jueves, 20 de octubre de 2016

Capitulo 3

Unos grandes pechos conllevan una gran responsabilidad.
(Camiseta)


—Este tarado está para que lo encierren.

Me encontraba en la ducha, el agua salía hirviendo y aun así tenía la piel de gallina, lo que solía ocurrirme cuando a algún muerto le daba por ducharse conmigo. Miré a los ojos vacíos del sin techo del maletero de Eugenia. El pelo, de color aguachirle, le llegaba hasta los hombros, la barba era una maraña apelmazada y tenía unos ojos de color castaño verdoso. Era como un imán para aquellos tipos.

Mi aliento empañaba el aire y el vapor rebotaba contra las paredes de la ducha. Resistí la tentación de alzar la vista hacia los cielos y levantar los brazos lentamente mientras las nubes de vapor se elevaban a nuestro alrededor, pero no habría estado mal fingir que era una diosa del mar. Incluso podría haber cantado un poco de ópera para darle mayor efectismo.

—¿Vienes mucho por aquí? —acabé preguntándole, aunque fui la única a quien le hizo gracia. Suficiente, por otro lado.

Al ver que no respondía, comprobé su grado de lucidez dándole unos golpecitos en el pecho con el dedo. La punta tocó su abrigo hecho jirones, para mí tan sólido como las paredes de la ducha que nos rodeaban, pero las gotas que resbalaban por mi dedo lo atravesaron y se estrellaron contra el suelo junto con las demás. Mis impertinencias no provocaron ninguna reacción. Su mirada vacía me traspasaba. Aquello era muy raro. Me había parecido bastante cuerdo cuando lo vi ovillado en el maletero de Eugenia.

A regañadientes, incliné la cabeza hacia atrás para aclararme el pelo, aunque manteniendo los ojos bien abiertos, viendo cómo me miraba. O lo que fuera que hiciera.

—¿Has tenido alguna vez uno de esos días que empiezas atiborrándote de fibra como un loco y a partir de ahí todo va cuesta abajo?

Fiel al arquetipo de chalado taciturno, no contestó. Me pregunté cuánto tiempo llevaría muerto. Tal vez hacía tanto que vagaba por la Tierra que había perdido la chaveta. Lo había visto en una peli. Claro que, si ya era un sin techo cuando falleció, puede que la locura hubiera sido un factor determinante en su vida.

Levantó la vista cuando cerré el agua. Yo hice otro tanto. Básicamente porque él lo había hecho.

—¿Qué ocurre, grandullón?

Cuando volví a mirarlo, se había ido. Había desaparecido como acostumbran hacerlo los difuntos. Sin un adiós. Sin un hasta la vista.

—Suerte, campeón.

Malditos muertos.

Aparté la cortina para coger una toalla cuando me percaté de que unas gotas de color rojo intenso resbalaban por mi brazo. Levanté la vista hacia el techo y descubrí un círculo rojo oscuro cada vez mayor, como el charco que se esparce si uno se desangra. No me dio tiempo ni a blasfemar cuando alguien lo atravesó. Alguien grande. Y pesado. Que aterrizó de lleno sobre mí.

Caímos al suelo de la ducha, hechos un ovillo. Por desgracia, acabé aplastada bajo una persona que parecía hecha de acero puro, aunque hubo algo que reconocí de inmediato: el calor que desprendía, su sello de identidad, el heraldo que anuncia su llegada. Conseguí salir de debajo de uno de los seres más poderosos del universo, Peter Lanzani, y descubrí que estaba cubierta de sangre de los pies a la cabeza. De su sangre.

—Peter —lo llamé, preocupada. Estaba inconsciente e iba vestido con una camiseta y unos vaqueros empapados de sangre—. Peter —insistí, sosteniéndole la cabeza entre las manos.

Tenía el pelo mojado. Unos enormes arañazos le atravesaban el rostro y el cuello, como si lo hubieran atacado a zarpazos, pero la mayor parte de la sangre procedía de las heridas, profundas y mortales, del pecho, la espalda y los brazos. Había estado defendiéndose, pero ¿de qué?

El corazón pugnaba por salírseme del pecho.

—Peter, por favor —musité.

Le di unas palmaditas en la cara y sus pestañas, teñidas de rojo oscuro, se agitaron. Un instante después, recuperó la conciencia. Lanzó un gruñido y la capa negra se materializó a su alrededor, a nuestro alrededor. Acto seguido, una mano salió disparada hacia mi cuello, sobre el que se cerró. En el tiempo que tardó mi corazón en recuperar el latido, me encontré arrojada contra la pared de la ducha, con una hoja reluciente y extremadamente afilada ante mi cara.

—Peter —dije con un hilo de voz, empezando a perder la consciencia a causa de la presión precisa y exacta que ejercían sus dedos alrededor de mi cuello.

