miércoles, 19 de octubre de 2016

Capitulo 1

Los ángeles de la muerte son para morirse.
(Camiseta que suele llevar MARIANA ALIAS LALI ESPOSITO, INCOMPARABLE ÁNGEL DE LA MUERTE)


—Lali, espabila, despierta.

Unos dedos provistos de afiladas uñas se clavaron en mi hombro y se emplearon a fondo para vencer la bruma somnolienta en que había estado adobándome. Me zarandearon con suficiente energía para desencadenar un pequeño terremoto en Oklahoma y, teniendo en cuenta que vivía en Nuevo México, podríamos decir que tenía un problemilla.

A juzgar por el timbre y el tono de voz de la intrusa, estaba bastante segura de que la persona que me importunaba era mi mejor amiga, Euge. Dejé escapar un suspiro, contrariada, rindiéndome con resignación ante la evidencia de que mi vida tan solo era una serie de interrupciones y exigencias. Casi siempre exigencias. Lo más probable es que se debiera a ser el único ángel de la muerte a este lado de Marte, el único portal por el que los difuntos podían cruzar al otro lado. Al menos los que no habían cruzado al morir y se habían quedado en la Tierra. Y eran un montón. Ángel de la muerte de nacimiento, no recordaba un momento de mi vida en que no hubiera muertos llamando a la puerta (metafóricamente hablando, ya que los muertos rara vez llaman a ningún sitio) para pedirme que les echara una mano con los asuntillos que tenían a medias. Nunca dejaba de asombrarme la cantidad de difuntos que habían olvidado apagar la estufa.

Casi todos los que cruzan a través de mí es porque consideran que ya llevan suficiente tiempo en la Tierra. Aparece el ángel. O sea, moi. El difunto me ve allí donde esté, ya sea desde la otra punta del mundo, y cruza al otro lado a través de mí. Por lo que me han dicho, soy una especie de faro que emite una luz tan brillante como mil soles juntos, una verdadera faena para el difunto con resaca de Martini.

Me llamo Mariana Esposito: detective privado, asesora de la policía y no hay quien pueda conmigo. O no lo habría de haber continuado con las clases de artes marciales mixtas, aunque solo me apunté para aprender a matar con un papel. Ah, claro, sí, y no olvidemos lo del ángel de la muerte. Debía reconocer que ser el ángel de la muerte no estaba tan mal. Tenía un puñado de amigos por los que mataría (algunos vivos, otros no tanto), una familia por la que daba gracias de que alguno de sus miembros siguiera vivo, por otros no tanto, y me hablaba de igual a igual con uno de los seres más poderosos del universo, Juan Pedro Lanzani, el hijo de Satán mitad humano, mitad supermodelo.

De ahí que como ángel de la muerte me entendiera bien con los muertos. Tenían un pésimo sentido de la oportunidad, de acuerdo, pero no me importaba. Sin embargo, que me despertara en medio de la noche un ser vivito y coleando que iba a limarse las uñas a la cuchillería de la ciudad..., eso sí que no tenía justificación.

Empecé a dar manotazos como un chico defendiéndose de una chica y continué lanzando palmotadas al aire cuando la intrusa se dirigió a toda prisa a profanar mi armario. Estaba visto que Euge había sido elegida en el instituto la Persona Con Más Probabilidades De Morir De Un Momento A Otro. A pesar del deseo irrefrenable de fulminarla con la mirada, no conseguí reunir suficiente valor para abrir los ojos. De todos modos, una luz cruel se filtraba a través de mis párpados. Tenía un grave problema con la potencia eléctrica del piso.

—Lali...

Aunque también podía ser que hubiera muerto. Tal vez la había palmado y flotaba como una pobre infeliz hacia la luz, como en las películas.

—... no bromeo...

No me sentía especialmente liviana, pero la experiencia me había enseñado a no subestimar el escaso sentido de la oportunidad que solía tener la muerte.

—... De verdad, levántate.

Apreté los dientes y concentré todas mis fuerzas en aferrarme a la Tierra. No... debo... ir... hacia la luz.

—¿Estás escuchándome siquiera?

La voz de Euge sonaba amortiguada mientras revolvía en mis efectos personales. Tenía mucha suerte de que el instinto asesino no se hubiera apoderado de mí y le hubiera pateado el trasero, sino en esos momentos solo quedaría una mujer rota, destrozada, un guiñapo tirado en el suelo. Gimiendo de dolor. Con algún que otro espasmo incontrolable.

—¡Lali, por amor de Dios!

La oscuridad me envolvió de pronto cuando una prenda me abofeteó la cara. Un gesto completamente gratuito que muy bien podría haberse ahorrado.

—Lo mismo te digo —contesté medio grogui, quitándome de encima la pila de ropa cada vez mayor—. ¿Qué haces?
 —Vestirte.
—Estoy todo lo vestida que tengo que estar a las... —Le eché un vistazo a los dígitos que relucían sobre la mesita de noche—. Dos de la madrugada. Maldita sea, esto no irá en serio.
—Muy en serio.

