Los ángeles de la muerte son para morirse.
(Camiseta que suele llevar MARIANA ALIAS LALI ESPOSITO, INCOMPARABLE ÁNGEL DE LA MUERTE)
—Lali, espabila, despierta.
Unos dedos provistos de
afiladas uñas se clavaron en mi hombro y se emplearon a fondo para
vencer la bruma somnolienta en que había estado adobándome. Me
zarandearon con suficiente energía para desencadenar un pequeño
terremoto en Oklahoma y, teniendo en cuenta que vivía en Nuevo México,
podríamos decir que tenía un problemilla.
A juzgar por el timbre y
el tono de voz de la intrusa, estaba bastante segura de que la persona
que me importunaba era mi mejor amiga, Euge. Dejé escapar un suspiro,
contrariada, rindiéndome con resignación ante la evidencia de que mi
vida tan solo era una serie de interrupciones y exigencias. Casi siempre
exigencias. Lo más probable es que se debiera a ser el único ángel de
la muerte a este lado de Marte, el único portal por el que los difuntos
podían cruzar al otro lado. Al menos los que no habían cruzado al morir y
se habían quedado en la Tierra. Y eran un montón. Ángel de la muerte de
nacimiento, no recordaba un momento de mi vida en que no hubiera
muertos llamando a la puerta (metafóricamente hablando, ya que los
muertos rara vez llaman a ningún sitio) para pedirme que les echara una
mano con los asuntillos que tenían a medias. Nunca dejaba de asombrarme
la cantidad de difuntos que habían olvidado apagar la estufa.
Casi todos los que
cruzan a través de mí es porque consideran que ya llevan suficiente
tiempo en la Tierra. Aparece el ángel. O sea, moi. El difunto me ve allí
donde esté, ya sea desde la otra punta del mundo, y cruza al otro lado a
través de mí. Por lo que me han dicho, soy una especie de faro que
emite una luz tan brillante como mil soles juntos, una verdadera faena
para el difunto con resaca de Martini.
Me llamo Mariana
Esposito: detective privado, asesora de la policía y no hay quien pueda
conmigo. O no lo habría de haber continuado con las clases de artes
marciales mixtas, aunque solo me apunté para aprender a matar con un
papel. Ah, claro, sí, y no olvidemos lo del ángel de la muerte. Debía
reconocer que ser el ángel de la muerte no estaba tan mal. Tenía un
puñado de amigos por los que mataría (algunos vivos, otros no tanto),
una familia por la que daba gracias de que alguno de sus miembros
siguiera vivo, por otros no tanto, y me hablaba de igual a igual con uno
de los seres más poderosos del universo, Juan Pedro Lanzani, el hijo de
Satán mitad humano, mitad supermodelo.
De ahí que como ángel de
la muerte me entendiera bien con los muertos. Tenían un pésimo sentido
de la oportunidad, de acuerdo, pero no me importaba. Sin embargo, que me
despertara en medio de la noche un ser vivito y coleando que iba a
limarse las uñas a la cuchillería de la ciudad..., eso sí que no tenía
justificación.
Empecé a dar manotazos
como un chico defendiéndose de una chica y continué lanzando palmotadas
al aire cuando la intrusa se dirigió a toda prisa a profanar mi armario.
Estaba visto que Euge había sido elegida en el instituto la Persona Con
Más Probabilidades De Morir De Un Momento A Otro. A pesar del deseo
irrefrenable de fulminarla con la mirada, no conseguí reunir suficiente
valor para abrir los ojos. De todos modos, una luz cruel se filtraba a
través de mis párpados. Tenía un grave problema con la potencia
eléctrica del piso.
—Lali...
Aunque también podía ser
que hubiera muerto. Tal vez la había palmado y flotaba como una pobre
infeliz hacia la luz, como en las películas.
—... no bromeo...
No me sentía
especialmente liviana, pero la experiencia me había enseñado a no
subestimar el escaso sentido de la oportunidad que solía tener la
muerte.
—... De verdad, levántate.
Apreté los dientes y concentré todas mis fuerzas en aferrarme a la Tierra. No... debo... ir... hacia la luz.
—¿Estás escuchándome siquiera?
La voz de Euge sonaba
amortiguada mientras revolvía en mis efectos personales. Tenía mucha
suerte de que el instinto asesino no se hubiera apoderado de mí y le
hubiera pateado el trasero, sino en esos momentos solo quedaría una
mujer rota, destrozada, un guiñapo tirado en el suelo. Gimiendo de
dolor. Con algún que otro espasmo incontrolable.
—¡Lali, por amor de Dios!
La oscuridad me envolvió
de pronto cuando una prenda me abofeteó la cara. Un gesto completamente
gratuito que muy bien podría haberse ahorrado.
—Lo mismo te digo —contesté medio grogui, quitándome de encima la pila de ropa cada vez mayor—. ¿Qué haces?
—Vestirte.