Su rostro se desdibujó y lo vi todo negro. De pronto, su cara desapareció bajo la negra y ondulante capa, una prolongación de él mismo que protegía su identidad incluso de mí. Todo a mi alrededor se volvió borroso y comenzó a dar vueltas. A pesar de la brida de acero que me asfixiaba, intenté zafarme, pero por mucha resistencia que creí oponer, tuve la sensación de que las piernas me flaqueaban casi de inmediato, demasiado débiles para sostenerme en pie.

Acabé comprimida entre su pecho y la pared al tiempo que me sobrevenía un lento eclipse total. Oí su voz, que se ovilló a mi alrededor como una columna de humo envolvente.

—Aléjate del animal herido.

Acto seguido, desapareció y la gravedad reclamó su lugar. Me desplomé una vez más en el suelo de la ducha, en esa ocasión de bruces, y en lo más profundo de mi ser supe que aquello iba a doler.

Lo más raro que me ha ocurrido en la vida sucedió el día de mi nacimiento. Una figura oscura me esperaba junto al vientre materno. Vestía una capa encapuchada, que se agitaba a su alrededor y llenaba la sala de partos de ondas negras y majestuosas, como el humo llevado por la brisa. Aunque no pude verle la cara, sé que miraba cuando el médico cortó el cordón umbilical. Aunque no sentí sus dedos, sé que me acariciaba mientras las enfermeras me aseaban. Aunque no oí su voz, ronca y profunda, sé que susurró mi nombre.

Era muy poderoso, su mera presencia me debilitaba, casi me impedía respirar, y lo temía. Con el paso de los años, acabé comprendiendo que solo lo temía a él. Nunca había padecido las fobias típicas de los niños, algo que debo agradecer, teniendo en cuenta que los muertos solían seguirme a todas partes. Pero él, él me aterraba. Y eso que solo aparecía en casos de extrema necesidad. Me había salvado la vida en más de una ocasión, por tanto ¿por qué me aterrorizaba? ¿Por qué de pequeña lo había apodado el Malo Malísimo cuando parecía ser justo lo contrario?

Tal vez se debiera al poder que emanaba de él y que parecía absorber parte de mí cuando estaba cerca.

Remontémonos en el tiempo hasta una noche helada de hace quince años en las calles de Baires, a la primera vez que había visto a Peter Lanzani. Mi hermana mayor, Candela, y yo habíamos salido de reconocimiento como parte de un proyecto de clase y nos encontrábamos en una zona bastante deprimida de la ciudad cuando algo nos llamó la atención en una ventana de un pequeño apartamento. Horrorizadas, descubrimos que un hombre estaba dando una paliza a un adolescente. En ese momento, lo único en que pensé fue en ayudarlo. Como fuera. A toda costa. Llevada por la desesperación, lancé un ladrillo contra aquella ventana y funcionó: el hombre dejó de pegarle, pero, por desgracia, vino a por nosotras. Echamos a correr por un callejón oscuro y estábamos buscando un agujero en una valla por el que colarnos cuando descubrimos que el chico también había escapado. Nos lo encontramos doblado sobre sí mismo, detrás del edificio de apartamentos.

Retrocedimos y nos acercamos. La sangre le corría por la cara y le goteaba de una boca irresistible. Nos dijo que se llamaba Juan Pedro. Quisimos echarle una mano, pero rechazó nuestra ayuda, llegando incluso a amenazarnos si no nos íbamos de allí. Aquella fue mi primera lección sobre las incoherencias de la mente masculina. Sin embargo, gracias a aquel incidente, no me sorprendió descubrir más de una década después que Peter había pasado los últimos diez años en la cárcel por haber matado a aquel hombre.

Aunque ese solo era uno de los muchos detalles de su vida de los que me había enterado hacía poco, no siendo el menos importante que Peter y el Malo Malísimo, el ser misterioso que había estado siguiéndome y observándome desde el día de mi nacimiento, eran uno y lo mismo. Peter era eso que me había salvado la vida repetidamente. Eso que me había vigilado entre las sombras, una más entre ellas, y me había protegido a distancia. Lo que siempre había temido. Mierda, lo único que había temido en toda mi vida.

Era muy desconcertante descubrir que el ser de humo de mi infancia era un hombre de carne y hueso y que, aun así, podía abandonar su cuerpo y viajar a través del tiempo y del espacio en su forma incorpórea. Un hombre que podía desmaterializarse en un decir amén. Que podía desenfundar una espada y cercenar la columna de un ser humano en un abrir y cerrar de ojos. Que podía fundir los casquetes polares con solo entornar los párpados.