Me tiró algo más. Aunque con la puntería que tenía, la lamparita salió volando por los aires. La pantalla aterrizó a mis pies.

—Ponte eso.
—¿La pantalla?

Pero se había ido. Qué raro. Se había precipitado hacia la puerta y había dejado tras ella una estela de inquietante silencio. Ese silencio que te cierra los párpados y vuelve tu respiración rítmica, profunda y acompasada.

—¡Lali!

Casi me muero del susto al oír el alarido de Eugenia y acabo en el suelo del respingo. ¡La madre del cordero, menudo par de pulmones! Me había chillado desde su piso, al otro lado del pasillo.

—¡Vas a despertar a los muertos! —contesté a voz en grito.

No me entendía bien con los muertos a las dos de la madrugada. ¿Y quién sí?

—Voy a hacer más que eso si no sacas el culo de la cama inmediatamente.

Para ser mi mejor amiga-barra-vecina-barra-recepcionista-barra-ganga, a Euge estaban subiéndosele
los humos. Nos habíamos instalado en nuestros respectivos pisos, que daban puerta con puerta a ambos lados del rellano, hacía tres años. Yo acababa de salir del Cuerpo de Paz y ella acababa de salir del juzgado con su divorcio y una criatura a cuestas. Éramos como esa gente que, sin haberse visto nuca, parece conocerse de toda la vida. Cuando abrí el despacho de detective privado, se ofreció a atender las llamadas hasta que encontrara a alguien fijo. Lo demás ya es historia. Desde entonces, ha sido mi esclava.

Eché un vistazo a las prendas esparcidas por la habitación y recogí un par con cara de extrañeza.

—¿Zapatillas de plataformas y minifalda de cuero? —dije en voz alta—. ¿Las dos cosas? ¿En plan conjunto?

Euge irrumpió de nuevo en la habitación con los brazos en jarras y el pelo largo apuntando a todas partes menos hacia abajo y me lanzó una mirada asesina, la misma que mi madrastra solía dirigirme cuando la saludaba al estilo nazi. Una mujer muy susceptible, no se le podía decir nada acerca de su parecido con Hitler.

Suspiré con cara de fastidio.

—¿Vamos a ir a una de esas fiestas en que todo el mundo se disfraza de animales de peluche? Porque esa gente me da grima.

Euge encontró unos pantalones de deporte y me los arrojó junto con una camiseta que proclamaba: «Los ángeles de la muerte son para morirse». Acto seguido, abandonó la habitación con el mismo ímpetu.

—¿Eso es un no? —pregunté al aire.

Aparté el edredón de Betty Boop con un gesto dramático, salí de la cama e intenté acertar a meter los pies en las perneras de los pantalones antes de ponerme uno de esos sujetadores de realce de encaje a los que tanto me había aficionado. Mis chicas se merecían todo el sostén que pudiera ofrecerles.

Me di cuenta de que Euge había regresado mientras intentaba ponerme el sujetador, braceando como si tuviera el baile de San Vito, y la miré con aire interrogativo.

—¿Ya están bien sujetas tus doble D? —preguntó, sacudiendo la camiseta y enfundándomela por la cabeza.

A continuación, me arrojó a las manos una chaqueta que no había llevado desde el instituto, recogió del suelo un par de zapatillas de estar por casa y me arrastró por el brazo afuera de la habitación.

Euge era como una mancha de zumo de naranja en unos pantalones blancos: podía ser irritante o graciosa, dependiendo de quién llevara los pantalones. Me calcé las zapatillas con plataforma mientras ella seguía tirando de mí por la escalera y, como pude, conseguí ponerme la chaqueta al tiempo que salía por la puerta del edificio de un empujón. De poco sirvieron mis «Espera», «Ay» o «¡El meñique!». Solo se dignó aflojar la presión que sus dedos ejercían sobre mi brazo cuando le pregunté si llevaba cuchillas en las uñas.

La fría y negra noche nos envolvió de camino al coche. Había transcurrido una semana desde que habíamos resuelto uno de los casos más importantes que jamás se hubieran dado en Buenos Aires (el asesinato de tres abogados en relación con una red de tráfico de personas), tiempo durante el que había estado disfrutando de la calma que suele seguir a la tempestad, una tranquilidad que, por lo visto, estaba a punto de irse al garete.

Toleré los zarandeos de Euge en un esfuerzo por encontrar gracioso su comportamiento errático hasta que (por razones que en esos momentos desconocía) intentó introducirme en el maletero de su Taurus. Dos problemas surgieron en el acto: primero, se me enredó el pelo en el cierre y, segundo, ya había un difunto allí dentro, un fantasma de aspecto monocromático bajo la escasa luz. Me planteé si decirle a Euge que llevaba un fiambre en el maletero, aunque al final decidí que era mejor no hacerlo. 
Su comportamiento era ya lo bastante errático para, encima, añadir un polizón al asunto. Menos mal 
que Euge no podía ver a los muertos. Sin embargo, bajo ningún concepto iba a meterme en el maletero con aquel tipo.

