Capítulo 22
Mistress Marigold daba albergue a una página web sobre Ángeles y Demonios en la que había estado navegando una noche, intentando averiguar algo más sobre estos últimos mientras ellos se dedicaban a torturar a Peter. Después de mucho rebuscar, por fin di con una página alojada en el sitio en la que se leía una frase bastante peculiar que decía: «Si eres el ángel de la muerte, por favor, ponte en contacto inmediatamente conmigo».
Era todo tan extraño que despertó nuestra curiosidad, de modo que Eugenia le envío un mensaje al día siguiente donde le preguntaba qué quería del ángel de la muerte. Contestó a vuelta de correo un : «Eso es algo entre el ángel de la muerte y yo», cosa que, por descontado, animó a Euge a iniciar una cruzada. Hizo que Benjamín le enviará un correo electrónico haciéndose él pasar por mi, argumentando que él era el ángel de la muerte y Mistress Marigold contestó de nuevo. Esta vez, en su mensaje rezaba lo siguiente: «Si tú eres el ángel de la muerte, yo soy el hijo de Satán». Suficiente para dejarme boquiabierta sus buenos treinta segundos. ¿Cómo sabía lo de Peter? No podía tratarse de una mera coincidencia. Acto seguido, Eugenia me creó una cuenta de correo alternativa para que me pusiera en contacto con ella. De modo que, en aras de la ciencia y los sucesos inexplicables y escalofriantes, le envié un mensaje, en el cual volvía a preguntar qué quería del ángel de la muerte.
Supuse que recibiría un nuevo desplante; en cambio, respondió: «Llevo mucho tiempo esperando oír noticias tuyas».
O era clarividente, o poseía gran intuición. En cualquier caso, decidí dejarlo correr.
— Creo que deberías contestarle — dijo Eugenia —. Ahora me da pena. Parece un poco desesperada.
— ¿De verdad? ¿Qué dice?
— Estoy un poco desesperada.
— Ah. Bueno, en estos momentos no tengo tiempo para jueguecitos. Hablando de juegos,esta noche podríamos sacar el Scrabble.
— No voy a pasarme la noche jugando contigo para que no te duermas.
— Gallina.
— No soy una gallina.
— Co, co, co.
— Lali…
— Cooo, co, cooo…
— Lali, en serio…
— ¡Cooo, cocó, cooo!
— Ni me importa que me ganes al Scrabble. Solo quiero que eches un sueñecito.
— Lo que tú digas, chiquita.
Veinte minutos después, aparqué en la obra de un nuevo y flamante centro comercial en las afueras de la ciudad. Santa Fe crecía, tal y como lo demostraba la congestión vial; sin embargo, seguía conservando su encanto. Era la única ciudad del país cuyas ordenanzas municipales exigían que todas las edificaciones tuvieran un estilo arquitectónico concreto y determinado, ya fuera el territorial español, africano o el pueblo, y de ahí que la Ciudad Diferente fuera sencillamente eso, diferente, deslumbrante y uno de mis lugares del planeta tras mi ciudad natal.
Baje de mi coche para examinar el centro comercial medio acabado. Tenía paredes de adobe, tejas de terracota y amplios arcos de madera de roble.
— ¿Puedo ayudarla en algo?
Me volví hacia un chico que pasaba por mi lado llevando un tablón al hombro y un brillo de genuino interés en la mirada. Maldita fuera la alegre lozanía de Peligro y Will Robinson.
— Ya lo creo, estoy buscando a Daniel Pierce.
— Ah, ya. — Echó un vistazo a su alrededor y luego señaló a través de los vanos que algún día acabarían teniendo vidrios. Había un hombre al otro lado —. Él duque está allí.
— ¿El duque? — Un título impresionante y original, igual que la persona que lo ostentaba. Era una mezcla entre un jugador de fútbol profesional americano y un muro de ladrillos, con el pelo negro como el azabache y Crespo asomando por debajo de un casco amarillo chillón —. ¿Puedo entrar?
— No sin uno de estos — contestó a la vez que golpeaba con los nudillos su casco y mientras descargaba el tablón. A continuación, se acercó a la carrera hasta una caseta en la que se leía el letrero de PIERCE CONSTRUCCIONES. Tras rebuscar en un cubo de plástico, regresó con un reluciente casco amarillo pollito —. Ahora sí — dijo, teniéndome el casco con una sonrisa juvenil.
— Gracias.
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