jueves, 3 de diciembre de 2015

Capitulo 42


Peter se quedó inmóvil y el agudo silbido de su hoja se desvaneció al instante. Aunque no podía verle la cara, supe que me estudiaba con detenimiento desde el interior de la capucha.

Ni se te ocurra, Peter Lanzani.
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Se inclinó hacia nosotros y soltó un gruñido, pero me mantuve en mis trece. Mientras lanzaba patadas y mis pulmones se quedaban sin aire, pensé: Si lo haces, te daré una buena patada en el culo.

La masa oscura se retiró, sorprendida al parecer por el hecho de que me hubiera atrevido a amenazarla. Sin embargo, no tenía tiempo para preocuparme por eso. Ni para pensar en cómo podría llevar a cabo semejante amenaza.

Arañarle las manos a Pi no estaba sirviendo de nada. Había llegado el momento de apelar a mi ninja interior. El primer movimiento de lo que esperaba fuera una serie de muchos, sería darle una patada a mi agresor en la entrepierna. Las patadas bien dadas eran capaces de derribar hasta al más duro de los oponentes. ¿Y con tacones? Mucho mejor.

Mientras mi mente se preparaba para la patada y calculaba el siguiente movimiento, noté un dolor agudo en el cuello que bajó por mi espada, vi un estallido incandescente y escuché un estruendoso crujido que resonó en las paredes. Me convertí en gelatina en un abrir y cerrar de ojos. Segundos antes de perder la conciencia, me di cuenta de que Pi me había roto el cuello. Menudo capullo.

Casi esperaba escuchar el clamor de las trompetas, o el canto de los ángeles, o incluso el sonido de la voz de mi madre, dándome la bienvenida al Más Allá. En general había sido una buena persona. Teniendo en cuenta todas las circunstancias. Seguro que mi alma ascendía a las alturas.
En lugar de eso, escuché el goteo del agua, tan lento y constante como el latido de un corazón que apenas tenía fuerzas para seguir adelante. Olí el polvo que había bajo mi cara, el cemento y los productos químicos. Y saboreé la sangre.

Tardé unos segundos en comprender que Peter estaba cerca. Podía sentirlo. Sentía su fuerza. Su furia demoledora.

Parpadeé unas cuantas veces y eché un vistazo a mi alrededor sin moverme, por si acaso Bart Pi andaba por allí. No quería que se diera cuenta de que estaba consciente e intentara finalizar lo que había empezado. Estábamos en un pequeño almacén. Las paredes de cemento estaban cubiertas de estanterías llenas de utensilios y productos de limpieza. Peter estaba encaramado a una de ellas, balanceándose sobre los talones como un ave de presa. Se negaba a contemplar la puerta abierta, y también a mí.

Sí, estaba furioso. Aunque todavía estaba envuelto en la oscuridad de su capa, se había retirado la capucha, de modo que su rostro y su cabello quedaban a la
vista. La capa permanecía inmóvil, al igual que su hoja. Sostenía la empuñadura de aquella arma letal con una de sus fuertes manos y mantenía la punta apoyada en el suelo de cemento. La hoja era recta, como la de otras espadas, pero mucho más larga; sin embargo, ambos filos eran curvos, con terribles dientes de metal. La espada me recordaba a dos cosas: a un aparato de tortura medieval y a sus tatuajes.

—Estoy viva —dije con voz ronca al darme cuenta de que Pi no estaba con nosotros.

—Por los pelos —replicó él, que aún se negaba a mirarme.

Pero ¿cómo era posible? Levanté una mano y me froté la garganta.

—Me rompió el cuello.

—Intentó romperte el cuello.

—Pues a mí me dio la impresión de que había tenido mucho éxito.

Por fin, Peter se volvió hacia mí. La fuerza de su mirada me dejó sin aliento.

—No eres como los demás seres humanos, Holandesa. La cosa no es tan sencilla.

Y tú no te pareces a nadie que haya conocido, pensé. Nuestros ojos se enfrentaron durante un largo momento mientras intentaba en vano llenar mis pulmones de aire. En aquel instante nos interrumpió una voz masculina.

—¿Quién anda ahí?