Sin embargo, cada nueva revelación llevaba a más preguntas. No hacía ni una semana que había descubierto de dónde emanaban sus poderes sobrenaturales. Había atisbado su mundo después de que sus dedos recorrieran mi brazo en una caricia, después de que su boca incendiara mi piel y él se hundiera en mí. La imparable acometida del orgasmo había descorrido el cerrojo de su pasado y abierto las cortinas ante mí. Vi el universo nacer ante mis ojos cuando su padre (su verdadero padre, el ángel más hermoso de la creación) fue expulsado de los salones celestiales. Lucifer contraatacó secundado por un vasto ejército y, en medio de aquellos tiempos convulsos, nació Peter. Forjado en el calor de una supernova, no tardó en abrirse camino entre las filas hasta convertirse en un mariscal respetado. Únicamente superado por su padre, dirigía millones de soldados, un general entre ladrones, incluso más hermoso y poderoso que su progenitor, con la llave de las puertas del infierno gravadas en el cuerpo.

Sin embargo, el orgullo de Lucifer no tenía límites. Codiciaba el cielo. Codificaba el control absoluto de todos los seres vivos del universo. Codiciaba el trono de Dios. Peter acataba sus órdenes sin titubeos y por ello se mantuvo vigilante, a la espera de que naciera un portal en la Tierra, un camino directo al cielo, una salida del infierno. Rastreador de habilidad y sigilo sin par, se abrió paso a través de las puertas del inframundo y encontró los portales en los confines más alejados del universo, una miríada de luces idénticas en tamaño y forma. Una miríada de ángeles de la muerte a la espera de ser merecedores del privilegio de servir en la Tierra.

Pese a todo, Juan Pedro siguió buscando y encontró uno de cabellos dorados, una hija del sol, radiante y resplandeciente. Yo. Me volví, lo vi y le sonreí. Y Peter estuvo perdido.

Desafió los deseos de su padre y no regresó al infierno para informar de nuestro paradero, esperó durante siglos a que me enviaran a la Tierra, donde él también nació, renunciando así a todo lo que conocía, por mí. Porque el día que nació con forma humana fue el día que olvidó quién era, qué era. Y lo más importante de todo: de qué era capaz. Lo sacrificó todo para estar conmigo, pero un cruel giro del destino lo arrojó a los brazos de un monstruo y Peter creció con un ave de rapiña de la peor calaña, que acabó dictando todos sus pasos. Poco a poco, empezó a recordar su pasado. Quién era. Qué era. No obstante, para entonces ya había sido encarcelado por matar al hombre que lo había criado.

Me desperté sobresaltada en el suelo de la ducha y me incorporé rápidamente. Al ser la superficie del plato dura y resbaladiza como era, es decir, básicamente dura y resbaladiza, se me escurrieron las manos y volví a resbalar con la misma celeridad. Me di un buen golpe y de ahí que en el segundo intento me lo tomara con más calma, mientras buscaba a Peter a mi alrededor y me prometía comprar pegatinas para evitar las caídas en el baño.

No había sangre. Ni señales de lucha. Y menos de Peter. ¿Qué le había ocurrido? ¿Qué le habría causado unas heridas tan graves? Intenté apartar aquella imagen de mi mente, sobre todo porque me sentía muy débil solo de imaginarlo. Estaba mareada.

En ese momento recordé lo que me había dicho: «Aléjate del animal herido». Solo que lo había dicho en arameo, una de tantas miles de lenguas que conocía de manera innata desde el momento en que nací. Su voz apenas había superado el umbral de un gruñido grave, traspasado de dolor. Tenía que encontrarlo.

Después de ponerme unos vaqueros y un suéter a toda prisa, me calcé unas botas y me recogí el pelo en una coleta. Tenía muchas preguntas. Muchas preocupaciones. En el último mes, Peter había estado en coma. Un celador lo había alcanzado al realizar un disparo de advertencia cerca de un grupo de presos que parecían estar preparando un motín. El día que el Estado iba a retirarle la respiración asistida, Peter se había despertado como por arte de magia y había salido andando la mar de tranquilo de la unidad de enfermos crónicos de Cordoba. De aquello hacía una semana y desde entonces nadie lo había visto ni había oído nada de él. Ni siquiera yo. Hasta ahora.

¿Seguiría vivo? ¿Qué lo había atacado? ¿Qué se había atrevido a atacarlo? Joder, era el hijo de Satanás. ¿Quién tenía arrestos para arriesgarse a algo así? Tocaría un par de teclas, a ver qué conseguía averiguar. Estaba a punto de salir del apartamento cuando sonó el teléfono.

—Rapidito —dije al descolgar.
—Vale. Aquí hay dos hombres del FBI —me informó Eugenia.

Rápido.

Mierda.

—¿Hay dos hombres de negro en el despacho?
—Bueno, sí, aunque en realidad visten más de azul marino.

Mierda, mierda, mierda. No tenía tiempo para aquellos tipos. Vistieran del color que vistiesen.

—Vale, dos preguntas: una, ¿parecen enfadados? y dos, ¿están buenos?
—Una, no mucho —contestó al final de una larguísima pausa—. Dos, prefiero no hacer comentarios en este momento. Y tres, estás hablando por el manos libres.
—Pues vale, entonces. Me planto ahí en un santiamén.

