Como no le había dicho a mi acompañante que ella estaba allí, le
dirigí a Elizabeth una versión abreviada de mi mirada mortal. Ella se
echó a reír. Dejamos atrás unos cuantos edificíos más antes de que Benja
hicuera la pregunta del millón de dólares.
-...
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- Bueno, ¿quién te ha pegado?
- Te lo dije- comentó Elizabeth.
Apreté los dientes e hice una mueca mientras bajaba un poco la bolsa de gel frío.
- Estaba trabajando en un caso.
- ¿Un caso te golpeó?
Percibí en sus palabras un atisbo del viejo Benja, el que no era un gilipollas.
- No, el marido del caso me golpeó. Me estaba encargando de mantenerlo ocupado mientras el caso se subía a un avión con dirección a Europa.
- No me digas que te metiste en un caso de violencia doméstica.
- Vale.
- Pero lo hiciste, ¿no?
- Sí.
- Joder, Esposito, ¿es que no te he enseñado nada?- Entonces me llegó el turni de mirarlo con incredulidad.
- Colega, fuiste tú quien me enseño lo que Frank Ahearn te enseñó sobre cómo enseñar a la gente a desaparecer. ¿Para qué creías que necesitaba esa información?
- No para involucrarte en un asnto doméstico.
- Todos mis clientes son "domésticos". ¿A qué crees que se dedican los detectives privados?
Por supuesto, él también tenía licencia de investigador privado y podía darme cien vueltas en aquel trabajo, pero se concentraba en los casos de personas desaparecidas. Los honorarios de un recuperador eran mayúsculos cuando uno era tan bueno como él.
Y, para ser sincera, debía darle la razón. Me había metido en un asunto que me venía grande. Pero al final todo había salido bien.
El caso, también conocido como Rosie Herschel, consiguió mi número gracias a un amigo de un amigo, y me llamó una noche para pedirme que acudiera a uno de los supermercados que había en el centro comercial. Todo fue bastante clandestino. Le dijo a su marido que necesitaban leche para poder salir de casa, y nos reunimos en un oscuro rincón del aparcamiento del súper.
El hecho de que ella tuviese que poner una excusa solo para ausentarse de casa me dio mala espina. Debería haber renunciado en aquel mismo momento, pero la mujer estaba desesperada, tan asustada y tan harta de que su pareja pagara con ella los platos rotos de ser un fracasado, que no fui capaz de abandonarla. El aspecto de mi mandíbula no podía compararse con el del horrible ojo morado que tenía ella la primera vez que la vi. Rosie creía, y yo estaba de acuerdo, que si intentaba dejar a su marido sin ayuda, jamás llegaría a vivir otro cumpleaños.
Puesto que había nacido en Europa y tenía parientes allí, organizamos un plan para que se reuniera con su tía en la capital. Más tarde, ambas viajarían con dinero en efectivo suficiente para abrir un pequeño motel, o una posada, en una playa cercana al pueblo de sus abuelos. Por lo que me contó Rosie, su marido nunca había llegao a conocer a ninguno de sus familiares europeos. Las probabilidades de que encontrara a los Gutiérrez adecuados en Europa eran casi inexistentes. Sin embargo, por si las moscas, conseguímos nuevas identidades para las dos. Y aquello ya fue toda una aventura en sí.
Entretanto, envié un mensaje anónimo al señor Herschel en el que fingía ser una admiradora y lo invitaba a tomar unas copas en un bar cerca del mall. Aunque me sentí tentada de elegir la seguridad del bar de mi padre, no podía arriesgarme a que alguien se le escapara mi verdadero nombre. Así pues, dejé a Rosie en el aeropuerto para que cogiera el avión que la llevaría a Europa. Aún faltaban unas cuantas horas para que el avión despegara, no obstante, tenía un plan para mantener ocupado a Herschel toda la noche. Lo azuzaría para que me golpeara y presentaría cargos.
No fue tan sencillo.
Requería cierta destreza coquetear como una perra en celo y luego tirar del freno de mano y dar marcha atrás. Era como una bofetada en plena cara. Y, como era de esperar, un tipo como Herschel se tomó fatal que lo hubiera excitado sin motivo. Solo hizo falta soltar unos cuantos insultos sobre penes pequeños y un par de risillas tontas para que los puños empezaran a volar.
Aunque podría haberlo emborrachado hasta las trancas y haberlo dejado tirado en cualquier callejón, no tenía margen para correr riesgos; tenía que asegurarme de que Herschel no decubría que Rosie se había largado hasta la mañana siguiente. Lo único que necesitabamos era una noche entre rejas. En aquellos momentos, mi caso ya estaba en camino hacía una exitosa carrera como posadera.
- Es ahí- señaló Elizabeth.
- Ah, para aquí- dije para que la información también le llegara a Benja-. ¿Esa casa de la esquina?
Ella asintió.
Y su cadáver estaba justo donde dijo que estaría. Primero vi sus zapatos, rojos, de tacones altísimos y caros; después a la difunta Elizabeth. Correspondencia absoluta. Ya había hecho mi parte. Regresé al porche y me senté mientras Benja y el agente se encargaban de avisar a las autoridades. Mientras me regañaba a mi misma por no examinar el cuerpo y la escena del crimen en busca de pruebas, tal y como haría un auténtico detective privado, percibí un movimiento por el rabillo del ojo que llamó mi atención. No se trataba de un movimiento normal, del tipo que todo el mundo puede percibir. Era más siniestro, más... sólido.
