Me marché con la misma sensación de irrealidad que
me envolvía desde hacía días. Cada hora que pasaba descubría algo nuevo, algo
sorprendente sobre Peter. Después de buscarlo durante tanto tiempo sin ningún éxito,
la avalancha de información que me llegaba desde todas las direcciones
resultaba un poco abrumadora. Aunque no me quejaba. La gente que se muere de
sed no se queja de las inundaciones.
El misterio de Peter Lanzani se volvía más y más
enigmático a cada paso. Y estaba decidida a descubrir cuántos pasos exactamente
tenía aquel misterio. Pero la cuestión era: ¿podría hacerlo en veinticuatro
horas?
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Tal
vez no lo parezca, pero soy experto en fingir que soy un ninja.
(Pegatina
de parachoques)
—¿Dónde estás?
Acababa de salir de los tribunales cuando me llamó
el tío Nico. Sussman había sugerido que rellenara una orden preliminar contra
el estado en base a la falsa posibilidad de que Peter fuera el único hombre
vivo con información sobre un asesino en serie de Kansas. Detestaba tener que
echar mano de un recurso al estilo Hannibal Lecter, pero fue lo único que se
nos ocurrió con tan poca antelación.
Si se aceptaba, aquella orden impediría que el
estado retirara a corto plazo el soporte vital a Peter, lo que me daría algo
más de tiempo. Necesitaba otra oportunidad para hablar con él, preferiblemente
sin que se acercara mucho a mí. Sin que me tocara. Quizá así pudiera conseguir
alguna información sólida. Me preguntaba si podría retenerlo de alguna manera,
atándolo al fregadero de la cocina o algo por el estilo. Necesitaría una cuerda
mágica. O unas esposas rociadas con polvo de hadas.
—¿Dónde estás tú? —le pregunté a mi vez. El tío Nico
era un cotilla.
—Tenemos que prepararte.
—¿Prepararme? ¿Para qué? ¿Acaso accedí yo a que me
prepararan?
No recordaba haber accedido a que me prepararan. Ni
siquiera había ido a la escuela preparatoria.
Nicky soltó un largo suspiro. Fue divertido.
—Para la operación encubierta —dijo con tono
exasperado.
—¡Ah, es verdad! —Lo había olvidado—. Acabo de
rellenar un requerimiento contra el estado. ¿Podrías hacer que se cursara
cuanto antes? No tenemos mucho tiempo.
—Claro. Llamaré a una juez con la que solía salir.
—Tío Nico, lo que necesitamos es una persona a la
que le caigas bien y que esté dispuesta a hacerte un favor.
—Te aseguro que a ella le caía muy bien. Por todos
lados.
Me detuve a media zancada, estremecida ante
semejante idea, y luego continué mi camino hacia Misery.
—Gracias, tío Nico. Te debo una.
—¿Una? ¿Estás de coña?
—¿Es que llevamos la cuenta? Porque si llevamos la
cuenta...
—Da igual. Mueve el culo hasta aquí.
Tras revisar el plan hasta la saciedad con nuestros
dos equipos, el que se encargaba de los asuntos técnicos y el que vigilaba las
instalaciones, regresé a mi apartamento a fin de ponerme el atuendo apropiado
para llevar a cabo mi parte. Me esforcé sobre todo en cubrir los cardenales
azulados que me quedaban de las últimas aventuras.
Para el momento en que entré en escena, tenía el
aspecto de una bibliotecaria puritana con seductores ojos de gatita y una
boquita de piñón que habría hecho llorar a muchos hombres.
Benja dejó lo que estaba haciendo para devorarme con
la mirada. Me lo tomé como una buena señal, pero solo hasta que habló.
—Se supone que vas a seducirlo, no a revisar sus
cuentas.
Siguiendo el estilo de Elizabeth Ellery, me había
puesto una falda de traje roja con zapatos de tacón de diez centímetros. No
obstante, a diferencia de Elizabeth, me había recogido el pelo en un moño
tirante y llevaba una de esas gafas con montura de pasta gruesa propias de
gente con estreñimiento.
—¿De verdad eres un hombre, Amadeo? —Al ver que
fruncía el ceño, pregunté—: ¿Es que nunca has tenido sueños húmedos con una
secretaria, una bibliotecaria o una institutriz alemana?