Sin darme tiempo a hacerlo yo misma, un brazo asomó por encima de mi hombro y finalizó la llamada. Peter estaba detrás de mí. El calor que siempre desprendía penetró en mis ropas y me sentí envuelta en llamas. Se acercó un poco más y pegó su cuerpo a mi trasero. La adrenalina empezó a correr por mis venas en respuesta a su proximidad y, al bajar la cabeza hacia mí y sentir su aliento acariciándome la mejilla, creí que me desplomaría, traicionada por mis piernas.

—Bonito acople, Holandesa —dijo con una voz tan suave como un arrullo.

Un torrente de placer me recorrió la columna vertebral y desembocó en mi abdomen. Peter me llamaba Holandesa desde el día que nací y todavía no había averiguado por qué. Era como el desierto, agreste y hermoso, duro e implacable, que te tentaba con la promesa de un tesoro detrás de cada duna, con el espejismo de un manantial.

Me volví para mirarlo de frente. Él se negó a ceder ni un solo milímetro de territorio conquistado y tuve que recostarme en él para poder verle la cara, para empaparme de él. El cabello oscuro le caía ligeramente desordenado sobre la frente y se le rizaba tras las orejas. Las pestañas (tan espesas que siempre parecía que acabara de levantarse) ensombrecían unos ojos castaños de mirada límpida. Sin embargo, un brillo travieso los animaba mientras se paseaban sin prisas por mi piel, demorándose en mi boca para acabar zambulléndose en el valle que corría entre Peligro y Will Robinson. En el momento en que nuestras miradas se encontraron, comprendí el verdadero significado de la perfección.

—Tienes mejor aspecto —dije, casi sin aliento.

Las heridas profundas y mortales habían desaparecido por completo. La cabeza me daba vueltas, dividida entre el alivio y la preocupación.

Me hizo levantar la barbilla y sus dedos recorrieron mi cuello, acariciando la hinchazón que el episodio de enajenación mental transitoria de la ducha me había dejado de recuerdo. Menudo genio se gastaba.

—Lo siento.
—¿Te importaría explicarte?

Bajó la cabeza.

—Creía que eras otra persona.
—¿Quién?

En lugar de contestar, tocó mi piel con la yema de los dedos, buscando el pulso, y el gesto, la constatación de que la vida corría por mis venas, pareció deleitarlo.

—¿Se trata de los demonios de los que me hablaste? —pregunté.
—Sí.

Por la calma y la tranquilidad con que había contestado, cualquiera habría dicho que era algo habitual que unos demonios quisieran matarlo. Me había hablado de ellos la semana anterior, poco después de descubrir quién era Peter realmente. Según él, en realidad iban tras de mí, pero para alcanzarme, primero tendrían que pasar por encima de su cadáver. En aquel momento, supuse que hablaba metafóricamente. Por lo visto, no era así.

—¿Están...? —Me detuve a media frase y tragué saliva—. ¿Estás bien?
—Inconsciente —contestó, acercándose un poco más, pasándose la lengua por sus carnosos labios.

El estómago me dio un vuelco, aunque no toda la culpa la había tenido aquel gesto.

—¿Estás inconsciente? ¿Qué quieres decir?

Peter había apoyado las manos en la encimera, a ambos costados de mis caderas, y había quedado atrapada entre sus fornidos brazos.

—Quiero decir que no estoy despierto —contestó, un instante antes de mordisquearme el lóbulo de una oreja. La leve presión de sus dientes estremeció la capa más superficial de mi piel.

Su voz grave y profunda reverberó a través de mis huesos y los licuó desde la médula. Hice todo lo posible por concentrarme en sus palabras y apartar mi atención de la agitación que provocaba cada sílaba, cada roce. Era como un chute de heroína recubierto de chocolate, y yo, una auténtica adicta.

Lo había tenido dentro de mí. Había conocido el cielo durante un breve instante y la experiencia había traspasado de tal modo los límites de la realidad, había sido tan demoledora que estaba segura de que jamás podría estar con otro hombre.

Porque, vamos a ver, ¿quién iba a competir con un ser creado de belleza y pecado y forjado en el fuego abrasador de la sensualidad? Era un dios entre los hombres. Maldita fuera.

—¿Por qué no estás despierto? —pregunté, tratando de reconducir mis pensamientos—. Peter, ¿qué ha ocurrido?

Parecía demasiado ocupado abriéndose paso a pequeños mordiscos hacia mi clavícula. Sus labios ardientes provocaban actividad sísmica en cada punto de contacto.

No quería interrumpir, pero...

—Peter, ¿estás escuchándome?

Levantó la cabeza con una sonrisa sensual revoloteando en la comisura de sus labios.

—Estoy escuchando —aseguró.
—¿El qué? ¿Cómo se concentra la sangre en tus partes pudendas?
—No —contestó, ahogando una risita ronca que me produjo un cosquilleo en todo el cuerpo—. El latido de tu corazón.

Volvió a bajar la cabeza y retomó el ataque aéreo.

—Peter, en serio, ¿cómo te has hecho todas esas heridas?
—Con mucho dolor —me susurró al oído.

