jueves, 20 de octubre de 2016

Capitulo 2

No cruces los rayos. Nunca cruces los rayos.
(Pegatina de parachoques)


—Pero ¿tú qué escuchas? —pregunté, adelantando el cuerpo para bajar la radio mientras Euge conducía de vuelta a casa.

«This Little Light of Mine» era demasiado alegre para las presentes condiciones atmosféricas.

Eugenia apretó el botón Scan.

—Yo qué sé. Se supone que es rock clásico-
—Ya. Bueno, ¿este coche es de segunda mano? —pregunté, pensando en el fiambre del maletero y en cómo habría llegado hasta ahí.

Todavía no había conseguido esclarecer si Euge había sido una viuda negra antes de conocernos. Sí, tenía el pelo negro y no hacía mucho que se lo había cortado. ¿Lo habría hecho para despistar, tal vez? Por no hablar de ese instinto asesino que la asaltaba antes del primer café de la mañana y que hacía de la conducción agresiva una alternativa práctica para encontrarte con una Euge más sana y feliz. Los muertos rara vez se paseaban por la Tierra porque sí. Era muy probable que el Muerto del Maletero hubiera sufrido una muerte violenta y, si llegaba el momento de tener que ayudarlo a cruzar, primero debía averiguar cómo y por qué.

—Sí —contestó sin prestar demasiada atención—. Al menos sabemos por dónde empezar con esa tal Janelle York. ¿Quieres que llame a tu tío? Puede que también valga la pena hablar con el forense.
—Por supuestísimo —contesté con aire despreocupado—. Y ¿dónde dices que lo compraste?

Se volvió hacia mí, frunciendo el ceño.

—Que compré ¿el qué?

Me encogí de hombros y miré por la ventanilla.

—El coche.
—En Domino Ford. ¿Por qué?

Levanté las manos para restarle importancia.

—Por curiosidad. Una de esas cosas tontas en las que te da por pensar de vuelta a casa después de trabajar en un caso sobre personas desaparecidas.

Abrió los ojos de par en par, horrorizada.

—¡Ay, Dios mío! Hay un muerto en el asiento de atrás, ¿verdad?
—Un momento, ¿qué? —dije, tartamudeando estupefacta—. ¿Cómo va a haber un muerto en tu coche? ¿Qué te hace pensar eso?

Me dirigió una mirada escrutadora cargada de recelo segundos antes de desviar el coche hacia una gasolinera y frenar con un chirrido.

—Euge, estamos a dos pasos de casa.
 —Dime la verdad —exigió, después de haber estado a punto de conseguir que atravesara el parabrisas. Desde luego, no podía decirse que no le funcionaran los frenos—. Lo digo en serio, Lali. Vale que los muertos te siguen a todas partes, pero no los quiero en mi coche. Además, mientes de pena.
 —No es cierto. —No sé por qué, pero aquel comentario me dejó consternada—. Miento de fábula, pregúntale a mi dentista. Está convencido de que me paso el hilo dental a diario.

Dejó el coche en la zona de aparcamiento y se me quedó mirando fijamente. Sin pestañear. Se las apañaría bien en la cárcel.

—Te lo prometo, Euge —dije al fin, tras convertir un suspiro en una interpretación sublime digna de Broadway—, no llevas un muerto en el asiento de atrás.
—Entonces está en el maletero. Hay un cuerpo en el maletero, ¿verdad?

Me hizo gracia el tono aterrorizado de su voz. Hasta que salió disparada del coche.

—¿Qué? —dije, bajando tras ella—. Claro que no.

Eugenia señaló el Taurus blanco y me dirigió una mirada acusadora.

—Hay un cadáver en ese maletero —sentenció. En voz bastante alta. Tanto como para que la oyera el poli que teníamos al lado, sentado en su coche con la ventanilla bajada.

Puse los ojos en blanco. Estábamos a finales de octubre, ¿por qué demonios tenía la ventanilla bajada? Cuando abrió la puerta del coche patrulla y se puso en pie cuan largo era, incliné la cabeza y me di un palmetazo en la cara. Menos mal que era la mía. Aquello no podía estar ocurriendo de verdad. Si volvía a llamar al tío Nico inspector de la policía de Buenos Aires, en plena noche, para que me sacara de uno de esos tontos altercados que solía tener con algún que otro poli, me mataría. Al menos eso era lo que había dicho. Con un pelador de naranjas. No sé por qué.

