jueves, 27 de abril de 2017

Capítulo 28

Capítulo 28


— Válgame Dios — dijo, cerrando el grifo —. Lo siento mucho señora Romero. ¿Está usted bien?

La mujer farfulló algo y se volvió hacia ella, fulminándola con la mirada.

—¡¿Qué?!
— Que si está usted bien — repitió muy alto.
— No te oigo. Se me ha metido agua en las orejas, mi’ja.

Bella me miró con una sonrisa colmada de paciencia.

— De todas maneras, tampoco me oiría. Ya lo he contado a la policía lo que sé.
— Iré a pedirles su declaración en cuanto pueda. Solo quería saber si usted advirtió algo fuera de lo normal. ¿Su amiga parecía preocupada por algo últimamente? ¿La notaba más ausente que de costumbre?

Se encogió de hombros mientras secaba el pelo de la señora Romero con una toalla. La mujer mayor había quedado enterrada bajo una gigantesca capa de color turquesa, por cuyo borde solo asomaban los pies.

— No nos vemos muy a menudo. Al menos, no tanto como antes. Pero sí es cierto que esa noche parecía un poco ausente — admitió Bella, ayudando a la señora Romero a ponerse en pie —, nostálgica. Dijo que si algo le sucediera, quería que supieramos que siempre nos querría.

Daba la impresión de que la señora Kyost sabía que su marido se traía algo entre manos.

— ¿Fue algo más concreta?
— No. — Sacudió la cabeza —. Lo dejó ahí, aunque parecía triste. Me sorprendió que nos llamará. Había pasado mucho tiempo y supuse que se alegraría de vernos, pero estaba muy abatida. — Me miró con pesar —. Si no hubiéramos salido, nada de esto habría ocurrido.
— ¿Por qué dice eso?

La seguí mientras ella acompañaba a la señora Romero a un sillón.

— Porque no volvió a casa.

Aquello me sorprendió.

— ¿Cómo lo sabe?
— Por Naithan​. Me dijo que nadie había desactivado la alarma, que si hubiera entrado por la puerta principal, habría quedado registrado.
— ¿Quiere decir que cada vez que alguien entra o sale de la casa queda registrado?

Saqué la libreta y lo anoté para investigarlo más tarde.

— Por lo que entendí, creo que sí, siempre que la alarma esté activada.
— ¡¿Qué?! — gritó la señora Romero.
— ¡¿Lo de siempre?! — preguntó Isabella​, a voz en cuello.

La mujer asintió y cerró los ojos. Estaba visto que era la hora de la siesta.

Le arranqué toda la información que pude antes de irme. Coincidía con los demás. Naithan era un santo varón, un pilar de la comunidad. Curiosamente, a pesar de lo mucho que Bella quería a su amiga, por lo visto era del parecer que su amiga tenía la culpa de que el matrimonio atravesara malos momentos. Aquel bendito era incapaz de hacer nada malo, claro, así que la culpable tenía que ser ella.

Viendo que mi lista se reducía a prácticamente nada, decidí pasarme por la consulta del médico antes de que cerraran, aprovechando que todo el mundo estaría cansado y solo tendría ganas de irse a casa. La gente solía hablar menos e ir más al grano en ese tipo de situaciones y, teniendo en cuenta que el médico siempre salía pronto para pasar visita en el hospital, supuse que ya se habría ido cuando entré en su consulta. Por lo visto era otorrinolaringólogo. Ni me molesté en tratar de adivinar a qué se dedicaba.

La recepcionista estaba recogiendo y se le hacía tarde para ir a buscar a su hija a la guardería. Por suerte, una de las ayudantes del médico, una audióloga llamada Julia, todavía seguía por allí, terminando el papeleo.

— ¿Lleva mucho tiempo trabajando para el doctor Kyost? — pregunté.

Julia era una joven de constitución robusta, cabello azabache y rizado, y demasiadas sotabarbas para considerarla guapa según el canon tradicional de belleza; sin embargo, poseía unas facciones agradables y una mirada cordial. No me resultaba difícil imaginárselo trabajando con niños. La sala de espera estaba llena de juguetes desperdigados por todas partes.

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