Su respuesta me encogió el corazón.

—Tiempo —pedí, al tiempo que cerraba los dedos sobre la muñeca de una mano que estaba haciendo cosas increíbles en mis partes femeninas.

La giró y entrelazó sus dedos con los míos.

—¿Estás castigándome?
—Sí —afirmé, y dejé escapar un suspiro tembloroso entre los labios.
—Si desobedezco, ¿me darás unos azotitos?

Sin poder reprimirme, lancé una risotada.

—Peter, tenemos que hablar —dije, intentando sonar seria.
—Pues habla —me animó, mientras me acariciaba la muñeca con el pulgar.

Coloqué un dedo en su hombro y lo empujé ligeramente.

—Perdón, mejor dicho: tienes que hablar. Dime qué ha ocurrido, por favor. ¿Por qué estás inconsciente?

Se enderezó lanzando un lento suspiro y me miró fijamente con sus cristalinos ojos castaños.

—Ya te lo dije la semana pasada: me han encontrado.
—Los demonios.
—Sí.
—¿Qué quieren?
—Lo mismo que yo —contestó, paseando su mirada por mi cuerpo—, aunque por razones distintas.

Ya me había explicado que me buscaban a mí, el portal, el camino hacia el cielo, pero nunca imaginé que estuvieran dispuestos a llegar tan lejos para conseguirlo.

—¿Sigues vivo?
—Mi cuerpo terrenal es como el tuyo. Es más resistente, mucho más, comparado con el de la mayoría de los humanos.

Una sensación de alivio invadió hasta la última molécula de mi ser.

—Dime qué está ocurriendo —dije al fin, respiré hondo—. Exactamente.
—Exactamente. De acuerdo, están esperando que ocurran, exactamente, un par de cosas.
—Que son...
—Que mi cuerpo expire para poder devolverme al infierno o que tú me encuentres. Una de ellas les proporcionaría la llave —dijo, señalando con la cabeza las suaves y fluidas líneas de sus tatuajes, un mapa que conducía a las puertas del infierno. Sin él, el peligroso viaje a través del vacío de la eternidad rara vez acababa bien para quien intentara huir—. Y la otra les daría libre acceso al cielo. —Me miró a los ojos—. Cualquiera de las dos los haría inmensamente felices.
—Entonces dime dónde está tu cuerpo y así podríamos... No sé, esconderte.

Sacudió la cabeza, como si lo lamentara.

—Lo siento, pero no puedo.

Fruncí el ceño.

—¿Qué quieres decir con que no puedes? Peter, ¿dónde estás?

Esbozó una sonrisa amarga.

—En un lugar seguro.
—¿Estás a salvo de los demonios? —pregunté, esperanzada.
—No —contestó—. Tú estás a salvo de los demonios.

Al ver que volvía a concentrarse en mi yugular, me separé de él.

—Entonces ¿ellos saben dónde estás? ¿Quieren matarte?

Lo que Peter insinuaba se parecía bastante a la peor de mis pesadillas: encontrarme en cualquier sitio herida e indefensa, mientras me perseguía un chiflado decidido a acabar conmigo. Jamás se me habría ocurrido convertir al culpable de mis pesadillas en un ser demoníaco, pero ahora que disponía de material nuevo, estaba convencida de que mis sueños recurrentes actualizarían el software para incorporar una presencia maligna. Maravilloso.

Peter suspiró hondo, retrocedió y se dejó caer en una silla antes de subir las piernas al escritorio y cruzarlas a la altura de los tobillos.

—¿En serio tenemos que hacer esto ahora? Puede que no me quede mucho tiempo.

Se me paró el corazón y me pregunté cuánto le quedaría. Cuánto nos quedaría. No tenía mesa y sillas de comedor, pero sí una barra y un par de taburetes. Ocupé uno y me volví hacia él.

—¿Por qué no quieres decirme dónde estás?
—Por muchas razones.

Paseó sus ojos por todo mi cuerpo, como si me impusiera un velo de fuego. Era capaz de encender mis deseos más íntimos con una simple mirada. En ese mismo momento decidí que se había acabado aquello de leer novelas románticas a la luz de las velas.

—¿Vas a decirme cuáles son esas razones o tengo que adivinarlas?
—Dado que es muy probable que no pueda quedarme todo el día, será mejor que te las diga.
—Por fin estamos sacando algo en limpio.
—La primera es porque se trata de una trampa, Holandesa, dispuesta única y exclusivamente para ti. ¿Por qué crees que no me han matado todavía? Quieren que me busques y que me encuentres. Recuerda: si tú no los ves, ellos no te ven.

No era la primera vez que lo mencionaba, aunque el significado se me antojaba un poco enigmático. Por no decir inquietante.

—¿Y si los viera? —pregunté.

Su mirada volvió a vagar sobre mí.