—¿Tienen algún problema, señoras? —preguntó el agente.

Eugenia me miró con el ceño fruncido.

—¿Por qué no le dices que no hay un cadáver en ese maletero? ¿Eh?
—Euge, de verdad...

Puso los brazos en jarras, esperando una respuesta.

Me volví hacia Harry el Sucio.

—Mire, agente O. Müller —dije, consultando su placa identificativa—. Sé que lo que ha dicho Eugenia no ha sonado demasiado bien, pero hablaba metafóricamente. ¿Cómo vamos a llevar un...? —Me fijé mejor en su cara y en aquel mohín casi desdeñoso que esbozaban sus labios, y una vaga sensación de familiaridad me provocó un hormigueo que me recorrió toda la espalda. Al estilo It de Stephen King—. Por casualidad, no estará emparentado con Owen Müller, ¿verdad?

Sus labios dibujaron una fina línea.

—Soy Owen Müller.

Venga ya. Por algún motivo que solo él sabía, Owen Müller había intentado matarme en el instituto. Con un monovolumen. Aunque después le contó a la policía que solo quería dejarme paralítica, se negó a explicarles la razón. Por lo visto, le había hecho algo, pero por muchas vueltas que le di, nunca llegué a saber de qué se trataba.

Decidí tomármelo con calma. No valía la pena echarle en cara su pasado criminal. Lo pasado pasado estaba. Sobre todo porque él llevaba pistola y yo no.

Sonreí y le di un suave puñetazo en el brazo, como si fuéramos viejos amigos.

—Cuánto tiempo sin verte, Müller.

No funcionó. Se puso tenso y se quedó mirando unos instantes el lugar en que mi puño había hecho impacto. Luego alzó la vista, sin prisas, y clavó sus ojos en los míos, como si lo único que deseara fuera arrancármelos de cuajo.

Una situación un pelín incómoda.

Entonces recordé que en el instituto era muy amigo de Benjamin Amadeo, con quien hacía poco que había recuperado el contacto, por lo que decidí utilizar esa información para romper el bloque de hielo en el que Müller estaba atrapado.

—Ah, oye, el otro día vi a Benja. Es subdirector de la prisión de Santa Fe.
—Sé dónde está Benjamin Amadeo —contestó con odio reconcentrado—. Sé dónde estáis todos. —Se inclinó hacia mí—. No lo olvides.

Me quedé de piedra, incapaz de reaccionar mientras él daba media vuelta y regresaba al coche patrulla. Eugenia también se lo quedó mirando, boquiabierta, viendo cómo se alejaba en su vehículo.

—Ni siquiera ha registrado el maletero —dijo.
—¿Solo me lo parece a mí o su comentario ha sido el del típico acosador? —pregunté, sin apartar la vista de las luces traseras cada vez más lejanas.
—¿Qué narices le has hecho?
—¿Yo? —Me llevé una mano al pecho para demostrarle lo mucho que me ofendían sus palabras—. ¿Por qué siempre das por hecho que yo tengo la culpa?
—Porque siempre tienes la culpa.
—Pues para tu información, ese hombre intentó dejarme paralítica en el instituto. Con un monovolumen.

Se volvió hacia mí, atónita.

—¿Alguna vez te has planteado emigrar a otro país?
—Por raro que parezca, sí.
—Maletero. Fiambre.

Se dirigió hacia el coche y metió la llave en la cerradura, pero me lancé tras ella y cerré la puerta del portaequipajes antes de que el difunto me viera.

—Lo sabía —dijo, y volvió a alejarse del vehículo—. Hay un fiambre en el maletero. Intenté hacerla callar llevándome un dedo a los labios repetidamente.
 —No es un fiambre, es una persona que ha fallecido —la reprendí, susurrando a voz en cuello, como suelen hacerlo los borrachos en los bares de solteros—. No es lo mismo. Y si descubre que puedo verlo, se me pegará como una lapa hasta que resuelva su asesinato y sus tonterías.

Le mudó la expresión y me miró resentida.

—Ibas a dejar que fuera conduciendo por ahí con ese tipo en el maletero por siempre jamás.
—¿Qué? —protesté, con un resoplido—. Sí, hombre. Bueno, por siempre jamás no, solo unos días, hasta que averiguara quién era.