—Para —le pedí, levantando una mano en señal de rendición mientras intentaba desenredar con la otra los largos mechones de pelo castaño que se habían enganchado en el cierre—. ¿No te olvidas de alguien?

Eugenia se quedó plantada, metafóricamente hablando, y me miró con verdadero desconcierto. Estaba graciosa.

Yo no tenía hijos, pero creo que me habría resultado difícil olvidar algo que había tardado treinta y siete horas de dolor insoportable en salir de entre mis piernas. Decidí darle una pista.

—Empieza con «R» y acaba con «ufina».

Euge parpadeó y se quedó dubitativa unos instantes.

Volví a intentarlo.
 
—¿El fruto de tu vientre?
—Ah, Rufi está con su padre. Métete en el maletero.

Me recompuse el pelo como pude y eché un vistazo al interior del compartimiento. El fiambre tenía aspecto de haber sido un sin techo en vida. Estaba tumbado hecho un ovillo, en posición fetal, y no nos prestó la más mínima atención a ninguna de las dos. Cosa que me chocó bastante, teniendo en cuenta que, supuestamente, yo emitía una luz cegadora. Lo del resplandor de un millar de soles y todo eso. Pues no, ni el más mínimo gesto de que se hubiera percatado de mi presencia. Ni un mísero saludo. Nada. Mudo. Como una tumba. Estaba haciendo de pena lo del ángel de la muerte. Decidido: tenía que buscarme una guadaña.

—Esto no va a funcionar —dije, mientras pensaba dónde venderían aperos de labranza—. Además, ¿dónde narices hay que ir a las dos de la madrugada para que yo tenga que viajar en el maletero de un coche?

Euge alargó una mano a través del fiambre, cogió una manta y cerró de golpe.

—De acuerdo, sube atrás, pero no levantes la cabeza y tápate.
—Euge —dije, plantando las manos en sus hombros y obligándola a detenerse—, ¿qué está pasando?

Entonces las vi. Las lágrimas se agolpaban en sus ojos azules. Solo había dos cosas que hicieran llorar a Eugenia: las película de Titanic y que alguien cercano a ella sufriera. El pánico le aceleró la respiración y el miedo empezó a emanar de sus poros como la bruma sobre un lago.

—¿Qué está pasando? —insistí, ahora que por fin me prestaba atención.
—Mi amiga Ana lleva cinco días desaparecida —contestó, tras un suspiro entrecortado.

Me quedé boquiabierta.

—¿Y me lo dices ahora?
—Acabo de enterarme.

Le empezó a temblar el labio y se me encogió el corazón. No me gustaba ver sufrir a mi mejor amiga.

—Sube —le ordené sin brusquedad. Le quité las llaves y ocupé el asiento del conductor mientras ella rodeaba el coche y se sentaba en el del acompañante—. Venga, explícame qué ha ocurrido.

Cerró la puerta y se secó los ojos húmedos antes de decidirse a hablar.

—Cande me llamó la semana pasada. Parecía muy asustada y me hizo un millón de preguntas sobre ti.
—¿Sobre mí? —repetí, sorprendida.
—Quería saber si tú podrías... hacerla desaparecer.

Estaba escrito que aquello traería problemas. En mayúsculas. Y negrita. Rechiné los dientes. La última vez que había intentado echar una mano a alguien para ayudarlo a desaparecer, y de eso no hacía ni una semana, la cosa no podría haber acabado peor de lo que lo hizo.

—Le aseguré que no importaba qué problema tuviera, que tú la ayudarías.

Todo un detalle por su parte, aunque por desgracia exageraba.

—¿Por qué no me dijiste que había llamado? —pregunté.
—Estabas en medio de un caso con tu tío, alguien parecía empeñado en matarte y dabas la impresión de estar muy ocupada.

No podía negarle algo de razón. Cierto, alguien se había empeñado en matarme. En más de una ocasión. Aunque menos mal que no se había salido con la suya, porque en esos momentos podría estar muerta allí sentada.

—Dijo que vendría para hablar contigo en persona, pero no se ha presentado. Y hace un rato he recibido este mensaje.

Me tendió el teléfono.

Eugenia, por favor, reúnete conmigo en nuestra cafetería en cuanto recibas este mensaje. Ven sola. A.

—Ni siquiera sabía que había desaparecido.
—¿Tenéis una cafetería? —pregunté.
—¿Cómo es posible que no lo supiera?

Reprimió un sollozo, acongojada.

—Espera, ¿cómo sabes que ha desaparecido?
—La llamé al móvil en cuanto recibí el mensaje, pero no respondió, así que probé en su casa. 

