CAPITULO 35
—Se ahogó en un lago que hay junto a la casa de mis padres —añadió con una voz cargada de tristeza.
—Él intentó salvarme —dijo Niña Demonio, que aún no había apartado la vista de Peter.— Casi se muere por intentar salvarme.
Endurecí mi corazón para protegerme de la hija de Satán y me negué a fijarme en cómo apretaba los bracitos a los lados, en el brillo maravillado de sus ojos azules y en su boquita de muñeca.
Le dediqué mi mejor gesto de repugnancia.
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—Qué horror —dije.
—¿Por qué? —Al final, Niña Demonio apartó la
vista de Peter, pero solo durante un segundo. Luego volvió a clavar los ojos en
él, como si tuviese un sistema de localización por radar en las córneas.
—¿Lo amas con locura? —le pregunté al recordar lo
que me había dicho antes—. Es tu hermano.
—¿Está aquí? —quiso saber Taft.
—Ahora no, Taft. En estos momentos tenemos
asuntos más graves a los que enfrentarnos.
La expresión de Tarta de Fresa adquirió un toque
de diversión cuando por fin se concentró en mí.
—Claro que lo amo. Intentó salvarme. Estuvo una
semana ingresado en el hospital con neumonía debido a la cantidad de agua que se
le metió en los pulmones.
—Lo entiendo, lo entiendo —dije al tiempo que
levantaba una mano como si fuera a declarar bajo juramento. Siempre olvidaba
que los parientes de otras familias se amaban los unos a los otros—. Pero aun
así, es tu hermano. No puedes rondarlo. No está bien.
Su labio inferior empezó a temblar.
—De todas formas, ya no me quiere a su lado.
Mierda y mierda. Dos veces mierda. Me concentré
en cualquier cosa que no fueran las lágrimas que se le acumulaban en las
pestañas: impuestos, guerras nucleares, caniches...
—¿Qué quieres hacer? —pregunté.
—Quiero quedarme con él. —Se limpió las mejillas
con la manga del pijama y luego se sentó en el suelo con las piernas cruzadas.
Empezó a dibujar círculos en la alfombra, aunque su mirada se desviaba hacia Peter
de vez en cuando—. Pero si él no me quiere...
Dejé escapar un largo suspiro de agotamiento.
—Me ha dicho que intentó salvarla —le comenté a
Taft. Él me miró con expresión sorprendida. —Y que después se pasó una
semana ingresado en el hospital.
—¿Y ella cómo lo sabe?
—Estuve allí —dijo la niña—. Todo el tiempo.
Le transmití lo que decía la niña a Taft y pude
contemplar cómo su asombro crecía por momentos.
—Dice que ahora usted detesta la gelatina verde,
y que se ha negado a comerla desde su estancia en el hospital.
—Es verdad —ratificó el agente.
—¿Quiere que ella se vaya?
La pregunta lo dejó desconcertado. Farfulló una
respuesta después de otra hasta que al final se decidió.
—No. No quiero que se vaya. Pero creo que sería
más feliz en otro lugar.
—¡No, de eso nada! —gritó su hermana, que se puso
en pie de un salto para situarse a su lado. Se aferró a la pernera del pantalón
del agente como si de ello dependiera su vida.
—Ella quiere quedarse, pero solo si usted también
quiere.
Un momento después me di cuenta de que Taft
estaba temblando.
—No puedo creer que me esté ocurriendo esto.
—Yo tampoco. No bromeaba cuando le dije que era
malvada. —Taft pasó por alto el comentario.
—Si quiere quedarse, me encantaría que lo hiciera
—aseguró—. Pero no sé cómo hablar con ella, cómo entablar una comunicación.
Ay, madre. Empezaba a ver hacia dónde me llevaba
todo aquello.
—Mire, no pienso hacer de intérprete, ¿vale? Ni
se le ocurra pensar que puede venir a verme cada vez que quiera saber lo que
trama su hermana.
—Podría pagarle —dijo, y me recordó un montón a
Sussman—. Tengo dinero.
—¿De cuánto estamos hablando?
Se oyó una llamada suave a la puerta, y acto
seguido el tío Nico asomó su enorme cabeza por detrás de la hoja de madera.
—Nos vamos ya —dijo.
—¿Qué vais a hacer con Teddy? —pregunté, preocupada.
—Lo vamos a dejar en un piso franco con un par de
polis uniformados. Mañana haremos arreglos más permanentes.
Cuando Taft y yo salimos del dormitorio,
descubrimos que el piso estaba casi vacío. El fiscal tomó mi mano y me la
estrechó con entusiasmo.
—Señorita Esposito, hoy ha hecho un trabajo
magnífico. Magnífico.
—Gracias, señor. —Decidí no mencionar que mi
magnífico trabajo había incluido también caer por un tragaluz y hacer un sándwich
de jamón y pavo—. El tío Nico colaboró. Un poquito.
El hombre resopló y se encaminó hacia la puerta.
Teddy me dio un abrazo de oso y lo siguió. El abrazo fue agradable. El chico
estaría bien. Siempre que Pi no lo encontrara.
—¿Sigue en pie lo de la operación encubierta de
mañana por la noche? —le pregunté a Nicky en cuanto se marchó el último de los
agentes.
—La unidad de operaciones especiales quiere
reunirse con nosotros a primera hora de la mañana. Ya veremos. Lo que nos ha
contado el muchacho quizá sirva para acabar con él de una vez por todas.
—Oye, oye, un momento —protesté—. No podemos
poner en peligro la vida de Teddy, tío Nico. Debemos conseguir pruebas contra
Pi que nos permitan no tener que recurrir al testimonio de Teddy. Y es
necesario encontrar al padre Federico. ¿Y si lo tiene Bart Pi?
La frente del tío Nico se llenó de arrugas de
frustración.
—En estos momentos, lo único que tenemos es el
testimonio de Teddy. Hay que acabar con ese tío, Lali, y cuanto antes. Tenemos
que poner fin a toda su operación.
Aguanté el tipo, me mantuve en mis trece y di un
puñetazo sobre la mesa... metafóricamente, claro.
—Dame una oportunidad. Solo una. Sabes de lo que
soy capaz. Tenemos que intentarlo al menos.
El tío Nico, que parecía soportar el peso de un
luchador de sumo sobre los hombros, sopesó mi oferta.
—Veamos lo que tiene que decirnos la unidad
operativa mañana.
—¿Qué estás tramando ahora? —preguntó Euge en
cuanto se marchó el tío Nico.
—Bah, ya me conoces —dije mientras señalaba a Rufi
con una sonrisa—. Nada que no pueda manejar.
Rufina se había quedado dormida en el sofá, y su
cabello formaba un marco perfecto para los delicados rasgos de su rostro.
Aquella niña iba a convertirse en una rompecorazones.
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Segundo capitulo de la maratón. Ire subiendo en la semana, uno o dos capitulos.
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