—Digamos que sería difícil que pasaras desapercibida.
—Pues lo haremos de incógnito. Ya sabes, como los marines o las fuerzas especiales.
—No funciona así.
—Con eso no me basta. —Cerré las manos en un puño—. Hay que intentarlo. No podemos dejar que te maten.
—No has oído la segunda razón.

El tono que había empleado no auguraba nada bueno.

—Muy bien, adelante, ¿de qué se trata?

Me crucé de brazos y esperé.

—No te gustará.
—Ya soy mayorcita —contesté, alzando ligeramente la barbilla—, podré soportarlo.
—Vale, como quieras. Voy a dejar que mi parte humana muera. —Me quedé de piedra—. No es que me guste la idea —prosiguió, encogiéndose de hombros con absoluta tranquilidad—, pero me vuelve más lento y, como has visto con tus propios ojos, también vulnerable.
—Pero desapareciste ante la cámara cuando te despertaste del coma. Desmaterializaste tu cuerpo humano.
—Holandesa —dijo, al tiempo que me dirigía una mirada reprobadora bajo sus oscuras pestañas—, ni siquiera yo puedo hacer eso.
—Entonces ¿cómo desapareciste? Vi la cinta.
—Puedo interferir los aparatos eléctricos cuando me apetezca. Igual que tú, si te concentras.

No lo sabía.

—Pensaba que...
—Pues no —me interrumpió de manera tajante. Se ponía un poco quisquilloso cuando lo torturaban.
—De acuerdo, estaba equivocada. No es que lo de ser sobrenatural venga con un manual de instrucciones.
—Cierto.
—Pero esa no es razón para dejar que te maten. Porque, vamos a ver, ¿qué te ocurrirá luego? Acabas de decir que si falleces, te devolverán al infierno.
—Ni siquiera ellos saben si pueden arrastrarme de vuelta, únicamente confían en que así sea. Supongo que solo hay un modo seguro de saberlo —dijo, enarcando las cejas al imaginar a qué habría de enfrentarse.
—Un momento, ¿no sabes qué ocurrirá? ¿No sabes si pueden hacerte volver?

Se encogió de hombros.

—No tengo la más mínima idea, pero lo dudo.
—Vale, pero ¿y si pudieran? ¿Y si consiguieran que volvieras?
—Es muy poco probable que ocurra —insistió—, ¿quién está cualificado para hacerlo?
—Oh, por favor. No puedo creer que estés dispuesto a correr ese riesgo.
—Es mucho más arriesgado permanecer aquí con vida, en la Tierra, Holandesa —replicó, revelándose cierta irritación en su voz—. Y es un riesgo que ya no estoy dispuesto a seguir asumiendo.
—Más arriesgado, ¿para quién?
—Más arriesgado para ti.

Su respuesta me dejó aún más confusa.

—No lo entiendo. ¿Por qué es más arriesgado para mí?

Se pasó las manos por el pelo. El cabello así alborotado le dio un aire tan sensual que tardé unos segundos en recuperarme de la impresión.

—Son demonios, Holandesa, y solo hay una cosa en este universo que deseen más que las almas humanas.
—¿Los burritos de Macho Taco?

Se levantó y se quedó de pie, delante de mí, imponente.

—Te quieren a ti, Holandesa. Necesitan el portal. ¿Sabes qué ocurriría si te encontraran?

Me mordí los labios y me encogí de hombros.

—¿Que tendrían vía libre hacia el cielo?
—No permitiré que eso ocurra.
—Vale —dije, con voz apática—. Lo había olvidado, tendrías que matarme.

Se acercó un poco más y bajó la voz.

—Y si tuviera que hacerlo, lo haría, Holandesa. Sin pensármelo dos veces.

Genial. Era conmovedor saber que alguien me cubría las espaldas.

—¿Te has molestado? —preguntó, levantándome la barbilla con los dedos.
—Deja de leerme la mente —contesté, a la defensiva.
—No puedo leerte la mente. Soy como tú, percibo las emociones, los sentimientos. Y sé que estás dolida.
—Para empezar, ¿cómo es posible que un demonio encuentre el camino hasta este plano? —pregunté, separándome de él. Me puse en pie y empecé a caminar por el piso. Él volvió a tomar asiento y a descansar las piernas sobre el escritorio. No me había fijado en sus botas hasta ese momento. Eran negras, una mezcla de estilo vaquero y motero. Me gustaban—. Creía que era casi imposible que los demonios pudieran cruzar las puertas.
—Sí, tú lo has dicho, casi imposible. De vez en cuando, uno desafía el vacío y busca el camino para salir del laberinto. Es peligroso y pocas veces lo consiguen. Casi todos se pierden y jamás vuelve a saberse de ellos.

Le dio un golpecito al ratón sin querer y el ordenador volvió a la vida. Lo que significa que apareció el fondo de escritorio. Lo que significa que apareció la foto de Peter, la del expediente de arresto, la única que tenía de él. Frunció el ceño.

Resistí la tentación de esconderme debajo del taburete. De todas maneras, lo más probable era que aun así me viera.

