Unos grandes pechos conllevan una gran responsabilidad.
(Camiseta)
—Este tarado está para que lo encierren.
Me encontraba en la
ducha, el agua salía hirviendo y aun así tenía la piel de gallina, lo
que solía ocurrirme cuando a algún muerto le daba por ducharse conmigo.
Miré a los ojos vacíos del sin techo del maletero de Eugenia. El pelo,
de color aguachirle, le llegaba hasta los hombros, la barba era una
maraña apelmazada y tenía unos ojos de color castaño verdoso. Era como
un imán para aquellos tipos.
Mi aliento empañaba el
aire y el vapor rebotaba contra las paredes de la ducha. Resistí la
tentación de alzar la vista hacia los cielos y levantar los brazos
lentamente mientras las nubes de vapor se elevaban a nuestro alrededor,
pero no habría estado mal fingir que era una diosa del mar. Incluso
podría haber cantado un poco de ópera para darle mayor efectismo.
—¿Vienes mucho por aquí? —acabé preguntándole, aunque fui la única a quien le hizo gracia. Suficiente, por otro lado.
Al ver que no respondía,
comprobé su grado de lucidez dándole unos golpecitos en el pecho con el
dedo. La punta tocó su abrigo hecho jirones, para mí tan sólido como
las paredes de la ducha que nos rodeaban, pero las gotas que resbalaban
por mi dedo lo atravesaron y se estrellaron contra el suelo junto con
las demás. Mis impertinencias no provocaron ninguna reacción. Su mirada
vacía me traspasaba. Aquello era muy raro. Me había parecido bastante
cuerdo cuando lo vi ovillado en el maletero de Eugenia.
A regañadientes, incliné
la cabeza hacia atrás para aclararme el pelo, aunque manteniendo los
ojos bien abiertos, viendo cómo me miraba. O lo que fuera que hiciera.
—¿Has tenido alguna vez
uno de esos días que empiezas atiborrándote de fibra como un loco y a
partir de ahí todo va cuesta abajo?
Fiel al arquetipo de
chalado taciturno, no contestó. Me pregunté cuánto tiempo llevaría
muerto. Tal vez hacía tanto que vagaba por la Tierra que había perdido
la chaveta. Lo había visto en una peli. Claro que, si ya era un sin
techo cuando falleció, puede que la locura hubiera sido un factor
determinante en su vida.
Levantó la vista cuando cerré el agua. Yo hice otro tanto. Básicamente porque él lo había hecho.
—¿Qué ocurre, grandullón?
Cuando volví a mirarlo,
se había ido. Había desaparecido como acostumbran hacerlo los difuntos.
Sin un adiós. Sin un hasta la vista.
—Suerte, campeón.
Malditos muertos.
Aparté la cortina para
coger una toalla cuando me percaté de que unas gotas de color rojo
intenso resbalaban por mi brazo. Levanté la vista hacia el techo y
descubrí un círculo rojo oscuro cada vez mayor, como el charco que se
esparce si uno se desangra. No me dio tiempo ni a blasfemar cuando
alguien lo atravesó. Alguien grande. Y pesado. Que aterrizó de lleno
sobre mí.
Caímos al suelo de la
ducha, hechos un ovillo. Por desgracia, acabé aplastada bajo una persona
que parecía hecha de acero puro, aunque hubo algo que reconocí de
inmediato: el calor que desprendía, su sello de identidad, el heraldo
que anuncia su llegada. Conseguí salir de debajo de uno de los seres más
poderosos del universo, Peter Lanzani, y descubrí que estaba cubierta
de sangre de los pies a la cabeza. De su sangre.
—Peter —lo llamé,
preocupada. Estaba inconsciente e iba vestido con una camiseta y unos
vaqueros empapados de sangre—. Peter —insistí, sosteniéndole la cabeza
entre las manos.
Tenía el pelo mojado.
Unos enormes arañazos le atravesaban el rostro y el cuello, como si lo
hubieran atacado a zarpazos, pero la mayor parte de la sangre procedía
de las heridas, profundas y mortales, del pecho, la espalda y los
brazos. Había estado defendiéndose, pero ¿de qué?
El corazón pugnaba por salírseme del pecho.
—Peter, por favor —musité.
Le di unas palmaditas en
la cara y sus pestañas, teñidas de rojo oscuro, se agitaron. Un
instante después, recuperó la conciencia. Lanzó un gruñido y la capa
negra se materializó a su alrededor, a nuestro alrededor. Acto seguido,
una mano salió disparada hacia mi cuello, sobre el que se cerró. En el
tiempo que tardó mi corazón en recuperar el latido, me encontré arrojada
contra la pared de la ducha, con una hoja reluciente y extremadamente
afilada ante mi cara.
—Peter —dije con un hilo
de voz, empezando a perder la consciencia a causa de la presión precisa
y exacta que ejercían sus dedos alrededor de mi cuello.
