domingo, 15 de marzo de 2015
Capitulo 33
Sarcasmo
Uno de los muchos servicios que ofrecemos.
(Camiseta)
Treinta minutos y un horrible viajecito en coche después (Benja no había dejado de despotricar sobre el plan hasta que llegamos a mi jeep), me encontraba frente a la casa de Sussman, observándolo a través de una de las ventanas de la primera planta. Estaba de espaldas a mí, así que supuse que estaría observando a su esposa.
Había muchos coches aparcados junto a su magnífica residencia de tres plantas. La gente entraba y salía hablando en susurros. No obstante, a diferencia de lo que ocurría en las películas, no todos estaban vestidos de negro y no todos lloraban. Bueno, algunos sí. Pero había muchos que se reían por una cosa u otra, animaban la conversación con gestos de las manos o recibían a los visitantes con los brazos abiertos.
Me arrastré con desgana hasta la puerta principal y entré. Nadie me detuvo mientras vagaba entre la multitud hacia la escalera. Las subí despacio y caminé sobre la gruesa alfombra beige que cubría el suelo de la primera planta hasta que encontré lo que parecía el dormitorio principal.
La puerta estaba entreabierta, y pude oír los sollozos que procedían del interior. Llamé a la puerta con suavidad.
—¿Señora Sussman? —pregunté mientras me asomaba al dormitorio.
Patrick me miró con sorpresa. Estaba apoyado en la repisa de una ventana, observando a su esposa. Otra señora, corpulenta y vestida de luto estricto, estaba sentada al lado de su mujer y le rodeaba los hombros con fuerza.
La mujer me dirigió una mirada asesina. Ay, madre. Una lucha territorial.
—Me gustaría hablar con la señora Sussman, si a ella le parece bien —dije. La señora que la acompañaba hizo un gesto negativo con la cabeza.
—No es un buen momento.
—No pasa nada, Harriet —dijo la señora Sussman, que levantó la cabeza para mirarme.
Tenía los enormes ojos castaños enrojecidos por el llanto, y el cabello rubio despeinado. Poseía ese tipo de belleza que los hombres solían pasar por alto en un principio. Un atractivo suave y honesto. Me dio la impresión de que sus sonrisas eran genuinas y sus risas, sinceras.
—Señora Sussman —dije al tiempo que me inclinaba hacia delante para tomarle la mano—. Me llamo Mariana Esposito. Siento muchísimo su pérdida.
—Gracias. —Se sonó la nariz con un pañuelo de papel—. ¿Conocía a mi marido?
—Nos conocimos hace poco, pero era una gran persona. —Debía explicar mi presencia de alguna manera.
—Sí, lo era.
Pasé por alto la mirada cáustica de la otra mujer y continué.
—Soy detective privado. Su marido y yo trabajábamos juntos en un caso, y ahora colaboro con el Departamento de Policía de Buenos Aires para ayudar a descubrir al responsable de su muerte.
—Entiendo —dijo, sorprendida.
—Me parece que este no es el momento adecuado para hablar de eso, señorita Esposito.
—Claro que sí —aseguró la señora Sussman—. Es el momento perfecto. ¿La policía ya ha averiguado algo?
—Tenemos algunos indicios muy prometedores —respondí, evasiva—. Solo quería que supiera que trabajamos duro para resolver este caso y que... —Me volví hacia Sussman—, su marido no paraba de hablar de usted.
Los sollozos comenzaron de nuevo, y Harriet se dispuso a consolar a su amiga. En el rostro de Sussman apareció una débil sonrisa de agradecimiento.
Después de dejarle mi tarjeta y despedirme, le hice un gesto a Sussman para pedirle que se reuniera conmigo fuera.
—Ha sido embarazoso.
Estábamos delante de su casa, apoyados en Misery, observando los coches que pasaban de vez en cuando. Se había levantado un viento frío que me ponía la piel de gallina, así que me rodeé con los brazos, contenta de haberme puesto un suéter bajo la chaqueta de cuero.
—Lo siento —dijo él—. Pensaba regresar con los demás, pero...
—No te preocupes. Tienes muchos problemas. Lo entiendo.
—¿Qué habéis descubierto?
Una vez que lo puse al día, Sussman se animó un poco.