Respondió su marido.

—Bueno, supongo que él sí lo sabría.
—Se quedó a cuadros. Quiso saber qué estaba ocurriendo y dónde estaba su mujer, pero el mensaje decía que fuera sola, así que le aseguré que lo llamaría en cuanto supiera algo. —Se mordió el labio—. No puede decirse que le sentara demasiado bien.
—Me lo figuro. No existen muchas razones por las que una mujer desee desaparecer.

Euge me miró con un parpadeo, desconcertada, hasta que hizo una inspiración tan repentina y profunda que le provocó un acceso de tos.

—Oh, no, no es eso —dijo, cuando se recuperó—. Ana es muy feliz en su matrimonio. Lucas besa el suelo que ella pisa.
—Eugenia, ¿estás segura? Es decir...
—Completamente segura. Créeme, si alguien salía malparado en esa relación, era la cuenta corriente de Lucas. No sabes cómo adora a esa mujer. Y a los niños.
—¿Tienen hijos?
—Sí, dos —contestó Cookie, con mayor abatimiento.

Decidí que era mejor no seguir discutiendo sobre la existencia de posibles maltratos hasta que supiera algo más.

—Entonces, no tenía ni idea de dónde podía estar.
—Ni la más mínima.
—Y ¿ella no te explicó qué ocurría? ¿No te dijo por qué quería desaparecer?
—No, pero estaba asustada.
—Bueno, con un poco de suerte pronto tendremos alguna respuesta.

Encendí el motor y conduje hasta el Starbucks, del que Euge no era dueña, por desgracia.

Nada más entrar en el aparcamiento, buscamos un lugar oscuro desde el que poder observar lo que ocurría a nuestro alrededor sin que nadie nos viera. No sabía cómo se tomaría Ana mi presencia, sobre todo después de haberle dicho a Euge que fuera sola. Hice una lista mental basada en lo poco que sabía sobre quién podría ir tras ella, y su marido la encabezaba. Las estadísticas existían por algo.

—¿Por qué no esperas aquí? —preguntó Eugenia, alargando la mano hacia la manilla de la puerta.
—Porque queda mucho papeleo por hacer en la oficina y los papeles no se archivan solos, guapita. 

No pienso arriesgarme a perderte.

Se volvió hacia mí.

—Lali, no pasa nada. No va a atacarme ni nada por el estilo. Es decir, no soy tú. La gente no suele ir por ahí abalanzándose sobre mí con intención de matarme un día sí y otro también.
—¡No me digas! —contesté, haciéndome la ofendida—. Sin embargo, puede que quienquiera que vaya tras ella no lo tenga tan claro. Yo también voy. Lo siento, cariño.

Me apeé del coche y le lancé las llaves cuando salió. Tras echar un nuevo vistazo al aparcamiento medio desierto, nos dirigimos a la cafetería con toda tranquilidad, ligeramente cohibida por mis zapatillas de plataforma.

—¿La ves? —pregunté.

No tenía ni idea de cómo era.

Euge paseó la mirada por el establecimiento. Había exactamente dos personas: un hombre y una mujer. No me extrañaba que hubiera tan poco movimiento teniendo en cuenta la hora que era. El hombre iba ataviado con sombrero de fieltro y gabardina y tenía el aspecto de un astro del cine de los años cuarenta, mientras que la mujer parecía una buscona después de una dura noche de trabajo. En cualquier caso, ninguno de los dos contaba puesto que ambos estaban muertos. El hombre se fijó en mí de inmediato. Maldito brillo cegador. La mujer ni siquiera se volvió.

—Pues claro que no —contestó Euge—. ¿A quién quieres que vea, si aquí no hay nadie? ¿Dónde se habrá metido? Tal vez he tardado demasiado en venir. Tal vez no tendría que haber llamado a su marido o haberme entretenido sacando tu culo esmirriado de la cama.
 —¿Disculpa?
—Ay, Dios, esto no es buena señal. Lo sé. Tengo un pálpito.
—Eugenia, tienes que tranquilizarte. Te lo digo en serio. Investiguemos un poco antes de llamar a la policia, ¿de acuerdo?
—De acuerdo. Entendido.

Se llevó una mano al pecho e hizo lo que pudo para serenarse.

—¿Estás bien? —pregunté, incapaz de resistirme a la tentación de tomarle el pelo, solo un poquito—. ¿Necesitas un ansiolítico?
—No, estoy bien —contestó, poniendo en práctica las técnicas de respiración que habíamos aprendido mientras veíamos documentales de partos bajo el agua—. Tonta del culo.

Aquello había estado fuera de lugar.

—Hablando de mi culo, tenemos que charlar largo y tendido sobre la impresión que tienes de mi trasero. —Nos dirigimos hacia la barra—. ¿Esmirriado? ¿Lo dices en serio? —La cafetería de ambiente retro estaba decorada con taburetes de color turquesa y encimeras rosas. La camarera, cuyo uniforme hacía juego con los taburetes, se acercó sin prisa—. Que sepas...
—Ya estoy aquí.