Después de muchos esfuerzos, conseguí incorporarme un poco. Cuando me volví, vi a un hombre atado con los ojos vendados que estaba en un rincón de la estancia. Tenía una barba canosa y abundante cabello oscuro. También llevaba el alzacuellos de los sacerdotes católicos.

—¿Padre Federico? —pregunté.

El hombre se puso rígido antes de asentir con la cabeza. ¡Bingo!

Estaba vivo. Y yo también. Aquel día mejoraba por momentos. Hasta que sentí una pistola contra la sien.

Antes de poder volverme hacia Pi, escuché el silbido de una hoja que atravesaba el aire. El arma cayó al suelo y Pi se dobló en dos con un grito de dolor.

Joder. Mi padre iba a matarme.

Me arrastré para ponerme fuera del alcance de Pi, regresé a por el arma y luego me arrastré de nuevo fuera de su alcance. Sin embargo, el tipo se retorcía de dolor, se aferraba la muñeca y se mecía sobre las rodillas. La mayoría de los hombres con la médula espinal seccionada no podían mecerse sobre las rodillas. Alcé la vista, pero Peter se convirtió en una masa oscura de humo y desapareció antes de que pudiera abrir la boca. Y habría jurado que estaba sonriendo.

—¿Qué...? ¿Qué me ha hecho?

Buena pregunta. ¿Qué le había hecho Peter? Como de costumbre, no había ni una gota de sangre.
Sussman apareció de repente, comprobó cómo se encontraba Pi, me hizo un gesto de aprobación y volvió a desvanecerse.

—No puedo mover los dedos.

Pi no dejaba de llorar y de babear. Resultaba bastante grotesco. Peter debía de haberle seccionado los tendones de la muñeca o algo parecido. Estupendo.

Mantuve la pistola apuntada hacia su cabeza mientras me acercaba al padre Federico. Justo cuando había empezado a desatarlo, Angel entró en la estancia seguido por un desastrado tío Nico. Me pregunté cómo había conseguido Angel guiarlo hasta allí.

En cuanto dos de los policías se hicieron cargo de Pi, el tío Nico se arrodilló a mi lado.

—Lali —dijo con el rostro lleno de arrugas de preocupación. Me rozó los labios con el pulgar. Seguro que Pi me había hecho sangre al taparme la boca—, ¿estás bien?

—¿Bromeas? —pregunté mientras retiraba la venda de los ojos del padre Federico—. Lo tenía todo controlado.

Luego se produjo un momento de lo más extraño. Una especie de toma de conciencia o algo así. El tío Nico me quitó la pistola y luego me ayudó con la venda del sacerdote. Cuando terminó de quitársela, la expresión del rostro del hombre, llena de alivio y gratitud, me abrumó por completo. Nicky me observaba con un gesto tan tierno, tan angustiado, que me arrojé a sus brazos y lo estreché con fuerza. Mi tío me devolvió un abrazo que me supo a gloria, aunque no fuera precisamente celestial.

Debía de haber sido el alivio. O el hecho de estar viva. O de haber encontrado al padre Federico. O de haber acabado con Pi. Mientras me hundía en la calidez del abrazo de Nicky, luché contra las lágrimas que amenazaban con salir a la luz. No era momento para lágrimas. No podía comportarme como una niña.

Luego sentí una mano sobre el hombro, y supe que era la de Benja.

—Bueno, ¿puedo irme ya a ver a las strippers o qué?

Eché un vistazo por encima del hombro de Nicky y vi la sonrisa de mi ángel sin alas. Lo habría abrazado también, pero siempre quedaba muy raro cuando abrazaba a un muerto en público.

—Me tiró de la corbata —respondió el tío Nico cuando le pregunté cómo nos había encontrado.

—¿Angel te tiró de la corbata?

—Me condujo directamente hasta ti.

Estábamos sentados en la sala de conferencias de la comisaría, viendo el vídeo de la confesión de Pi. Era muy tarde, y habíamos visto aquel vídeo unas siete mil veces. Creo que Benjamin lo veía una y otra vez por las imágenes de mis chicas. Por lo visto quedaban muy bien en pantalla.