—Estoy todo lo vestida
que tengo que estar a las... —Le eché un vistazo a los dígitos que
relucían sobre la mesita de noche—. Dos de la madrugada. Maldita sea,
esto no irá en serio.
—Muy en serio.
Me tiró algo más. Aunque con la puntería que tenía, la lamparita salió volando por los aires. La pantalla aterrizó a mis pies.
—Ponte eso.
—¿La pantalla?
Pero se había ido. Qué
raro. Se había precipitado hacia la puerta y había dejado tras ella una
estela de inquietante silencio. Ese silencio que te cierra los párpados y
vuelve tu respiración rítmica, profunda y acompasada.
—¡Lali!
Casi me muero del susto
al oír el alarido de Eugenia y acabo en el suelo del respingo. ¡La madre
del cordero, menudo par de pulmones! Me había chillado desde su piso,
al otro lado del pasillo.
—¡Vas a despertar a los muertos! —contesté a voz en grito.
No me entendía bien con los muertos a las dos de la madrugada. ¿Y quién sí?
—Voy a hacer más que eso si no sacas el culo de la cama inmediatamente.
Para ser mi mejor amiga-barra-vecina-barra-recepcionista-barra-ganga, a Euge estaban subiéndosele
los humos. Nos habíamos instalado en nuestros respectivos
pisos, que daban puerta con puerta a ambos lados del rellano, hacía tres
años. Yo acababa de salir del Cuerpo de Paz y ella acababa de salir del
juzgado con su divorcio y una criatura a cuestas. Éramos como esa gente
que, sin haberse visto nuca, parece conocerse de toda la vida. Cuando
abrí el despacho de detective privado, se ofreció a atender las llamadas
hasta que encontrara a alguien fijo. Lo demás ya es historia. Desde
entonces, ha sido mi esclava.
Eché un vistazo a las prendas esparcidas por la habitación y recogí un par con cara de extrañeza.
—¿Zapatillas de plataformas y minifalda de cuero? —dije en voz alta—. ¿Las dos cosas? ¿En plan conjunto?
Euge irrumpió de nuevo
en la habitación con los brazos en jarras y el pelo largo apuntando a
todas partes menos hacia abajo y me lanzó una mirada asesina, la misma
que mi madrastra solía dirigirme cuando la saludaba al estilo nazi. Una
mujer muy susceptible, no se le podía decir nada acerca de su parecido
con Hitler.
Suspiré con cara de fastidio.
—¿Vamos a ir a una de esas fiestas en que todo el mundo se disfraza de animales de peluche? Porque esa gente me da grima.
Euge encontró unos
pantalones de deporte y me los arrojó junto con una camiseta que
proclamaba: «Los ángeles de la muerte son para morirse». Acto seguido,
abandonó la habitación con el mismo ímpetu.
—¿Eso es un no? —pregunté al aire.
Aparté el edredón de
Betty Boop con un gesto dramático, salí de la cama e intenté acertar a
meter los pies en las perneras de los pantalones antes de ponerme uno de
esos sujetadores de realce de encaje a los que tanto me había
aficionado. Mis chicas se merecían todo el sostén que pudiera
ofrecerles.
Me di cuenta de que Euge
había regresado mientras intentaba ponerme el sujetador, braceando como
si tuviera el baile de San Vito, y la miré con aire interrogativo.
—¿Ya están bien sujetas tus doble D? —preguntó, sacudiendo la camiseta y enfundándomela por la cabeza.
A continuación, me
arrojó a las manos una chaqueta que no había llevado desde el instituto,
recogió del suelo un par de zapatillas de estar por casa y me arrastró
por el brazo afuera de la habitación.
Euge era como una mancha
de zumo de naranja en unos pantalones blancos: podía ser irritante o
graciosa, dependiendo de quién llevara los pantalones. Me calcé las
zapatillas con plataforma mientras ella seguía tirando de mí por la
escalera y, como pude, conseguí ponerme la chaqueta al tiempo que salía
por la puerta del edificio de un empujón. De poco sirvieron mis
«Espera», «Ay» o «¡El meñique!». Solo se dignó aflojar la presión que
sus dedos ejercían sobre mi brazo cuando le pregunté si llevaba
cuchillas en las uñas.
La fría y negra noche
nos envolvió de camino al coche. Había transcurrido una semana desde que
habíamos resuelto uno de los casos más importantes que jamás se
hubieran dado en Buenos Aires (el asesinato de tres abogados en relación
con una red de tráfico de personas), tiempo durante el que había estado
disfrutando de la calma que suele seguir a la tempestad, una
tranquilidad que, por lo visto, estaba a punto de irse al garete.
Toleré los zarandeos de
Euge en un esfuerzo por encontrar gracioso su comportamiento errático
hasta que (por razones que en esos momentos desconocía) intentó
introducirme en el maletero de su Taurus. Dos problemas surgieron en el
acto: primero, se me enredó el pelo en el cierre y, segundo, ya había un
difunto allí dentro, un fantasma de aspecto monocromático bajo la
escasa luz. Me planteé si decirle a Euge que llevaba un fiambre en el
maletero, aunque al final decidí que era mejor no hacerlo.
