domingo, 19 de octubre de 2014

Capitulo 14

Ya había pasado nuestra hora de regresar a casa, pero seguíamos a la espera, acurrucadas en las sombras de una escuela abandonada, temblando y haciendo lo posible por resultar invisibles. Los miembros de las bandas no habían dejado de importunarnos, ya que querían saber que hacíamos allí. Habíamos estado cerca del desastre dos veces, y yo había conseguido un par de números de teléfono, pero en general la noche había sido bastante tranquila. Probablemente porque la temperatura estaba por debajo de cero rados centigrados.

En cierto momento...
____________________________________________________________________________________

En cierto momento me di cuenta que había un chico acurrucado bajo las escaleras de la escuela. Llevaba una camiseta más o menos blanca y unos vaqueros sucios. Aunque no tenía abrigo, no temblaba de frío. A los difuntos no les afecta el frío.
- Hola- dije mientras me acercaba.
Él levantó la vista con la sorpresa pintada en la cara.
- ¿Puedes verme?
- Claro.
- Nadie puede verme.
- Bueno, pues yo sí. Me llamo Lali Esposito.
- ¿Como las motos? (imaginaos que existe una marca de motos que sellae Esposito, en el libro es Davidson el apellido de la protagonista)
-Algo parecido- contesté con una sonrisa.
- ¿Por qué brillas tanto?- inquirió al tiempo que entecerraba los párpados.
- Soy un ángel de la muerte. Pero no te preocupes, no es algo tan malo como parece.
Sus ojos se llenaron de miedo de todas formas.
- No quiero ir al infierno.
- ¿Al infierno?- Me senté a su lado e ignoré los suspiros molestos de Cande, a quien le cabreaba que estuviera hablando sola otra vez-. Créeme, cielo, si tuvieras una cita con a encarnación del mal, no estarías aquí en estos momentos.
El alivio inundó sus inexpresivos ojos.
- Bueno, ¿pasabas por aquí o qué?- le pregunté.

No me costó mucho descubrir que era un chico de trece años, miembro de una banda, que había muerto recientemente. Se llamaba Angel, y había recibido un disparo de una nueve milímetros en el pecho durante un paseo en coche. Él conducía. A mis ojos, su redención llegó cuando descubrí que no tenía ni la menor idea de que la intención de su amigo era matar a todo hijo de puta que se colara en su territorio hasta que las balas empezaran a volar. En un intentopor detener a su colega, Angel había estrellado el coche de su madre y luego había forcejeado con su amigo por la pistola. Al final, fue la única persona que murió aquella noche.

Mientras se mantenía ocupada dándole una charla a Angel sobre las virtudes de los chalecos antibalas, la escena que tenía lugar en una ventana distante llamó mi atención. Salí de las sombras para verla mejor. Un fuerte resplador amarillo iluminaba la cocina de un pequeño apartamento, pero no era aquello lo que había llamado mi atención. Al principio me pregunté si la vista me había jugado una mala pasada. Parpadeé unas cuantas veces, volví a enfocar y luego contuve el aliento mientras el horror trepaba por mi columna vertebral.
- Cande- susurré-
El impertinente <<¿Qué?>> de mi hermana fue seguido de inmediato por una exclamación ahogada. Ella también lo vio.

Un hombre llevaba puestos unos boxers y una camiseta mugrienta tenía a un adolescente atrapado contra la pared. El chico arañaba la mano que le apretaba la garganta mientras un puño seboso se abalanzaba hacia él. Le dio en la mandíbula con tanta fuerza que su cabeza vló hacia atrás y se estrelló contra la pared. Se quedó inmóvil, pero solo durante un instante. Después, levantó las manos a ciegas para defenderse de los ataques. Por una efímera fracción de segundo, la mirada desorientada del chico se clavó en la mía. Justo antes de que el hombre lo golpeara de nuevo.
- Ay, Dios mío, Cande, ¡tenemos que hacer algo!- grité. Corrí hacia la abertura de la malla metálica que rodeaba la escuela-. ¡Tenemos que hacer algo!
- ¡Lali, espera!

Sin embargo, yo ya había atravesado la valla y corría hacia el apartamento. Levanté la mirada a tiempo para ver que el hombre luchaba con el chico sobre la mesa de la cocina.
La escalera que conducía al apartamento no estaba iluminada. Subí los escalones a trancas y barrancas antes de empujar la puerta cerrada sin nigún éxito. Una ventanilla similar a las de las oficinas de correos permitía vislumbrar un pasillo oscuro y desierto.
- ¡Lali!- Cande estaba de pie en la calle, al lado del apartamento. Puesto que la ventana estaba situada a cierta altura, había tenido que alejarse un poco para ver lo que ocurría-. ¡Date prisa, Lali! ¡Lo está matando!