Dio un paso al frente, hasta que nuestros dedos de los pies se tocaron.

—Eso no está bien, lo mires como lo mires.

Dicho lo dicho, dio media vuelta y enfiló el camino hacia casa.

Mierda. Corrí tras ella, sorprendida de la distancia que podía cubrir una mujer cabreada en tan poco tiempo.

—Euge, no puedes ir andando a casa. Todavía no ha amanecido. Y estamos en Central.
—Antes prefiero encontrarme con diez mal nacidos en una docena de callejones oscuros que subir a ese coche —contestó, señalando a su espalda sin perder el paso.
—Y ¿qué me dices de los aparcamientos oscuros? —pregunté, después de hacer la multiplicación—. ¿O de los pasajes oscuros? Esos también dan bastante miedo, ¿no crees?

Eugenia continuó con paso firme, sin titubear en su noble empresa de evitar a los difuntos para acabar recibiendo un navajazo por los cinco dólares que llevaba en los bolsillos. Aunque no alcanzaba a verle la lógica, al menos comprendía que tuviera miedo. Un momento... No, no lo comprendía.

—Euge, los muertos me siguen a todas partes. Están en la oficina, sentados en la sala de espera, esperando junto a la cafetera. ¿Por qué se ha convertido en un problema de repente?
—Por eso mismo. Porque es a ti a quien siguen y no a mí. Y no en mi coche.
—Entonces mejor que no te diga nada sobre lo del niño de tu apartamento, ¿no? —Se detuvo en seco, muda de asombro—. No. Vale. Olvida lo que he dicho.
—¿Hay un niño muerto en mi apartamento?
—No siempre.

Sacudió la cabeza y reemprendió la marcha, con lo cual acabé correteando torpemente tras ella con mis zapatillas de conejito, intentando darle alcance. Resignada, comprendí que estaba haciendo demasiado ejercicio. Luego tendría que contrarrestarlo con un poco de pastel.

—No puedo creer que tenga un niño muerto en mi apartamento y que no me lo hayas dicho.
—No quería asustarte. Creo que está chiflado por Rufi.
—Lo que me faltaba.
—Mira, llevemos el coche a casa y luego me encargo de esto —dije, tirándole de la chaqueta hasta que por fin se detuvo—. No podemos dejarlo aquí, te lo robarán.

Se le iluminó la cara.

—¿Tú crees? No, espera, será mejor que vuelva y deje las llaves puestas. Ya sabes, para ponérselo más fácil.
—Sí, bueno, es una idea.

Varió el rumbo hacia el coche, animada por una nueva determinación. Empezaba a preocuparme, aunque ahora al menos avanzaba en la dirección correcta.

—Sin contar la vez que me bañé en bolas con el club de ajedrez, esta ha sido la noche más movida de mi vida —dije, entre resuellos. Levanté la vista en un gesto pensativo, tropecé, trastabillé, recuperé el equilibrio y miré a mi alrededor como si lo hubiera hecho a posta, antes de rectificar—. No, lo retiro. 

Creo que la noche más movida de mi vida fue esa vez en que ayudé a mi padre a resolver el misterio de la explosión de gas en la que murieron treinta y dos personas. En cuanto el caso estuvo resuelto, a todos les dio por cruzar. A la vez. Me llevó toda la noche recuperarme de ese sinfín de emociones arremolinándose en mi interior.

Eugenia aflojó el paso, pero siguió sin volver la cabeza. ¿Quién se lo habría echado en cara? Tendría que haberle dicho lo del niño hacía mucho tiempo. No estaba bien ocultarle ese tipo de información.

—De no ser por ese hombre que vio a un universitario destrozando las tuberías del gas, puede que el caso hubiera quedado sin resolver. Claro que yo solo tenía siete años —proseguí, con la esperanza de distraer a Euge con la cháchara—. Me costó mucho comprender lo que sucedía. Eh, al menos tu coche sigue en el mismo sitio.

Lo señalé.

Eugenia se plantó junto al Taurus en dos pasos y se volvió hacia mí.

—Lo siento, Lali.

La miré unos instantes con el ceño fruncido, sin tenerlas todas conmigo.