—¿Crees que todo esto está relacionado con el tráfico de seres humanos?
—Tenemos un plan de acción casi consolidado, si quieres participar.
—Por supuesto que sí. —Genial. Parecía estar mejor. Reflexionó un momento y luego preguntó—: Mientras tanto, ¿te importaría que utilizara tu cuerpo para enrollarme con mi esposa?
Tuve que contener una risotada.
—Las cosas no funcionan así.
—En ese caso, ¿podrías enrollarte tú con mi esposa y fingir que estoy dentro de tu cuerpo?
—No.
—Puedo pagarte. Tengo dinero.
—¿De cuánto estamos hablando?
Volví a colarme en el despacho de abogados de Sussman, Ellery & Barber, dejé las llaves de memoria en el escritorio de Barber y realicé otra búsqueda rápida por si acaso me había dejado alguna. Nora no había aparecido por allí, lo que era de agradecer. Si no había estado allí, no habría echado en falta las memorias y no podría causarme problemas.
El paso siguiente eran las compañeras de clase de Peter.
El Dave’s Diner era un local que parecía salido de los años cincuenta, con cartelitos de metal y batidos de chocolate con huevo y nata que, sorprendentemente, no llevaban ni huevos ni nata.
Dos mujeres sentadas en un rincón me saludaron con la mano en cuanto me vieron entrar. Me acerqué a su mesa, aunque no entendía cómo me habían reconocido.
—¿Lali? —preguntó una de ellas.
Era una mujer grande y muy bonita, con el pelo castaño cortado a la altura de los hombros y una enorme sonrisa.
—Sí, soy yo. ¿Cómo lo sabíais?
La otra también sonrió. Era una chica latina con el pelo rizado recogido en una coleta y una piel envidiable.
—Tu ayudante nos dijo que serías la única chica que entrara por la puerta con pinta de sentirse orgullosa de un nombre como Mariana Esposito. Yo soy Louise.
Estreché la mano de Louise y luego la de su acompañante.
—Me llamo Chrystal —dijo la amiga—. Acabamos de pedir algo para comer, si tienes hambre.
Me senté en el cubículo circular y pedí una hamburguesa y un refresco bajo en calorías.
—No os imagináis lo mucho que me alegra que hayáis accedido a reuniros conmigo.
Se echaron a reír, como si compartieran alguna broma privada, y luego se apiadaron de mí y me lo explicaron.
—Aprovechamos cualquier oportunidad para hablar de Peter Lanzani.
—Vaya —dije, sorprendida—. Yo también. ¿Lo conocíais bien?
—Nadie conocía bien a Peter Lanzani —aseguró Louise después de volver a mirar de reojo a su amiga.
—No sé —comentó Chrystal—. Quizá Amador.
—Es cierto. Había olvidado que salía con Amador Sánchez.
—¿Amador Sánchez? —Abrí el bolso y saqué el historial de Peter—. Amador Sánchez estuvo con él en prisión. De hecho, fueron compañeros de celda. ¿Me estáis diciendo que ya eran amigos antes de ingresar en prisión?
—¿Amador estuvo en prisión? —preguntó Chrystal, atónita.
—¿Te sorprende? —Louise miró a su amiga y arqueó una de sus delicadas cejas.
—Un poco, la verdad. Era un buen chico. —En aquel momento me miró—. Peter nunca se relacionaba con nadie hasta que conoció a Amador. Se hicieron amigos enseguida.
—¿Podéis hablarme de Peter?
Se me aceleró el corazón a causa de la expectación. Había buscado a Peter durante mucho tiempo, pero lo cierto era que había sido él quien me había encontrado. Era el Malo Malísimo. ¿Cómo no me había dado cuenta antes?
Louise examinó una servilleta de papel que había plegado en forma de cisne.
—Todas las chicas del instituto estaban enamoradas de él, pero era tan callado, tan... reservado.
—Era muy listo, ¿sabes? —añadió Chrystal—. Yo siempre lo había tomado por un holgazán, pero de eso nada. Está claro que tenía muchas facetas.
—Capuchas —dijo Louise, que estaba de acuerdo con su amiga—. Siempre llevaba puesta la capucha de la sudadera. Eso le acarreaba muchos problemas, pero no dejaba de hacerlo.