—Decías...
—Sí, bien —dijo, devolviéndome su atención—. Aunque por algún milagro uno de ellos consiguiera atravesar las puertas, todavía le quedaría mucho camino hasta llegar aquí. Tiene que entrar a cuestas del alma de un recién nacido. No disponen de otro modo de acceder a este plano. El plano en el que resulta que estamos tú y yo —me recordó.
—Pero eso no fue lo que hiciste tú cuando escapaste del infierno. Tú no tuviste que entrar a cuestas de nadie.
—Yo soy distinto. Una vez que conseguí escapar, pude navegar entre los planos con la misma facilidad con que tú atraviesas los umbrales de las puertas.
—¿Cómo es posible?
—Lo es y ya está —contestó con evasivas—. Soy diferente. Me crearon por una razón concreta. 

Cuando expulsaron del cielo a los caídos, los desterraron de la luz, por eso me necesitaban. Soy un instrumento, un medio para un fin. Aunque admito que nacer en la Tierra tal vez no sea la mejor decisión que he tomado en mi vida. Mi cuerpo me ha hecho demasiado vulnerable y debo acabar con él. Tengo que ocultar las pruebas físicas de la existencia de la llave.

Cuando Peter nació con forma humana, la llave, el mapa hacia el infierno grabado en su cuerpo en el momento de su creación, también apareció en su cuerpo humano. Me habría gustado saber qué pensaron sus padres humanos al ver aquello. Y los médicos. Un recién nacido cubierto de tatuajes. 

No estaba segura de cómo funcionaba el asunto, pero, por lo visto, el tatuaje era el medio con que contaba Satán para salir del infierno. En cualquier caso, el príncipe de las tinieblas no tenía intención de escapar y volverse vulnerable antes de que naciera un portal, así que envió a su hijo a este plano a la espera de dicho acontecimiento. Se suponía que, cuando aquello sucediera, Peter guiaría a Satán y a todos sus ejércitos. Sin embargo, él también había nacido en la Tierra. Para estar conmigo. Para crecer conmigo. Aunque se lo arrebataron a sus padres humanos mucho antes de que su sueño pudiera hacerse realidad.

—Si esos demonios consiguen regresar con la llave a través de las puertas —prosiguió—, mi padre podrá escapar. Y te aseguro que lo hará. —Se repantingó en la silla y unió las manos detrás de la nuca—. Podría decirse que la gente lleva profetizando el fin del mundo desde el principio de los tiempos, ¿verdad?
—Sí —contesté. Algo me dijo que el dato anecdótico no iba a acabar bien.
—Pues no tienen ni idea del infierno que les espera si mi padre consigue la llave. —Bajó las manos y se inclinó hacia delante—. Y lo primero que hará es ir a por ti.
—No me importa.

Por su mirada reprobadora, deduje que no me había creído.

—Claro que te importa.
—No, no me importa. No puedes dejar que tu cuerpo muera. No sabemos con certeza qué ocurrirá. 

¿Y si consiguieran derrotarte incluso después de haberte deshecho de tu cuerpo?

—Pongamos por caso que dejaran de ser una amenaza, que tú fueras capaz de vencerlos a todos.
—¿Yo?
—Seguiría existiendo un pequeño problemilla al que llamo «vivir tras los barrotes». No pienso volver a la cárcel, Holandesa.

¿Qué? ¿Aquello le preocupaba?

—No lo entiendo. Puedes abandonar tu cuerpo a tu antojo. Esos barrotes no te retienen.
—No es tan sencillo.

Ya volvía a mostrarse evasivo. Había algo que no quería contarme.

—Peter, por favor, dime la verdad.
—No es importante.

Adelantó el cuerpo y apagó la pantalla del ordenador, como si de pronto le molestara.

—Peter. —Le puse una mano en el brazo, obligándole a volverse hacia mí—. ¿Por qué no es tan sencillo?

Abrió la boca con intención de decir algo y se miró las botas.

—Tiene... efectos secundarios.
—¿Abandonar tu cuerpo?
—Sí. Cuando me separo de él, es como si mi cuerpo entrara en coma. Si lo hago demasiado a menudo, los médicos de la prisión me inyectan medicamentos para prevenir los ataques.

Medicamentos que tienen unos efectos secundarios intolerables. —Nuestras miradas volvieron a encontrarse—. No me permiten abandonar mi cuerpo, por lo que yo acabo atrapado en la cárcel y tú eres completamente vulnerable.

Ah.

—Bueno, pues entonces continúa huido, yo te ayudaré, pero por ahora deja que te busque atención médica. Tengo un amigo que es médico y conozco un par de enfermeras. Ellos se ocuparán de ti y no nos entregarán, te lo prometo. Dime dónde estás. Ya tendremos tiempo luego de preocuparnos de la cárcel.

—Si tú me encuentras, él me encuentra. Y yo vuelvo a la cárcel, por muchos contactos que tengas.