Su
comportamiento era ya lo bastante errático para, encima, añadir un
polizón al asunto. Menos mal
que Euge no podía ver a los muertos. Sin
embargo, bajo ningún concepto iba a meterme en el maletero con aquel
tipo.
—Para —le pedí,
levantando una mano en señal de rendición mientras intentaba desenredar
con la otra los largos mechones de pelo castaño que se habían enganchado
en el cierre—. ¿No te olvidas de alguien?
Eugenia se quedó plantada, metafóricamente hablando, y me miró con verdadero desconcierto. Estaba graciosa.
Yo no tenía hijos, pero
creo que me habría resultado difícil olvidar algo que había tardado
treinta y siete horas de dolor insoportable en salir de entre mis
piernas. Decidí darle una pista.
—Empieza con «R» y acaba con «ufina».
Euge parpadeó y se quedó dubitativa unos instantes.
Volví a intentarlo.
—¿El fruto de tu vientre?
—Ah, Rufi está con su padre. Métete en el maletero.
Me recompuse el pelo
como pude y eché un vistazo al interior del compartimiento. El fiambre
tenía aspecto de haber sido un sin techo en vida. Estaba tumbado hecho
un ovillo, en posición fetal, y no nos prestó la más mínima atención a
ninguna de las dos. Cosa que me chocó bastante, teniendo en cuenta que,
supuestamente, yo emitía una luz cegadora. Lo del resplandor de un
millar de soles y todo eso. Pues no, ni el más mínimo gesto de que se
hubiera percatado de mi presencia. Ni un mísero saludo. Nada. Mudo. Como
una tumba. Estaba haciendo de pena lo del ángel de la muerte. Decidido:
tenía que buscarme una guadaña.
—Esto no va a funcionar
—dije, mientras pensaba dónde venderían aperos de labranza—. Además,
¿dónde narices hay que ir a las dos de la madrugada para que yo tenga
que viajar en el maletero de un coche?
Euge alargó una mano a través del fiambre, cogió una manta y cerró de golpe.
—De acuerdo, sube atrás, pero no levantes la cabeza y tápate.
—Euge —dije, plantando las manos en sus hombros y obligándola a detenerse—, ¿qué está pasando?
Entonces las vi. Las
lágrimas se agolpaban en sus ojos azules. Solo había dos cosas que
hicieran llorar a Eugenia: las película de Titanic y que alguien cercano
a ella sufriera. El pánico le aceleró la respiración y el miedo empezó a
emanar de sus poros como la bruma sobre un lago.
—¿Qué está pasando? —insistí, ahora que por fin me prestaba atención.
—Mi amiga Ana lleva cinco días desaparecida —contestó, tras un suspiro entrecortado.
Me quedé boquiabierta.
—¿Y me lo dices ahora?
—Acabo de enterarme.
Le empezó a temblar el labio y se me encogió el corazón. No me gustaba ver sufrir a mi mejor amiga.
—Sube —le ordené sin
brusquedad. Le quité las llaves y ocupé el asiento del conductor
mientras ella rodeaba el coche y se sentaba en el del acompañante—.
Venga, explícame qué ha ocurrido.
Cerró la puerta y se secó los ojos húmedos antes de decidirse a hablar.
—Cande me llamó la semana pasada. Parecía muy asustada y me hizo un millón de preguntas sobre ti.
—¿Sobre mí? —repetí, sorprendida.
—Quería saber si tú podrías... hacerla desaparecer.
Estaba escrito que
aquello traería problemas. En mayúsculas. Y negrita. Rechiné los
dientes. La última vez que había intentado echar una mano a alguien para
ayudarlo a desaparecer, y de eso no hacía ni una semana, la cosa no
podría haber acabado peor de lo que lo hizo.
—Le aseguré que no importaba qué problema tuviera, que tú la ayudarías.
Todo un detalle por su parte, aunque por desgracia exageraba.
—¿Por qué no me dijiste que había llamado? —pregunté.
—Estabas en medio de un caso con tu tío, alguien parecía empeñado en matarte y dabas la impresión de estar muy ocupada.
No podía negarle algo de
razón. Cierto, alguien se había empeñado en matarme. En más de una
ocasión. Aunque menos mal que no se había salido con la suya, porque en
esos momentos podría estar muerta allí sentada.
—Dijo que vendría para hablar contigo en persona, pero no se ha presentado. Y hace un rato he recibido este mensaje.
Me tendió el teléfono.
Eugenia, por favor, reúnete conmigo en nuestra cafetería en cuanto recibas este mensaje. Ven sola. A.
—Ni siquiera sabía que había desaparecido.
—¿Tenéis una cafetería? —pregunté.
—¿Cómo es posible que no lo supiera?
Reprimió un sollozo, acongojada.
—Espera, ¿cómo sabes que ha desaparecido?
—La llamé al móvil en cuanto recibí el mensaje, pero no respondió, así que probé en su casa.
Respondió su marido.