—¿Estás a punto de hacer un chiste fácil? Porque me harté de ellos a los doce.
—Yo, aquí, medio desquiciada porque llevo un fiambre en el maletero...
—Un muerto. Muerto.
—... y tú preocupándote por todos. Nunca me habías contado esa historia.
—¿Qué historia? —pregunté, aún recelosa—. ¿La historia de la explosión? No fue nada. Solo se la había contado para apartar de su mente la imagen de los muertos que se comportan como enajenados.
—¿Nada? Eres como un superhéroe, pero sin capa.
—Oh, qué detalle. ¿Dónde está la trampa?

Euge ahogó una risita.

—No hay trampa. Solo dime que no hay un muerto en mi maletero.

A regañadientes, giré la llave y levanté la puerta del portaequipajes.

—No hay un muerto en tu maletero.
—Lali, sé sincera. No pasa nada.

Parpadeé, sorprendida. Se había ido.

—No, lo digo en serio —aseguré, al tiempo que buscaba por todas partes.

Retrocedí un paso para ver mejor y tropecé con algo frío e inmóvil. La temperatura descendió en picado en torno a mí y un escalofrío me recorrió la espalda. Era como entrar en una cámara frigorífica, pero no quise asustar a Eugenia. Otra vez.

—No —insistí, encogiéndome de hombros—, aquí no hay ningún muerto.

Sus labios dibujaron una fina línea, como si estuviera de vuelta de todo. Me hice a un lado y miré a mi alrededor, simulando que supervisaba la zona, mientras miraba con el rabillo del ojo la torre que se alzaba a mi lado. El Muerto del Maletero tenía los ojos clavados en mí, con la mirada vacía y el semblante desprovisto de emoción. Reprimí la tentación de agitar una mano delante de él, de chascar los dedos. En cualquier caso, lo más probable era que solo hubiera conseguido fastidiarlo.

—¿Está a tu lado? —preguntó Eugenia.

Debía de haberlo mirado por más tiempo del que creía, porque Euge no se había tragado mi falso aire de despreocupación. Asentí avergonzada, dejando escapar un suspiro de resignación.

—Deprisa, deprisa. —Me quitó las llaves y echó a correr hacia la puerta del conductor—. Lali, espabila, antes de que se monte.
 —Ah.

Me dirigí al lado del acompañante y subí al coche. Eugenia seguía pensando que era posible conseguir que los muertos se quedaran atrás. Dejé que continuara creyéndolo mientras ponía el motor en marcha y salía del aparcamiento como alma que lleva el diablo, allí donde se las lleve.

—¿Le hemos dado esquinazo? —preguntó.

No sabía qué hacer. Por un lado, Euge quería conocer y comprender cómo funcionaba el otro mundo y, por el otro, yo sentía el ardiente deseo de llegar a casa sana y salva, con pocas piezas del automóvil, o ninguna, asomando por la cabeza, el pecho o por ambos.

—Ya lo creo —aseguré, haciendo verdaderos esfuerzos para no mirarlo.

Aquella situación me recordó la vez que, estando en la universidad, me di de bruces con el exhibicionista del lugar al doblar una esquina, de camino a clase. Tanto entonces como en esos momentos, era difícil que a una no se le fuera la vista, sobre todo teniendo en cuenta que el Muerto del Maletero se había instalado en el regazo de Eugenia.

—Brrr —rezongó.

Adelantó el cuerpo y encendió la calefacción a pesar de que ya estábamos entrando en el aparcamiento del edificio de apartamentos.

—Primero me daré una ducha y luego averiguaré qué le ocurrió a Janelle York —dijo cuando llegamos a la segunda planta. No eran ni las cuatro y media de la madrugada—. ¿Por qué no te echas una cabezadita?
—Euge —dije, tratando de apartarme ligeramente del Muerto del Maletero, que invadía mi espacio vital. Era muy quisquillosa en lo tocante a mi espacio vital—. Me he tomado tres tazas de café más de las que suelo tomarme. Ahora mismo no podría retomar el sueño ni aunque me lo propusiera.
—Inténtalo al menos. Te despertaré de aquí a un par de horas.
—¿Vas a volver a lanzarme ropa a la cara?
—No.
—De acuerdo, pero te lo digo en serio, no voy a volver a pegar ojo en toda mi vida.

Me desperté dos horas después, según mi reloj. Eran casi las siete. Tiempo de sobra para darme una ducha, prepararme un café y mirar tíos buenos por internet. Por lo visto, el Muerto del Maletero también necesitaba ducharse.

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