Capítulo 26
Pregúntame sobre mi absoluta falta de interés.
(Camiseta)
En cuanto Jenny empezó a atar cabos y a hacerme preguntas sobre cómo había recibido el mensaje de Ronald y cómo me comunicaba con el otro lado, recordé que tenía prisa. Por suerte, lo comprendió y me ofreció otro perrito caliente picante antes de irme, pues el mío de caliente ya no tenía nada; sin embargo, para entonces se me habían quitado las ganas de perritos calientes y me inclinaba más por una hamburguesa con guacamole de Taco Macho. Además, en Taco Macho hacían un café muy bueno, suficiente para justificar que me pasara por allí.
Decidí llamar al agente del FBI al que le habían asignado el caso Kyost para ver qué podía sonsacarle.
— ¿Sí? ¿El agente Carson? — pregunté, tras tomar asiento en un reservado y empezar a apilar jalapeños en mi hamburguesa con guacamole.
— Soy yo — contestó una mujer al otro lado de la línea.
— Ah, genial. — Volví a colocar el panecillo en su sitio, me chupé los dedos y luego rebusque en el bolso hasta encontrar una libreta, aunque lo que encontré fue una servilleta donde hacía un tiempo había anotado un número de teléfono que había olvidado por completo. Tendría que arreglármelas con aquello. Le di la vuelta a la servilleta y apreté el pulsador del bolígrafo —. Me llamo Mariana Esposito y me ha contratado la familia de la señora Kyost para investigar su desaparición — dije, mintiendo un poco.
— Bueno, entonces estará en contacto con ellos y sabrá lo mismo que nosotros.
Había empleado un tono cortante que no admitía réplica, y discutir no era una de mis aficiones. Además, ya me las había visto anteriormente con el FBI en más de una ocasión, y no solo con esos pesados del Frente de Bebedores Independientes, sino con el FBI de verdad. Por lo visto, uno de los requisitos que pedían para ser agente federal era que no supieras jugar con los demás.
— Sí, por supuesto, sobre el caso sí, pero en realidad preguntaba por el señor Kyost.
— ¿En serio? — Había conseguido despertar su interés —. ¿No es quien la ha contratado?
— Bueno, sí y no. Digamos que todavía no he aceptado su dinero. Lo que me interesa es encontrás a la mujer, no hacer amigos.
— Me alegra oír eso — contestó la mujer, en un atisbo de sonrisa en la voz —, pero sigo sin ver…
— Naithan Kyost fue detenido cuando iba a la universidad. De hecho, cuando iba a la facultad de Medicina. Seguro que ya lo han comprobado.
— No hay nada en todo ese asunto que no pueda averiguar por su cuenta — dijo, tras un largo silencio durante el que intenté no mirar embobada a un travesti con los zapatos rojos de tacón de aguja más lindos que hubiera visto en mi miserable vida.
— Cierto, pero así es más rápido. Haré un trato con usted.
— Tendrá que ser bueno. — Oí que arrastraban una silla, como si se hubiera reclinado contra el respaldo para subir los pies en la mesa —. ¿Y bien?
— La llamaré en cuanto la encuentre.
Qué raro. No se burló, ni se carcajeó, ni rechinó los dientes, o al menos no de manera audible.
— ¿Y yo me llevo la mitad de los méritos? — se limitó a preguntar.
— Por descontado.
— Hecho.
¿Eh?
— La detención vino motivada — prosiguió — por una queja que presentó una de sus ex novias. — Vale, aquello estaba siendo demasiado fácil —. Según la joven que puso la queja, Kyost se alteró mucho cuando ella quiso romper con él y le dijo que le bastaba con un palito. Él corazón se le detendría en cuestión de segundos y nadie podría acusarlo de nada. La jóvenes asustó y se fue con sus padres al día siguiente.
— No me extraña.
— La convencieron para que presentara cargos, pero era su palabra contra la de él. No tenía pruebas, no existía ningún informe sobre una conducta anómala anterior, y el fiscal del distrito se encontró con las manos atadas.
— Qué interesante. Un palito y el corazón se detendría, ¿eh?
— Sí, seguramente había aprendido algo en la facultad y decidido darle un uso equivocado.
— ¿Han hablado con ella, en vista de los nuevos acontecimientos?
— No, pero por lo que sé, todavía vive aquí. Supongo que podría hacerle una llamada.
— ¿Le importaría que lo hiciera yo?
— Usted misma.
— ¿Tiene el nombre? — pregunté, maravillada de lo bien que iba la conversación.
— Melodia Paz — contestó, tras revolver unos papeles.
— Un momento, ¿en serio? Fui al colegio con una tal Melodia Paz.
— Está en concreto tiene… Sí, aquí está. Ahora tendrá unos veintinueve años.
— Coincidiría, más o menos. Melodia o Melody como le decían iba dos cursos por delante de mí.
— Entonces tendrán muchas cosas de las que hablar, lo que me ahorra una cantidad ingente de tiempo y energía.
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