Su rostro se desdibujó y
lo vi todo negro. De pronto, su cara desapareció bajo la negra y
ondulante capa, una prolongación de él mismo que protegía su identidad
incluso de mí. Todo a mi alrededor se volvió borroso y comenzó a dar
vueltas. A pesar de la brida de acero que me asfixiaba, intenté zafarme,
pero por mucha resistencia que creí oponer, tuve la sensación de que
las piernas me flaqueaban casi de inmediato, demasiado débiles para
sostenerme en pie.
Acabé comprimida entre
su pecho y la pared al tiempo que me sobrevenía un lento eclipse total.
Oí su voz, que se ovilló a mi alrededor como una columna de humo
envolvente.
—Aléjate del animal herido.
Acto seguido,
desapareció y la gravedad reclamó su lugar. Me desplomé una vez más en
el suelo de la ducha, en esa ocasión de bruces, y en lo más profundo de
mi ser supe que aquello iba a doler.
Lo más raro que me ha
ocurrido en la vida sucedió el día de mi nacimiento. Una figura oscura
me esperaba junto al vientre materno. Vestía una capa encapuchada, que
se agitaba a su alrededor y llenaba la sala de partos de ondas negras y
majestuosas, como el humo llevado por la brisa. Aunque no pude verle la
cara, sé que miraba cuando el médico cortó el cordón umbilical. Aunque
no sentí sus dedos, sé que me acariciaba mientras las enfermeras me
aseaban. Aunque no oí su voz, ronca y profunda, sé que susurró mi
nombre.
Era muy poderoso, su
mera presencia me debilitaba, casi me impedía respirar, y lo temía. Con
el paso de los años, acabé comprendiendo que solo lo temía a él. Nunca
había padecido las fobias típicas de los niños, algo que debo agradecer,
teniendo en cuenta que los muertos solían seguirme a todas partes. Pero
él, él me aterraba. Y eso que solo aparecía en casos de extrema
necesidad. Me había salvado la vida en más de una ocasión, por tanto
¿por qué me aterrorizaba? ¿Por qué de pequeña lo había apodado el Malo
Malísimo cuando parecía ser justo lo contrario?
Tal vez se debiera al poder que emanaba de él y que parecía absorber parte de mí cuando estaba cerca.
Remontémonos en el
tiempo hasta una noche helada de hace quince años en las calles de
Baires, a la primera vez que había visto a Peter Lanzani. Mi hermana
mayor, Candela, y yo habíamos salido de reconocimiento como parte de un
proyecto de clase y nos encontrábamos en una zona bastante deprimida de
la ciudad cuando algo nos llamó la atención en una ventana de un pequeño
apartamento. Horrorizadas, descubrimos que un hombre estaba dando una
paliza a un adolescente. En ese momento, lo único en que pensé fue en
ayudarlo. Como fuera. A toda costa. Llevada por la desesperación, lancé
un ladrillo contra aquella ventana y funcionó: el hombre dejó de
pegarle, pero, por desgracia, vino a por nosotras. Echamos a correr por
un callejón oscuro y estábamos buscando un agujero en una valla por el
que colarnos cuando descubrimos que el chico también había escapado. Nos
lo encontramos doblado sobre sí mismo, detrás del edificio de
apartamentos.
Retrocedimos y nos
acercamos. La sangre le corría por la cara y le goteaba de una boca
irresistible. Nos dijo que se llamaba Juan Pedro. Quisimos echarle una
mano, pero rechazó nuestra ayuda, llegando incluso a amenazarnos si no
nos íbamos de allí. Aquella fue mi primera lección sobre las
incoherencias de la mente masculina. Sin embargo, gracias a aquel
incidente, no me sorprendió descubrir más de una década después que
Peter había pasado los últimos diez años en la cárcel por haber matado a
aquel hombre.
Aunque ese solo era uno
de los muchos detalles de su vida de los que me había enterado hacía
poco, no siendo el menos importante que Peter y el Malo Malísimo, el ser
misterioso que había estado siguiéndome y observándome desde el día de
mi nacimiento, eran uno y lo mismo. Peter era eso que me había salvado
la vida repetidamente. Eso que me había vigilado entre las sombras, una
más entre ellas, y me había protegido a distancia. Lo que siempre había
temido. Mierda, lo único que había temido en toda mi vida.
Era muy desconcertante
descubrir que el ser de humo de mi infancia era un hombre de carne y
hueso y que, aun así, podía abandonar su cuerpo y viajar a través del
tiempo y del espacio en su forma incorpórea. Un hombre que podía
desmaterializarse en un decir amén. Que podía desenfundar una espada y
cercenar la columna de un ser humano en un abrir y cerrar de ojos. Que
podía fundir los casquetes polares con solo entornar los párpados.
