Capítulo 25
— Jenny, me llamo Mariana Esposito y tengo un mensaje para ti de un amigo tuyo — dije, después de que tendiera el perrito caliente picante y las patatas.
Volvió a mirarme. Una tristeza insondable se había instalado y establecido en ella, había llegado hasta el último rincón de su ser.
— ¿Para mi? — preguntó, sin el más mínimo interés.
¿Quién lo tendría?
— Sí. Esto va a sonarte muy raro, pero solo necesito que me prestes atención un minuto. — Entrelazó los largos y finos deseos y esperó —. Ronald dijo que te quería mucho.
Tragó saliva mientras asimilaba las palabras, lenta, metódicamente. Los ojos se le anegaron de las lágrimas que se abrieron paso entre las pestañas y rodaron por las mejillas como en la apertura de las compuertas de una presa, aunque no mudó de expresión.
— Miente — dijo, con la voz teñida de rencor —. Él jamás me diría algo así. Nunca.
Se dio la vuelta y regresó a la trastienda, dejándome con tres palmos de narices. En general, aquella experiencia podría enclavarse entre la beduina que cruzó cuando yo tenía doce años y me pidió que cuidara de los camellos de su padre y el aspirante a estrella del porno que se negó a cruzar hasta que no lo llamé doctor Amor, es decir, nada demasiado fuera de lo común, aunque tampoco demasiado dentro. Rodeé el mostrador y me dirigí a la trastienda.
— ¡No puede estar aquí! — gritó alguien, cuando localicé la sala de descanso.
Jenny se acurrucaba en una silla de plástico, con las mejillas húmedas y la mirada perdida en un póster de un gato que animaba a aguantar.
— Jenny, lo siento mucho — dije.
Se limpió la cara con la manga y me miró.
— Él jamás habría dicho algo así.
Maldita sea, qué poco me gustaba que me pillaran mintiendo. Prefería que mis mentiras pasaran desapercibidas, como la carrera de una estrella del cine a quien hubieran detenido y enviado a rehabilitación.
— Es que no fue eso justo lo que dijo.
Agaché la cabeza, avergonzada, y me prometí flagelarme más tarde.
Abrió la boca como si fuera a preguntar algo, con el semblante iluminado de pronto por la esperanza.
— Dijo, y lo digo con todo el respeto del mundo: «Me la trae al pairo».
Su expresión se transformó tan lenta y metódicamente como antes, y me estrechó entre sus brazos.
— ¡Lo sabía! — gritó, cuando un par de compañeros entraron en la atestada habitación para saber qué estaba pasando —. Sabía que era lo que había dicho. — Se incorporó e intentó explicarse, a pesar del nudo que se le había formado en la garganta —. Hacia el final ya apenas podía hablar de lo débil que estaba yo casi no lo entendía. — Se detuvo y enderezó la espalda para poder echarme una ojeada —. Un momento, tú eres la luz — dijo, abriendo los ojos desmesuradamente ante la súbita revelación.
— ¿La luz? — pregunté, con acaloro, inocencia y mirra.
— Claro. Cuando estaba… Poco antes de morir, dijo que veía una luz, pero que provenía de una mujer de cabello castaño y ojos marrones casi dorados y… — bajó la vista hacia mis pies — botas de motorista.
— ¿En serio? — pregunté, pasmada —. ¿Me vio? Es decir, tendría que haberse dirigido hacia la otra luz. Ya sabes, la principal, la vía directa. A mí me dejan para los que han muerto y no suben de inmediato. — Bajé la vista. Me fastidiaba no poder ver lo que veían los muertos: el brillante y atrayente faro —. Tengo que hacerme mirar la potencia eléctrica.
— ¿Dijo que se la traía al pairo? — preguntó, pasando por alto el hecho de que estaba ante una luz que atravesaban los muertos. Ya caería en ello más tarde, seguro.
— Sí — contesté, con una tímida risa —. ¿Qué significa?
Su cara se iluminó con una sonrisa cegadora más potente que la parrilla de focos de un coche patrulla.
— Significa que quería casarse conmigo. Era una especie de código secreto. — Sus dedos juguetearon con un hilo suelto que asomaba entre las costuras de la camisa —. No nos gustaba discutir en público, por eso teníamos códigos secretos para todo, incluso para las cosas buenas.
— Ah — dije, comprendiendo por qué antes había reaccionado de aquel modo —, y «te quiero mucho» vendría siendo…
— Antes prefiero que un ejército de hormigas de fuego me saque los ojos que seguir viendo tu cara ni un segundo más — contestó, esbozando una sonrisa avergonzada.
— Ah, vaya, así que os inventasteis un código, ¿eh?
Ahogó una risa, pero el dolor no tardó en volver a reclamarla y la sonrisa se fue borrando. La joven Jenny se rehizo como pudo e intentó hacerlo retroceder por deferencia a mi.
— No, por mí no es necesario que te reprimas — dije, poniéndole una mano en el hombro.
Las lágrimas reaparecieron al instante y volvió a abrazarme. Permanecimos así largo rato, mientras buena parte de la plantilla masculina de toda clase y condición se pasaba por la habitación para ver qué demonios ocurría, casi siempre con la esperanza de pescar a dos chicas en acción.
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