Corrí hasta ella, pero no pude ver al chico.
- Lo está matando- repitió.
- ¿A dónde han ido?
- No sé. A ningún sitio. No han ido a ninguna parte- dijo, aturullada por las emociones-. Cayó. El chico cayó y el hombre...
Hice lo único que se me ocurrió. Corrí de nuevo hasta la escuela abandonada y cogí un ladrillo.
- ¿Qué estás haciendo?- inquirió Cande cuando atravesé la verja y me acerqué a ella a la carretera.
- Conseguir que nos maten, seguramente- respondí mientras apuntaba-. O peor aún, que nos castiguen sin salir.

Cande permaneció apartada mientras yo lanzaba el ladrillo hacia la ventana de la cocina. El enorme cristal se hizo pedazos, pero aguantó durante un agonizante momento, como si el impacto lo hubiera pillado desprevenido. Un instante después, el estruendo de los cristales rotos que caían en la acera rompió el silencioso ambiente nocturno. El hombre apareció de inmediato.
- ¡Voy a llamar a la policía, pedazo de cabrón!- Traté de sonar lo bastante convincente como para asustarlo.
El tipo nos fulminó con la mirada; la furia retorcía los rasgos de su rostro.
- Malditas zorritas... Pagaréis por esto.
- ¡Corre!- Los instintos entraron en juego. Agarré el brazo de Cande-. ¡Corre!

Aunque mi hermana intentó dirigirse calle abajo, la arrastré hacia el mismo edificio de apartamentos del que queríamos escapar.
- ¿Qué haces?- preguntó a gritos; el miedo había agudizado su tono de voz-. Tenemos que llegar hasta el coche.
Busqué el refugio de las sombras. Arrastré a Cande hasta la estrecha calleja que separaba el edificio de apartamentos y tintorería.
- Podemos atravesar el arroyo. Será más rápido.
- Está demasiado oscuro.

El corazón me palpitaba en los oídos mientras sorteaba cartones y ajadas cajas de madera. El frío ya no era un problema. No sentía nada excepto la necesidad de ayudar. De salvar a aquel chico.
- Tenemos que encontrar un teléfono- dije-. Hay un pequeño supermercado al otro lado del arroyo.
Cuando salimos del callejón nos encontramos otra verja metálica que nos bloqueaba el paso.
- ¿Y ahora qué?- gimió Cande, tan sevicial como siempre.

El arroyo seco estaba al otro lado, y el spermercado un poco más allá. Tiré de mi hermana mientras examinaba la verja en busca de algún agujero. A pesar de la luz de emergencia que había en la parte de atrás de la tintorería, no dejamos de tropezarnos y resbalarnos en aquel suelo congelado e irregular.
- Lali, espera.
- Tenemos que conseguir ayuda.- Era lo único que me importaba.
Tenía que ayudar a aquel chico. No había presenciado tanta violencia en toda mi vida. La adrenalina y el miedo habían llevado la bilis hasta la parte posterior de mi garganta, así qe tragué saliva con fuerza y di una profunda bocanada de aire frío para calmarme.
- Espera, espera.- El ruego jadeante de Cande consiguió por fin que aminorara el paso-. Creo que es él.

Me detuve y me di la vuelta. El chico estaba de rodillas al lado de un contenedor; se sujetaba el vientre mientras su cuerpo se convulsionaba entre arcadas secas. Me dirigí hacia él. Aquella vez fue Cande quien me agarró del brazo y luchó por mantener el equilibrio mientras arrastraba los pies detrás de mí.
Cuando llegamos hasta él, el chico intentó ponerse en pie, pero había recibido una paliza brutal. Débil y tembloroso, volvió a caer de rodillas y apoyó un brazo en el contenedor. Los largos dedos de la otra mano se enterraron en la gravilla del suelo mientras intentaba recuperar el aliento con enormes bocanadas de aire frío. Solo llevaba una camiseta fina y unos pantalones grises de chándal. Debía de estar congelandose.

Con un nudo de compasión en el pecho, me arrodillé a su lado. No sabía qué decir. El chico respiraba de manera rápida y superficial. Sus músculos, contraidos por el dolor, se marcaban bajo la piel de sus brazos, donde pude apreciar el sutil relieve de un tatuaje. Un poco más arriba, el cabello, oscuro y abundante, lacio por encima de la oreja.
Cande levantó la cámara a la altura de su cuello para iluminar los alrededores. El chico alzó la vista. Entornó los párpados para protegerse de la luz y levantó una mano sucia  para cubrirse los ojos.

