martes, 1 de diciembre de 2015

Seguimos MARATÓN!!!!! 3

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CAPITULO 37

—Si despierto —dijo en un susurro agónico—, me encontrarán.

—¿Qué? ¿Quién? —pregunté, alarmada.

—Y si me encuentran —añadió sin despegar la mirada de mi boca—, te encontrarán.

Y tras decir aquello desapareció.

Unos tres segundos después, me desplomé en el suelo.
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Cuando pelees con payasos, ve siempre a por el malabarista.

(Pegatina de parachoques)


¿Me había pasado dormida las últimas veintisiete horas? ¿Existían seres y criaturas que nunca había visto? ¿Seres tan poderosos y salvajes que solo podía combatirlos algo sobrenatural?

Me senté en la sala de conferencias con el tío Nico, incapaz de concentrarme después de lo ocurrido la noche anterior. Benjamin también estaba allí, junto con el fiscal del distrito, el detective jefe de la unidad operativa especial que investigaba a Pi, los abogados y Angel, que parecía muy nervioso.

Estábamos dando los últimos toques al plan de aquella noche. Era un poco arriesgado trazar planes cuando no todos los allí presentes estaban en el ajo, pero, tal y como me esperaba, el tío Nico sorteó el problema con facilidad.

Benjamin y Angel estaban muy callados, y eso era muy extraño. Lo de Benjamin podía entenderlo, ya que no estaba de acuerdo con mi plan. Pero Angel tenía una oportunidad perfecta para coquetear con una despampanante abogada difunta con minifalda y no la aprovechaba. De hecho, casi ni la miraba. 

No tenía ni idea de lo que le pasaba. ¿Era por Peter? ¿Sabía de mis fantasías con él que rayaban en la ilegalidad?

En cuanto se marcharon el detective y el fiscal del distrito, el tío Nico se giró hacia mí.

—Vale, ¿cuál es el verdadero plan?

De vuelta a la realidad. Esbocé una débil sonrisa.

—Entraré allí con mi ridículo vídeo y mis pruebas falsificadas, y obligaré a Pi a confesarlo todo.

—¿Puedes hacer eso?

—Puedo hacer eso.

—Vaya —dijo, impresionado—. Está claro que eres una encantadora de criminales.

Benjamin se removió en su asiento, pero se negó a abrir la boca.

—¿Y si no logramos encontrarlo? —preguntó Barber, refiriéndose al padre Federico, ya que yo había dejado la búsqueda del sacerdote en sus manos—. ¿Y si la unidad especial no conoce todas las propiedades de Pi? ¿Y si lo tienen encerrado en otro lugar?

—¿Y si lo han matado ya? —añadió Sussman.

—Siempre existe esa posibilidad —dije—, pero Pi es católico hasta la médula. Creo que le sería muy difícil matar a un cura.

—Entonces, Barber y yo revisaremos sus propiedades —dijo Elizabeth—, y Sussman y Angel te ayudarán, ¿es eso?

—Ese es el plan.

 —¿Cuál es el plan? —quiso saber el tío Nico.

Le resumí nuestras ideas y él nos dio el visto bueno. Mejor, porque en realidad no teníamos un plan B.

—Angel —dije mientras los demás se marchaban—, ¿piensas desembuchar ya o tendré que recurrir a las técnicas de tortura que aprendí el año pasado en el Mardi Gras?

Sonrió y dio un pequeño saltito entre pasos.

—Estoy bien, jefa. Puedo hacer esto con los ojos cerrados.

—Solo porque puedes ver a través de los párpados.

—Cierto —dijo en un tono apático.

Comprobé el teléfono. Euge me había dejado un mensaje.

—Pareces muy triste —señalé mientras marcaba el número del buzón de voz—. Como si alguien te hubiera robado tu nueve milímetros favorita.

—No estoy triste. —Empezó a caminar pasillo abajo—. No cuando te miro, al menos.

Vaya. Qué encanto. Estaba claro que tramaba algo, pero no tenía ni idea de qué podía ser.

—¿Sabes qué? ¿Sabes qué? —repicó la voz de Euge en el teléfono—. Tengo su nombre. El de la chica. Llamé al compañero de celda de Peter, ese tal Gastón Dalmau, y lo amenacé con denunciar una violación de la condicional si no cantaba. Tengo su nombre y su dirección. Es... —Sonó el pitido del buzón de voz y al instante comenzó otro mensaje—. Lo siento. Malditos teléfonos. Todavía vive en Buenos Aires. Se llama Candela Vetrano, y todavía está aquí.