Sin embargo, cada nueva
revelación llevaba a más preguntas. No hacía ni una semana que había
descubierto de dónde emanaban sus poderes sobrenaturales. Había atisbado
su mundo después de que sus dedos recorrieran mi brazo en una caricia,
después de que su boca incendiara mi piel y él se hundiera en mí. La
imparable acometida del orgasmo había descorrido el cerrojo de su pasado
y abierto las cortinas ante mí. Vi el universo nacer ante mis ojos
cuando su padre (su verdadero padre, el ángel más hermoso de la
creación) fue expulsado de los salones celestiales. Lucifer contraatacó
secundado por un vasto ejército y, en medio de aquellos tiempos
convulsos, nació Peter. Forjado en el calor de una supernova, no tardó
en abrirse camino entre las filas hasta convertirse en un mariscal
respetado. Únicamente superado por su padre, dirigía millones de
soldados, un general entre ladrones, incluso más hermoso y poderoso que
su progenitor, con la llave de las puertas del infierno gravadas en el
cuerpo.
Sin embargo, el orgullo
de Lucifer no tenía límites. Codiciaba el cielo. Codificaba el control
absoluto de todos los seres vivos del universo. Codiciaba el trono de
Dios. Peter acataba sus órdenes sin titubeos y por ello se mantuvo
vigilante, a la espera de que naciera un portal en la Tierra, un camino
directo al cielo, una salida del infierno. Rastreador de habilidad y
sigilo sin par, se abrió paso a través de las puertas del inframundo y
encontró los portales en los confines más alejados del universo, una
miríada de luces idénticas en tamaño y forma. Una miríada de ángeles de
la muerte a la espera de ser merecedores del privilegio de servir en la
Tierra.
Pese a todo, Juan Pedro
siguió buscando y encontró uno de cabellos dorados, una hija del sol,
radiante y resplandeciente. Yo. Me volví, lo vi y le sonreí. Y Peter
estuvo perdido.
Desafió los deseos de su
padre y no regresó al infierno para informar de nuestro paradero,
esperó durante siglos a que me enviaran a la Tierra, donde él también
nació, renunciando así a todo lo que conocía, por mí. Porque el día que
nació con forma humana fue el día que olvidó quién era, qué era. Y lo
más importante de todo: de qué era capaz. Lo sacrificó todo para estar
conmigo, pero un cruel giro del destino lo arrojó a los brazos de un
monstruo y Peter creció con un ave de rapiña de la peor calaña, que
acabó dictando todos sus pasos. Poco a poco, empezó a recordar su
pasado. Quién era. Qué era. No obstante, para entonces ya había sido
encarcelado por matar al hombre que lo había criado.
Me desperté sobresaltada
en el suelo de la ducha y me incorporé rápidamente. Al ser la
superficie del plato dura y resbaladiza como era, es decir, básicamente
dura y resbaladiza, se me escurrieron las manos y volví a resbalar con
la misma celeridad. Me di un buen golpe y de ahí que en el segundo
intento me lo tomara con más calma, mientras buscaba a Peter a mi
alrededor y me prometía comprar pegatinas para evitar las caídas en el
baño.
No había sangre. Ni
señales de lucha. Y menos de Peter. ¿Qué le había ocurrido? ¿Qué le
habría causado unas heridas tan graves? Intenté apartar aquella imagen
de mi mente, sobre todo porque me sentía muy débil solo de imaginarlo.
Estaba mareada.
En ese momento recordé
lo que me había dicho: «Aléjate del animal herido». Solo que lo había
dicho en arameo, una de tantas miles de lenguas que conocía de manera
innata desde el momento en que nací. Su voz apenas había superado el
umbral de un gruñido grave, traspasado de dolor. Tenía que encontrarlo.
Después de ponerme unos
vaqueros y un suéter a toda prisa, me calcé unas botas y me recogí el
pelo en una coleta. Tenía muchas preguntas. Muchas preocupaciones. En el
último mes, Peter había estado en coma. Un celador lo había alcanzado
al realizar un disparo de advertencia cerca de un grupo de presos que
parecían estar preparando un motín. El día que el Estado iba a retirarle
la respiración asistida, Peter se había despertado como por arte de
magia y había salido andando la mar de tranquilo de la unidad de
enfermos crónicos de Cordoba. De aquello hacía una semana y desde
entonces nadie lo había visto ni había oído nada de él. Ni siquiera yo.
Hasta ahora.
¿Seguiría vivo? ¿Qué lo
había atacado? ¿Qué se había atrevido a atacarlo? Joder, era el hijo de
Satanás. ¿Quién tenía arrestos para arriesgarse a algo así? Tocaría un
par de teclas, a ver qué conseguía averiguar. Estaba a punto de salir
del apartamento cuando sonó el teléfono.
—Rapidito —dije al descolgar.
—Vale. Aquí hay dos hombres del FBI —me informó Eugenia.
Rápido.
Mierda.
—¿Hay dos hombres de negro en el despacho?
—Bueno, sí, aunque en realidad visten más de azul marino.
Mierda, mierda, mierda. No tenía tiempo para aquellos tipos. Vistieran del color que vistiesen.
—Vale, dos preguntas: una, ¿parecen enfadados? y dos, ¿están buenos?
—Una, no mucho —contestó
al final de una larguísima pausa—. Dos, prefiero no hacer comentarios
en este momento. Y tres, estás hablando por el manos libres.
—Pues vale, entonces. Me planto ahí en un santiamén.
