CAPITULO 36
—¿Qué estás tramando ahora? —preguntó Euge en
cuanto se marchó el tío Nico.
—Bah, ya me conoces —dije mientras señalaba a Rufi
con una sonrisa—. Nada que no pueda manejar.
Rufina se había quedado dormida en el sofá, y su
cabello formaba un marco perfecto para los delicados rasgos de su rostro.
Aquella niña iba a convertirse en una rompecorazones.
__________________________________________________________________________________
Euge apretó los labios para no sonreír e hizo un
movimiento negativo con la cabeza.
—El coqueteo resulta agotador.
—Desde luego que sí —aseguré mientras rodeaba el
sofá para abrir la puerta.
Euge despertó a Rufina y luego la guió por el
pasillo hasta su apartamento. Tras esquivar por los pelos el marco de la puerta
y una maceta, Euge se volvió hacia mí.
—Ni se te ocurra pensar que no vamos a hablar de
lo que ha sucedido hoy —me dijo.
Ah, sí, la casi-experiencia cercana a la muerte.
—Bueno, pues tú no creas que no vamos a hablar
sobre tu actitud —solté en un intento por distraerla.
Me guiñó un ojo y cerró la puerta.
Y por fin nos quedamos a solas. Me aferré al
manillar de la puerta como si fuera un salvavidas, temblando a causa de la
anticipación.
Peter se materializó detrás de mí como un soplo
de brisa y de pronto me vi rodeada por el aroma terrenal de los elementos,
intenso y penetrante. Un instante después, me rodeó la cintura con un brazo y
cerró la puerta con la otra mano.
Me derretí sobre él cuando me estrechó contra su
pecho. Su calor me abrasó la piel, como si hubiera caído en una hoguera.
—Eres él. —Mi voz temblaba más de lo que habría
deseado—. Estabas presente cuando nací. ¿Cómo es posible?
Sentí sus labios ardientes en el cuello mientras
su mano me dejaba un reguero de llamas sobre el abdomen, por debajo del suéter.
Las puntas de sus dedos tantearon con mucho cuidado la zona donde me había
cortado, y en algún recóndito lugar de mi mente, me sentí agradecida por su
preocupación.
Un momento más tarde colocó la boca junto a mi
oreja.
—Holandesa —susurró, y su aliento fue como una
caricia sobre mi mejilla—. Por fin.
Cuando me di la vuelta, él se apartó un poco para
estudiar mi rostro y finalmente pude ver con claridad al extraordinario ser
conocido como Peter Lanzani.
No me decepcionó. Era la criatura más magnífica
que había visto en mi vida. Era sólido y fluido a un tiempo, con músculos
fibroso esculpidos en un material pétreo capaz de disolverse en cuestión de
segundos. El cabello de color café le caía sobre frente amplia y se rizaba tras
la oreja. Sus ojos caoba oscuro, salpicados por motas doradas y verdes,
mostraban el brillo de una lascivia apenas contenida. Y su boca, grande y
masculina, se había entreabierto en un gesto sensual y aquel lunar en la
mejilla que pedía ser lamido.
Reconocí su atuendo: era un uniforme de prisión,
tal y como había dicho Elizabeth. Las mangas enrolladas dejaban al descubierto
unos antebrazos largos y musculosos.
Con infinita delicadeza, deslizó la yema de los
dedos por mi labio inferior. Tenía una expresión seria, como la de un niño que
acabara de descubrir las luciérnagas y quisiera averiguar qué tipo de magia las
iluminaba.
Cuando me rozó los dientes inferiores con los
dedos, se los mordí con suavidad, cerré los labios en torno a ellos y los
succioné para paladear el sabor exótico y terrenal de su piel. Peter contuvo el
aliento con un silbido brusco, apoyó la frente sobre la mía con los ojos
cerrados y se esforzó por controlarse mientras yo me introducía los dedos más
profundamente en la boca.
No me quedó claro si lo hacía por él o por mí,
pero de pronto apoyó un brazo en la puerta, me aplastó contra la madera con un
gruñido y me rodeó la garganta con la otra mano para mantenerme inmóvil
mientras luchaba por recuperar el control de su cuerpo.
Fue lo más sexy que me había ocurrido en la vida.
Mi cuerpo respondió a sus caricias con una
descarga de excitación. En mi vientre se acumuló un anhelo, ardiente y
doloroso, que giró y se extendió hasta convertirse en un deseo abrasador.
Quería tenerlo a mi lado para siempre, y una
pequeña parte de mi mente se preguntó qué sería de mí si él moría. ¿Podría
seguir viéndolo? ¿Vendría a buscarme tras su muerte o cruzaría al otro lado y
me dejaría navegando sola por el plano terrestre? Me aterraba pensar que podría
perderlo si su cuerpo físico moría. Quise que se despertara, que fuera mío
tanto en carne como en espíritu. En ese sentido, era una acaparadora.
—Peter —dije con una voz enronquecida por la
necesidad cuando su boca encontró un punto especialmente sensible detrás de mi
oreja—, despierta, por favor.
Se echó hacia atrás con el ceño fruncido, como si
no me entendiera. Luego agachó la cabeza para apoderarse de mi boca y perdí todo
vestigio de raciocinio.
Empezó con suavidad, con un delicado roce de
lenguas que solo pretendía provocar y saborear. Pero las chispas no tardaron en
convertirse en un incendio y el beso se intensificó, se volvió salvaje, feroz y
exigente. Peter invadió, exploró y saqueó mi boca, inmerso en una necesidad
primitiva.
Aquel beso barrió de mi mente cualquier rastro de
duda que pudiera haber albergado. Peter sabía a lluvia, a rayos de sol y a
productos inflamables.
Cuando se acercó más y me aplastó contra su
cuerpo, sentí un chispazo en la entrepierna. Justo cuando había empezado a
bajar las manos para acariciar la dureza que me presionaba el abdomen, Peter se
detuvo.
Interrumpió el beso y se dio la vuelta con un
movimiento tan rápido que me dejó mareada. Su capa se materializó al instante,
como una entidad líquida que nos envolvió a ambos, y pude oír la canción del
acero que cobraba vida, de una hoja afilada que salía a la luz. Peter soltó un
gruñido siniestro, profundo y gutural, y de repente fui consciente de lo que me
rodeaba. Estaba tan débil que apenas podía mantenerme en pie. ¿Había
alguien en la estancia con nosotros? ¿Algo?
No podía ver lo que nos acechaba más allá de las
enormes espaldas de Peter, pero percibí la tensión que había solidificado todos
los músculos de su cuerpo. Fuera lo que fuese lo que había allí, era muy real.
Y muy peligroso.
En un momento dado, Peter se volvió de nuevo
hacia mí, me rodeó la cintura con la mano libre y me apretó contra él. Sus
brillantes ojos caoba buscaron los míos y me suplicaron comprensión.
—Si despierto —dijo en un susurro agónico—, me
encontrarán.
—¿Qué? ¿Quién? —pregunté, alarmada.
—Y si me encuentran —añadió sin despegar la
mirada de mi boca—, te encontrarán.
Y tras decir aquello desapareció.
Unos tres segundos después, me desplomé en el
suelo.
---------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------
Aqui el tercero de la maraton.
Quien o quienes la encontraran a lali???
No hay comentarios:
Publicar un comentario