Se me doblaron las rodillas. Cogí un bolígrafo y un papel del escritorio del poli que tenía al lado, lo que me granjeó una mirada de lo más siniestra, y anoté la dirección.

—El tipo no pudo darme un número, pero dijo que la chica trabajaba desde casa, así que lo más probable es que esté allí cuando escuches este mensaje.

En aquel momento, le habría dado un besazo a Euge.

—Sí, lo sé. Quieres matarme a besos. Encárgate de encontrar a la hermana de Peter y ya nos enrollaremos más tarde.

Me subí a Misery con una risotada y me dirigí al centro de la ciudad. Tenía un nudo de anticipación en el estómago. Eché un vistazo al reloj. Veinticuatro horas. Solo nos quedaban veinticuatro horas.

Durante el trayecto en coche tuve tiempo para reflexionar sobre lo que me había dicho Peter la noche anterior. ¿Qué significaba eso de que lo encontrarían?

¿Quién lo encontraría? ¿Acaso lo estaban buscando?

Decidí no pensar en lo que le había hecho gruñir. Resultaba evidente que había cosas a nuestro alrededor que ni siquiera yo podía ver. Y eso me llevó a formularme una serie de cuestiones importantes: ¿Qué sentido tenía ser un ángel de la muerte si no podía ver todo lo que había ahí fuera? ¿No debería estar informada? En serio, ¿cómo esperaban que hiciera bien mi trabajo?

Después de aparcar junto a un complejo cerrado de apartamentos, caminé hasta la puerta del 1B y llamé. La mujer que respondió tendría más o menos mi edad, y llevaba un paño en las manos, como la hubiese pillado secando los platos.

Me adelanté con la mano extendida.

—Hola, señora Vetrano —le dije—, soy Mariana Esposito.

Me estrechó la mano con recelo. Sus finísimos dedos estaban fríos al tacto. Tenía el cabello de color caoba oscuro y los ojos de un tono verde claro; no se parecía en nada a Peter. Raíces irlandesas con alguna que otra mezcla.

—¿Qué puedo hacer por usted? —preguntó.

—Soy detective privado. —Saqué una tarjeta y se la entregué—. ¿Podría hablar con usted?

Tras estudiar la tarjeta durante unos instantes, abrió más la puerta y me hizo un gesto para que pasara. Una vez en el salón, examiné la estancia en busca de alguna foto de Peter. No había fotos, ni de Peter ni de nadie.

—Así que es detective privado —dijo al tiempo que me señalaba un asiento—. ¿En qué puedo ayudarla?

Se sentó frente a mí. El sol de la mañana se filtraba a través de las cortinas de gasa y llenaba de calidez el salón. Aunque había pocos muebles, todos estaban limpios y en perfecto estado. No pude evitar preguntarme si la señora Vetrano no tendría una pizca de TOC, también conocido como Trastorno Obsesivo Compulsivo.

Me aclaré la garganta mientras buscaba una forma de empezar. Aquello era más difícil de lo que había pensado. ¿Cómo se le dice a alguien que su hermano está a punto de morir? Decidí ahorrarle aquella parte por el momento.

—Estoy aquí por Peter —empecé.

—¿Cómo dice? —preguntó ella antes de que pudiera explicarme. Parpadeé, sorprendida. ¿No me había oído?

—Estoy aquí por su hermano —repetí.

—Lo siento, pero no sé de qué me está hablando —dijo—. No tengo ningún hermano.

Puesto que se me daba muy bien interpretar a la gente, supe de inmediato que me estaba mintiendo. 

Menuda sorpresa. ¿Por qué mentiría? Mi mente comenzó a repasar las posibilidades, una a una, en un intento por resolver aquel nuevo enigma. Pero no tenía tiempo para jueguecitos. Ni siquiera para los que resultaban tan intrigantes. Decidí pagarle con la misma moneda y mentir también.

—Peter ya me advirtió que diría algo así —dije con una sonrisa agradable—. Me pidió que le dijera la contraseña para que usted supiera que podía hablar conmigo tranquilamente.

Frunció el ceño.

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Otro capitulo mas por hoy. Espero que les guste. Hay alguna referencia hacia Price que en este caso seria Bart Pi.

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