Capítulo 21
Sé kárate y unas dos palabras más en japonés.
(Camiseta)
Me incorporé a la carretera y conduje a una velocidad media-alta sin dejar de darle vueltas a la cabeza sobre lo ocurrido. Peter era todo un enigma:tan auténtico y etéreo, tan visceral y, bueno, cabreado, y menudos bíceps.
Empezó a sonar «Sexy Anda I Know It» en el móvil y lo abrí para contestar.
— ¿Qué hay, Euge?
— ¿Y?
— ¿Y?
— ¿Y?
— Eugenia, en serio.
— Lali Esposito — me amonestó, adoptando su mejor tono maternal —, si crees que vas a escatimar me ni un solo detalle, ya puedes ir quitándotelo de la cabeza.
Solté una carcajada, pero entonces pensé en Peter y se me cortó la respiración.
— Dios mío, Eu, está tan…
— ¿Bueno? ¿Macizo? ¿Cañon?
— Añádele a eso un «muy, pero que muy enojado» y habrás dado de pleno en el centro de la diana.
Eugenia sorbió aire entre los dientes.
— Me lo temía. Tienes que contármelo todo. Espera, ¿dónde estás?
— En la carretera, saliendo de Santa Fe.
— Vale, pues para.
— ¿Aquí?
— Sí.
— Vale, pero si muero, volveré para rondarte.
Era lo justo. Tomé la siguiente salida y volví a la ciudad.
— Agárrate. Por lo que he podido averiguar, el doctor MesSientoBien no tiene antecedentes, pero lo detuvieron en la universidad por una amenaza de muerte o algo por el estilo. Retiraron los cargos, así que no hay nada jugoso en la base de datos.
— Interesante.
— Eso pensé yo. Estoy en el cómo y el porqué. Mientras tanto, he intentado sinéxito ponerme en contacto con la hermana de la mujer desaparecida, aunque sí he dado con el hermano, en Santa Fe.
— Ah, y de ahí que estuviera a punto de cometer un homicidio por negligencia para volver a la ciudad.
— Exacto. Por lo que veo, has sobrevivido.
— Como siempre.
— El hermano se llama Daniel Pierce.
— Lo recuerdo. Un hombre con fuerza, rotundo.
Me hacía pensar en un supremacista blanco. O en una salchicha.
— Sí, también parecía enérgico y rotundo por teléfono.
— Perfecto. — Aquello podía ser interesante —. ¿Te facilitó alguna pista?
— No. No quiso hablar conmigo.
Ay, ay, ay.
— ¿Y conmigo sí querrá?
— No, tampoco.
— Entonces, voy a verlo porque…
— Ere un encanto. Si hay alguien que pueda hacerlo hablar, esa eres tú.
— Oh, gracias, qué lindas palabras. Insisto, si muero, volveré para rondarte.
Lo meditó unos instantes.
— Tienes cierto propensión a conseguir que estén a punto de matarte en los sitios más insospechados.
Tenía toda la razón, esa era yo. Me había planteado ir a terapia, pero la búsqueda interminable de la estabilidad mental interferiría con mi tiempo de estar tumbada a la bartola en el sofá o en mi cama. No iban a echar raíces por sí solos.
— ¡Espera! — dijo de pronto, emocionada —. No tienes de qué preocuparte. Él es contratista y tú vas a una obra. Acabar asesinado en una obra, con todas esas herramientas y esa maquinaria por todas partes, es algo bastante factible, así que seguro que no ocurrirá nada.
— Ah, claro, bien pensado. — Qué lista era —. ¿Me das la dirección? — Anoté las señas entre bocinazos y una par de pájaros en vuelo —. Y búscame el nombre de la mujer que presentó cargos contra el buen doctor en la universidad. Me gustaría oír esa historia.
— Dalo por hecho, jefa. Bueno, entonces, todo va bien, ¿no?
— Absolutamente. En cuanto dejen de temblarme las rodillas por haber estado anterior Dios Peter, todo irá bien.
— Joder, yo quiero un dios — dijo en tono quejumbroso —. Solo uno.no pido tanto.
— Bueno,si el mío me mata, es todo tuyo.
— Qué detalle.
De fondo, oí el repiqueteo de unas uñas sobre un teclado.
— ¿Para qué están las amigas?
— Ah, y esa Mistress Marigold o Marisol no deja de enviar mensajes. Prácticamente te suplica que le contestes.
Me detuve en un stop y me fijé en el grupo de niños sordomudos que pasaba por delante. Uno de ellos les estaba explicando algo y los demás reían divertidos. Una historia sobre un orientador oyente subiéndose a una mesa de un salto para escapar de un perro de la raza Chihuahua.
— Menos mal que creaste esa cuenta falsa — dije, riéndome entre dientes. La anécdota del chico tenía mucha gracia—. Está como un cencerro.
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