Capítulo 23
Por lo general le habría guiñado el ojo o algo por el estilo, pero parecía demasiado joven, incluso para mí. No quería dar alas a su pubescentes ilusiones.
— No hay de qué, señora.
Se tocó el casco antes de volverse a cargar el tablón al hombro.
Fui sorteando cascotes y escombros con cuidado y atravesé el hueco que algún día cerrarían unas puertas.
— ¿Señor Pierce?
Al otro lado se encontraba un hombre descomunal estudiando una pila de planos. Tenía unas espaldas tan anchas que incluso debía de resultarle incómodo. Había visto puertas de cámaras acorazadas menos intimidantes. El hombre levantó la vista, sin apenas demostrar mayor interés.
— Sí.
— Hola. — Me acerqué a él y le tendí mi mano, rezando para que no me la estrujara muy fuerte —. Me llamo Mariana Esposito. Soy detective privado y trabajo en el caso de su hermana.
Su semblante se ensombreció al instante en cuanto mencioné a su hermana, de modo que bajé la mano, obedeciendo a mi instinto de supervivencia.
— Ya se lo he dicho a su ayudante, no tenemos nada de qué hablar.
La carga emocional que se escondía tras aquella respuesta — impregnada de rabia, preocupación y resentimiento — me golpeó de frente con tal fuerza que me quedé sin aire y necesité unos segundos para recuperarme, durante los cuales él se dedicó a enrollar los planos y a ladrar órdenes a un grupo de hombres que se encontraba en otra habitación. Se pusieron en marcha de un salto, literalmente.
— Señor Pierce, créame, estoy de parte de su hermana.
El ceño fruncido con el que me topé podría haberle aflojado lo suficiente el esfínter incluso al asesino más despiadado y cruel. Si las miradas matasen ya habría muerto hace varios minutos.
— ¿Cómo ha dicho que se llamaba?
El papel que llevaba en la mano se rindió a la presión que ejercía sobre él y fue afeitándose a medida que cerraba el puño.
— Mar — dije, tragando saliva —. Mar Rinaldi.
Entrecerró los ojos.
— Creí que era Mariana o Carla, o algo por el estilo.
— Lo era. Me lo cambié hace muy poco y aún no me he acostumbrado.
— ¿Sabe lo que hago con quienes se meten con los de mi familia?
— Y me mudo a Norteamérica.
— Me ensaño.
— Y puede que me haga una operación de cambio de sexo. Jamás me reconocería, en caso de que me buscara.
— ¿Hemos terminado?
Maldita sea. Pregunta trampa. Se dio la vuelta y echó a andar hacia la oficina. Tendría que haber dicho que sí, en serio, tendría que haberlo hecho, pero no podía permitir que se llevara tan mala impresión de mí, es decir, él de una masa de ser humano temblorosa como algo gelatinoso e invertebrado. Eugenia se equivocaba. Iba a morir en una maldita obra. Y desde luego regresaría para rondarla.
— Miré, imbécil — dije en demasiada voz alta.
Se detuvo en seco y se volvió hacia mí, boquiabierto. Más o menos como todo el mundo, pero aquello era algo entre el duque y yo.
Me acerqué a él y bajé la voz.
— Lo entiendo. Cree que trabajo para el doctor MesSientoBien y por eso no confía en mí. — Ladeó la cabeza, como si de repente le interesara lo que tuviera que decirle —. Pues no es así, no me ha pagado ni un solo centavo. Estoy buscando a su hermana, y si usted no quiere ayudarme, es cosa suya, pero si hay alguien que puede encontrarla, esa soy yo. — Busqué una tarjeta visita en mi chaqueta y se la tendí como la cogía opté por metérsela en el bolsillo de la camisa. El bolsillo de su camisa cubría unos pectorales de miedo —. Llámeme si quiere saber dónde está — añadí, asombrada de seguir consciente.
Acto seguido, di media vuelta y regresé a mi coche antes de que pudiera desmayarme.
— ¿Que le dijiste qué? — preguntó Euge. Su voz subió una octava en solo cuatro palabras.
Sonreí y me recoloqué el teléfono mientras cambiaba de marcha.
— Mire, imbécil.
— Ay, dios del cielo mío. Espera, ¿es lo que le dijiste a Daniel Pierce o es lo que estás diciéndome a mi?
Qué graciosa.
— Fui a ver a Rocket para averiguar si la señora Kyost seguía viva o muerta, pero habían soltado al rottweiler.
Rocket era un muerto,un verdadero genio que vivía en un manicomio abandonado, el cual me veía obligada a allanar cada vez que necesitaba verlo. Conocía el nombre de todo aquel que hubiera nacido y el lugar que ocupaba en el gran orden del Universo. Él podría decirme si la señora Kyost seguía viva o si el buen doctor ya había movido ficha, una pequeña información que me sería de gran ayuda. Sin embargo, una banda de motoristas que ahora era dueña del frenopático también lo era de un montón de rottweilers y, gracias, pero prefería seguir conservando mis cortas piernas.
— ¡Puf!, maldito rottweiler. Entonces, ¿crees que está casado?
— Bueno, no lo sé, Euge, pero estoy segura de que preferiría algo con cuatro patas.
— El rottweiler no, el hermano de la señora Kyost. Ah,ha llamado tu tío. Ha dicho que necesita que le desatasques el desagüe o algo parecido. ¿Ya has encontrado una profesión nueva?
Resoplé y luego, mentalmente, recuperé el resoplido y lo sustituí por un epifanía.
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