—Todos los días intentaba entrar en clase sin quitarse la capucha —comentó Chrystal—, y todos los días el profesor le ordenaba que se la bajara.
Louise se inclinó hacia mí con un brillo especial en los ojos castaños.
—Bueno, tienes que entender que a pesar del poco tiempo que Peter estuvo allí, aquello se convirtió en un ritual. No para él ni para los profesores, sino para las chicas.
—¿Para las chicas? —pregunté.
—Sí, para las chicas —respondió Chrystal, que asintió con expresión soñadora—. Había un momento todos los días en el que se podía escuchar la caída de un alfiler: el instante en que él levantaba las manos para bajarse la capucha y dejaba al descubierto las puertas del paraíso.
Pude verlo en mi mente. Tuve la certeza de que mostrar su hermoso rostro de aquella manera había conseguido que los corazones latieran más deprisa, que la sangre se acelerara en las venas y que las chicas suspiraran al unísono.
—Era muy inteligente —comentó Louise después de dedicarle un instante a aquel recuerdo—. Estaba en la misma clase de matemáticas que nuestra amiga Holly, y siempre se salía de las tablas. Sacaba sobresaliente en todos los exámenes.
—Nosotras íbamos con él a lengua y a ciencias. Un día, el señor Stone nos puso un examen —intervino Chrystal, entusiasmada—, y Peter sacó la máxima puntuación. El señor Stone lo acusó de haber copiado, ya que algunos de los conceptos que aparecían en el examen se estudiaban solo en la universidad.
—Ah, ya me acuerdo de eso. El señor Stone dijo que era imposible que Peter hubiera respondido bien a todas las preguntas. Y Peter dijo algo como: «Yo no he copiado, así que váyase a la mierda», y el señor Stone respondió: «Sí, sí que has copiado», y después llevó a Peter al despacho del director.
—Suzy trabajaba como ayudante en aquel momento, ¿te acuerdas? —le preguntó Chrystal a Louise, quien respondió con un gesto afirmativo—. Nos contó que el señor Stone tuvo problemas en la oficina porque el director aseguró que Peter sacaba la máxima puntuación en todos los exámenes, y que no tenía ningún derecho a acusarlo de hacer trampas.
—¿Le hicieron alguna vez un test para averiguar su coeficiente intelectual? —quise saber.
—Sí —respondió Louise—. El director pidió que se lo hicieran, y luego aparecieron unos tipos del comité de educación que querían hablar con él, pero la familia de Peter ya se había trasladado.
Sí, seguro que sí. El padre de Peter los mantenía en movimiento constantemente. Para eludir a las autoridades.
—Aún me cuesta creer que matara a su padre —dijo Chrystal.
—No lo hizo —aseguré.
Me pregunté si tanta convicción por mi parte procedía más de mis propios deseos que de las pruebas físicas.
Ambas me miraron con expresión sorprendida. Igual debería haberme callado, pero deseaba tenerlas de mi parte. De parte de Peter. Les hablé de la noche que lo conocí, de la paliza que le estaba dando su padre, de la hermana que había dejado dentro de casa.
Hice una pausa cuando llegó la comida, ya que quería que el camarero se marchara antes de continuar.
—Por eso estamos aquí. Necesito encontrar a su hermana. —También expliqué lo que había ocurrido en prisión y que Peter estaba en coma, pero ninguna de las dos recordaba mucho acerca de la chica—. Ella es la única que puede impedir que el estado ponga fin a los cuidados terminales. ¿Conocéis a alguien que pudiera haber salido con ella?
—Deja que haga unas cuantas llamadas —dijo Louise.
—Yo también voy a hacer algunas. Quizá podamos descubrir algo. ¿Cuánto tiempo tenemos?
Consulté mi reloj.
—Treinta y siete horas.
De camino a casa llamé a Euge y le dije que buscara a Amador Sánchez, ya que al parecer era la única persona que podría saber algo importante sobre Peter. Era tarde, pero había pocas cosas que a Euge le gustaran más que dar caza a un estadounidense de sangre caliente. Euge con un nombre era como un pitbull con un hueso.
