martes, 15 de diciembre de 2015

Capitulo 43



—Lo conseguimos —dijo Elizabeth con expresión radiante.
—Sí, lo conseguimos.
Extendí los brazos para recibir su abrazo helado.
—Bueno, ¿y ahora qué? —preguntó Barber. Lo miré casi con tristeza.
—Ahora cruzaréis.
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Capitulo 43

Elizabeth se dio la vuelta y se acercó a él.

—Bueno, si alguna vez quieres pasarte por allí, estoy en la primera tumba a la derecha de la zona nueva.

Barber se echó a reír.

—Yo estoy al otro lado. Mi funeral fue... agradable.

—El mío también.

—Puede que me equivoque —señalé, intentando no partirme de risa—, así que no vengáis luego a atormentarme ni nada de eso, pero estoy casi segura de que os veréis allí donde vais. Tengo la sospecha de que los amigos y los seres queridos están muy cerca por allí.

—Es muy raro —dijo Elizabeth—. Ahora me da la sensación de que quiero marcharme. Es casi como si no me quedara otra elección.

—Yo siento lo mismo —aseguró Barber, que tomó la mano de Elizabeth como si quisiera anclarse a su lado.

—El impulso es fuerte —les expliqué—. ¿Por qué creéis que no hay más como vosotros en el mundo? Es un lugar cálido y atrayente; el lugar donde debéis estar.

Se miraron el uno al otro y sonrieron. Sin una palabra más, se marcharon. Desde mi perspectiva, los cruces eran algo así como ver desaparecer a la gente delante de mis narices. Notaba cómo se deslizaban a través de mí. Sentía sus emociones. Sus miedos. Sus sueños y esperanzas. Sin embargo, nunca había sentido odio, rencores ni celos. Lo que más percibía era un abrumador sentimiento de amor. Cada vez que alguien cruzaba, aumentaba mi fe en la humanidad.

Elizabeth le había dejado todo lo que tenía a sus sobrinos y, Barber, unos cuantos años atrás, había contratado una escandalosa póliza de seguros. Su madre iba a ser una mujer muy rica. Aunque no me cabía duda de que ella habría preferido tener a su hijo, albergaba la esperanza de que aquello le proporcionara cierto consuelo. Al final el abogado le había dejado una nota, igual que Elizabeth y Sussman, y si bien la suya era un poco... mordaz, seguro que su madre la apreciaría.

Me volví hacia Sussman.

—Y tú ¿qué?

Estaba mirando por la ventana. Agachó la cabeza.

—No puedo marcharme.

—Patrick, ellos estarán bien.

—Lo sé. Me iré, pero no ahora.

Desapareció antes de que pudiera decirle algo más.

—Hola, calabacita.

Miré a la tía Lillian, y estuve a punto de soltar un grito al ver con quién estaba. En lugar de eso, me obligué a sonreír.

—Hola, tía Lil. Señor Habersham... —El señor Habersham era el difunto del 2B, el tipo que había instigado la invención del insecticida trascendental.

No dejaban de reírse y coquetear, así que no pude evitar sonreír un poco. La tía Lillian tenía una expresión adorable en su dulce rostro arrugado.

—Vamos a ir al Margarita Grill para poder oler la langosta, y luego iremos a ver el amanecer. Y después es muy probable que nos embarquemos en una ardiente sesión de sexo salvaje sin precauciones.

¿Q... Qué? Incluso mi diálogo interior tartamudeó. No podía creer lo que acababa de oír. ¿De verdad servían langosta en el Margarita Grill?

—Vale, tía Lil. ¡Pasadlo bien!

Está bien, lo admito, imaginarme a aquellos dos embarcados en una ardiente sesión de sexo salvaje sin precauciones me resultaba algo espeluznante, sobre todo porque a mi tía ya no le quedaba ni un diente. Pero lo cierto era que sus cuerpos estaban a una temperatura cercana al punto de congelación.

¿Cómo iba a ser ardiente? 

Regresé al salón mientras me preguntaba si debía contarle a Nicky lo que tramaba su tía abuela. Al final decidí no hacerlo.

—Aún no puedo creerlo —dijo con un gesto negativo de la cabeza mientras retiraba el vendaje de mi tobillo—. Has sobrevivido a la paliza de un borracho enorme que pretendía rehacerte la cara, a una caída de más de tres metros desde una claraboya y no solo a uno, sino a dos intentos de asesinato, para acabar derribada por un tacón. Siempre he sabido que estas cosas son un peligro.

—La predisposición genética a las enfermedades mentales también es un peligro, pero no veo que tú te quejes.

Soltó una carcajada y arrojó el vendaje sobre mi sofá de segunda mano.

—La hinchazón ha bajado. Un montón. Es impresionante.

La inflamación se había reducido. Supuse que Peter tenía razón. Era cierto que me recuperaba muchísimo más rápido que la gente que me rodeaba. Y que era mucho más difícil acabar conmigo.

Obviamente.

—No hace falta que me vuelvas a poner la venda. Ahora me duele mucho menos.

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Otro capitulo de primera tumba espero q les haya gustado. mi novela perdi los 20 caps q tenia escritos y volvi a rehacerlos les pido paciencia.

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