—Debo admitirlo, Esposito, estoy impresionado —dijo con los ojos pegados a la pantalla—. Se necesitan cojones.

—Por favor... —dije con un resoplido—, lo que se necesitan son ovarios. Y de esos tengo dos.

Se volvió hacia mí con un brillo de apreciación en la mirada.

—¿Te he mencionado que soy licenciado en ginecología? Si tus ovarios necesitan algo...

Puse los ojos en blanco, me levanté de la mesa y caminé descalza hasta la puerta. Aunque había ocultado el hecho de que Pi me había roto el cuello durante su intento de huida, no pude disimular que me había torcido el tobillo de camino a la furgoneta. Malditos tacones. En fin, el resultado era que tenía un dolor horrible de cuello y de tobillo.

En aquel momento, Barber y Elizabeth aparecieron para decirme que habían localizado al padre Federico. Estaba en el hospital. Solo se decepcionaron un poco cuando les expliqué que estaba en el hospital porque nosotros lo habíamos llevado allí. No estaba en muy buenas condiciones, pero sobreviviría.

Al final había sido un buen día. Teníamos la memoria USB, el vídeo y el testimonio del padre Federico. Lo más probable era que Bart Pi pasara el resto de su vida en prisión. O al menos, gran parte de ella. Por supuesto, tendría que aprender a utilizar la mano izquierda, pensé con una risilla para mis adentros.

El tío Nico se llevaría todo el mérito, pero así debía ser. Con todo, el hecho de ser detective privado resultaba de gran ayuda a la hora de encontrar tapaderas. Ya no era necesario buscar excusas que explicaran por qué me encontraba en una escena del crimen o qué tipo de asesor era exactamente. Era investigadora privada. Mucha gente dejaba de hacer preguntas después de saberlo.

—Nunca me has dicho cómo se llaman —me dijo Benjamin. Me di la vuelta y alcé las cejas en un gesto interrogante. Benja esbozó una sonrisa maliciosa.

—Me presentaste a Peligro y a Will Robinson, pero olvidaste presentarme a los otros dos. —Bajó la mirada hasta mi vientre.

—Vale —dije con un suspiro impaciente—, pero no puedes reírte al escuchar sus nombres. Son muy sensibles.

Me mostró las palmas de las manos.

—Jamás se me ocurriría hacer algo así.

Tras reprenderlo con un ceño fruncido, señalé la zona de mi ovario izquierdo.

—Este es Sácame de Aquí. —Luego apunté hacia el derecho—. Y este es Scotty.

Benjamin soltó una risotada y enterró la cara en las manos. Él lo había preguntado.

—Esperadme —dijo el tío Nico.

Se ofreció a llevarme a casa, ya que tenía el pie vendado y cubierto de hielo.

—Buen trabajo, Esposito —dijo uno de los agentes cuando pasé a su lado. Los miembros del personal de la comisaría se pusieron en pie y me dedicaron sonrisas y gestos de aprobación. Sus bocas articulaban la palabra «enhorabuena». Después de años recibiendo miradas hostiles y comentarios desdeñosos, aquello me resultó algo inquietante.

—Recuperaremos tu jeep mañana —dijo Benjamin, que nos siguió hasta el exterior. Me ayudó a subir al monovolumen de Nicky y se aseguró de que me había puesto el cinturón de seguridad antes de cerrar la puerta—. Buen trabajo —articuló con los labios mientras salíamos del aparcamiento.

La cosa se estaba poniendo espeluznante.

Ya de vuelta en mi apartamento, me sentí mil veces mejor. No me había dado cuenta de lo cansada que estaba. El tío Nico me ayudó a entrar y esperó a que me pusiera el pijama para echarle un nuevo vistazo a mi tobillo.

Los abogados se reunieron conmigo en el dormitorio en cuanto terminé de cambiarme.

—Lo conseguimos —dijo Elizabeth con expresión radiante.

—Sí, lo conseguimos.

Extendí los brazos para recibir su abrazo helado.

—Bueno, ¿y ahora qué? —preguntó Barber. Lo miré casi con tristeza.

—Ahora cruzaréis.

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Que sucedera ahora?

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