Sin darme tiempo a
hacerlo yo misma, un brazo asomó por encima de mi hombro y finalizó la
llamada. Peter estaba detrás de mí. El calor que siempre desprendía
penetró en mis ropas y me sentí envuelta en llamas. Se acercó un poco
más y pegó su cuerpo a mi trasero. La adrenalina empezó a correr por mis
venas en respuesta a su proximidad y, al bajar la cabeza hacia mí y
sentir su aliento acariciándome la mejilla, creí que me desplomaría,
traicionada por mis piernas.
—Bonito acople, Holandesa —dijo con una voz tan suave como un arrullo.
Un torrente de placer me
recorrió la columna vertebral y desembocó en mi abdomen. Peter me
llamaba Holandesa desde el día que nací y todavía no había averiguado
por qué. Era como el desierto, agreste y hermoso, duro e implacable, que
te tentaba con la promesa de un tesoro detrás de cada duna, con el
espejismo de un manantial.
Me volví para mirarlo de
frente. Él se negó a ceder ni un solo milímetro de territorio
conquistado y tuve que recostarme en él para poder verle la cara, para
empaparme de él. El cabello oscuro le caía ligeramente desordenado sobre
la frente y se le rizaba tras las orejas. Las pestañas (tan espesas que
siempre parecía que acabara de levantarse) ensombrecían unos ojos
castaños de mirada límpida. Sin embargo, un brillo travieso los animaba
mientras se paseaban sin prisas por mi piel, demorándose en mi boca para
acabar zambulléndose en el valle que corría entre Peligro y Will
Robinson. En el momento en que nuestras miradas se encontraron,
comprendí el verdadero significado de la perfección.
—Tienes mejor aspecto —dije, casi sin aliento.
Las heridas profundas y
mortales habían desaparecido por completo. La cabeza me daba vueltas, dividida entre el alivio y la preocupación.
Me hizo levantar la
barbilla y sus dedos recorrieron mi cuello, acariciando la hinchazón que
el episodio de enajenación mental transitoria de la ducha me había
dejado de recuerdo. Menudo genio se gastaba.
—Lo siento.
—¿Te importaría explicarte?
Bajó la cabeza.
—Creía que eras otra persona.
—¿Quién?
En lugar de contestar,
tocó mi piel con la yema de los dedos, buscando el pulso, y el gesto, la
constatación de que la vida corría por mis venas, pareció deleitarlo.
—¿Se trata de los demonios de los que me hablaste? —pregunté.
—Sí.
Por la calma y la
tranquilidad con que había contestado, cualquiera habría dicho que era
algo habitual que unos demonios quisieran matarlo. Me había hablado de
ellos la semana anterior, poco después de descubrir quién era Peter
realmente. Según él, en realidad iban tras de mí, pero para alcanzarme,
primero tendrían que pasar por encima de su cadáver. En aquel momento,
supuse que hablaba metafóricamente. Por lo visto, no era así.
—¿Están...? —Me detuve a media frase y tragué saliva—. ¿Estás bien?
—Inconsciente —contestó, acercándose un poco más, pasándose la lengua por sus carnosos labios.
El estómago me dio un vuelco, aunque no toda la culpa la había tenido aquel gesto.
—¿Estás inconsciente? ¿Qué quieres decir?
Peter había apoyado las
manos en la encimera, a ambos costados de mis caderas, y había quedado
atrapada entre sus fornidos brazos.
—Quiero decir que no
estoy despierto —contestó, un instante antes de mordisquearme el lóbulo
de una oreja. La leve presión de sus dientes estremeció la capa más
superficial de mi piel.
Su voz grave y profunda
reverberó a través de mis huesos y los licuó desde la médula. Hice todo
lo posible por concentrarme en sus palabras y apartar mi atención de la
agitación que provocaba cada sílaba, cada roce. Era como un chute de
heroína recubierto de chocolate, y yo, una auténtica adicta.
Lo había tenido dentro
de mí. Había conocido el cielo durante un breve instante y la
experiencia había traspasado de tal modo los límites de la realidad,
había sido tan demoledora que estaba segura de que jamás podría estar
con otro hombre.
Porque, vamos a ver,
¿quién iba a competir con un ser creado de belleza y pecado y forjado en
el fuego abrasador de la sensualidad? Era un dios entre los hombres.
Maldita fuera.
—¿Por qué no estás despierto? —pregunté, tratando de reconducir mis pensamientos—. Peter, ¿qué ha ocurrido?
Parecía demasiado
ocupado abriéndose paso a pequeños mordiscos hacia mi clavícula. Sus
labios ardientes provocaban actividad sísmica en cada punto de contacto.
No quería interrumpir, pero...
—Peter, ¿estás escuchándome?
Levantó la cabeza con una sonrisa sensual revoloteando en la comisura de sus labios.
—Estoy escuchando —aseguró.
—¿El qué? ¿Cómo se concentra la sangre en tus partes pudendas?
—No —contestó, ahogando una risita ronca que me produjo un cosquilleo en todo el cuerpo—. El latido de tu corazón.
Volvió a bajar la cabeza y retomó el ataque aéreo.