Justo después de colgar, sonó el teléfono. Era Chrystal. Louise y ella habían recordado que su prima, que en aquella época estaba en el octavo curso, solía salir con una chica que había almorzado con la hermana de Peter de vez en cuando. Poca cosa, pero más de lo que tenía cinco minutos antes. Habían intentado llamar a la prima, pero no habían conseguido ponerse en contacto con ella, así que le habían dejado un mensaje con mi nombre y mi número de teléfono.
Tras anotar la información y darles las gracias un millón de veces, fui a un supermercado para comprar los alimentos básicos para la vida. Café, nachos y aguacates para el guacamole. Nunca se toma suficiente guacamole.
Cuando salí de mi jeep, escuché mi nombre y, cuando me di la vuelta, descubrí que Julio Ontiveros estaba justo detrás de mí. Era más grande de lo que me había parecido en la comisaría.
Cerré la puerta del coche y me dirigí a la parte de atrás para recoger las bolsas.
—Tienes mejor aspecto sin las esposas —le dije por encima del hombro.
Me siguió.
—Yo también te veo mejor ahora que no llevo las esposas puestas.
Vaya por Dios. Había llegado el momento de eludir los envites amorosos. Me detuve para enfrentarme a él. Tenía que acabar con aquello cuanto antes.
—La medalla que tu hermano consiguió en la operación Tormenta del Desierto está en el joyero de tu tía.
Se quedó muy decepcionado.
—Menuda gilipollez. Ya la busqué ahí. —Se acercó más. La furia y la preocupación que había disimulado brillaban ahora en sus ojos.
—Me dijo que dirías eso —repliqué mientras abría el portón trasero para coger las bolsas—. No está en ese joyero, sino en el que está escondido en el sótano. Detrás de la nevera vieja que no funciona.
Se detuvo un momento para pensarlo.
—No sabía que tuviera otro joyero.
—Nadie lo sabe. Era un secreto. —Sujeté dos de las bolsas con una mano y me dispuse a coger la tercera—. Y los diamantes también están allí.
Aquella información lo dejó aun más desconcertado.
—¿De verdad tenía diamantes? —inquirió.
—Sí. Solo unos pocos, pero los guardó para ti. —Me detuve y lo miré de arriba abajo—. Por lo visto cree que aún hay esperanzas para ti.
Dejó escapar un suspiro sobrecogido, como si esa idea le hubiese dado un puñetazo en el estómago, y se apoyó en Misery.
—¿Cómo sabes...? ¿Cómo es posible que...?
—Es una larga historia —le dije mientras cerraba el coche y me dirigía a la puerta principal del edificio de apartamentos.
—Espera —dijo mientras trotaba detrás de mí—. Dijiste que sabías dónde encontrar las tres cosas que más deseaba en el mundo. Solo me has dicho dos.
Aún albergaba dudas. Su mente era como un hámster en una de esas norias: daba vueltas y más vueltas en un intento por descubrir cómo era posible que yo supiera aquellas cosas. Si de verdad sabía aquellas cosas.
—Ah, cierto. —Me pasé todas las bolsas a un brazo y rebusqué en el bolso que llevaba colgado al hombro con la otra—. Ay, no, por favor... —dije con tono sarcástico—, no me ayudes con las bolsas, que no hace falta. —Julio cruzó los brazos a la altura del pecho y sonrió con sorna. ¿Para qué me había molestado? Saqué la mano del bolso con un bolígrafo—. Dame tu mano.
Extendió el brazo y se acercó un poco mientras le escribía un número de teléfono en la palma. Y luego se arrimó un poco más.
Su sonrisa se volvió de lo más maliciosa cuando vio el número. Enarcó las cejas y se acercó más aún.
—Eso no es lo que más deseo.
Sin perder un instante, acorté la escasa distancia que nos separaba y lo miré a los ojos. El movimiento lo desconcertó, pero su sonrisa se hizo más amplia.
—José Ontiveros.
Se quedó inmóvil. La sonrisa se desvaneció de su rostro mientras volvía a contemplar el número escrito en su palma.
—Está en Corpus Christi, en un refugio. Pero se mueve un montón. Mi ayudante tardó dos horas en dar con él, y eso que contábamos con la información que nos dio tu tía.
Se quedó pasmado, con los ojos clavados en el número de su mano.
—¿Dos horas? —preguntó a la postre—. Llevo buscando a mi hermano...
—Dos años. Lo sé. Tú tía me lo dijo. —Volví a cambiarme las bolsas, ya que empezaba a temblarme el brazo a causa del peso—. Y por si acaso te queda alguna duda en esa cabecita, sí, tu tía Yesenia te está vigilando. Me pidió que te dijera que recojas todas tus mierdas, que dejes de meterte en problemas ridículos (son sus palabras, te lo aseguro) y que vayas a buscar a tu hermano, porque él es lo único que te queda.
Puesto que ya había cumplido mi parte del trato, me di la vuelta y caminé hacia el edificio antes de que reaparecieran las propuestas amorosas. Julio tenía mucho en lo que pensar.
Cuando salí del ascensor en mi planta, noté de inmediato la oscuridad que reinaba en el pasillo. El conserje había tenido problemas para arreglar los cables de la luz en aquella planta desde que me mudé, así que mi nivel de alerta solo subió un par de puntos.
Mientras buscaba las llaves, escuché una voz que procedía del rincón oscuro que había más allá de mi puerta.
—Señorita Esposito.
¿Otra vez? ¿En serio?
Sobre las ocho y media de aquella mañana, mi nivel de tolerancia con la Semana Nacional de Mata o Mutila Horriblemente a Lali Esposito había llegado a su cuota máxima. Poco después había cogido un arma. Saqué la Glock y apunté con ella hacia la oscuridad. Fuera quien fuese quien se ocultaba en las sombras no estaba muerto, de lo contrario habría podido verlo a pesar de la escasez de luz. En aquel momento, un chico dio un paso hacia adelante y me dejó sin aliento. Teddy Weir. Era imposible no reconocerlo. Era igualito que su tío.
Levantó las manos en un gesto de rendición e intentó parecer lo más inofensivo posible.
Bajé el arma.
—No quería golpearla, señorita Esposito.
Volví a levantar la pistola y enarqué las cejas en una expresión interrogativa. Pensé en arrojarle las bolsas del supermercado y darme a la fuga, pero los aguacates eran muy caros. Maldito fuera mi amor por el guacamole.
El muchacho se detuvo en seco y levantó las manos aún más. A pesar de que solo tenía dieciséis años, me sacaba casi diez centímetros.
—Creí... Creí que era uno de los tipos de Price. Estábamos despejando el lugar, pero pensé que nos habían encontrado antes de poder terminar.
—¿Fuiste tú quien me golpeó en el tejado?
Esbozó una sonrisa. Tenía el pelo rubio y los ojos azul claro. Un perfecto candidato a estrella de cine o a socorrista.
—Solo fue un puñetazo en la mandíbula, pero dio la casualidad de que estábamos en un tejado.
—Qué graciosillo —murmuré mientras le dirigía mi mirada mortal. Se echó a reír, pero volvió a ponerse serio enseguida.
—Cuando cayó por aquella claraboya creí que mi vida había terminado. Pensé que me pasaría el resto de la vida en prisión.
Guardé la pistola en la cartuchera y abrí la puerta del apartamento.
—¿Como tu tío?
Bajó la mirada al suelo.
—Se suponía que Carlos arreglaría eso.
—¿Carlos Rivera? —pregunté, sorprendida.
—Sí. Hace días que no lo veo.
Teddy entró detrás de mí, cerró la puerta y echó la llave. En condiciones normales, aquello me habría preocupado, más que nada por lo de la nueva fiesta nacional y todo eso, pero sabía que el chaval lo había pasado muy mal. Le había ocurrido algo y no estaba dispuesto a correr ningún riesgo.
Peter también estaba en el salón. Estuve a punto de caerme redonda al ver la neblina oscura frente a la ventana. Y luego lo sentí. Sentí su calor, su energía. La estancia olía como una tormenta en el desierto a medianoche.
—Siéntate —le dije a Teddy mientras señalaba uno de los taburetes de la barra como si no pasara nada.
Para disimular los temblores que invadían mi cuerpo ante la proximidad de Peter, me mantuve en movimiento. Primero preparé un café, y luego guardé los alimentos en la nevera. Puesto que noté que a Teddy también le temblaban las manos, saqué un poco de jamón, fiambre de pavo, lechuga y tomates.
