miércoles, 19 de abril de 2017

Capítulo 19

Capítulo 19


— No se mencionó en ningún momento — volví a la carga, inspirando hondo.

Peter echó un vistazo al expediente con un brillo malévolo en la mirada.

— ¿Así que ahora lo sabes todo sobre mí?

No parecía gustarle la idea.

— Ni de lejos — aseguré.

Lo meditó mucho antes de contestar.

— Todo lo que quieres saber está en esa carpeta. Lo dice bien claro. Punto por punto.

El peso de su intensa mirada me robaba el aire de los pulmones y tenía que luchar con todas mis fuerzas para poder seguir respirando.

— Creo que te subestimas.
— La única persona de esta habitación que me subestima eres tú.

Sus palabras me erizaron el vello de la nuca.

— Lo dudo.
— Riera no quería dejarte a solas conmigo. Al menos él todavía le quedan dos dedos de frente.

Decidí no entrar en su juego. Estaba enfadado y lo pagaba conmigo. ¿Acaso mi padre no había hecho exactamente lo mismo hacía una hora? Los hombres y su incapacidad para enfrentarse a sus emociones nunca dejaban de sorprenderme.  Bajé la vista hacia sus manos, asaltada por el cansancio y las tensiones.

Me dirigió una mirada inquisitiva.

— No duermes bien.

Parpadeé, sorprendida.

— No puedo. Tú… siempre apareces.

Relajó los hombros​ de manera apenas perceptible y bajó la barbilla, como si se avergonzara.

— No es mi intención.
— Lo sé.

Su confesión me dejó helada. Aunque procuré que mi voz no delatara el dolor que sus palabras me habían producido, tuvo que sentir las emociones que bullían en mi interior.

— ¿A qué te refieres?
— A que estás… estás enojado. — Me tragué mi amor propio y admití —: No quieres estar allí, conmigo.

Apartó los ojos, molesto, cosa que me brindó la oportunidad de estudiar su perfil, duro y noble a la vez. Incluso con aquel uniforme carcelario, era el ser más poderoso que había visto nunca, una bestia que sobrevive guiada por la fuerza y el instinto.

— No estoy enojado porque no quiera estar allí, Holandesa — dijo, con voz suave, vacilante. Me traspasó con una mirada solemne —. Estoy enojado porque sí quiero.

Antes de que mi corazón revolotear hasta el techo después de aquella pequeña confesión, decidí aclarar un asunto al que llevaba todo el día dándole vueltas.

— Está mañana, cuando has acudido a mi lado — dije, con las mejillas repentinamente encendidas, muerta de vergüenza —, has dicho que es cosa mía, que soy yo quien te invoca y que siempre ha sido así, pero eso es imposible.
— Algún día descubrirás de lo que eres capaz — respondió al fin, tras un largo silencio. Tan largo que casi había empezado a suplicar que la tierra se abriera y me tragara —. Ya hablaremos de eso entonces. — Y sin darme ocasión a seguir preguntándole sobre aquel asunto, añadió, aunque esta vez con un áspero susurro —: Desencadéname.

Se me encogió el ombligo. Sabía que tarde o temprano iríamos a parar allí. Sabía que esa era la razón por la que me había hecho venir. ¿Cuál si no? Como que iba a querer verme sin más. Agaché la cabeza.

— No puedo desencadenarte. No sé.
— Ya lo creo que sí — replicó, mirándome con suficiencia.

Sacudí la cabeza.

— Lo he intentado, pero no sé cómo hacerlo.

Las cadenas tintinearon al rebotar contra la mesa cuando se inclinó hacia adelante.

— No volveré… — Miró a la cámara, consciente de su presencia —. No volveré a intentar lo de la última vez que nos vimos. — Es decir, básicamente que no volvería a intentar deshacerse de su cuerpo terrenal mediante el suicidio —. Créeme. No puedes desencadenarme si no confías en mí.
— Ya te lo he dicho, lo he intentado. Dudo que se trate de una cuestión de confianza.
— Precisamente se trata de una cuestión de confianza.

Se levantó de la mesa con brusquedad, luchando de manera evidente por controlar sus emociones, y la silla cayó estrepitosamente al suelo.

Alcé una mano hacia la cámara para informar a Nico que todo iba bien y lo imité.

— Volveré a intentarlo — aseguré, intentando conservar la calma.
— Tienes que desencadenarme — susurró, con la voz entreverada de desesperación.

En ese momento empecé a sospechar que había algo más detrás de aquella repentina necesidad de quedar libre. Peter tenía un objetivo, un propósito, lo veía en sus ojos.

— ¿Por qué?

El calor que desprendía penetró en mis ropas y en mi piel, bañándome en una repentina e indeseada oleada de deseo. Era evidente de que Peter tenía mejores cosas en que pensar que en mí y mi patética chifladura por él.

Se me quedó mirando, con los dientes apretados.

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