jueves, 16 de octubre de 2014

Capitulo 12


- Vale, está bien. A las nueve en punto en mi oficina. Me pasaré un momento por el apartamento para picar algo y después iré hacia allí.
- Gracias, jovencita. Por cierto... ¿estás bien?
- ¿Yo? Siempre- contesté mientras el demonio de pelo dorado se abalanzaba hacia delante para sacarme los ojos. Cayó fuera del coche en algún lugar de la calle-. Pero debo decirte, tío Nico, que acabo de descubrir pruebas irrefutables del motivo por el que algunas especies devoran a su progenie.
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Me encantan los niños, pero creo que no podría comerme uno entero.
(Pegatina de parachoques)

Me preocupaba que Niña Demonio me siguiera hasta el apartamento y continuara dando por saco, así que me aseguré de que no estaba a la vista antes de subirme a Misery y salir pitando hacia mi casa. De cualquier forma, por si acaso, entré en el edificio a toda prisa, saludé brevement al señor Wong, y saqué mi equipo de exorcismo del mueble del televisor. Lo guardaba allí porque, como el resto de cosas que se guardan en esos muebles, los exorcismos no eran más que un entretenimiento.

Yo no, en realidad no puedo exorcizar a nadie, a pesar de lo conveniente que es mi trabajo como ángel de la muerte. Solo puedo ayudar a los difuntos a averiguar por qué siguen en la Tierra y luego persuadirlos para que avancen al plano del Más Allá. No puedo obligarlos a hacerlo contra su voluntad. Al menos, eso creo. En realidad nunca lo he intentado. Lo que sí puedo, no obstante, es engañarlos. Unas cuantas velas, un rápido encantamiento y voilá, exorcismo al canto. Los muertos se lo tragan siempre y acaban cruzando a regañadientes. Excepto el señor Habersham, el del apartamento que hay al fondo del pasillo, que no hizo más que reírse cuando intenté exorcizarlo. Qué vejestorio más plasta.

A pesar de la presencia del señor Habersham (y, bien pensado, también del señor Wong), me encanta vivir en este apartamento. Mi edificio no solo está situado justo detrás del bar de mi padre, y por tanto también de mi oficina, sino que es algo así como punto de referencia local.

Llevaba viviendo allí algo más de tres años, pero cuando era joven, demasiado joven para conocer la existencia del mal, aquel viejo bloque de apartamentos se había grabado en mi memoria, aunque por razones ajenas a él. Más tarde, cuando mi padre compró el bar, entré en el aparcamiento trasero y volví a ver el edificio por primera vez en una década. Al contemplar los enrevesados grabados medievales de la entrada, algo muy inusual en Buenos Aires, una avalancha de recuerdos, siniestros y dolorosos, me dejó petrificada. Sentí una opresión en el pecho y me quedé sin aliento. A partir de aquel momento, me obsesioné con el edificio.

Compartíamos una historia, una horrible pesadilla relacionada con un delicuente sexual en libertad condicional en busca de una víctima. Pensé que tal vez vivir allí me sirviera para vencer a mis demonios de algún modo. Naturalmente, aquello funcionaba mejor si los demonios no eran de los que hacían visitas.

Puse en marcha la cafetera y me dirigí al baño para comprobar si tenía os ojos tan hinchados como la mandíbula. Llorar como una estrella de cine en pleno tratamiento de belleza. No obstante, me di cuenta enseguida de que la hinchazón rojiza resaltaba el tono castaño de mis ojos. Genial. Abrí a tope el grifo del agua caliente y me dispuse a esperar los diez minutos de rigor que tardaba en salir caliente.
Y luego dicen que en Nuevo México hay escasez de agua. Mi casero no debe de opinar lo mismo.

En aquel momento oí que Euge, mi vecina-barra-mejor-amiga-barra-recepcionista, atravesaba la puerta con una taza de café en la mano. Sabía que Euge tenía una taza de café en la mano porque siempre llevaba una. Creo que le resultaba difícil formar frases completas sin ella.
- ¡Cielo, estoy en casa!- gritó desde la cocina. Sí la llevaba en la mano.
- ¡Yo también!- exclamó otra voz suave y risueña.

Conocí a Euge cuando me mudé al apartamento. Ella también acababa de trasladarse después de un divorcio horrible (según sus propias palabras), y nos hicimos amigas de inmediato. Pero tenía una hija, Rufi, que también entraba en el paquete. Si bien Euge y yo congeniamos al instante, la chica me preocupaba un poco. Nunca me habían gustado mucho las criaturas de metro veinte con la extraña capacidad de detectar todos mis defectos en menos de treinta segundos. Y, solo para que conste, también sé leer sin mover los labios. Con todo, estaba decidida a ganarme a Rufi a cualquier precio. Y después de una única partida de minigolf, me tuvo comiendo de la plama de su mano.