Volví la cabeza tan rápido como pude, pero ya lo había perdido. Otra vez. Aquello me sucedía muchas veces últimamente; notaba movimientos oscuros en la periferia de mi campo de visión. Era evidente que o bien Superman había muerto y se paseaba por la ciudad a la velocidad de la luz (porque los muertos normales no se mueven tan rápido; aparecen de la nada y desaparecen de la misma forma), o bien padecía montones de esos miiinfartos que agún día desembocarían en una gigantesca y devastadora hemorragia cerebral.
Tenía que hacerme unos análisis de colesterol sin falta. Por supuesto, había otra posibilidad. Una que ni siquiera quería considerar. Una que explicaría muchas cosas.
A diferencia de otras personas, nunca he temido lo desconocido. Jamás me han dado miedo la oscuridad ni los monstruos ni el hombre del saco. De lo contrario, no me habría convertido en un buen ángel de la muerte. Pero algo o alguien me acechaba. Durante las últimas semanas había intentado convencerme de que era cosa de mi imaginación. Sin embargo, solo había visto una cosa en toda mi vida que se moviera tan deprisa. Y era la única cosa del mundo, y del Más Allá, que me aterrorizaba.
Nunca había logrado averiguar qué era lo que me causaba aquel miedo irracional, ya que aquel ser jamás me había hecho daño. A decir verdad, me había salvado la vida en varias ocasiones. Cuando de niña estuve a punto de ser secuestrada por un pederasta en libertad condicional, me salvó. Cuando Owen Vaughn intentó atropellarme con el Suburban de su padre en el instituto, me salvó. En la facultad, cuando empezaron los acosos que a la postre culminaron e un ataque, me salvó.
En aquella época no me tomaba lo del acoso muy en serio. Hasta que me ocurrió. Solo entonces comprendí, casi demasiado tarde, que mi vida había corrido auténtico peligro. Así pues,podría decirse que debería sentirme agradecida. Sin embargo, la cuestión no era que me hubiera salvado la vida, si no cómo lo hizo. Que alguien sea capaz de partir en dos la médula espinal de un hombre sin dejar ninguna evidencia visible de lo que ha ocurrido resulta un poquito desconcertante.
Y en el instituto, cuando los demás adolescentes intentaban desesperadamente descubrir quiénes eran, dónde encajabanen el mundo, aquel ser se encargó de decirme qué era yo. Me susurró el oído el papel que tendría en la vida mientras me aplicaba brillo de labios en el baño de las chicas. Fueron unas palabras que nunca oí; unas palabras que impregnaron el aire a la espera de que yo las respirara, de que aceptara quién era y en que me convertiría. Aunque había muchas chicas revoloteando a mi alrededor para poder mirarse en el espejo, yo solo lo veía a él, de pie ante mí. Una gigantesca figura ataviada con una túnica con capucha que se cernía sobre mí como un sofocante vacío negro.
Quince minutos después de que el resto de las chicas se marcharan, de que aquel ser desapareciera, yo seguía en el mismo lugar. Apenas respiraba, y no pude moverme hasta que la señora Worthy descubrió que me había saltado las clases y me envió al despacho del director.
Aquel ser era, en esencia, siniestro y espeluznante; aparecía en mi vida de vez en cuando para regalarme algún jugoso bocadito de sabiduría del Más Allá, y para darme un susto de muerte. Sus visitas me dejaban aterrada. Al menos, yo era un brillante y chispeante ángel de la muerte. Él era oscuro y peligroso, y la muerte parecía emanar de su presencia como el humo del hielo seco.
Cuando era niña, decidí ponerle un nombre corriente, uno que no sonara amenazador, pero Peluchín no le pegaba. Al final, lo bauticé como el Malo Malísimo.
- Lali- dijo Elizabeth, que estaba sentada detrás de mí. Parpadeé y miré a mi alrededor.
- ¿Has visto a alguien?
Ella examinó también la zona.
- Creo que no.
- ¿Un movimiento? ¿Una especie de borrón... oscuro?
- No, nada de eso.
- Ah, vale, lo siento. ¿Qué pasa?
- No puedo permitir que mis sobrinas y mi sobrino vean el cadáver. Estoy justo debajo de sus ventanas.
Yo también había pensado en eso.
- Tienes razón- dije-. Dberíamos darle la mala noticia a tu hermana.
Asintió con tristeza. Le pedí a Benja que se acercara y ambos acordamosque el agente y yo llamaríamos a la puerta e informaríamos a la hermana de Elizabeth. La abogada me ayudaría a saber qué debía decirle. Su presencia haría que las cosas nos resultaran mucho más fáciles. Al menos, eso pensaba yo. Una hora después, estaba en el monovolumen de mi tío, respirando dentro de una bolsa de papel.
- Deberías de haberme esperado- dijo él, siempre tan servicial.
Nunca más. Era evidente que ...
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ResponderEliminarMaaaaaaaaaaaaaaaaaaas...
ResponderEliminarAngy... =D
Malo ,malísimo,jajajajjaja,en contra punto si k le podría haber puesto peluchin.
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