—Bueno, supongo que él sí lo sabría.
—Se quedó a cuadros.
Quiso saber qué estaba ocurriendo y dónde estaba su mujer, pero el
mensaje decía que fuera sola, así que le aseguré que lo llamaría en
cuanto supiera algo. —Se mordió el labio—. No puede decirse que le
sentara demasiado bien.
—Me lo figuro. No existen muchas razones por las que una mujer desee desaparecer.
Euge me miró con un
parpadeo, desconcertada, hasta que hizo una inspiración tan repentina y
profunda que le provocó un acceso de tos.
—Oh, no, no es eso —dijo, cuando se recuperó—. Ana es muy feliz en su matrimonio. Lucas besa el suelo que ella pisa.
—Eugenia, ¿estás segura? Es decir...
—Completamente segura.
Créeme, si alguien salía malparado en esa relación, era la cuenta
corriente de Lucas. No sabes cómo adora a esa mujer. Y a los niños.
—¿Tienen hijos?
—Sí, dos —contestó Cookie, con mayor abatimiento.
Decidí que era mejor no seguir discutiendo sobre la existencia de posibles maltratos hasta que supiera algo más.
—Entonces, no tenía ni idea de dónde podía estar.
—Ni la más mínima.
—Y ¿ella no te explicó qué ocurría? ¿No te dijo por qué quería desaparecer?
—No, pero estaba asustada.
—Bueno, con un poco de suerte pronto tendremos alguna respuesta.
Encendí el motor y conduje hasta el Starbucks, del que Euge no era dueña, por desgracia.
Nada más entrar en el
aparcamiento, buscamos un lugar oscuro desde el que poder observar lo
que ocurría a nuestro alrededor sin que nadie nos viera. No sabía cómo
se tomaría Ana mi presencia, sobre todo después de haberle dicho a Euge
que fuera sola. Hice una lista mental basada en lo poco que sabía sobre
quién podría ir tras ella, y su marido la encabezaba. Las estadísticas
existían por algo.
—¿Por qué no esperas aquí? —preguntó Eugenia, alargando la mano hacia la manilla de la puerta.
—Porque queda mucho
papeleo por hacer en la oficina y los papeles no se archivan solos,
guapita.
No pienso arriesgarme a perderte.
Se volvió hacia mí.
—Lali, no pasa nada. No
va a atacarme ni nada por el estilo. Es decir, no soy tú. La gente no
suele ir por ahí abalanzándose sobre mí con intención de matarme un día
sí y otro también.
—¡No me digas!
—contesté, haciéndome la ofendida—. Sin embargo, puede que quienquiera
que vaya tras ella no lo tenga tan claro. Yo también voy. Lo siento,
cariño.
Me apeé del coche y le
lancé las llaves cuando salió. Tras echar un nuevo vistazo al
aparcamiento medio desierto, nos dirigimos a la cafetería con toda
tranquilidad, ligeramente cohibida por mis zapatillas de plataforma.
—¿La ves? —pregunté.
No tenía ni idea de cómo era.
Euge paseó la mirada por
el establecimiento. Había exactamente dos personas: un hombre y una
mujer. No me extrañaba que hubiera tan poco movimiento teniendo en
cuenta la hora que era. El hombre iba ataviado con sombrero de fieltro y
gabardina y tenía el aspecto de un astro del cine de los años cuarenta,
mientras que la mujer parecía una buscona después de una dura noche de
trabajo. En cualquier caso, ninguno de los dos contaba puesto que ambos
estaban muertos. El hombre se fijó en mí de inmediato. Maldito brillo
cegador. La mujer ni siquiera se volvió.
—Pues claro que no
—contestó Euge—. ¿A quién quieres que vea, si aquí no hay nadie? ¿Dónde
se habrá metido? Tal vez he tardado demasiado en venir. Tal vez no
tendría que haber llamado a su marido o haberme entretenido sacando tu
culo esmirriado de la cama.
—¿Disculpa?
—Ay, Dios, esto no es buena señal. Lo sé. Tengo un pálpito.
—Eugenia, tienes que tranquilizarte. Te lo digo en serio. Investiguemos un poco antes de llamar a la policia, ¿de acuerdo?
—De acuerdo. Entendido.
Se llevó una mano al pecho e hizo lo que pudo para serenarse.
—¿Estás bien? —pregunté, incapaz de resistirme a la tentación de tomarle el pelo, solo un poquito—. ¿Necesitas un ansiolítico?
—No, estoy bien
—contestó, poniendo en práctica las técnicas de respiración que habíamos
aprendido mientras veíamos documentales de partos bajo el agua—. Tonta
del culo.
Aquello había estado fuera de lugar.
—Hablando de mi culo,
tenemos que charlar largo y tendido sobre la impresión que tienes de mi
trasero. —Nos dirigimos hacia la barra—. ¿Esmirriado? ¿Lo dices en
serio? —La cafetería de ambiente retro estaba decorada con taburetes de
color turquesa y encimeras rosas. La camarera, cuyo uniforme hacía juego
con los taburetes, se acercó sin prisa—. Que sepas...