—Peter, en serio, ¿cómo te has hecho todas esas heridas?
—Con mucho dolor —me susurró al oído.
Su respuesta me encogió el corazón.
—Tiempo —pedí, al tiempo
que cerraba los dedos sobre la muñeca de una mano que estaba haciendo
cosas increíbles en mis partes femeninas.
La giró y entrelazó sus dedos con los míos.
—¿Estás castigándome?
—Sí —afirmé, y dejé escapar un suspiro tembloroso entre los labios.
—Si desobedezco, ¿me darás unos azotitos?
Sin poder reprimirme, lancé una risotada.
—Peter, tenemos que hablar —dije, intentando sonar seria.
—Pues habla —me animó, mientras me acariciaba la muñeca con el pulgar.
Coloqué un dedo en su hombro y lo empujé ligeramente.
—Perdón, mejor dicho: tienes que hablar. Dime qué ha ocurrido, por favor. ¿Por qué estás inconsciente?
Se enderezó lanzando un lento suspiro y me miró fijamente con sus cristalinos ojos castaños.
—Ya te lo dije la semana pasada: me han encontrado.
—Los demonios.
—Sí.
—¿Qué quieren?
—Lo mismo que yo —contestó, paseando su mirada por mi cuerpo—, aunque por razones distintas.
Ya me había explicado
que me buscaban a mí, el portal, el camino hacia el cielo, pero nunca
imaginé que estuvieran dispuestos a llegar tan lejos para conseguirlo.
—¿Sigues vivo?
—Mi cuerpo terrenal es como el tuyo. Es más resistente, mucho más, comparado con el de la mayoría de los humanos.
Una sensación de alivio invadió hasta la última molécula de mi ser.
—Dime qué está ocurriendo —dije al fin, respiré hondo—. Exactamente.
—Exactamente. De acuerdo, están esperando que ocurran, exactamente, un par de cosas.
—Que son...
—Que mi cuerpo expire
para poder devolverme al infierno o que tú me encuentres. Una de ellas
les proporcionaría la llave —dijo, señalando con la cabeza las suaves y
fluidas líneas de sus tatuajes, un mapa que conducía a las puertas del
infierno. Sin él, el peligroso viaje a través del vacío de la eternidad
rara vez acababa bien para quien intentara huir—. Y la otra les daría
libre acceso al cielo. —Me miró a los ojos—. Cualquiera de las dos los
haría inmensamente felices.
—Entonces dime dónde está tu cuerpo y así podríamos... No sé, esconderte.
Sacudió la cabeza, como si lo lamentara.
—Lo siento, pero no puedo.
Fruncí el ceño.
—¿Qué quieres decir con que no puedes? Peter, ¿dónde estás?
Esbozó una sonrisa amarga.
—En un lugar seguro.
—¿Estás a salvo de los demonios? —pregunté, esperanzada.
—No —contestó—. Tú estás a salvo de los demonios.
Al ver que volvía a concentrarse en mi yugular, me separé de él.
—Entonces ¿ellos saben dónde estás? ¿Quieren matarte?
Lo que Peter insinuaba
se parecía bastante a la peor de mis pesadillas: encontrarme en
cualquier sitio herida e indefensa, mientras me perseguía un chiflado
decidido a acabar conmigo. Jamás se me habría ocurrido convertir al
culpable de mis pesadillas en un ser demoníaco, pero ahora que disponía
de material nuevo, estaba convencida de que mis sueños recurrentes
actualizarían el software para incorporar una presencia maligna.
Maravilloso.
Peter suspiró hondo,
retrocedió y se dejó caer en una silla antes de subir las piernas al
escritorio y cruzarlas a la altura de los tobillos.
—¿En serio tenemos que hacer esto ahora? Puede que no me quede mucho tiempo.
Se me paró el corazón y
me pregunté cuánto le quedaría. Cuánto nos quedaría. No tenía mesa y
sillas de comedor, pero sí una barra y un par de taburetes. Ocupé uno y
me volví hacia él.
—¿Por qué no quieres decirme dónde estás?
—Por muchas razones.
Paseó sus ojos por todo
mi cuerpo, como si me impusiera un velo de fuego. Era capaz de encender
mis deseos más íntimos con una simple mirada. En ese mismo momento
decidí que se había acabado aquello de leer novelas románticas a la luz
de las velas.
—¿Vas a decirme cuáles son esas razones o tengo que adivinarlas?
—Dado que es muy probable que no pueda quedarme todo el día, será mejor que te las diga.
—Por fin estamos sacando algo en limpio.
—La primera es porque se
trata de una trampa, Holandesa, dispuesta única y exclusivamente para
ti. ¿Por qué crees que no me han matado todavía? Quieren que me busques y
que me encuentres. Recuerda: si tú no los ves, ellos no te ven.
No era la primera vez que lo mencionaba, aunque el significado se me antojaba un poco enigmático. Por no decir inquietante.
—¿Y si los viera? —pregunté.
Su mirada volvió a vagar sobre mí.
—Digamos que sería difícil que pasaras desapercibida.
—Pues lo haremos de incógnito. Ya sabes, como los marines o las fuerzas especiales.
—No funciona así.
—Con eso no me basta. —Cerré las manos en un puño—. Hay que intentarlo. No podemos dejar que te maten.
—No has oído la segunda razón.
El tono que había empleado no auguraba nada bueno.
—Muy bien, adelante, ¿de qué se trata?
Me crucé de brazos y esperé.
—No te gustará.
—Ya soy mayorcita —contesté, alzando ligeramente la barbilla—, podré soportarlo.
—Vale, como quieras. Voy
a dejar que mi parte humana muera. —Me quedé de piedra—. No es que me
guste la idea —prosiguió, encogiéndose de hombros con absoluta
tranquilidad—, pero me vuelve más lento y, como has visto con tus
propios ojos, también vulnerable.
—Pero desapareciste ante la cámara cuando te despertaste del coma. Desmaterializaste tu cuerpo humano.
—Holandesa —dijo, al tiempo que me dirigía una mirada reprobadora bajo sus oscuras pestañas—, ni siquiera yo puedo hacer eso.
—Entonces ¿cómo desapareciste? Vi la cinta.
—Puedo interferir los aparatos eléctricos cuando me apetezca. Igual que tú, si te concentras.
No lo sabía.
—Pensaba que...
—Pues no —me interrumpió de manera tajante. Se ponía un poco quisquilloso cuando lo torturaban.
—De acuerdo, estaba equivocada. No es que lo de ser sobrenatural venga con un manual de instrucciones.
—Cierto.
—Pero esa no es razón
para dejar que te maten. Porque, vamos a ver, ¿qué te ocurrirá luego?
Acabas de decir que si falleces, te devolverán al infierno.
—Ni siquiera ellos saben
si pueden arrastrarme de vuelta, únicamente confían en que así sea. Supongo que solo hay un modo seguro de saberlo —dijo, enarcando las
cejas al imaginar a qué habría de enfrentarse.
—Un momento, ¿no sabes qué ocurrirá? ¿No sabes si pueden hacerte volver?
Se encogió de hombros.
—No tengo la más mínima idea, pero lo dudo.
—Vale, pero ¿y si pudieran? ¿Y si consiguieran que volvieras?
—Es muy poco probable que ocurra —insistió—, ¿quién está cualificado para hacerlo?
—Oh, por favor. No puedo creer que estés dispuesto a correr ese riesgo.
—Es mucho más arriesgado
permanecer aquí con vida, en la Tierra, Holandesa —replicó, revelándose
cierta irritación en su voz—. Y es un riesgo que ya no estoy dispuesto a
seguir asumiendo.
—Más arriesgado, ¿para quién?
—Más arriesgado para ti.
Su respuesta me dejó aún más confusa.
—No lo entiendo. ¿Por qué es más arriesgado para mí?
Se pasó las manos por el
pelo. El cabello así alborotado le dio un aire tan sensual que tardé
unos segundos en recuperarme de la impresión.
—Son demonios, Holandesa, y solo hay una cosa en este universo que deseen más que las almas humanas.
—¿Los burritos de Macho Taco?
Se levantó y se quedó de pie, delante de mí, imponente.
—Te quieren a ti, Holandesa. Necesitan el portal. ¿Sabes qué ocurriría si te encontraran?
Me mordí los labios y me encogí de hombros.
—¿Que tendrían vía libre hacia el cielo?
—No permitiré que eso ocurra.
—Vale —dije, con voz apática—. Lo había olvidado, tendrías que matarme.
Se acercó un poco más y bajó la voz.
—Y si tuviera que hacerlo, lo haría, Holandesa. Sin pensármelo dos veces.
Genial. Era conmovedor saber que alguien me cubría las espaldas.
—¿Te has molestado? —preguntó, levantándome la barbilla con los dedos.
—Deja de leerme la mente —contesté, a la defensiva.
—No puedo leerte la mente. Soy como tú, percibo las emociones, los sentimientos. Y sé que estás dolida.
—Para empezar, ¿cómo es
posible que un demonio encuentre el camino hasta este plano? —pregunté,
separándome de él. Me puse en pie y empecé a caminar por el piso. Él
volvió a tomar asiento y a descansar las piernas sobre el escritorio. No
me había fijado en sus botas hasta ese momento. Eran negras, una mezcla
de estilo vaquero y motero. Me gustaban—. Creía que era casi imposible
que los demonios pudieran cruzar las puertas.
—Sí, tú lo has dicho,
casi imposible. De vez en cuando, uno desafía el vacío y busca el camino
para salir del laberinto. Es peligroso y pocas veces lo consiguen. Casi
todos se pierden y jamás vuelve a saberse de ellos.
Le dio un golpecito al
ratón sin querer y el ordenador volvió a la vida. Lo que significa que
apareció el fondo de escritorio. Lo que significa que apareció la foto
de Peter, la del expediente de arresto, la única que tenía de él.
Frunció el ceño.
Resistí la tentación de esconderme debajo del taburete. De todas maneras, lo más probable era que aun así me viera.
