Tenía el cabello corto y negro, un bigote bien
recortado y perilla. Lo que hizo que le perdiera por completo el respeto fueron
la corbata y el pañuelo. La corbata tenía un color magenta que contrastaba con
la camisa lisa negra y el chaleco a rayas, mientras que el pañuelo que asomaba
por el bolsillo del chaleco era más bien de color violeta. Aquel detalle
eliminó cualquier posible duda. Había que acabar con él.
—¿Quería verme, señorita...?
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Que hara Peter? Creo que se pudrio todo...
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—Señora... Magenta. Violeta Magenta —dije sin
inmutarme.
El guardaespaldas dio un paso adelante y colocó la
videocámara que había encontrado en mi bolso sobre el escritorio de Pi.
—Me dijo que se llamaba Lois Lane.
Al parecer se lo había creído. Qué penita de hombre.
Pi se puso en pie y examinó la cámara. Tenía una
postura estudiada que resultaba amenazadora, desdeñosa e intimidante.
Aquella táctica le habría funcionado con muchas mujeres a las que yo conocía,
pero conmigo no tenía nada que hacer.
Me senté en el lado opuesto del escritorio mientras
él abría el monitor LCD para ver el vídeo grabado en la cámara.
—«Me llamo Donna Wilson» —me escuché decir desde el
otro lado. Bueno, no desde el otro lado...
—«He enviado esta grabación a diez personas, entre
las que se incluyen mi abogado, un colega y mi pedicuro.» —Mi pedicuro. Intenté
no echarme a reír—. «Si no llamo a todas esas personas a las nueve en
punto de esta noche, le enviarán el vídeo directamente a la policía. Tengo a
buen recaudo en una caja de seguridad pruebas irrefutables de que Bart Pi,
dueño y director de los clubs Patty Cakes Strip, está traficando con niños y
vendiéndolos como esclavos en otros países. Una de las diez personas
mencionadas posee la llave de la caja de seguridad, y se la entregará a la
policía si no regreso sana y salva antes de la hora acordada.»
Bart contempló la pantalla con aire desconcertado;
luego cerró el monitor y me devolvió la cámara. Puesto que ahora parecía contar
con toda su atención, empecé a actuar. Respiré hondo, aferré con fuerza mi
bolso (una maravillosa creación de seda que me había prestado Ruge) y lo miré
con expresión decidida y algo ingenua.
Era evidente que no me entregarían el premio a la
persona predilecta del club Patty Cakes aquel año. Aunque lo había encajado
bien, Pi estaba cabreado; aun así, mantuvo la calma y volvió a sentarse tras el
escritorio.
—¿Y qué clase de pruebas tiene? —preguntó con voz
gélida.
Bajé la mirada hasta el bolso antes de volver a
clavarla en su rostro, aunque temí estar pasándome con todo aquel rollo de la
damisela en apuros. Tenía que conseguir que se lo tragara, no metérselo con
calzador en la garganta.
—Tengo una memoria USB que me entregó mi jefe, un
abogado al que mataron de un tiro hace un par de días. Me dijo que en esa
memoria estaba todo lo que necesitábamos para meter a Bart Pi, o sea, a usted,
entre rejas.
En aquel momento, Pi se calmó. Cuando vi cómo se
curvaban las comisuras de sus labios, supe de inmediato que tenía la memoria.
Tal vez fuera lo bastante estúpido para...
Abrió un cajón del escritorio y sacó una llave USB.
—¿Se refiere a esta?
Sí. Había sido lo bastante estúpido. Aunque mis
tripas dieron un salto al estilo Snoopy, el resto de mi cuerpo comenzó a notar
los efectos del pánico.
Angel y Sussman salieron de la habitación que había
detrás de Pi con el dedo pulgar en alto. La cámara estaba grabando.
—¿Ya puedo ir a ver a las stripper? —preguntó Angel.
Apreté los dientes, lo fulminé con la mirada y luego
seguí hiperventilando. Pi esbozó una de esas sonrisas de superioridad típicas
de los jefes de la mafia y de los directores de las residencias de ancianos.
Sussman permanecía atrás, asesinando al criminal con los ojos.
—Ay, casi se me olvida —dijo Angel.
Se acercó a mí de un salto y me desabrochó el botón
superior de la blusa ceñida para darle a Pi, y con suerte también a la cámara,
una buena panorámica de mi canalillo. La mirada de Pi se desvió de inmediato
hacia aquella zona. Peligro y Will Robinson. Extraordinarias distracciones.
Cuando alzó la vista, unos cuantos mechones de cabello se habían escapado
mágicamente del moño para enmarcar mi rostro.
Me levanté las gafas con un gesto nervioso.
—Puedo asegurarle que no se trata de la misma
memoria USB. —Me lamí los labios en un gesto pensativo y añadí—: Mi jefe me
entregó una memoria, y sé que esa memoria contiene... bueno, él dijo que contenía
pruebas. Estaba codificada, pero...
—¿Es posible que le entregara la memoria equivocada?
—sugirió con amabilidad.
—No, no es posible. Él tenía... Bueno, siempre tenía
un montón de llaves USB en su escritorio, pero...
—Le prometo, preciosidad, que mi hombre le arrebató
esta directamente a su abogado. Segundos después de su muerte.
¿Preciosidad? ¿Por quién me había tomado? ¿Por un
caballo de carreras? No sé por qué, pero había dado por sentado que un
hombre que salía cada día con mujeres hermosas utilizaría piropos menos
anticuados.
Mientras yo hacía lo posible por hiperventilar sin
hiperventilar de verdad, Pi se puso en pie, rodeó el escritorio y se apoyó en
la mesa justo por delante de mí.
Lo hizo, al menos en parte, para ver desde arriba
cómo se retorcía su nueva víctima, como los que disfrutaban viendo
achicharrarse a una hormiga bajo una lupa; pero sobre todo para poder echarles
una buena ojeada a mis chicas.
Angel aprovechó la situación para intentar
desabrocharme otro botón con una sonrisa diabólica. Fingí colocarme bien la
blusa y aparté de un manotazo los dedos de aquel pequeño pervertido. Angel frunció
el ceño, decepcionado.
—¿Busca dinero? —preguntó Pi, tan frío que ni
siquiera un incendio habría derretido su arrogancia. Le hizo un gesto al rubio para
que se marchara.
Tragué saliva con fuerza y asentí con la cabeza,
fingiéndome incapaz de mirarlo a los ojos.
Extendió el brazo para quitarme las gafas. La
culpabilidad, una culpabilidad sin remordimiento alguno, rezumaba por todos sus
poros y formaba un charco a sus pies.
—Y por eso decidió pasarse por aquí y exigirme que
se lo diera, ¿no es así?
—Sí. Estoy... metida en un lío. Ahora que los
abogados de mi empresa han muerto, se hará una auditoría.
—Ah —dijo mientras plegaba las gafas y las dejaba sobre
el escritorio—. Y ha sido una chica mala.
—¿Usted... los mató? ¿Fue usted? —Lo miré a través
de las pestañas sin levantar la barbilla. Pareció gustarle.
—Por supuesto que no. Tengo hombres que se encargan
de esas cosas. —Mierda. ¿Se podría ser más evasivo? Necesitaba una
confesión, no una mísera afirmación que cualquier abogado digno de
considerarse como tal podría descalificar.
Intenté ponerme en pie, pero el tipo estaba tan
cerca que no podía hacerlo sin tocarlo, así que me aseguré de rozarle la erección
con el hombro.
—¿Envió a sus hombres a matar a mis jefes? ¿Por
qué? —Como ocurría con la mayoría de los criminales, la arrogancia fue su
perdición. Me agarró del brazo para ayudarme a ponerme en pie.
—Porque puedo.
Respiré hondo con expresión horrorizada e intenté
librarme de su mano.
—Me marcho —dije, fingiendo que fingía sentirme muy
segura de mí misma.
Pi acababa de confesar una conspiración, y no
permitiría que saliera de allí con vida.
—¿A qué viene tanta prisa?
—Si no doy señales de vida antes de las nueve en
punto de esta noche, usted acabará en prisión.
Pi consultó el reloj de su muñeca y luego me rodeó
la cintura con las manos para estrecharme con fuerza.
—Eso nos da casi tres maravillosas horas para
descubrir quiénes son sus amiguitos.
Es curioso, pero cada vez me resultaba más fácil
parecer asustada. Hice un gesto con la cabeza para dar la señal a Angel. Él
asintió y se marchó, pero Sussman permaneció donde estaba, clavado al suelo,
con una impresionante mirada de odio.
—Así que la respuesta a su pregunta es sí, maté a
esos tres abogados. —Pi deslizó un dedo por mi clavícula antes de hundirlo
en el canalillo—. Pero usted no tiene por qué ser la siguiente.
Ya, claro. Le di un empujón en el pecho con aire
indefenso. Por Dios, ¿cuánto se tardaba en invadir una habitación? Lo
único que Angel tenía que hacer era darle un tironcito de la corbata al tío Nico,
la señal acordada para que Nicky hiciera entrar a sus hombres con las armas en
alto. No hacía falta estudiar neurocirugía ni nada de eso.
—¿Me está diciendo que podríamos llegar a un
acuerdo? —pregunté con una voz ronca a causa del miedo.
Una sonrisa lánguida apareció en lo que en su día
había sido un rostro apuesto. El rostro de un asesino y un secuestrador que
vendía a los niños como esclavos. O para cosas peores. Seguro de sí mismo, Bart
Pi me rodeó la garganta con una mano y agachó la cabeza para tener acceso a la
comisura de mis labios. Empecé a preguntarme si no lo habría subestimado.
De pronto, en el escritorio de Pi empezó a parpadear
una luz roja. Se enderezó con asombro en el momento en que su guardaespaldas
entraba en el despacho a toda velocidad.
—Polis —dijo el escolta.
Pi me miró con incredulidad.
Podría haberme comportado como una listilla y
haberle dicho algo como «Que no se te caiga el jabón», pero la expresión
del rostro de Pi hizo que me mordiera la lengua por una vez. Parecía, no
sé, un poco molesto. Su rostro se puso lívido en cuestión de segundos.
Antes de que pudiera advertirle sobre los peligros
de un aumento súbito de la presión arterial, me agarró del brazo con fuerza
suficiente para partírmelo en dos y me empujó contra la pared. Solo que no era
la pared. Se trataba de una puerta secreta que comunicaba con un pasillo a
oscuras. Una de las paredes del pasillo estaba ocupada por falsos espejos que
permitían una visión perfecta de su despacho.
Mientras forcejeaba con Pi, la unidad táctica entró
en la oficina y echó al suelo al guardaespaldas antes de examinar la estancia,
buscándome. Respiré hondo a fin de prepararme para gritar mientras Pi me
arrastraba pasillo abajo, pero su enorme mano me tapó la boca sin ninguna
delicadeza. Impidió mi grito e interrumpió mi suministro de aire. Un asco. El
azul no era el color que mejor me quedaba.
Y en aquel preciso momento percibí la presencia de Peter.
La sentí incluso antes de verlo. Me invadió una oleada de calidez cuando lo vi
materializarse delante de nosotros como una espiral de humo oscuro, densa y
palpable. En un santiamén, su furia impregnó el aire y las moléculas de agua
presentes alcanzaron el punto de ebullición, abrasándome la piel. El pánico me
atenazó la garganta.
¿Cómo explicaría otra médula espinal seccionada?
Puesto que no podía gritar lo que estaba pensando
(que era básicamente: «¡Agáchese, Pi!»), articulé la orden en mi mente. Peter
me había leído los pensamientos en otras ocasiones, así que tal vez lo hiciera
de nuevo.
No te atrevas a hacerlo, pensé. Con vehemencia.
Intenté proyectar mis pensamientos a través de la barrera de su furia para
poder llegar a su mente.
Peter se quedó inmóvil y el agudo silbido de su hoja
se desvaneció al instante. Aunque no podía verle la cara, supe que me estudiaba
con detenimiento desde el interior de la capucha.
Ni se te ocurra, Peter Lanzani.
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Que hara Peter? Creo que se pudrio todo...
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