¿Ya estábamos otra vez con los misterios?

—¿Quién te encuentra?
—El tipo que tu tío te ha pegado a los talones.

Aquello me cogió por sorpresa.

—¿De qué estás hablando?
—Tu tío te ha hecho seguir, imagino que con la esperanza de que yo aparezca.
—¿El tío Nico me ha hecho seguir? —repetí, atónita.
—¿No se supone que deberías percatarte de ese tipo de cosas? ¿No es parte de tu trabajo?

Me guiñó un ojo con socarronería.

—Estás cambiando de tema —protesté, intentando recuperarme del guiño.
—Lo siento. —Se puso serio—. De acuerdo, veamos, quieres que siga vivo porque existe la lejana posibilidad de que puedan enviarme de vuelta al infierno. Más o menos, eso lo resume todo, ¿no es así?
—Peter, escapaste de allí. Nada más y nada menos que el ser que fue creado con el mapa de las puertas del infierno grabado en su cuerpo. Eres la llave de su libertad y te fugaste con ella. Eras su general, el más poderoso de sus guerreros, y los traicionaste. ¿Qué crees que te ocurrirá si consiguen enviarte de vuelta? Sin mencionar el hecho de que si regresas, tu padre, que, mira tú por dónde, resulta ser Satán, tendrá la llave para escapar del infierno.
—Tú lo has dicho, «si».
—Un «si» por el que no estoy dispuesta a correr riesgos. Seguro que el infierno es suficientemente atroz sin necesidad de ser el enemigo público número uno del inframundo. Además, ¿cómo vamos a arriesgarnos a dejar salir a Satán? —Crucé los brazos—. Dime dónde estás.
—Holandesa, no me busques. Aunque pudieras vencerlos a todos...
—¿Por qué no dejas de repetir eso? —pregunté, exasperada—. Soy una luz brillante que atrae a los muertos para que puedan cruzar a través de mí. Pensándolo bien, soy como uno de esos atrapa insectos eléctricos. Y estoy bastante segura de que Azote de Demonios no acaba de encajar con lo que hago.

La leve sonrisa que se dibujó en su hermoso rostro estuvo a punto de licuarme las rótulas.

—Si tan solo tuvieras una vaga idea de lo que eres capaz de hacer, el mundo sería un lugar bastante peligroso.

No era la primera vez que oía algo por el estilo, y expresado con la misma vaguedad.

—Muy bien, entonces ¿por qué no me iluminas? —pregunté, sabiendo que no lo haría.
—Si te dijera de lo que eres capaz, estarías en situación de ventaja, y no pienso exponerme a eso.
—¿Qué demonios crees que te haría?

Se levantó y me atrajo hacia él, con un gruñido.

—Dios, qué cosas preguntas, Holandesa.

Me envolvió el cuello entre sus largos dedos y me hizo levantar la barbilla apenas un instante antes de que su boca se abalanzara sobre la mía. Lo que empezó con una leve vacilación se convirtió en una exigencia irrefrenable en cuestión de segundos. Su lengua se abrió camino en el interior de mi boca y el sabor de su piel, el olor a tierra húmeda, hizo que perdiera el mundo de vista. Me abandoné en sus brazos, ladeé la cabeza en un gesto que aumentó la pasión del beso y me aferré a sus anchos hombros con desesperación.

Me rodeó la nuca con una mano y me estrechó contra él con la otra al tiempo que me hacía retroceder hasta la pared. A continuación, me cogió ambas manos con una sola suya y las sujetó por encima de mi cabeza mientras la otra exploraba a su antojo. La ahuecó sobre Peligro y acarició la cúspide hasta que se endureció bajo su palma, arrancándome un débil gemido.

Sonrió, bajó la cabeza y posó sus labios ardientes sobre mi pulso. La lava incandescente que se arremolinó en mi estómago desató sensuales temblores por todo mi cuerpo. Traté de encontrar las fuerzas para detenerlo. En serio, aquello era ridículo. Mi absoluta falta de control cuando se trataba de Peter rayaba en lo lamentable. ¿Qué más daba que fuera el hijo de Satán, según se decía la criatura más bella que jamás hubiera pisado los cielos? ¿Qué más daba que se hubiera forjado en el calor de un millar de estrellas? ¿Qué más daba que me fundiera las entrañas?

Tenía que encontrar algo a lo que aferrarme para no perder el control. Y tenía que ser algo distinto al miembro viril de Peter.

—Espera —dije, cuando su lengua hizo estremecer lo más profundo de mi ser—, tengo que hacerte una justa advertencia.
—¿Ah, sí?

Se enderezó y me dirigió una mirada lánguida y voluptuosa.

—No voy a permitir que dejes morir tu cuerpo.
—¿Vas a detenerme? —preguntó, con cierto escepticismo.

Lo empujé para apartarlo de mí, recogí mi bolso y me dirigí hacia la puerta.

—Voy a encontrarte —aseguré, antes de cerrarla, volviéndome hacia él.

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