Me volví hacia la mujer y sonreí. En su identificación se leía «Norma».

—¿Os apetece un café, guapas?

Euge y yo nos miramos. Era como preguntarle al sol si le apetecía brillar. Ocupamos nuestros respectivos taburetes junto a la barra y asentimos como dos muñequitos de cabezas bamboleantes sobre el salpicadero de una furgoneta Volkswagen. Y nos había llamado guapas, lo que era de agradecer.

—Pues entonces estáis de suerte —dijo, con una sonrisa—, porque resulta que hago el mejor café a este lado del río Grande.

Fue entonces cuando me enamoré. Un poquitín.

—En realidad estamos buscando a alguien —dije, intentando no babear cuando el delicioso aroma invadió mi nariz—. ¿Hace mucho que has empezado el turno?

Terminó de servirnos y dejó la cafetera a un lado.

—Santo cielo —dijo, parpadeando sorprendida—, tienes los ojos más bonitos que haya visto nunca. Son de color...
—Dorado —acabé la frase, sonriéndole—. Suelen decírmelo. —Por lo visto, no era un color demasiado común y ciertamente despertaban bastantes comentarios espontáneos— Decías que...
—Ah, no, hace poco que he empezado el turno, sois mis primeras clientas, pero el cocinero lleva aquí toda la noche. Tal vez él pueda ayudaros. ¡Brad! —lo llamó, como solo sabían hacerlo las camareras.

Brad se asomó a la ventanilla que Norma tenía a la espalda y que comunicaba con la cocina. Esperaba encontrarme un tipo mayor y desaliñado, con una cara que pidiera a gritos un afeitado y, sin embargo, me topé con un chaval de mirada traviesa que no aparentaba tener más de diecinueve años y que esbozaba la típica sonrisita pícara de los jóvenes mientras repasaba de arriba abajo a la camarera, quien le sacaba unos cuantos años.

—¿Me has llamado? —preguntó, en tono seductor.

La mujer puso los ojos en blanco y lo reprendió con la mirada.

—Estas señoras andan buscando a alguien.

El joven se volvió hacia mí y no puede decirse que su expresión disimulara precisamente su repentino interés.

—Bueno, pues gracias a Dios ya me han encontrado.

Por favor. Intenté reprimir la risa para no darle alas.

—¿Has visto a una mujer blanca, de unos treinta y tantos, de pelo largo y negro? —preguntó Euge, yendo al grano.

El joven enarcó una ceja, como si hubiera dicho algo gracioso.

—Todas las noches, señora. Tendrá que ser un poco más específica.
—¿Tienes una foto? —le pregunté a Euge, quien me miró desanimada.
—No pensé en ello. Debo de tener alguna en casa, estoy segura. ¿Cómo es que ni siquiera se me ha ocurrido?
—Ahora no empieces a flagelarte. —Me volví hacia el chico—. ¿Te importaría decirme cómo te llamas y darme tu número de teléfono? —le pregunté—. Y el de la camarera del turno anterior —añadí, mirando a Norma, quien ladeó la cabeza, dubitativa.
—Creo que prefiero hablar primero con ella antes de darte esa información, guapa.

Por lo general, suelo llevar la licencia de detective privado de las de verdad y plastificada con que deslumbrar a la gente para tirarles de la lengua, pero Euge me había arrastrado afuera de mi piso con tantas prisas que no me había acordado de llevármela. Me repateaba el estómago no poder impresionar a la gente.

—Ya te digo yo cómo se llama la camarera —dijo el chico con un brillo malicioso en la mirada—. Se llama Izzy. Su número está en el lavabo de hombres, segundo compartimiento, justo debajo de un poema conmovedor sobre la tragedia de los tíos gordos con tetas.

Aquel chaval se había equivocado de profesión.

—Un tío con pechos es una desgracia. ¿Qué te parece si vuelvo mañana por la noche? ¿Estarás aquí?

El chico abrió los brazos para abarcar toda la cafetería.

—Esto es un sueño hecho realidad, nena. No me saltaría un día por nada del mundo.

Dediqué unos minutos a estudiar el entorno. La cafetería estaba ubicada en la esquina de un cruce bastante transitado, en pleno centro de la ciudad. O debía de estar bastante transitado en horas de trabajo. El astro del cine clásico muerto con sombrero seguía mirándome y yo seguía ignorándolo. No era momento de ponerse a charlar con un tipo que solo podía ver yo. Tras varios largos y deliciosos sorbos de uno de los mejores cafés que había probado en toda mi vida (Norma no mentía), me volví hacia Eugenia.

—Vamos a echar un vistazo.

Casi se atraganta.