- Saldré dentro de un momento- dije desde el cuarto de baño.
La señora Lowestein, que vivía al otro lado del pasillo, debía de estar haciendo la colad, ya que el agua no tardó tanto como acostumraba en alcanzar los mil grados. El vapor flotaba a mi alrededor mientras me lavaba la cara. Cuando me miré en el espejo, tuve que redirme una vez más. Debía agradecer que el dios de mis sueños no me viera en semejantes condiciones. Me sequé con cuidado los ojos con toalla y empecé a retroceder lentamente al ver que aparecía una palabra en letras mayúsculas en la condensación del espejo: <<HOLANDESA>>.

Me que´de sin respiración. Holandesa. No había sido cosa de mi imaginación. El Hombre Onírico, también conocido como Peter, alias Dios de las Fantasías y de la Sensualidad, me había llamado <<Holandesa>> en la ducha, de eso ya no cabía ninguna duda. ¿Quien más podría haber sido?
Eché un vistazo al cuarto de baño. Nada. Permanecí en silencio, pero lo único que oí fue los ruidos que Euge hacía en la cocina.
- ¿Peter?- Miré detrás de la cortina de la ducha-. ¿Está ahí, Peter?
- ¡Necesitas una cafetera nueva!- me gritó Euge-. Esta tarda una eternidad.

Con un suspiro, renuncié a la búsqueda y tracé el recorrido de las letras del espejo con los dedos. Me temblaba la mano, así que la aparté a toda prisa y, después de echar una última mirada a mi alrededor, salí del cuarto de baño preparada para todos los <<¡Ay!>> y los <<¡Madre mía!>> que mi rostro estaba a punto de provocar.
- Madre del amor hermoso...- Euge dejó la taza de café. Volvió a cogerla y comenzó de nuevo-. ¿Qué te ha pasado?
- ¡Ay, madre!- ronroneó Rufi, que se acercó para verme mejor.

Sus enormes ojos azules se abrieron de par en par mientras estudiaba mi mejilla y mi mandíbula. Parecía un hada sin alas, y la promesa de la elegancia era evidente en cada uno de sus pasos. Tenía un largo cabello oscuro que caía en cascada sobre su espalda, y sus labios formaban una curva perfecta.
Me reí entre dientes al ver que la curiosidad formaba arrugas de preocupación en su frente.

- ¿No deberías estar en el colegio?- pregunté.
- Esta mañana me recogerá la madre de Fiona. Vamos a ir de excursión al zoo, y la madre de Fiona es una de las cuidadoras, así que le dijo al señor González que nos reuiniríamos con el resto de la clase allí. ¿Te duele?
- Sí.
- ¿Devolviste los golpes?
- No. Me quedé inconsciente.
- ¡No fastidies!
- Sí fastidio.
Euge apartó a su hija para echarle un vistazo a mi mandíbula.
- ¿Te han examinado?
- Sí, me examinó un tío bueno rubio que estaba sentado en el rincón del bar y me miraba con ojos dichosos.
Rufi soltó una risilla.
- Me refiero a si te ha visto un médico.
- No, pero un enfermero calvo que estaba como un tren dijo que me pondría bien.
- Vaya, ¿y era experto?
- En el coqueteo, sí- contesté. Rufi se echó a reír de nuevo. Me encantaba aquel sonido, similar al de un carrillón mecido por la brisa.

Euge la castigó con una de esas miradas típicas de las madres y le dio de nuevo la espalda para mirame a mi. Era una de esas mujeres modelo a las que les servían las tallas únicas, y y encantaba a los artífices de esa ropa. Era una persona bastante realista. El cabello teñido de rubio y fuerte, lo llevaba largo y encajaba bastante bien en su reputación de mujer fatal. No era así, por supuesto, pero las miradas de soslayo resultaban de lo más graciosas.

- ¿Ya está listo el café?
Euge se rindió y comprobó la cafetera.
- En serio, esto es un tormento. Es como esa tortura china del agua, solo que más cruel.
- Mamá tiene el síndrome de abstinencia. Anoche nos quedamos sin café.
- Oh,oh...- dije al tiempo que miraba a Euge con una sonrisa.
Se sentó junto a la encimera conmigo mientras Rufi hurgaba en las alacenas en busca de galletas.
- Ah, olvidé decírtelo- comentó Euge-. Rufi quiere que tu padre consiga una máquina de teriyaki para poder cantarles algo a los solitarios parroquianos del bar.
- Se me da bien cantar, mamá.- Solo alguien de doce años sería capaz de conseguir que la palabra <<mamá>> sonara como una blasfemia.
Me incliné hacia Euge.
- ¿Sabe Rufi que no se llama as...?
- No- respondió ella en un susurro.
- ¿Piensas decírselo?
- No. Así es mucho más divertido.

...

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