hay cosas que es mejor que la gente no sepa. No puedo creer que haya estado a punto de hacerte algo así. Te pido disculpas.

Una de las consecuencias de ser sincera con la gente cercana a mí era el efecto que eso tenía en su mente. Había descubierto mucho tiempo atrás que me dolía que la gente no me creyera, sí, pero cuando lo hacían, sus vidas cambiaban para siempre. Nunca volvían a ver el mundo de la misma forma. Y semejante perspectiva podía resultar devastadora. Elegía con mucho cuidado a quién le contaba las cosas. Y solo le había hablado a una persona en el mundo sobre el Malo Malísimo, una decisión de la que me había arrepentido desde entonces.

Euge se sentó al borde de la silla y clavó la mirada en su taza de café.

—¿Recuerdas la primera vez que me dijiste lo que eras? —Lo pensé un momento.
—A duras penas. Por si no lo recuerdas, para entonces ya me había tomado mi tercer margarita.
 —¿Te acuerdas de lo que dijiste?
—Mmm... Tercer margarita.
—Dijiste, y cito literalmente: «Euge, soy el ángel de la muerte».
—¿Y me creíste? —pregunté incrédula.
—Sí —aseguró ella, que se animó de repente—. Sin el menor rastro de duda. A esas alturas, ya había visto demasiadas cosas para no creerte. ¿Qué podrías contarme ahora que sonara peor que aquello?
—Te sorprenderías —señalé, evasiva.
—¿Tan malo es? —preguntó con recelo.
—No es que sea tan malo —expliqué en un intento por permitirle conservar algo de su inocencia y su cordura—, tan solo algo menos creíble, quizá.
—Ah, ya. Es que hoy en día hay un ángel de la muerte en cada esquina, ¿no?

Tenía razón. Sin embargo, la mayoría de las veces mis habilidades solo servían para meterme en problemas y para arrebatarme a la gente en quien creía que podía confiar. Aquellos hechos por sí solos me hicieron titubear, sin importar el alto concepto que tenía de Euge. ¿En qué estaba pensando? A veces me alucinaba mi propio egoísmo.

—Cuando estaba en el instituto —le dije, dispuesta a comenzar el discursito de «Es por tu propio bien»—, le conté demasiadas cosas a mi mejor amiga. Nuestra amistad acabó mal a causa de ello. No quiero que nos ocurra lo mismo.

No podía culpar de todo a Jessica. Las experiencias previas y mi habilidad para interpretar a la gente deberían haber evitado que le contara a mi ex mejor amiga más de lo que podía soportar. Aun así, su súbito y absoluto desprecio por todo lo relacionado con Lali Esposito fue un golpe difícil de encajar. No entendía a qué venía tanta hostilidad. En un momento éramos amigas íntimas y al siguiente, enemigas mortales. Fue un revés tremendo. Todavía pensaba en ello a menudo, aunque años después me di cuenta de que ella solo estaba aterrada. La aterraba lo que yo podía hacer. Lo que había ahí fuera. Lo que mis habilidades significaban en el gran esquema de las cosas. Sin embargo, en aquel entonces me sentí destrozada. Traicionada, una vez más, por alguien a quien quería. Por alguien que creí que me quería.

Entre la traición de Jessica y la indiferencia de mi madrastra, me hundí en una depresión. La oculté bien con sarcasmos e insolencias, pero el incidente desencadenó un ciclo de comportamiento autodestructivo del que tardé años en salir.

Por extraño que parezca, fue Peter quien me sacó de la depresión. Su situación me hizo apreciar lo que tenía, a saber: un padre que no me daba palizas por el mero placer de hacerlo. Tenía un padre que me amaba, un lujo del que Peter carecía. Aun así, él no se hundía en la autocompasión. Su vida era mil veces peor que la mía, pero no se compadecía de sí mismo. A juzgar por lo que yo había visto, al menos. Así pues, decidí poner fin a mi pequeña fiesta autocompasiva.

Confiar en los demás, no obstante, era un asunto mucho más espinoso. Para empezar, confiar en los vivos nunca había sido mi punto fuerte. Sin embargo, ahí estaba Euge. La mejor amiga que había tenido jamás. Ella lo había aceptado todo sin mostrar dudas o desprecio, y sin pensar de inmediato en posibles ganancias económicas.

—¿Y crees que no seré capaz de soportar lo que tengas que decirme?
—No, no es eso. Si hay alguien que pueda soportarlo, eres tú. Lo que no sé es si quiero hacerte algo así. —Coloqué una mano sobre su brazo, deseando que lo entendiera—. A veces es mejor no saber.

Después de un largo silencio, recogió los documentos con una pequeña sonrisa.

—Tus habilidades forman parte de ti, Lali; son parte de la persona que eres. Creo que no podrías decirme nada que cambiara mi forma de verte.
—No es tu forma de verme lo que me preocupa.
—Es tarde —dijo al tiempo que metía los papeles en un archivador—, y deberías irte a la cama.