Miró a su alrededor con aire culpable para
asegurarse de que nadie me había escuchado.
—¡Bingo! —exclamé con aire triunfal antes de echar a
andar hacia el furgón de vigilancia. Benjamin me siguió, así que continué con
la perorata—: ¿De verdad crees que Benny Price no sospecharía de una fulana
callejera con pinta de querer seducirlo y hacerle confesar el asesinato de
cuatro personas? Mmmm. Es una idea estupenda. Si hoy me sintiera con ánimos
suicidas, podríamos haber intentado algo así. Mira a tu alrededor. —Esperé a
que Benja se fijara en las mujeres que había calle abajo, dos strippers que
entraban en el club—. Esa clase de chicas son para él como el agua del grifo:
siempre están disponibles. Yo, por el contrario, no —dije mientras señalaba mi
atuendo.
Nos acercamos a la furgoneta aparcada a media
manzana del club y llamamos a la puerta.
Me volví hacia Benjamin y le di un cachete justo en
el momento en el que el tío Nico abría las puertas traseras.
—Estoy especializada en sociología, ¿recuerdas?
Se encogió de hombros para mostrar su acuerdo cuando
el tío Nico tomó mi mano para ayudarme a entrar. Traje de falda y tacones.
Seguramente no era el mejor atuendo para una emboscada. Me preocupaba un poco
que Benjamin intentara impulsarme de nuevo empujándome por el culo. Y también
que no lo hiciera. Una chica debe buscar emociones donde sea.
El furgón se hundió cuando entró Benja.
—Todavía no tenemos noticias del padre Federico —le
dije al tío NI¡ico—. Si no logran encontrarlo, no sé qué vamos a hacer.
—Nos preocuparemos de eso más tarde —replicó Nicky—.
Ahora vamos a ponerte esto. —Sacó un micro diminuto de una caja acolchada—. Le
hemos puesto el cable más pequeño que hemos podido encontrar.
—¿Hablas en serio? —pregunté, anonadada—. ¿Cables?
El plan es que Angel ponga en marcha esa cámara sofisticada y carísima que
Price ha instalado detrás de su escritorio. Lo grabaremos todo sin que se
entere. Y, lo más importante, saldré viva de esta.
—Ya, pero debemos vigilarte de algún modo —replicó—.
¿Cómo sabremos si estás en problemas?
—Si estoy en problemas, te enviaré un mensaje. —Miré
a Angel, que acababa de entrar. Era evidente que estaba entusiasmado con el
plan. Y sabía exactamente lo que debía hacer—. ¿De verdad crees que Price no
hará que sus hombres me cacheen en cuanto se entere de por qué estoy allí? —Me
incliné hacia el tío Nico—. El hecho de que pueda ver a los muertos no quiere
decir que quiera estar muerta.
Veinte minutos después salí de una sala llena de
tías medio desnudas y ambientada con una música bastante decente para
adentrarme en el silencioso despacho de Bart Pi. Un hombre de negocios. Padre
de dos hijos. Un asesino.
—No lleva micros, jefe —dijo uno de sus secuaces, un
rubio alto y musculoso al que las strippers habían mirado con ojos codiciosos.
Me había cacheado en un pasillo poco iluminado que conducía al despacho de Pi,
provocándome un arrebato de indignación y una excitación de lo más inapropiada—.
Pero sí una video cámara.
Bart Pi, que estaba sentado tras un descomunal
escritorio de teca, resultó ser mucho más impresionante en persona de lo que
las fotos de vigilancia me habían hecho creer. Aunque para ser justa, había que
tener en cuenta que aquellas fotos eran robadas y el tipo no había estado al
tanto de que debía posar.
Tenía el cabello corto y negro, un bigote bien
recortado y perilla. Lo que hizo que le perdiera por completo el respeto fueron
la corbata y el pañuelo. La corbata tenía un color magenta que contrastaba con
la camisa lisa negra y el chaleco a rayas, mientras que el pañuelo que asomaba
por el bolsillo del chaleco era más bien de color violeta. Aquel detalle
eliminó cualquier posible duda. Había que acabar con él.
—¿Quería verme, señorita...?
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Aqui esta el capitulo 40, chicas hoy estoy a full escribiendo asiq tengo adelantado ambas noves, subire un capitulo cada dia alternando las noves desde la semana que viene.
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