Y tenía unos ojos increíbles. De un maravilloso color castaño rico y oscuro, con motas verdes y doradas que resplandecían bajo la luz. Un reguero oscuro de sangre recorría uno de los costados de su cara. Parecía uno de esos guerreros de las películas que emiten por la noche, un héroe que se había lanzado a la batalla a pesar de que las probabilidades en su contra eran abrumadoras. Por un momento me pregunté si me había equivocado y aquel chico estaba en realidad muerto, pero luego recordé que Cande también  de lo había visto.
Parpadeé un par de veces antesd e preguntar.
- ¿Te encuentras bien?- Era una pregunta estúpida, pero fue la única que se me ocurrió.

Me miró fijamente durante un buen rato, volvió la cabeza para escupir sangre en la oscuridad y luego me miró de nuevo. Era mayor de lo que había pensado al principio. Diecisieteaños, quizá dieciocho.
Intentó ponerse en pie una vez más. Me incorporé de un salto para ayudarlo, pero él se alejó para evitar que lo tocara. Pase a la abrumadora y casi deseperada necesida de ayudarlo, di un paso atrás y me limité a observar sus esfuerzos para levantarse.
- Tenemos que llevarte a un hospital- dije en cuanto lo consiguió.

Me parecía lo más lógico, pero el chico me miró con una mezcla de hostilidad y recelo. Aquella fue mi primera lección sobre la irracionalidad de la población masculina. Escupió de nuevo antes de encaminarse hacia el callejón que acabábamos de atravesar utilizando como apoyo la pared de ladrillos.
- Mira- dije mientras lo seguía por la calleja. Cande se había agarrado con todas sus fuerzas a mi abrigo y me daba tirones de vez en cuando. Era evidente que no deseaba continuar, pero la arrastré conmigo de todas formas-, nosotras vimos lo que ocurrió. Tenemos que llevarte a un hospital. Nuestro coche no está lejos.
 - Largaos de aquí- dijo él al final con una voz grave teñida de dolor. Se encaramó a una caja con mucho esfuerzo para agarrarse al alféizar de una ventana. Su cuerpo esbelto y musculoso temblaba visiblemente cuando se alzó para echar un vistazo al interior del apartamento.
- Pero ¿vas a volver ahí dentro?- pregunté, alucinada-. ¿Estás loco o qué?
- Lali- susurró Cande a mi espalda-, quizá sería mejor que nos fuésemos.
Como era de esperar, no le hice ni caso.
- Ese hombre ha intentado matarte.

El chaval me miró con furia antes de volverse de nuevo hacia la ventana.
- ¿Qué parte de <<Largaos de aquí>> no has entendido?
Vacilé, lo admito. Pero no quería ni imaginarme lo que ocurriría si él regresaba a aquel apartamento.
- Voy a llamar a la policía.
Volvió la cabeza a toda velocidad. Haciendo gala de una inpresionante agilidad, como si se hubiera librado de los efectos de la paliza de repente, saltó desde las cajas y aterrizó con soltura delante de mí.

Me puso una mano sobre la garganta, auque solo con la fuerza suficiente para hacerme saber que estaba allí, y me empujó contra la pared de ladrillos del edificio. Se limitó a mirame durante un buen rato. Su rostro mostraba un millón de emociones. Ira. Frustación. Miedo.
- Eso sería una muy mala idea- dijo al final. Era una advertenca. Su voz suave tenía un marcado tinte deseperado.
- Mi tío es poli, y mi padre lo era. Puedo ayudarte.- Su cuerpo irradiaba calor, y de pronto comprendí que debía de tener fiebre. Estar en medio de aquel ambiente gélido en camiseta no podía der bueno.
Mi audacia pareció desconcertarlo. Estuvo a punto de echarse a reír.

- Cuando necesite la ayuda de una mocosa, te lo haré saber.
La hostilidad de su tono echó por tierra mi determinación, pero solo por un instante. Me recobré enseguida y volví a la carga.
- Si entras ahí otra vez, llamaré a la policía. Hablo en serio.- Apretó los dientes a causa de la frustración.
- Solo conseguirías empeorar las cosas.
Negué con la cabea.
- Lo dudo mucho.
- No sabes nada sobre mí. Ni sobre él.
- ¿Es tu padre?

Titubeó y me miró con expresión impaciente, como si tratara ed decidir cuál era la mejor manera de librarse de mí. Luego tomó una decisión. Lo vi en su rostro.
Sus rasgos se volvieron más siniestros. Dio un paso hacia delante, apretó su cuerpo contra el mio y se inclinó para susurrarme al oído:
- ¿Cómo te llamas?
- Lali- respondí.

De pronto tenía miedo, demasiado para no responder. Intnté añadir el Esposito, pero él me bajó la bufanda para verme mejor la cara, y mi apellido salió en una mezcla aturullada que se pareció más a...
- ¿Holandesa?- inquirió al tiempo que fruncía el ceño.

Aquel pibe era lo más hermoso que había visto en mi vida. Firme, fuerte y feroz.

3 comentarios: