CAPITULO 39
—Pero debe entender cómo es Peter —continuó, ajena a
mi agonía—, cómo piensa. Lo que le he contado es la verdad pura y dura, pero
desde su perspectiva, nuestro padre me hacía daño por su culpa. Cargó con esa
responsabilidad sobre sus hombros todos aquellos años; cargó con el peso de mi
bienestar como lo hace un rey con el de su pueblo.
Tensé la mandíbula con fuerza para evitar que me
temblara la barbilla.
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—Me aseguró que nadie volvería a hacerme daño por su
culpa. ¿Cómo es posible que piense así? Era justo al revés. Mi padre le hacía
daño por mi culpa. —Después de enjugarse una lágrima, alzó la cabeza para
mirarme con expresión destrozada—. ¿Sabe por qué le estoy contando esto?
Aquella pregunta me sorprendió, y negué con la cabeza.
No lo había pensado.
—Porque es usted.
Hice todo lo posible por concentrarme, por superar
lo que me estaba contando y escuchar.
—Peter siempre ha padecido ataques, desde que era
pequeño. Eran algo así como desmayos, y en ocasiones duraban hasta una hora.
Cuando despertaba de uno de ellos, tenía recuerdos de lo más extraños.
Recuerdos sobre una chica de cabello oscuro y brillantes ojos dorados. En el
instante en que abrí la puerta, supe que era usted.
¿Tenía recuerdos? ¿Sobre mí? Se me aceleró el pulso.
—Me dijo que le había salvado la vida una vez. Dijo
que un hombre la había llevado a un apartamento. —Se inclinó hacia delante—.
Por si no lo sabe, usted no habría salido de aquel apartamento con vida. Aquel
hombre tenía intención de hacer lo que le diera la gana con usted antes de
asfixiarla. Ya lo había hecho antes.
Una descarga de ansiedad recorrió mi cuerpo.
—¿Peter supo que yo estaba en peligro? —pregunté cuando
por fin recuperé la voz.
—Sí. En otra ocasión también creyó que corría
peligro, pero al final resultó que su madrastra le estaba gritando delante de
un montón de gente. Usted se sentía asustada y avergonzada, y esas emociones
tan fuertes fueron las que le provocaron el ataque. Estaba tan indignado, tan
preocupado por usted, que estuvo a punto de partir a su madrastra en dos solo
para darle una buena lección. Pero me dijo que usted le suplicó en susurros que
no lo hiciera.
—Lo recuerdo. Estaba muy furioso —dije mientras
revivía lo ocurrido aquel día en mi cabeza.
—Más tarde aprendió a localizarla sin sufrir ataques.
Iniciaba una especie de trance solo para verla, para observarla. —Sonrió al
recordar los buenos momentos—. La llamaba «Holandesa».
Dejé escapar un largo suspiro. Estaba temblando.
Cada palabra que decía despertaba nuevas preguntas y me confundía aún más.
—Si Peter aprendió a controlarse, a mantener a raya
el poder y a utilizarlo, ¿por qué no... detuvo a su padre?
Candela se encogió de hombros.
—No era eso lo que él creía. —Fruncí el ceño.
—No lo entiendo.
—Para él, aquello no era más que una fantasía, algo
imaginario. Incluso usted era una invención de su mente, la chica de sus
sueños. Pero yo sabía que lo que hacía era real. Cuando crecimos, empecé a
investigar algunas de las cosas que él había imaginado, de las que había hecho.
Todo lo que me había contado había sucedido de verdad.
La inteligencia que brillaba en los ojos de Candela
echaba por tierra la fachada de la mujer apocada y dulce que había conocido al
entrar. La hermana de Peter había aprendido a ocultar quién era. De lo que era
capaz.
Sentí una enorme admiración por ella. Me habría
encantado ser su amiga en una vida diferente. En circunstancias diferentes. No
obstante, todo era posible.
—¿Sabe... sabe qué es él?
La pregunta no pareció sorprenderla.
—No. Desde luego que no. —Acompañó la respuesta con
un gesto negativo de la cabeza—. Solo sé que es especial. No es como nosotros.
Ni siquiera tengo claro que sea humano.
Yo no podría estar más de acuerdo.
—¿Y sus tatuajes? —quise saber—. ¿Le habló alguna vez
sobre lo que significan?
—No. —Se relajó un poco—. Lo único que me dijo es
que, hasta donde él sabía, siempre los había tenido.
—Sé que significan algo... pero no logro recordar el
qué. —Me llevé la palma de la mano a la frente, como si quisiera evitar que mis
pensamientos avanzaran tan rápido.
—¿Usted es como él? —preguntó Candela sin inmutarse.
Respiré hondo y volví a concentrarme en ella.
—No. Yo soy un ángel de la muerte.
Siempre sonaba fatal cuando lo decía en voz alta.
Pero ella se limitó a esbozar una sonrisa, grande y bonita. Me sorprendió
bastante.
—Eso fue lo que él me dijo, que usted se encargaba
de llevar las almas al otro lado. Dijo que brillaba como una galaxia recién
creada y que se daba tantos aires de grandeza como un niño rico con el Porsche
de su padre.
No pude contener la risotada.
—Sí, bueno, él también se lo tiene bastante
creído. —Candela rió por lo bajo y dobló el paño sobre su regazo.
—Creo que eso es lo que lo impulsa hacia delante. Su
actitud. Si no fuera tan fuerte, no habría podido soportarlo.
Se me encogió el corazón al pensar en todo lo que Candela
me había contado. Quería que Peter estuviera bien. Quería borrar todas las
cosas malas que le habían pasado. Pero ¿cómo podría hacerlo si no despertaba?
—¿Podría impedir que ocurra esto, por favor? —pregunté
con voz desesperada.
Sus dedos aplastaron las arrugas del paño. Había
tomado una decisión.
—Mariana, él ya ha sufrido bastante por mi culpa. Le
hice una promesa. No puedo romperla ahora, no después de todo lo que ha hecho
por mí.
Por más que deseara protestar, entendía su posición.
Veía el amor en su rostro y lo escuchaba en su voz. Lo que en un principio
había tomado por desinterés era en realidad una profunda y ardiente lealtad.
Tendría que depositar todas mis esperanzas en el tío Nico. Él conocía a gente
que conocía a gente. Si alguien podía lograrlo, era él.
Me marché con la misma sensación de irrealidad que
me envolvía desde hacía días. Cada hora que pasaba descubría algo nuevo, algo
sorprendente sobre Peter. Después de buscarlo durante tanto tiempo sin ningún éxito,
la avalancha de información que me llegaba desde todas las direcciones
resultaba un poco abrumadora. Aunque no me quejaba. La gente que se muere de
sed no se queja de las inundaciones.
El misterio de Peter Lanzani se volvía más y más
enigmático a cada paso. Y estaba decidida a descubrir cuántos pasos exactamente
tenía aquel misterio. Pero la cuestión era: ¿podría hacerlo en veinticuatro
horas?
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FIN de la maratón, pero como soy buena les voy a subir un par de capitulos más.
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