—Ya estoy aquí.
Me volví hacia la mujer y sonreí. En su identificación se leía «Norma».
—¿Os apetece un café, guapas?
Euge y yo nos miramos.
Era como preguntarle al sol si le apetecía brillar. Ocupamos nuestros
respectivos taburetes junto a la barra y asentimos como dos muñequitos
de cabezas bamboleantes sobre el salpicadero de una furgoneta
Volkswagen. Y nos había llamado guapas, lo que era de agradecer.
—Pues entonces estáis de suerte —dijo, con una sonrisa—, porque resulta que hago el mejor café a este lado del río Grande.
Fue entonces cuando me enamoré. Un poquitín.
—En realidad estamos
buscando a alguien —dije, intentando no babear cuando el delicioso aroma
invadió mi nariz—. ¿Hace mucho que has empezado el turno?
Terminó de servirnos y dejó la cafetera a un lado.
—Santo cielo —dijo, parpadeando sorprendida—, tienes los ojos más bonitos que haya visto nunca. Son de color...
—Dorado —acabé la frase,
sonriéndole—. Suelen decírmelo. —Por lo visto, no era un color
demasiado común y ciertamente despertaban bastantes comentarios
espontáneos— Decías que...
—Ah, no, hace poco que
he empezado el turno, sois mis primeras clientas, pero el cocinero lleva
aquí toda la noche. Tal vez él pueda ayudaros. ¡Brad! —lo llamó, como
solo sabían hacerlo las camareras.
Brad se asomó a la
ventanilla que Norma tenía a la espalda y que comunicaba con la cocina.
Esperaba encontrarme un tipo mayor y desaliñado, con una cara que
pidiera a gritos un afeitado y, sin embargo, me topé con un chaval de
mirada traviesa que no aparentaba tener más de diecinueve años y que
esbozaba la típica sonrisita pícara de los jóvenes mientras repasaba de
arriba abajo a la camarera, quien le sacaba unos cuantos años.
—¿Me has llamado? —preguntó, en tono seductor.
La mujer puso los ojos en blanco y lo reprendió con la mirada.
—Estas señoras andan buscando a alguien.
El joven se volvió hacia mí y no puede decirse que su expresión disimulara precisamente su repentino interés.
—Bueno, pues gracias a Dios ya me han encontrado.
Por favor. Intenté reprimir la risa para no darle alas.
—¿Has visto a una mujer blanca, de unos treinta y tantos, de pelo largo y negro? —preguntó Euge, yendo al grano.
El joven enarcó una ceja, como si hubiera dicho algo gracioso.
—Todas las noches, señora. Tendrá que ser un poco más específica.
—¿Tienes una foto? —le pregunté a Euge, quien me miró desanimada.
—No pensé en ello. Debo de tener alguna en casa, estoy segura. ¿Cómo es que ni siquiera se me ha ocurrido?
—Ahora no empieces a
flagelarte. —Me volví hacia el chico—. ¿Te importaría decirme cómo te
llamas y darme tu número de teléfono? —le pregunté—. Y el de la camarera
del turno anterior —añadí, mirando a Norma, quien ladeó la cabeza,
dubitativa.
—Creo que prefiero hablar primero con ella antes de darte esa información, guapa.
Por lo general, suelo
llevar la licencia de detective privado de las de verdad y plastificada
con que deslumbrar a la gente para tirarles de la lengua, pero Euge me
había arrastrado afuera de mi piso con tantas prisas que no me había
acordado de llevármela. Me repateaba el estómago no poder impresionar a
la gente.
—Ya te digo yo cómo se
llama la camarera —dijo el chico con un brillo malicioso en la mirada—.
Se llama Izzy. Su número está en el lavabo de hombres, segundo
compartimiento, justo debajo de un poema conmovedor sobre la tragedia de
los tíos gordos con tetas.
Aquel chaval se había equivocado de profesión.
—Un tío con pechos es una desgracia. ¿Qué te parece si vuelvo mañana por la noche? ¿Estarás aquí?
El chico abrió los brazos para abarcar toda la cafetería.
—Esto es un sueño hecho realidad, nena. No me saltaría un día por nada del mundo.
Dediqué unos minutos a
estudiar el entorno. La cafetería estaba ubicada en la esquina de un
cruce bastante transitado, en pleno centro de la ciudad. O debía de
estar bastante transitado en horas de trabajo. El astro del cine clásico
muerto con sombrero seguía mirándome y yo seguía ignorándolo. No era
momento de ponerse a charlar con un tipo que solo podía ver yo. Tras
varios largos y deliciosos sorbos de uno de los mejores cafés que había
probado en toda mi vida (Norma no mentía), me volví hacia Eugenia.
—Vamos a echar un vistazo.
Casi se atraganta.
—Claro. Ni se me había
ocurrido. Echar un vistazo. Sabía que te había traído por algo. Se
levantó del taburete de un salto y, bueno, echó un vistazo a su
alrededor. Tuve que hacer un gran esfuerzo para no echarme a reír.