—Decías...
—Sí, bien —dijo,
devolviéndome su atención—. Aunque por algún milagro uno de ellos
consiguiera atravesar las puertas, todavía le quedaría mucho camino
hasta llegar aquí. Tiene que entrar a cuestas del alma de un recién
nacido. No disponen de otro modo de acceder a este plano. El plano en el
que resulta que estamos tú y yo —me recordó.
—Pero eso no fue lo que hiciste tú cuando escapaste del infierno. Tú no tuviste que entrar a cuestas de nadie.
—Yo soy distinto. Una
vez que conseguí escapar, pude navegar entre los planos con la misma
facilidad con que tú atraviesas los umbrales de las puertas.
—¿Cómo es posible?
—Lo es y ya está
—contestó con evasivas—. Soy diferente. Me crearon por una razón
concreta.
Cuando expulsaron del cielo a los caídos, los desterraron de
la luz, por eso me necesitaban. Soy un instrumento, un medio para un
fin. Aunque admito que nacer en la Tierra tal vez no sea la mejor
decisión que he tomado en mi vida. Mi cuerpo me ha hecho demasiado
vulnerable y debo acabar con él. Tengo que ocultar las pruebas físicas
de la existencia de la llave.
Cuando Peter nació con
forma humana, la llave, el mapa hacia el infierno grabado en su cuerpo
en el momento de su creación, también apareció en su cuerpo humano. Me
habría gustado saber qué pensaron sus padres humanos al ver aquello. Y
los médicos. Un recién nacido cubierto de tatuajes.
No estaba segura de
cómo funcionaba el asunto, pero, por lo visto, el tatuaje era el medio
con que contaba Satán para salir del infierno. En cualquier caso, el
príncipe de las tinieblas no tenía intención de escapar y volverse
vulnerable antes de que naciera un portal, así que envió a su hijo a
este plano a la espera de dicho acontecimiento. Se suponía que, cuando
aquello sucediera, Peter guiaría a Satán y a todos sus ejércitos. Sin
embargo, él también había nacido en la Tierra. Para estar conmigo. Para
crecer conmigo. Aunque se lo arrebataron a sus padres humanos mucho
antes de que su sueño pudiera hacerse realidad.
—Si esos demonios
consiguen regresar con la llave a través de las puertas —prosiguió—, mi
padre podrá escapar. Y te aseguro que lo hará. —Se repantingó en la
silla y unió las manos detrás de la nuca—. Podría decirse que la gente
lleva profetizando el fin del mundo desde el principio de los tiempos,
¿verdad?
—Sí —contesté. Algo me dijo que el dato anecdótico no iba a acabar bien.
—Pues no tienen ni idea
del infierno que les espera si mi padre consigue la llave. —Bajó las
manos y se inclinó hacia delante—. Y lo primero que hará es ir a por ti.
—No me importa.
Por su mirada reprobadora, deduje que no me había creído.
—Claro que te importa.
—No, no me importa. No
puedes dejar que tu cuerpo muera. No sabemos con certeza qué ocurrirá.
¿Y si consiguieran derrotarte incluso después de haberte deshecho de tu
cuerpo?
—Pongamos por caso que dejaran de ser una amenaza, que tú fueras capaz de vencerlos a todos.
—¿Yo?
—Seguiría existiendo un pequeño problemilla al que llamo «vivir tras los barrotes». No pienso volver a la cárcel, Holandesa.
¿Qué? ¿Aquello le preocupaba?
—No lo entiendo. Puedes abandonar tu cuerpo a tu antojo. Esos barrotes no te retienen.
—No es tan sencillo.
Ya volvía a mostrarse evasivo. Había algo que no quería contarme.
—Peter, por favor, dime la verdad.
—No es importante.
Adelantó el cuerpo y apagó la pantalla del ordenador, como si de pronto le molestara.
—Peter. —Le puse una mano en el brazo, obligándole a volverse hacia mí—. ¿Por qué no es tan sencillo?
Abrió la boca con intención de decir algo y se miró las botas.
—Tiene... efectos secundarios.
—¿Abandonar tu cuerpo?
—Sí. Cuando me separo de
él, es como si mi cuerpo entrara en coma. Si lo hago demasiado a
menudo, los médicos de la prisión me inyectan medicamentos para prevenir
los ataques.
Medicamentos que tienen unos efectos secundarios
intolerables. —Nuestras miradas volvieron a encontrarse—. No me permiten
abandonar mi cuerpo, por lo que yo acabo atrapado en la cárcel y tú
eres completamente vulnerable.
Ah.
—Bueno, pues entonces continúa huido, yo te ayudaré, pero por ahora deja que te busque atención médica. Tengo un amigo que es médico y conozco un par de enfermeras. Ellos se ocuparán de ti y no nos entregarán, te lo prometo. Dime dónde estás. Ya tendremos tiempo luego de preocuparnos de la cárcel.
—Si tú me encuentras, él me encuentra. Y yo vuelvo a la cárcel, por muchos contactos que tengas.