¿Había herido sus sentimientos? ¿Pensaba que no quería que lo supiera? Compartir todos los aspectos de mi vida con una mejor amiga de absoluta confianza sería para mí como encontrar el caldero de enchilada verde al otro lado del arcoíris. ¿Me atrevía a hacerlo? ¿Estaba a dispuesta a arriesgar una de las mejores cosas que me habían pasado en la vida?

Era tarde, pero por más maravillosa que me pareciera la idea de sumirme en la inconsciencia, la posibilidad de contarle todo a Euge (de decirle la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad), inyectó una dosis de adrenalina en mi torrente sanguíneo. Sería muy agradable tener a alguien con quien contar, una confidente, una compañera de armas y de gomina, a pesar de que eran casi las dos de la madrugada y estaba exhausta, dolorida y casi comatosa. Solo me quedaba rezar porque la cosa no se nos fuera de las manos. Ya lo había intentado una vez. Y no había sido agradable.

Quizá mereciera la pena arriesgarse. Solo aquella vez. Tal vez Euge lo asimilara todo sin problemas y siguiera tan cuerda como hasta el momento. Lo cual no era decir mucho.

Deslicé un dedo por el borde de mi taza de café, incapaz de enfrentar su mirada. Estaba a punto de cambiar su vida para siempre. Y no necesariamente para mejor.

—Es como humo —dije, y noté que se quedaba inmóvil a mi lado—. Y es poderoso. Puedo sentir las oleadas de poder que irradia. Cuando está cerca me debilita, como si absorbiera una parte de mí.

Se sentó en silencio durante unos momentos, desconcertada, y luego volvió a dejar los papeles sobre el escritorio. Mi amiga acababa de atravesar un cisma, un intersticio entre dos mundos que muy pocas personas conocían. A partir de aquel momento, Eugenia Suarez nunca volvería a ser la misma.

—¿Y fue a él a quien viste hoy? —preguntó.
—En el almacén, sí. Pero también esta mañana, cuando Peter apareció en la oficina.
—¿Ese ser estaba allí?
—No. Comienzo a pensar que Peter y él son el mismo tipo de entidad. Pero Peter es real, un ser humano, y luego está el hecho de que últimamente no paro de ver borrones, y tengo orgasmos increíbles en sueños, y luego apareció en la ducha...
—¿En la ducha?
—Y me llamó Holandesa el día que nací, igual que Peter, solo que Peter era demasiado joven para estar presente cuando nací. Además, ¿cómo lo sabía? ¿Cómo sabía el Malo Malísimo que Peter me llamaría eso quince años después?

Euge me arrebató de las manos la taza de café y la dejó encima del escritorio.

—Se acabó la cafeína.
—Lo siento —dije al tiempo que intentaba reprimir una sonrisa avergonzada.
—Deberíamos empezar por el principio. —Me dio unas palmaditas en el brazo para infundirme ánimos—. A menos que quieras comenzar por la escenita de la ducha.
—Hay muchas cosas que nunca te he contado, Euge. Demasiadas para asimilarlo todo.
—Tú sí que eres demasiado, Lali.

Me eché a reír, cogí mi taza de nuevo y apuré lo que quedaba de café.

—¿Cuándo fue la primera vez que viste a ese ser?
—El día que nací. —¿Acaso no me escuchaba?—. Esa fue la primera vez que vi al Malo Malísimo —le dije, añadiendo comillas con los dedos para darle más dramatismo.
—El Malo...
—Él es el humo. Es la criatura-barra-monstruo que aparece en las ocasiones más extrañas. Casi siempre cuando mi vida corre peligro. Deberíamos hacer palomitas.

Euge se sentó al borde de la silla.

—¿Y estaba presente el día que naciste?
 —Sí. Lo llamé «Malo Malísimo» porque «Criatura Serpenteante Descomunal que me da un Miedo de Muerte» era demasiado largo.

Euge asintió con la cabeza, fascinada por el cariz que tomaba mi historia, consciente de que mis secretos eran algo más fuertes que el típico cuento de mi-tía-tiene-un-fantasma-en-el-ático. Mi historia no era de las que se cuentan junto a las hogueras o en las fiestas de pijama. Lo cual podría explicar la escasez de invitaciones que recibía de niña.

—Sea quien sea, como ya he dicho, estaba allí el día que nací.

Mi amiga sostuvo la taza a medio camino entre la mesa y su boca, intentando con todas sus fuerzas no empezar a babear. Fue en aquel momento cuando me di cuenta de lo mucho que deseaba saber más. De lo mucho que mi silencio la había afectado.

—Bueno, ¿y eso cómo lo sabes? —preguntó con el ceño fruncido—. ¿Te lo ha contado alguien?
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Penultimo capitulo de la maratón.

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