—Me muero de hambre —mentí—. Iba a prepararme un sándwich. ¿Quieres uno?
Negó con la cabeza en un gesto educado.
—Es evidente que nunca has probado uno de mis sándwiches.
El brillo desesperado de sus ojos dejó bien claro el hambre que tenía.
—¿Jamón, pavo o los dos? —pregunté, fingiendo que comer o no era elección suya.
—Los dos, supongo —dijo, inseguro, encogiéndose de hombros.
—Suena bien. Creo que yo tomaré lo mismo. Ahora vamos con la parte más difícil.
Sus cejas se unieron en una expresión preocupada.
—¿Refresco, té helado o leche?
Esbozó una sonrisa y su mirada se desvió inevitablemente hacia la cafetera.
—¿Qué te parece la leche para acompañar el sándwich? Luego podrás tomarte un café.
De nuevo recurrió al silencio y a un gesto para darme su consentimiento.
—Ya hemos descubierto que el malo es Benny Price —dije mientras colocaba la tercera loncha de jamón en su sándwich—. ¿Podrías hablarme de la noche en que murió tu amigo?
Agachó la cabeza, reacio a hablar del tema.
—Teddy, tenemos que sacar a tu tío de prisión y encerrar a Price.
—Ni siquiera sabía que habían arrestado al tío Mark. Es de risa pensar que él podría matar a alguien —añadió con un resoplido—. Es la persona más tranquila que he conocido en toda mi vida. No se parece en nada a mi madre, eso se lo aseguro.
—¿Has visto a tu madre alguna vez desde que regresaste?
—No. El padre Federico dijo que arreglaría un encuentro cuando regresáramos a un lugar donde ella estuviera a salvo, pero él también lleva un tiempo desaparecido. Es posible que Price descubriera lo que pasaba y se hiciera cargo de él también.
—¿Y qué es lo que pasa? —pregunté después de llenarle un vaso alto de leche.
Dio un enorme mordisco al sándwich y lo engulló con la ayuda de un buen trago de leche fría.
—Price tiene rastreadores. Ya sabe, gente que se encarga de buscar a chicos sin hogar o con otro tipo de problemas. Chicos a los que nadie echará de menos.
—Lo he pillado. Pero tú no eras un chico sin hogar.
—James sí, más o menos. Su madre lo echó de casa cuando volvió a casarse. No tenía adónde ir, así que se quedaba en el cobertizo del tío Mark.
—Y cuando lo hirieron, fue allí.
—Sí. James no se fiaba de aquel rastreador que no dejaba de hacerle preguntas, que quería saber si a James le quedaba algún pariente vivo y si estaba dispuesto a vivir con él. Así que investigamos un poco por nuestra cuenta. —Dejó el sándwich—. Averiguamos para quién trabajaba el rastreador y nos colamos en uno de los almacenes de Price. Una especie de aventura a lo James Bond, ¿sabe? No teníamos ni idea de lo que ocurría en realidad.
—Así que os atraparon, pero conseguisteis escapar, ¿no?
—Sí, pero James estaba muy malherido. Nos separamos mientras huíamos. Yo tenía a dos tíos pisándome los talones. Tíos grandes. Nunca he pasado tanto miedo.
Me senté al lado de Teddy y le pasé un brazo por encima de los hombros. Dio otro mordisco al sándwich.
—Me enteré de lo que hacía el padre Federico...
—¿Lo que hacía? —lo interrumpí.
—Ayudar a chicos fugados y todo eso.
—Ah, sí —dije—. ¿Y fuiste a verlo?
—Sí. Lo curioso es que ya lo sabía todo sobre Benny Price. Me escondió en su almacén.
—Espera, el mismo almacén...
—El mismo. Le pido disculpas por eso otra vez, por cierto.
Por fin tenía la oportunidad de descubrir por dónde se había largado todo el mundo aquella noche.
—Vale, había dos tipos empaquetando cajas en el almacén, pero cuando aterricé en el suelo, todo el mundo había desaparecido. ¿Alguna idea al respecto?
Teddy sonrió.
—Ese almacén tiene un sótano con una entrada casi imposible de encontrar. Nos escondimos allí hasta que se marchó todo el mundo.
Muy listos.