—¿Qué te parece si miramos en los lavabos, Magnum? —propuse, antes de que empezara a flaquearme la voluntad.
—De acuerdo —contestó, dirigiéndose muy decidida al almacén.
En fin, también podíamos empezar por ahí.
Poco después entrábamos
en el lavabo de señoras. Por fortuna, Norma se había limitado a enarcar
las cejas cuando empezamos a registrar el lugar. Puede que hubiera gente
a quien le hubiera molestado, sobre todo cuando miramos en el de
hombres, ya que estaba destinado principalmente a los hombres, pero
Norma era de las que siempre estaban dispuestas a colaborar.
Se dedicó a rellenar los
azucareros mientras nos vigilaba con el rabillo del ojo. Sin embargo,
después de un registro exhaustivo del lugar, comprendimos que Elvis no
estaba en el edificio. Ni la amiga de Euge.
—¿Por qué no está aquí? —preguntó—. ¿Qué crees que ha ocurrido?
Estaba empezando a dejarse llevar por el pánico una vez más.
—Mira, está escrito.
—¡Cómo puedes decir eso! —gritó, completamente fuera de sí.
—Chilla más, que todavía no estoy sorda.
—No soy como tú. No
pienso igual que tú, no tengo tus dones —protestó, agitando los brazos—.
Si no sé investigar en público, menos sabré hacerlo en privado. Una
amiga me pide ayuda y yo ni siquiera sé seguir la única y sencilla
indicación que me da, no sé... Bla-bla-bla.
Estuve tentada de
abofetearla mientras estudiaba la inscripción reciente y clara que
decoraba una de las paredes del lavabo de señoras, pero Euge había
cogido carrerilla. No quise interrumpirla.
Al cabo de un rato, se detuvo sin intervención por mi parte y miró la pared.
—Ah, querías decir literalmente —musitó, avergonzada.
—¿Sabes quién es Estefania Lordi? —pregunté.
Aquel nombre estaba
escrito con una letra demasiado cuidada para tratarse del acto vandálico
de un adolescente. Debajo se leía «Hana L2-S3-R27», anotado con la
misma pulcritud. No era una pintada, era un mensaje. Arranqué un trocito
de papel de váter y le pedí un bolígrafo a Euge para copiarlo.
—No, no conozco a ninguna Estefania —aseguró—. ¿Crees que fue Ana quien escribió eso?
Miré en la papelera y saqué un paquete de rotuladores permanentes recién abierto.
—Creo que tiene todos los puntos.
—Pero ¿por qué iba a
decirme que me reuniera con ella aquí si pretendía dejarme algo escrito
en la pared? ¿Por qué no me envió un mensaje?—No lo sé, cielo. —Arranqué
otro trozo de papel para volver a rebuscar en la papelera, pero no
encontré nada interesante—. Sospecho que tenía la intención de esperarte
aquí y que algo o alguien la hizo cambiar de opinión.
—Ay, cielos. Entonces
¿ahora qué hacemos? —preguntó Eugenia, que había vuelto a caer presa del
pánico—. ¿Qué hacemos, eh, qué hacemos?
—Primero, dejaremos de repetirnos —contesté, lavándome las manos—. Parecemos tontas.
—De acuerdo. —Asintió—. Lo siento.
—Luego, tú reunirás toda
la información que encuentres sobre la empresa para la que Ana trabaja.
Quiénes son los dueños, los administradores, los jefazos... Los planos
del edificio... por si los necesitáramos. Y mira qué puedes averiguar
sobre ese nombre —añadí, señalando a mi espalda lo que había escrito en
la pared.
Cande paseó rápidamente
la vista por el suelo, tan concentrada que casi podía ver los engranajes
girando en su cabeza mientras sus pensamientos tomaban miles de
direcciones distintas y se colgaba el bolso del hombro.
—Llamaré al tío Nico
cuando empiece su turno y averiguaré a quién le han asignado el caso de
Candela. —El tío Nicolas era hermano de mi padre y uno de los
inspectores del Departamento de Policía de Buenos Aires, como mi padre
lo había sido en su día. Mi trabajo con él como asesora de dicho
departamento representaba gran parte de mis ingresos. Había resuelto
muchos casos para aquel hombre, igual que para mi padre antes que él.
Era más fácil solucionar crímenes cuando podías preguntarle al difunto
quién le había dado el pasaporte—. No estoy segura de quien lleva lo de
desaparecidos en la comisaría. Y también tendremos que hablar con el
marido. ¿Cómo se llamaba?
—Lucas —contestó, siguiéndome afuera.
Hice una lista mental
mientras salíamos de los lavabos. Después de pagar nuestra consumición,
le dirigí una sonrisa a Brad y me encaminé a la puerta. Por desgracia,
un hombre fuera de sí que empuñaba una pistola nos hizo volver a entrar a
empujones. Seguramente sería demasiado pedir que solo se hubiera pasado
por allí para robar.
Euge se detuvo en seco detrás de mí y ahogó un grito.
—Lucas —musitó, sin dar crédito a sus ojos.
—¿Está aquí? —preguntó el hombre, con el semblante, de expresión habitualmente benévola, crispado por la rabia y el miedo.
Hasta al poli más duro
le tiemblan las piernas cuando se encuentra al otro lado de un calibre
treinta y ocho de cañón corto; sin embargo, estaba demostrado que Euge
tenía menos sentido común que una ardilla.
—Lucas Heredia—dijo, dándole un palmetazo en la coronilla.
—¡Ay!
El hombre se frotó la cabeza y Eugenia aprovechó para quitarle el revólver y metérselo en el bolso.
—¿Es que quieres matar a
alguien? —El hombre se encogió de hombros, como un niño reprendido por
su tía preferida—. ¿Qué haces aquí?
—Fui a tu apartamento
después de que llamaras. Luego te seguí hasta aquí y esperé a ver si Ana
salía, pero como no pasaba nada, decidí entrar.
Iba bastante desaliñado y
daba la impresión de no haber probado bocado en varios días, muerto de
angustia. Además, parecía tan culpable de la desaparición de su mujer
como yo. Sabía interpretar las emociones de los demás como nadie y aquel
tipo destilaba inocencia a raudales. Se sentía mal por algo, pero no
tenía nada que ver con un acto criminal. Lo más probable era que se
creyera culpable de haber ofendido a su mujer de algún modo y que eso
hubiera provocado su huida. Ignoraba qué le había ocurrido a Ana, pero
tenía serias dudas de que él tuviera algo que ver en el asunto.
—Vamos —dije, acompañándolos al interior de la cafetería—. Brad —llamé.
El joven asomó la cabeza por la ventanilla que comunicaba con la cocina con una sonrisilla maliciosa en el rostro.
—¿Ya me echabas de menos?
—Demuéstranos lo que vales, guapo.
Brad enarcó las cejas,
dejando claro que aceptaba el reto, e hizo girar la espátula entre los
dedos como el batería de un grupo de rock.
—Mira y aprende —contestó antes de retroceder hacia la cocina y arremangarse.
Aquel chico iba a romper más corazones de los que imaginaba. Me estremecí al pensar en la escabechina que se avecinaba.
Tres burritos «mucho
grande» y siete tazas de café después (mías solo cuatro) estaba sentada
junto a un hombre tan acosado por las dudas y la preocupación que mis
sinapsis estaban apostando cuánto tiempo conseguiría mantener el
desayuno en el estómago el marido de Ana. El pobre no tenía las de
ganar.
Había estado comentándonos el extraño comportamiento que había apreciado recientemente en su mujer.
—¿Cuándo notó ese cambio tan drástico? —quise saber, siendo esa mi centésima duodécima pregunta, una más, una menos.
—No sé. Vivo en la inopia. A veces no sé si me daría cuenta si mis hijos se prendieran fuego. Yo diría que unas tres semanas.
—Hablando de sus hijos —dije, levantando la vista—, ¿dónde están?
—¿Qué? —contestó, volviéndose hacia mí—. Ah, con mi hermana.
Un punto positivo. Aquel
tipo era un desastre. Gracias a Norma, había pasado de tomar notas en
las servilletas a tomar notas en una libreta de pedidos.
—¿Y su mujer no le ha
dicho nada? ¿No le ha preguntado nada que le pareciera extraño? ¿No le
ha comentado si le preocupaba algo o si creía que alguien la seguía?
—Estaba guisando una
cadera y se le quemó —respondió, animándose ligeramente al ver que al
menos tenía respuesta para algo—. Después de aquello, todo se fue al
garete.
—Entonces, se toma la cocina muy en serio.
Asintió, aunque acto seguido negó con la cabeza.
—No, no era eso lo que quería decir. A ella nunca se le quema nada. Y menos aún las caderas.
Euge me pellizcó por
debajo de la mesa al ver que sopesaba si echarme a reír o reprimirme. La
fulminé por el rabillo del ojo y recuperé mi expresión preocupada y
comprensiva.
—Es una detective profesional, ¿verdad? —quiso saber Agustin.
Lo miré con recelo.
—Defina profesional. —Al
ver que no contestaba y seguía concentrado en mí, como sumido en sus
pensamientos, añadí—: No, ahora en serio, no soy como los demás
detectives privados que andan por ahí. No tengo ética, ni código de
conducta, ni me van los limpiadores de pistolas.
—Me gustaría contratarla —dijo, sin dejarse impresionar por mi confesión sobre los limpiadores.
Ya había decidido
aceptar el trabajito por Eugenia (sobre todo teniendo en cuenta que, con
lo que le pagaba, apenas le llegaba para comprar comida de verdad),
pero el dinero me vendría muy bien cuando aparecieran los acreedores.
—Soy muy cara —le advertí, con la esperanza de que hubiera sonado un poco a fulana de taberna.
Él se inclinó hacia delante.
—Soy rico.
Miré a Euge de reojo en busca de confirmación y esta enarcó las cejas y asintió con un gesto.
—Ah. Bueno, entonces
creo que podemos hablar de negocios. Un momento —dije, mientras mis
pensamientos se agolpaban en mi cabeza—, ¿cómo de rico?
—Suficiente, diría yo.
Si sus respuestas se volvían más imprecisas, acabarían por parecerse a la comida que servían en los comedores de los colegios.
—Vamos a ver, ¿alguien le ha pedido dinero hace poco?
—Solo mi primo Harry, pero él siempre anda pidiéndome dinero.
Tal vez el primo Harry estaba más desesperado de lo habitual. O más envalentonado. Anoté la información sobre Harry.
—¿Se le ocurre algo más? —pregunté a continuación—. ¿Algo que pudiera explicar el comportamiento de su mujer?
—La verdad es que no —contestó, después de tenderle la tarjeta de crédito a Norma.
Ni Euge ni yo teníamos
para pagar los cafés adicionales que nos habíamos tomado, ni qué decir
de los «mucho grandes», y teniendo en cuenta que dudaba de que aceptaran
las zapatillas de conejito como paga y señal...
—Señor Heredia —dije,
poniéndome seria—, debo confesarle algo: soy una experta juzgando a la
gente y, no se ofenda, pero usted me oculta algo.
Se mordió los labios con
cargo de conciencia y el remordimiento empezó a rezumar por todos los
poros de su piel. No tanto del tipo
he-matado-a-mi-mujer-y-he-enterrado-su-cadáver-en-el-patio-trasero, sino
más bien del tipo sé-algo-pero-no-quiero-decirlo.
De pronto, lanzó un hondo suspiro y hundió la cabeza en las manos.
—Creía que tenía una aventura.
Bingo.
—Bueno, algo es algo. ¿Podría decirme por qué creía tal cosa?
Demasiado exhausto para el esfuerzo que el gesto requería, tan solo logró encogerse ligeramente de hombros.
—Por su forma de
comportarse. La notaba muy distante. Se lo pregunté directamente y se
echó a reír, me dijo que no había más hombres en su vida porque no
estaba dispuesta a aguantar a otro más.
En el gran orden
universal de las cosas, para él era lógico sospechar que lo engañaba con
otro, teniendo en cuenta lo mucho que Ana había cambiado, según él.
—Ah, y hace poco que
murió una amiga suya —dijo, como si acabara de caer en ello. Arrugó la
frente, tratando de recordar los detalles—. Lo había olvidado por
completo. Ana dijo que la habían asesinado.
—¿Asesinado? ¿Cómo? —pregunté.
—Lo siento, pero no lo recuerdo.
Otra vaharada de remordimiento salió expedida de su cuerpo.
—¿Eran íntimas?
—Pues esa es la cosa.
Iban juntas al instituto, pero no habían vuelto a verse desde entonces.
Ana ni siquiera me había hablado de ella hasta que se enteró de que
había muerto; por eso me sorprendió lo mucho que le afectó la noticia.
Estaba destrozada, pero aun así...
—¿Aun así...? —repetí,
animándolo a seguir al ver que volvía a abstraerse en sí mismo. No iba a
parar ahora que aquello se ponía interesante.
—No sé. Estaba hecha
trizas, aunque no parecía demasiado apenada por haber perdido a su
amiga. Era otra cosa. —Movió la mandíbula como si fuera a decir algo
mientras revolvía en su memoria—. En aquel momento no le di demasiada
importancia, pero, para ser sinceros, no parecía sorprendida de que la
hubieran asesinado. Le pregunté si quería ir al funeral y, madre de
Dios, tendríais que haber visto la cara que puso. Cualquiera habría
dicho que le había pedido que ahogara al gato del vecino.
He de reconocer que lo
de ahogar al gato del vecino no acababa de darme demasiadas pistas,
teniendo en cuenta que a mí no me habría importado hacerlo.
—Entonces ¿se enfadó?
Se volvió hacia mí
parpadeando incrédulo y se me quedó mirando. Un buen rato. Tanto, que
acabé pasándome la lengua por los dientes para asegurarme de que no se
me había quedado nada metido entre ellos.
—Se escandalizó —contestó al fin.
Maldita sea, ojalá se
hubiera acordado del nombre de la mujer. Y de por qué Ana no se había
sorprendido al enterarse de que la habían asesinado. Si algo suele
sorprender de la muerte de un allegado es precisamente que lo hayan
asesinado.
Hablando de nombres, decidí probar con el que había escrito en la pared del lavabo.
—¿Mencionó Ana alguna
vez a una tal Estefania Lordi? —pregunté, tras cerciorarme de que no
tenía ningún objeto extraño entre los dientes.
—¡Eso es! —exclamó, sorprendido—. Así se llamaba la amiga de Ana, a la que asesinaron. ¿Cómo lo sabía?
No lo sabía, pero que él lo creyera hizo que pareciera buena.
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