miércoles, 2 de diciembre de 2015

Seguimos la MARATÓN!!!!!!

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CAPITULO 38

Menuda sorpresa. ¿Por qué mentiría? Mi mente comenzó a repasar las posibilidades, una a una, en un intento por resolver aquel nuevo enigma. Pero no tenía tiempo para jueguecitos. Ni siquiera para los que resultaban tan intrigantes. Decidí pagarle con la misma moneda y mentir también.

—Peter ya me advirtió que diría algo así —dije con una sonrisa agradable—. Me pidió que le dijera la contraseña para que usted supiera que podía hablar conmigo tranquilamente.

Frunció el ceño.
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—¿Qué contraseña? —Se inclinó hacia delante—. ¿Peter le habló sobre mí? —Había sido demasiado fácil. Casi me sentí culpable.

—No —dije con tono pesaroso—, no lo hizo. Pero usted acaba de hacerlo.

La furia relampagueó en sus ojos irlandeses, pero aquella furia no iba dirigida contra mí. Estaba enfadada consigo misma. Sus hombros caídos, la mueca disgustada de sus labios y su ceño fruncido me dijeron todo lo que necesitaba saber. Peter no era el único en la familia que había sufrido abusos.

—Por favor, no se enfade —le dije. La empatía pesaba más que la culpabilidad en mi interior—. Me gano la vida con esto porque se me da muy bien. —La mujer contempló el paño que tenía en las manos y lo apretó con más fuerza mientras me escuchaba—. ¿Por qué quería Peter que su identidad permaneciera en secreto? No hay ni una sola referencia a usted en su expediente. Él jamás la nombró como pariente o como posible contacto. En ninguno de los registros judiciales se menciona a una hermana.

Tras una larga pausa, habló con una tristeza casi palpable.

—Claro que no. Me prometió que no le hablaría a nadie sobre mí. Tenemos distintos apellidos. Fue fácil ocultarlo en el juicio. Nadie sospechó nada.

¿Por qué demonios querría Peter que su hermana permaneciera en el anonimato durante el juicio? Podría haber sido una testigo clave.

—¿Sabe lo que le ha sucedido? —le pregunté.

Bajó la barbilla aún más, con lo que el pelo ocultó sus ojos.

—Sé que le dispararon. Me lo dijo Gastón.

—Ah. ¿Gastón la mantiene informada?

—Sí.

—Entonces ya sabe que el estado le retirará el soporte vital mañana.

—Sí —dijo con voz rota.

Por fin empezábamos a llegar a algún sitio. Tal vez pudiera conseguir algo, después de todo.

—Tiene que luchar, Candela. Nadie más puede hacerlo. Según parece, usted es su único pariente con vida.

—No puedo —replicó ella, negando una y otra vez con la cabeza—. No puedo involucrarme.

La incredulidad me dejó sin aire en los pulmones. La miré fijamente, desconcertada y atónita.
Candela retorció el trapo con tanta fuerza que se le pusieron los nudillos blancos.

—No me mire así, por favor. Usted no lo entiende.

—Le aseguro que no.

Un sollozo le sacudió el pecho.

—Me hizo jurar que jamás volvería a ponerme en contacto con él. Dijo que cuando saliera me encontraría. Por eso me he quedado aquí, en Buenos Aires. Pero no puedo ir a visitarlo, ni llamarlo, ni enviarle regalos por su cumpleaños. Me hizo jurarlo —dijo, suplicándome con la mirada que lo comprendiera—. No puedo involucrarme.

Aunque no entendía por qué Peter le había hecho jurar algo semejante, estaba claro que la situación había cambiado. Decidí lanzarme a la yugular. Por lo de los momentos desesperados, las medidas desesperadas y todo ese rollo.

—Candela, su hermano la protegió durante muchos años —señalé con un tono de voz cargado de acusaciones—. ¿Cómo es posible que no quiera hacer nada?

—«Proteger» no es la palabra más adecuada —dijo antes de sorber por la nariz por detrás del paño.

—No lo entiendo. ¿Hubo... abusos sexuales?