¿Ya estábamos otra vez con los misterios?
—¿Quién te encuentra?
—El tipo que tu tío te ha pegado a los talones.
Aquello me cogió por sorpresa.
—¿De qué estás hablando?
—Tu tío te ha hecho seguir, imagino que con la esperanza de que yo aparezca.
—¿El tío Nico me ha hecho seguir? —repetí, atónita.
—¿No se supone que deberías percatarte de ese tipo de cosas? ¿No es parte de tu trabajo?
Me guiñó un ojo con socarronería.
—Estás cambiando de tema —protesté, intentando recuperarme del guiño.
—Lo siento. —Se puso
serio—. De acuerdo, veamos, quieres que siga vivo porque existe la
lejana posibilidad de que puedan enviarme de vuelta al infierno. Más o
menos, eso lo resume todo, ¿no es así?
—Peter, escapaste de
allí. Nada más y nada menos que el ser que fue creado con el mapa de las
puertas del infierno grabado en su cuerpo. Eres la llave de su libertad
y te fugaste con ella. Eras su general, el más poderoso de sus
guerreros, y los traicionaste. ¿Qué crees que te ocurrirá si consiguen
enviarte de vuelta? Sin mencionar el hecho de que si regresas, tu padre,
que, mira tú por dónde, resulta ser Satán, tendrá la llave para escapar
del infierno.
—Tú lo has dicho, «si».
—Un «si» por el que no
estoy dispuesta a correr riesgos. Seguro que el infierno es
suficientemente atroz sin necesidad de ser el enemigo público número uno
del inframundo. Además, ¿cómo vamos a arriesgarnos a dejar salir a
Satán? —Crucé los brazos—. Dime dónde estás.
—Holandesa, no me busques. Aunque pudieras vencerlos a todos...
—¿Por qué no dejas de
repetir eso? —pregunté, exasperada—. Soy una luz brillante que atrae a
los muertos para que puedan cruzar a través de mí. Pensándolo bien, soy
como uno de esos atrapa insectos eléctricos. Y estoy bastante segura de
que Azote de Demonios no acaba de encajar con lo que hago.
La leve sonrisa que se dibujó en su hermoso rostro estuvo a punto de licuarme las rótulas.
—Si tan solo tuvieras una vaga idea de lo que eres capaz de hacer, el mundo sería un lugar bastante peligroso.
No era la primera vez que oía algo por el estilo, y expresado con la misma vaguedad.
—Muy bien, entonces ¿por qué no me iluminas? —pregunté, sabiendo que no lo haría.
—Si te dijera de lo que eres capaz, estarías en situación de ventaja, y no pienso exponerme a eso.
—¿Qué demonios crees que te haría?
Se levantó y me atrajo hacia él, con un gruñido.
—Dios, qué cosas preguntas, Holandesa.
Me envolvió el cuello
entre sus largos dedos y me hizo levantar la barbilla apenas un instante
antes de que su boca se abalanzara sobre la mía. Lo que empezó con una
leve vacilación se convirtió en una exigencia irrefrenable en cuestión
de segundos. Su lengua se abrió camino en el interior de mi boca y el
sabor de su piel, el olor a tierra húmeda, hizo que perdiera el mundo de
vista. Me abandoné en sus brazos, ladeé la cabeza en un gesto que
aumentó la pasión del beso y me aferré a sus anchos hombros con
desesperación.
Me rodeó la nuca con una
mano y me estrechó contra él con la otra al tiempo que me hacía
retroceder hasta la pared. A continuación, me cogió ambas manos con una
sola suya y las sujetó por encima de mi cabeza mientras la otra
exploraba a su antojo. La ahuecó sobre Peligro y acarició la cúspide
hasta que se endureció bajo su palma, arrancándome un débil gemido.
Sonrió, bajó la cabeza y
posó sus labios ardientes sobre mi pulso. La lava incandescente que se
arremolinó en mi estómago desató sensuales temblores por todo mi cuerpo.
Traté de encontrar las fuerzas para detenerlo. En serio, aquello era
ridículo. Mi absoluta falta de control cuando se trataba de Peter rayaba
en lo lamentable. ¿Qué más daba que fuera el hijo de Satán, según se
decía la criatura más bella que jamás hubiera pisado los cielos? ¿Qué
más daba que se hubiera forjado en el calor de un millar de estrellas?
¿Qué más daba que me fundiera las entrañas?
Tenía que encontrar algo a lo que aferrarme para no perder el control. Y tenía que ser algo distinto al miembro viril de Peter.
—Espera —dije, cuando su lengua hizo estremecer lo más profundo de mi ser—, tengo que hacerte una justa advertencia.
—¿Ah, sí?
Se enderezó y me dirigió una mirada lánguida y voluptuosa.
—No voy a permitir que dejes morir tu cuerpo.
—¿Vas a detenerme? —preguntó, con cierto escepticismo.
Lo empujé para apartarlo de mí, recogí mi bolso y me dirigí hacia la puerta.
—Voy a encontrarte —aseguré, antes de cerrarla, volviéndome hacia él.
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