—Claro. Ni se me había ocurrido. Echar un vistazo. Sabía que te había traído por algo. Se levantó del taburete de un salto y, bueno, echó un vistazo a su alrededor. Tuve que hacer un gran esfuerzo para no echarme a reír.
—¿Qué te parece si miramos en los lavabos, Magnum? —propuse, antes de que empezara a flaquearme la voluntad.
—De acuerdo —contestó, dirigiéndose muy decidida al almacén.

En fin, también podíamos empezar por ahí.

Poco después entrábamos en el lavabo de señoras. Por fortuna, Norma se había limitado a enarcar las cejas cuando empezamos a registrar el lugar. Puede que hubiera gente a quien le hubiera molestado, sobre todo cuando miramos en el de hombres, ya que estaba destinado principalmente a los hombres, pero Norma era de las que siempre estaban dispuestas a colaborar.

Se dedicó a rellenar los azucareros mientras nos vigilaba con el rabillo del ojo. Sin embargo, después de un registro exhaustivo del lugar, comprendimos que Elvis no estaba en el edificio. Ni la amiga de Euge.

—¿Por qué no está aquí? —preguntó—. ¿Qué crees que ha ocurrido?

Estaba empezando a dejarse llevar por el pánico una vez más.

—Mira, está escrito.
 —¡Cómo puedes decir eso! —gritó, completamente fuera de sí.
—Chilla más, que todavía no estoy sorda.
—No soy como tú. No pienso igual que tú, no tengo tus dones —protestó, agitando los brazos—. Si no sé investigar en público, menos sabré hacerlo en privado. Una amiga me pide ayuda y yo ni siquiera sé seguir la única y sencilla indicación que me da, no sé... Bla-bla-bla.

Estuve tentada de abofetearla mientras estudiaba la inscripción reciente y clara que decoraba una de las paredes del lavabo de señoras, pero Euge había cogido carrerilla. No quise interrumpirla.

Al cabo de un rato, se detuvo sin intervención por mi parte y miró la pared.

—Ah, querías decir literalmente —musitó, avergonzada.
—¿Sabes quién es Estefania Lordi? —pregunté.

Aquel nombre estaba escrito con una letra demasiado cuidada para tratarse del acto vandálico de un adolescente. Debajo se leía «Hana L2-S3-R27», anotado con la misma pulcritud. No era una pintada, era un mensaje. Arranqué un trocito de papel de váter y le pedí un bolígrafo a Euge para copiarlo.

—No, no conozco a ninguna Estefania —aseguró—. ¿Crees que fue Ana quien escribió eso?

Miré en la papelera y saqué un paquete de rotuladores permanentes recién abierto.

—Creo que tiene todos los puntos.
—Pero ¿por qué iba a decirme que me reuniera con ella aquí si pretendía dejarme algo escrito en la pared? ¿Por qué no me envió un mensaje?—No lo sé, cielo. —Arranqué otro trozo de papel para volver a rebuscar en la papelera, pero no encontré nada interesante—. Sospecho que tenía la intención de esperarte aquí y que algo o alguien la hizo cambiar de opinión.
—Ay, cielos. Entonces ¿ahora qué hacemos? —preguntó Eugenia, que había vuelto a caer presa del pánico—. ¿Qué hacemos, eh, qué hacemos?
—Primero, dejaremos de repetirnos —contesté, lavándome las manos—. Parecemos tontas.
—De acuerdo. —Asintió—. Lo siento.
—Luego, tú reunirás toda la información que encuentres sobre la empresa para la que Ana trabaja. Quiénes son los dueños, los administradores, los jefazos... Los planos del edificio... por si los necesitáramos. Y mira qué puedes averiguar sobre ese nombre —añadí, señalando a mi espalda lo que había escrito en la pared.

Cande paseó rápidamente la vista por el suelo, tan concentrada que casi podía ver los engranajes girando en su cabeza mientras sus pensamientos tomaban miles de direcciones distintas y se colgaba el bolso del hombro.

—Llamaré al tío Nico cuando empiece su turno y averiguaré a quién le han asignado el caso de Candela. —El tío Nicolas era hermano de mi padre y uno de los inspectores del Departamento de Policía de Buenos Aires, como mi padre lo había sido en su día. Mi trabajo con él como asesora de dicho departamento representaba gran parte de mis ingresos. Había resuelto muchos casos para aquel hombre, igual que para mi padre antes que él. Era más fácil solucionar crímenes cuando podías preguntarle al difunto quién le había dado el pasaporte—. No estoy segura de quien lleva lo de desaparecidos en la comisaría. Y también tendremos que hablar con el marido. ¿Cómo se llamaba?
—Lucas —contestó, siguiéndome afuera.

Hice una lista mental mientras salíamos de los lavabos. Después de pagar nuestra consumición, le dirigí una sonrisa a Brad y me encaminé a la puerta. Por desgracia, un hombre fuera de sí que empuñaba una pistola nos hizo volver a entrar a empujones. Seguramente sería demasiado pedir que solo se hubiera pasado por allí para robar.