—Así que el padre Federico intentaba ocultar a los chicos que buscaba Price, ¿no?
—Sí.
—¿Y por qué no acudió a la policía?
—Lo hizo. Le dijeron que estaban preparando un caso contra él. Pero mientras tanto, los chicos seguían desapareciendo. Ya ha visto los carteles.
Los había visto.
—Dijeron que el padre Federico no tenía pruebas suficientes para demostrar que Price estaba detrás de los secuestros.
—Entonces, ¿estuviste en aquel almacén dos años? —Se le atragantó un bocado y tomó un trago de leche.
—No. Tiene que entender que el padre Federico es uno de esos tipos a los que les gusta hacerse cargo de todo. Al ver que los polis no nos ayudarían, decidió tomar cartas en el asunto. Organizó una vigilancia, un equipo de búsqueda y rescate, y una especie de ferrocarril clandestino.
Contuve mi asombro y esperé a que Teddy continuara.
—Tenemos a toda clase de gente trabajando en esto —dijo después de zamparse el último bocado—. En cuanto a mí... yo acabé en Panamá.
—¿Panamá? —pregunté, atónita.
Aquel asunto era más gordo de lo que pensaba. De lo que todo el mundo pensaba.
—Sí. Conseguimos registros de embarques, facturas e incluso la dirección de algunos compradores. Los había en todas las malditas partes del mundo. Pero Price no paraba de buscarme, así que el padre Federico se aseguró de esconderme bien.
—Entonces, ¿Carlos Rivera trabajaba para el padre Federico?
—Al principio no. Era un rastreador. El rastreador. El que intentó atrapar a James. Supongo que cuando asesinaron a James, Carlos decidió que ya estaba harto. Acudió al padre Federico e hicieron un trato. El padre puede ser muy persuasivo cuando quiere. ¿Y ese café?
Cierto, el café.
No pude evitar preguntarme por qué Carlos no había acudido a la policía. Aunque supuse que su decisión tendría algo que ver con el hecho de que si hubiera acudido a la policía se habría convertido en el objetivo principal. Algunas personas creen que los policías son peores que los criminales, que recurrir a ellos es un suicidio.
—Así que has estado en Panamá...
—Sí. He salvado a siete chicos, si quiere saberlo —dijo con orgullo—. Bueno, ayudé a salvar a siete chicos.
—¿Y no sabías lo que le estaba pasando a tu tío?
—Sí, lo sabía. El padre Federico me mantenía informado, pero pensábamos que retirarían los cargos contra el tío Mark. En realidad no había hecho nada, así que me parecía imposible que lo declararan culpable. No queríamos arriesgar nuestra operación para salvar al tío Mark, pero cuando lo encarcelaron, no nos quedó otra opción. Todavía me cuesta creerlo. ¿Cómo es posible que los zapatos del tío Mark estuvieran manchados con la sangre de James?
—Eso ya lo he solucionado —le dije—. Había estado lloviendo. Tu tío sacó la basura aquella noche, y es posible que pisara la sangre de James. Él no se dio cuenta de que estaba detrás del cobertizo, pero alguien debió de ver a James saltando la valla y llamó a la policía.
—Claro. —Dio un largo trago del café solo y humeante.
—¿Tienes edad suficiente para beber el café solo?
Sonrió. En aquel momento me pareció lo bastante mayor como para beber el café como le diera la gana. Sus ojos habían visto muchas cosas. Su corazón había experimentado demasiado miedo y demasiado dolor. Debía de haber envejecido una década en los últimos dos años.
—¿Por qué regresaste? —quise saber.
—Tenía que hacerlo. No podía permitir que el tío Mark fuera a la cárcel por algo que no había hecho.
—¿Aun cuando eso significara poner tu vida en peligro? —pregunté con el corazón henchido de orgullo.
—No he hecho otra cosa que arriesgar mi vida en los últimos dos años —respondió—. Estoy cansado de huir. Si Price me quiere, que venga a buscarme.
Sentí una opresión en el pecho. No pensaba dejar que eso ocurriera.
—Tenemos que llamar a la policía, ¿lo sabes, verdad?
—Lo sé. En parte, por eso estoy aquí. El padre Federico ha desaparecido, y queremos contratarte.
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Chic@s mañana les subire mi novela.
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