lunes, 24 de abril de 2017

Capítulo 24

Capítulo 24


— ¿Sabes qué? No es mala idea. ¿Qué te parecería reconvertirnos en fontaneras? Tengo una bichitos la mar de resultona.
— De momento, yo paso.
— ¿Estás segura? Llevan llaves inglesas.
— Del todo. Bueno, ¿qué tal estás? — preguntó.

Por el tono de voz, adiviné que se refería a la conversación anterior sobre Peter.

— Estoy bien. Gracias a ese encuentro tengo suficiente material para alimentar un millar de solitarias noches en vela.
— Maldita sea, Lali, ¿es que nunca aprenderás a documentar estas cosas? Necesito imágenes, organigramas.
— Eh, voy a pasarme por el Super Dog’s para comer algo rápido y transmitir un mensaje a la novia de un muerto. Podrías venirte.
— No, gracias.
— ¿Es por mi moral cuestionable?
— No, es porque son las tres de la tarde y tengo que ir a recoger a Rufina al colegio.
— Ah, vale. Entonces, ¿lo de la moral no te preocupa?

Se echó a reír y colgó.

Llamé a Nicky, mi nervioso y cuida tío, inspector del Departamento de Policía de Buenos Aires, preguntándome qué querría esta vez. Gracias a él, dicho departamento me​ había contratado como asesora y le echaba una mano en sus casos con cierta regularidad y frecuencia. La paga no estaba nada mal. El acceso a su base de datos estaba mejor.

— ¿De qué va eso de los desagües? — quise saber cuando descolgó —. Porque suena casi incestuoso.
— Ah, quiere decir que me llames cuanto antes, en clave.
— ¿En serio? — Entrecerré los ojos, pensativa —. ¿Y no podrías limitarte a decir que te llamara cuanto antes?
— Supongo que sí. Quería ser un poco moderno.
— Tío Nico, ¿por qué no se lo pides y te dejas de tonterías? — dije, reprimiendo una risita un poco oportuna.
— ¿A quién?
— Ya sabes a quién.

No hacía mucho que bebía los vientos por Emilia ¿Perturbador? Por supuesto. Se mirara como se mirara. Pero era un buen tipo y se merecía una buena chica. Por desgracia, tendría que conformarse con Emilia, la profesora de baile de la pequeña Rufi.

Emilia era una mujer alegre, especial con una paciencia única, muy tranquila, rubia de ojos claros y una sonrisa que nada podía borrarla de su cara. Parecía toda una modelo pero tenía dos virtudes que convirtió en pasión y en su profesión. Bailaba como si se tratase de un ángel y su voz daba paz, se llevaba tan bien con Rufi y sus alumnas que pareciera que era una amiguita más del grupo en vez de la profesora de baile. También se llevaba bien con los tutores y sobre todo era hija de un compañero del tío Nico.

Ellos se conocieron en un baile de disfraces que organizó el padre de Emilia, ella iba de princesa con un vestido lila con una máscara estilo mariposa del mismo color del vestido con detalles plateados; en cambio Nicky iba vestido de Indiana Jones como siempre le ha gustado la aventura, de hecho ha practicado toda clase de deportes de riesgo e incluso participó en un “en busca del tesoro”.

— ¿En qué andas ahora? — preguntó.
— Tengo una esposa desaparecida.
— Ni siquiera sabía que estuvieras casada.
— Qué graciosito. ¿Qué sabes de un tal doctor Naithan Kyost? — dije, mientras iba mirando los letreros en busca de un lugar donde vendieran un perrito caliente gigantesco.

Nunca conseguía recordar si el Super Dog's estaba junto al McDonald’s o a la boutique para mascotas veinticuatro horas Doggie Styles 24. Lo único que me sonaba era que tenía connotaciones de perros.

— Sé que su mujer ha desaparecido — contestó.
— ¿Eso es todo?
— Resumiendo.
— Vaya, qué lástima, porque lo hizo él.
— La madre del cordero, ¿estás completamente segura?
— La oveja, y si estoy tan segura como el resultado de un test de embarazo un mes después del baile de fin de curso.
— Esto es un bombazo. ¿A quién tienes trabajando en ello?
— A Eugenia.

Lanzó un hondo suspiro, Eugenia para mi tío era una sobrina más.

— Bueno, llevo unos diecisiete meses de retraso de papeleo, pero le echaré un vistazo a ver si tenemos algo sobre ese tipo.
— Gracias, Nico. Ya puestos, ¿podrías conseguirme una copia de las declaraciones?
— Claro, ¿por qué no?

Ahí estaba, junto al despacho de abogados de Sexton and Hoare.

— Tendrías que venir a comer conmigo al Super Dog's.
— No.
— ¿Es por mi moral cuestionable?
— No, es porque tendré ardor de estómago por tanta comida chatarra. Sabes que me gusta comer bien.
— Pero una vez al año no hace daño. Entonces, ¿lo de la moral no te importa?
— Paso Lali, y no me importa tanto cómo ganar peso y parecerme a una bolita por la panza.

Era bueno saberlo. Al menos la gente que me rodeaba no parecía avergonzarse demasiado de mí.

Aparqué junto al Super Dog's y entré, buscando la plaquita identificativa donde se leía el nombre de JENNY. Quiso la suerte que se tratara de mi cajera. Primero hice mi pedido, consciente de que en cuanto le transmitiera el mensaje de Ron, el payaso fallecido recientemente que me había encontrado en el salón esa mañana, me bombardearía con preguntas y mi aspiración de comer un perrito caliente picante tendría como final una muerte triste y solitaria.

En aras del romanticismo, decidí no repetir el mensaje de Ron palabra por palabra. Jenny era una joven muy linda, de cabello rubio y unas cejas de supermodelo que seguramente se merecía algo mejor que un rápido «me la trae al pairo», el mensaje del payaso.

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