Capítulo 30
Antes de dirigirme a casa, me pasé por el Chocolate Coffee Café a por un buen capuchino con chocolate, por el Taco Macho a por un burrito de pollo con salsa extra, y por un veinticuatro horas a por un paquete de palomitas para microondas y algo de chocolate para pasar la noche, aunque no estaba segura de cuánto tiempo iba a aguantar despierta. Aún así, calculé que tenía un cincuenta por ciento de posibilidades.
¿Qué había dicho Peter? ¿Que no estaba enfadado porque no quisiera estar conmigo, sino por todo lo contrario? ¿Cómo debía tomármelo? En mi interior reinaba el caos, aunque un caos feliz, así de desesperada y patética era por dentro. Sobre todo por las cosas que Peter hacía y que repercutían en mis extrañas. Cosas deliciosas, diabólicas, placenteras, capaces de provocar un infarto. Maldito fuera.
Antes de que acabara teniendo un orgasmo con tanta reflexión sobre aquel tema, abrí el móvil y llamé a Eugenia.
— Hola, jefa. ¿Dónde estás? — preguntó.
— He comprado algo para comer. ¿Qué te parece bailarinas del vientre profesionales?
— Pues, no sé, igual con unos rábanos picantes...
— No, como nueva profesión. Tenemos que pensar en el futuro y siempre he querido aprender a hacer la ola con la panza. Y no digamos ya toda la atención que atraería mi ombligo. El pobre está muy desaprovechado.
— Tienes razón — admitió, siguiéndome el juego —, ni siquiera sé cómo se llama.
Ahogué un grito y eché un rápido vistazo a mi panza.
— Creo que Stella no te ha oído, pero ten más cuidado. Ah, casi se me olvida, yo diría que la camarera del pelo corto y las cejas raras de Taco Macho es Batman.
— Ya decía yo. ¿Querías contarme algo aunque solo estuviera remotamente relacionado con el caso?
— ¿Te refieres a algo más aparte de que nuestro doctor Kyost ya hubiera estado casado antes?
— No te lo vas a creer, pero estaba a punto de llamarte para decírtelo. Es como si estuviéramos conectadas o algo por el estilo, como si tuviéramos PES.
— O percepción extrasensorial.
— Exacto. Di con el número de Melody Paz y le he dejado un mensaje en el móvil.
— Excelente. Me muero por saber la historia que hay detrás de los cargos que presentó contra un tal señor Naithan Kyost. Mientras tanto, quiero que averigües todo lo que puedas sobre la primera esposa de Kyost.
— Entendido. Volcaré todo lo que tengo hasta ahora en tu laptop. Vas camino a casa, ¿verdad?
— Hacia allá voy — confirmé doblando a la izquierda.
— ¿Lo ves? Ni siquiera hubiera hecho falta preguntártelo.
— Lo sé, pone los pelos de punta.
— ¿Cuántas tazas de café llevas hoy?
Conté con los dedos antes de recordar que debían permanecer sobre el volante en todo momento mientras se conducía.
— Siete — contesté, virando con brusquedad para esquivar por un pelo a un peatón aterrorizado.
— ¿Solo siete?
— Y doce expresos.
— Ah, bueno, no está mal. Para ti. Ahora que has hablado con Peter, tal vez ya puedas dormir. Qué se yo, igual deja de aparecérsete.
— Igual. En estos momentos, echar una cabezadita me suena a música celestial — dije sintiendo cómo aquellas palabras me lastraban los párpados y los animaban a cerrarse antes de recordar que debían de permanecer abiertos en todo momento mientras se conducía. Cuántas normas —. Aunque no estoy muy segura. Tengo la sensación de que puede controlarlo tanto como yo.
— Es todo tan cósmico... — comentó Euge, intuyéndose un suspiro nostálgico en su voz.
— Algo es, eso seguro. Vale, casi he llegado a casa. Estoy ahí en menos de dos minutos.
A las 8.23 en punto, y quien dice en punto dice más o menos, entraba a trompicones por la puerta de mi piso con comida, café y un DVD en la mano mientras rebuscaba el celular en el bolso. Benjamín me había enviado un mensaje. Seguramente era para ponerme a parir por haberlo despertado antes de que el sol saliera esa mañana. Lo abrí. Decía:
Cuatro: Te quiero a morir.
Contesté:
Es evidente que no lo suficiente.
— Hola, señor Wong — lo saludé, dejando caer lo que llevaba en los brazos sobre la encimera de la cocina.
A pesar de lo interesante que era la lista de Benjamín sobre las cinco cosas que jamás deberían decírselo al ángel de la muerte, tenía una mucho mejor para él: una lista de tareas. Pasar la aspiradora, limpiarme la nevera, quitar el polvo... Aunque estaba segura de que Eugenia preferiría que se lo echara.
Había empezado a ojear el informe que esta había dejado junto al señor Café — qué bien me conocía — cuando alguien llamó a la puerta. Ay, qué emoción. Igual me había tocado un millón de dólares. O puede que alguien quisiera venderme una aspiradora y se ofreciera a hacerme una demostración gratuita de cómo funcionaba. En cualquier caso, siempre salía ganando.
Dejé el burrito de pollo y le abrí la puerta a la suerte, consciente de que estaba dispuesta a hacer lo que fuera por permanecer despierta.
La hija de Euge, Rufi, esperaba al otro lado. Bueno, no de ese otro lado, sino del otro lado de la puerta. Habría sido alta para alguien de veinte años, pero tenía doce y ya me sacaba un a cabeza y media, cosa que la hacía muy alta. Hubiera jurado que esa mañana era varios centímetros más baja. Acababade salir de la ducha, por lo que el pelo, largo y rubio, le olía a champú de fresa y le caía sobre los hombros, medio enredado y húmedo. Llevaba un pijama rosa sin mangas y unos pantalones pirata que cubrían las largas y flaquitas piernas, sin duda sería una modelo como lo fue Euge. Piernas de bailarina. Era como una mariposa a punto de abandonar el capullo.
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