No sabía de dónde salía tanta arrogancia, el coraje que había sacado de repente en aquel momento de adversidad. Acababa de soltar como si nada un comentario tan sensible que rayaba en la brutalidad.
Las lágrimas de Candela abandonaron sus pestañas y formaron regueros en sus mejillas, respondiendo en su lugar.

—Y él la protegió lo mejor que pudo, ¿no es así? Entonces, ¿cómo puede darle la espalda ahora?

—Ya se lo he dicho, «proteger» no es la palabra más adecuada.

Se me estaba agotando la paciencia. ¿Por qué no quería ayudarlo? Yo había sido testigo de lo mucho que él se preocupaba por ella; le había visto arriesgar la vida una noche para permanecer a su lado. Peter podría haber huido, podría haber acudido a la policía y haber dejado al psicópata de su padre en manos de las autoridades. Podría haberse liberado. Pero se había quedado. Por ella.

—¿Y cuál es la palabra adecuada, entonces? —pregunté con voz cáustica. Tras pensarlo durante un largo instante, me miró, y pude ver el sol de la tarde reflejado en sus ojos verdes.

—Soportar.

Vale. Aquello me había dejado descolocada.

—No lo entiendo. ¿Qué...?

—Mi padre... —me interrumpió con una voz rota por el peso de las palabras—. Mi padre nunca me tocó. Solo me utilizaba como arma para controlar a Peter.

—Pero hace un momento ha dicho... Me ha dado a entender que hubo abusos sexuales.

Cuando me miró de nuevo, sus ojos estaban llenos de resentimiento. Era evidente que no quería hablar de ello.

—He dicho que nunca me tocó. A mí. No he negado que hubiera abusos sexuales.

Me quedé aturdida y muda de asombro durante todo un minuto. Intenté asimilar lo que Candela acababa de decirme, analizarlo al detalle. El simple hecho de pensarlo me hacía daño, como si la idea en sí fuese una entidad física, una caja cubierta de afiladas esquirlas de cristal que se me clavaban en los dedos cada vez que intentaba abrirla.

—Al principio utilizaba animales para controlarlo.

Me concentré de nuevo en su rostro frágil y volví a prestarle atención.

—Cuando Peter era pequeño, utilizaba animales —repitió—. Si Peter se portaba mal, los animales pagaban las consecuencias y sufrían por él. Nuestro padre descubrió muy pronto que esa era la única forma de controlarlo. 

Parpadeé unas cuantas veces y permití que aquellas palabras penetraran en mi mente a pesar del súbito impulso que me pedía a gritos que no las escuchara.

—Luego, mi madre, una drogadicta que al final murió a causa de las complicaciones de la hepatitis, le entregó el arma definitiva. A mí. Me dejó en su puerta y jamás volvió la vista atrás. Le dio a mi padre el poder absoluto sobre Peter. Si no obedecía todas y cada una de sus órdenes, me dejaba sin cenar. Sin desayunar. Sin comer. Y al final, sin agua. Y cada vez peor, hasta que Peter cedía. Nuestro padre no tenía el menor interés en mí, salvo como herramienta. Era la palanca que controlaba todos los movimientos de mi hermano.

Me quedé sin habla, incapaz de imaginar una existencia semejante, de imaginarme a Peter tan indefenso, esclavizado por un monstruo. Sentí una opresión en el pecho y un millón de nudos en el estómago. El desayuno se me subió a la garganta, de modo que tragué saliva con fuerza y respiré hondo unas cuantas veces, asqueada conmigo misma por haber obligado a Candela a revivir un infierno así.

—Pero debe entender cómo es Peter —continuó, ajena a mi agonía—, cómo piensa. Lo que le he contado es la verdad pura y dura, pero desde su perspectiva, nuestro padre me hacía daño por su culpa. Cargó con esa responsabilidad sobre sus hombros todos aquellos años; cargó con el peso de mi bienestar como lo hace un rey con el de su pueblo.

Tensé la mandíbula con fuerza para evitar que me temblara la barbilla.

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Solo un capitulo mas y termina la maratón.

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