Euge se detuvo en seco detrás de mí y ahogó un grito.

—Lucas —musitó, sin dar crédito a sus ojos.
—¿Está aquí? —preguntó el hombre, con el semblante, de expresión habitualmente benévola, crispado por la rabia y el miedo.

Hasta al poli más duro le tiemblan las piernas cuando se encuentra al otro lado de un calibre treinta y ocho de cañón corto; sin embargo, estaba demostrado que Euge tenía menos sentido común que una ardilla.

—Lucas Heredia—dijo, dándole un palmetazo en la coronilla.
—¡Ay!

El hombre se frotó la cabeza y Eugenia aprovechó para quitarle el revólver y metérselo en el bolso.

—¿Es que quieres matar a alguien? —El hombre se encogió de hombros, como un niño reprendido por su tía preferida—. ¿Qué haces aquí?
—Fui a tu apartamento después de que llamaras. Luego te seguí hasta aquí y esperé a ver si Ana salía, pero como no pasaba nada, decidí entrar.

Iba bastante desaliñado y daba la impresión de no haber probado bocado en varios días, muerto de angustia. Además, parecía tan culpable de la desaparición de su mujer como yo. Sabía interpretar las emociones de los demás como nadie y aquel tipo destilaba inocencia a raudales. Se sentía mal por algo, pero no tenía nada que ver con un acto criminal. Lo más probable era que se creyera culpable de haber ofendido a su mujer de algún modo y que eso hubiera provocado su huida. Ignoraba qué le había ocurrido a Ana, pero tenía serias dudas de que él tuviera algo que ver en el asunto.

—Vamos —dije, acompañándolos al interior de la cafetería—. Brad —llamé.

El joven asomó la cabeza por la ventanilla que comunicaba con la cocina con una sonrisilla maliciosa en el rostro.

—¿Ya me echabas de menos?
—Demuéstranos lo que vales, guapo.

Brad enarcó las cejas, dejando claro que aceptaba el reto, e hizo girar la espátula entre los dedos como el batería de un grupo de rock.

—Mira y aprende —contestó antes de retroceder hacia la cocina y arremangarse.

Aquel chico iba a romper más corazones de los que imaginaba. Me estremecí al pensar en la escabechina que se avecinaba.

Tres burritos «mucho grande» y siete tazas de café después (mías solo cuatro) estaba sentada junto a un hombre tan acosado por las dudas y la preocupación que mis sinapsis estaban apostando cuánto tiempo conseguiría mantener el desayuno en el estómago el marido de Ana. El pobre no tenía las de ganar.

Había estado comentándonos el extraño comportamiento que había apreciado recientemente en su mujer.

—¿Cuándo notó ese cambio tan drástico? —quise saber, siendo esa mi centésima duodécima pregunta, una más, una menos.
 —No sé. Vivo en la inopia. A veces no sé si me daría cuenta si mis hijos se prendieran fuego. Yo diría que unas tres semanas.
—Hablando de sus hijos —dije, levantando la vista—, ¿dónde están?
—¿Qué? —contestó, volviéndose hacia mí—. Ah, con mi hermana.

Un punto positivo. Aquel tipo era un desastre. Gracias a Norma, había pasado de tomar notas en las servilletas a tomar notas en una libreta de pedidos.

—¿Y su mujer no le ha dicho nada? ¿No le ha preguntado nada que le pareciera extraño? ¿No le ha comentado si le preocupaba algo o si creía que alguien la seguía?
—Estaba guisando una cadera y se le quemó —respondió, animándose ligeramente al ver que al menos tenía respuesta para algo—. Después de aquello, todo se fue al garete.
—Entonces, se toma la cocina muy en serio.

Asintió, aunque acto seguido negó con la cabeza.

—No, no era eso lo que quería decir. A ella nunca se le quema nada. Y menos aún las caderas.

Euge me pellizcó por debajo de la mesa al ver que sopesaba si echarme a reír o reprimirme. La fulminé por el rabillo del ojo y recuperé mi expresión preocupada y comprensiva.

—Es una detective profesional, ¿verdad? —quiso saber Agustin.

Lo miré con recelo.

—Defina profesional. —Al ver que no contestaba y seguía concentrado en mí, como sumido en sus pensamientos, añadí—: No, ahora en serio, no soy como los demás detectives privados que andan por ahí. No tengo ética, ni código de conducta, ni me van los limpiadores de pistolas.
 —Me gustaría contratarla —dijo, sin dejarse impresionar por mi confesión sobre los limpiadores.

Ya había decidido aceptar el trabajito por Eugenia (sobre todo teniendo en cuenta que, con lo que le pagaba, apenas le llegaba para comprar comida de verdad), pero el dinero me vendría muy bien cuando aparecieran los acreedores.

—Soy muy cara —le advertí, con la esperanza de que hubiera sonado un poco a fulana de taberna.

Él se inclinó hacia delante.

