miércoles, 26 de abril de 2017

Capítulo 27

Capítulo 27



Vale, aquella mujer  me gustaba de veas, pero no pude reprimirme. Los agentes del FBI no solían estar por la labor de colaborar.

— ¿Le molestaría que le preguntara qué está ocurriendo aquí?
— ¿Disculpe?
— ¿Por qué comparte toda esta información conmigo?

Ahogó una risa.

— ¿Cree que no he oído hablar de usted? ¿De cómo ayudaba a su padre a resolver crímenes cuando él era inspector y de cómo ayuda ahora a su tío?
— ¿Ha oído hablar de mí?
— Pienso colgarme todas las medallas que pueda, señorita Esposito. No crea que me he caído de un guindo.
— ¿Soy famosa?
— Aunque en realidad sí que me he caído de un guindo, pero tenía apenas unos nueve años. No se olvide de añadir mi número al marcado rápido — dijo, antes de colgar.

¡Bingo! Tenía enchufe en el FBI. El día mejoraba por momentos. Y la hamburguesa con guacamole ayudaba.

Eugenia todavía no había conseguido dar con la hermana de la señora Kyost. Vivía en Buenos Aires, pero por lo visto viajaba muy a menudo por trabajo. Aún así, se me antojaba extraño que hubiera salido de la ciudad sabiendo que su hermana había desaparecido. Le di a Euge el nombre de Melody Paz para que averiguara lo que pudiera sobre ella y luego me pasé el resto de la tarde entrevistándome  con amigos tanto del buen doctor como de su esposa desaparecida. Según todas y cada una de las personas con las que hablé, el hombre era un santo. Lo adoraban. Eran a vista de todos la pareja perfecta. En realidad, todo era demasiado perfecto como para ser real. Parecía como si el tiempo hubiera utilizado un encantamiento o les hubiera lanzado un hechizo.

Tal vez había utilizado la magia. O puede que fuera sobrenatural. Al fin y al cabo, Peter era el hijo de Belcebú, quizás Naithan Kyost fuera el hijo de Dolly, la oveja clonada que Jim Hochalter adoraba en sexto. Dolly era una deidad muy conocida y, a menudo, incomprendida. Seguramente porque al ser un experimento científico en el que se clonó a un ser vivo hizo estallar la polémica entre la ética y la ciencia. Tampoco es que Jim fuese una persona con gran ética moral si no que era un loco apasionado de la ciencia.

Me detuve junto a Bella’s Princesa Beauty Salon y entré acompañada por el sonido de u timbre electrónico. Eso o volvía a oír pitidos. Bella era una amiga de la mujer desaparecida y una de las últimas personas que la habían visto la misma noche de su desaparición.

Una mujer con el pelo de punta y unas uñas increíbles me preguntó si podía ayudarme en algo.

— Por supuesto​, ¿está Isabella?
— Está en la parte de atrás, cariño. ¿Tienes hora?

Le echo un vistazo a mi pelo y me miró con cara de lástima. Me pasé una mano por la coleta, un tanto cohibida.

— No, soy detective privado y quería saber si podía hacerle unas preguntas.
— Cla-claro — balbució —, por allí — dijo, señalando la trastienda con una uña pintada a rayas, estilo cebra.
— Gracias.

Miré su peinado de reojo un última vez — igual podía contármelo​ y llevarlo despuntado — antes de dirigirme al fondo del establecimiento y entrar en una habitación con una pared ocupada por armarios y la otra por lavacabezas. Una mujer corpulenta de melena corta y despeinada se inclinaba sobre uno de aquellos chismes, lavando el pelo a una clienta. Siempre me había gustado ese olor tan característico de los salones de belleza, el modo en que los productos químicos se mezclaban con el perfume del champú y los kilos de laca que se aplicaban a diario a la clientela. Inspiré hondo y me acerqué a ella.

— ¿Es usted Isabella? — pregunté.

Me miró, esforzándose por sonreír.

— La misma — dijo, y sentí el gran abatimiento que le oprimía el pecho —. ¿Has traído la solución para la permanente?
— No, lo siento — me disculpé, palpándome los bolsillos —. Debo de habérmela dejado en casa. Soy detective privado. — Le enseñé la licencia para darle un toque más profesional —. Querría saber si le importaría que le hiciera unas preguntas sobre su amiga desaparecida.

Se sorprendió tanto que estuvo a punto de ahogar a la mujer bajo el chorro de agua.

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