—Soy rico.

Miré a Euge de reojo en busca de confirmación y esta enarcó las cejas y asintió con un gesto.

—Ah. Bueno, entonces creo que podemos hablar de negocios. Un momento —dije, mientras mis pensamientos se agolpaban en mi cabeza—, ¿cómo de rico?
—Suficiente, diría yo.

Si sus respuestas se volvían más imprecisas, acabarían por parecerse a la comida que servían en los comedores de los colegios.

—Vamos a ver, ¿alguien le ha pedido dinero hace poco?
—Solo mi primo Harry, pero él siempre anda pidiéndome dinero.

Tal vez el primo Harry estaba más desesperado de lo habitual. O más envalentonado. Anoté la información sobre Harry.

—¿Se le ocurre algo más? —pregunté a continuación—. ¿Algo que pudiera explicar el comportamiento de su mujer?
—La verdad es que no —contestó, después de tenderle la tarjeta de crédito a Norma.

Ni Euge ni yo teníamos para pagar los cafés adicionales que nos habíamos tomado, ni qué decir de los «mucho grandes», y teniendo en cuenta que dudaba de que aceptaran las zapatillas de conejito como paga y señal...

—Señor Heredia —dije, poniéndome seria—, debo confesarle algo: soy una experta juzgando a la gente y, no se ofenda, pero usted me oculta algo.

Se mordió los labios con cargo de conciencia y el remordimiento empezó a rezumar por todos los poros de su piel. No tanto del tipo he-matado-a-mi-mujer-y-he-enterrado-su-cadáver-en-el-patio-trasero, sino más bien del tipo sé-algo-pero-no-quiero-decirlo.

De pronto, lanzó un hondo suspiro y hundió la cabeza en las manos.

—Creía que tenía una aventura.

Bingo.

—Bueno, algo es algo. ¿Podría decirme por qué creía tal cosa?

Demasiado exhausto para el esfuerzo que el gesto requería, tan solo logró encogerse ligeramente de hombros.

—Por su forma de comportarse. La notaba muy distante. Se lo pregunté directamente y se echó a reír, me dijo que no había más hombres en su vida porque no estaba dispuesta a aguantar a otro más.

En el gran orden universal de las cosas, para él era lógico sospechar que lo engañaba con otro, teniendo en cuenta lo mucho que Ana había cambiado, según él.

—Ah, y hace poco que murió una amiga suya —dijo, como si acabara de caer en ello. Arrugó la frente, tratando de recordar los detalles—. Lo había olvidado por completo. Ana dijo que la habían asesinado.
 —¿Asesinado? ¿Cómo? —pregunté.
—Lo siento, pero no lo recuerdo.

Otra vaharada de remordimiento salió expedida de su cuerpo.

—¿Eran íntimas?
—Pues esa es la cosa. Iban juntas al instituto, pero no habían vuelto a verse desde entonces. Ana ni siquiera me había hablado de ella hasta que se enteró de que había muerto; por eso me sorprendió lo mucho que le afectó la noticia. Estaba destrozada, pero aun así...
—¿Aun así...? —repetí, animándolo a seguir al ver que volvía a abstraerse en sí mismo. No iba a parar ahora que aquello se ponía interesante.
—No sé. Estaba hecha trizas, aunque no parecía demasiado apenada por haber perdido a su amiga. Era otra cosa. —Movió la mandíbula como si fuera a decir algo mientras revolvía en su memoria—. En aquel momento no le di demasiada importancia, pero, para ser sinceros, no parecía sorprendida de que la hubieran asesinado. Le pregunté si quería ir al funeral y, madre de Dios, tendríais que haber visto la cara que puso. Cualquiera habría dicho que le había pedido que ahogara al gato del vecino.
He de reconocer que lo de ahogar al gato del vecino no acababa de darme demasiadas pistas, teniendo en cuenta que a mí no me habría importado hacerlo.
—Entonces ¿se enfadó?

Se volvió hacia mí parpadeando incrédulo y se me quedó mirando. Un buen rato. Tanto, que acabé pasándome la lengua por los dientes para asegurarme de que no se me había quedado nada metido entre ellos.

—Se escandalizó —contestó al fin.

Maldita sea, ojalá se hubiera acordado del nombre de la mujer. Y de por qué Ana no se había sorprendido al enterarse de que la habían asesinado. Si algo suele sorprender de la muerte de un allegado es precisamente que lo hayan asesinado.

Hablando de nombres, decidí probar con el que había escrito en la pared del lavabo.

—¿Mencionó Ana alguna vez a una tal Estefania Lordi? —pregunté, tras cerciorarme de que no tenía ningún objeto extraño entre los dientes.
—¡Eso es! —exclamó, sorprendido—. Así se llamaba la amiga de Ana, a la que asesinaron. ¿Cómo lo sabía?

No lo sabía, pero que él lo creyera hizo que pareciera buena.

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