MARATON!!!! 3/3
Me bajé las gafas con rapidez y miré a mi padre antes de negar con la
cabeza. Él se quedó callado, frunció el ceño en un gesto que decía a
las claras lo mucho que le disgustaba que no quisiera explicar nada
delante de mi malvada madrastra, y luego me dio un beso en la frente.
...
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—Subiré dentro de un momento. —Con aquello me dio a entender que no me libraría de darle una explicación.
—Allí estaré —repliqué mientras abría la reja del ascensor—, si tienes suerte.
Rió por lo bajo.
Denise suspiró.
Mi madrastra nunca había tenido mucho instinto maternal. Creo que lo gastó todo con su hija mayor y que cuando me conoció ya se había quedado sin existencias. No obstante, sí que me leyó la cartilla en los momentos apropiados. Fue ella quien me informó de que tenía la capacidad de atención de un mosquito; en realidad, dijo que tenía la capacidad de atención de un mosquito con audición selectiva. Al menos, creo recordar que me dijo eso. No le prestaba demasiada atención. Ah, y también fue ella quien me dijo que los hombres solo querían una cosa.
A ese respecto, debo dar gracias a los dioses de que así sea. Yo tampoco quiero otra cosa de ellos. Pero, a decir verdad y en defensa de mi madrastra, ¿quién podría culparla? Tenía a Candela. Candela Vetrano Esposito. La gran Cande Vetrano Esposito.
Era difícil competir con ella. Sobre todo porque Cande y yo éramos polos opuestos. Cande tenía el pelo castaño claro y los ojos avellana hermosos. Yo no.
Cande siempre fue una estudiante de sobresaliente. Yo era una estudiante de notables... de notables esfuerzos por darlo todo.
A Cande le iban las ciencias; a mí, saltarme las clases.
A Cande se le daban bien los idiomas; a mí se me daba bien el italiano macizorro que vivía calle abajo.
Y mientras que Candela fue a la facultad y tardó tres años y medio en obtener una licenciatura magna cum laude en psicología, yo fui a la facultad y tardé tres años y medio en obtener una licenciatura en sociología, solo que la mía fue summa cum laude.
Cande jamás me perdonó que la superara. Pero eso la impulsó a continuar sus estudios en un interminable esfuerzo por ganar nuestra eterna lucha de superación mutua, que es una especie de lucha por la supervivencia, solo que no tan noble. Sin embargo, no se detuvo al conseguir el máster. Fue a por el doctorado. Un profesor casado conocido como doctor Roland. Luego obtuvo su propio doctorado a la edad de treinta años.
Sin duda, tendría que haberse acostado con el profesor un poco más.
Mi madrastra, su madre, tampoco me había perdonado jamás. Cuando Candela se graduó, los ojos de Denise estaban llenos de lágrimas de alegría. Cuando yo me gradué, los ojos de Denise estaban más en blanco que los de una adicta a la heroína sin problemas de presupuesto. Creo que le molestó tener que perderse su cita de los sábados con el club de jardinería para acudir a la ceremonia. O quizá fuera la camiseta que llevaba bajo mi flamante túnica de graduación, en la que ponía «Jenio».
Mi padre, sin embargo, estaba orgulloso de mí. Durante mucho tiempo, fingí que con eso me bastaba. Creía que algún día Denise se daría cuenta de que poseía la capacidad sobrehumana de enorgullecerse de más de una persona al mismo tiempo.
Aquel día nunca llegó. Así que, en un último intento de rebeldía, hice exactamente lo que Denise esperaba que hiciera: decepcionarla. Otra vez. Puesto que Denise pensaba que el lugar de una mujer estaba al frente de un aula, me presenté a la reunión de reclutamiento que se celebraba en el campus de la universidad y me uní al Cuerpo de Paz. Decepcionarla era mucho más fácil que romperme los cuernos intentando no hacerlo. Y las breves miradas de reojo y los suspiros exasperados no dolían tanto cuando eran merecidos. Por no mencionar que empecé a trabajar con militares en muchos proyectos y, cosa sorprendente, el ejército está lleno a rebosar de hombres uniformados. Más que suficientes para mis necesidades, sin duda. ¡Hoo-yah!
El ascensor llegó por fin a la planta superior y me despedí de mi padre con la mano antes de adentrarme en el pasillo que conducía a la entrada trasera de mi oficina. La entrada principal exterior, la que solía utilizar, daba directamente al área de recepción, y la oficina estaba justo detrás.
Había una tercera entrada algo más complicada que implicaba el uso de la escalera de incendios. Así que cuando vi que Benja me esperaba en el pasillo, apoyado en la puerta del despacho, comprendí que debía de haber saltado desde la escalera de incendios y después se había colado por la ventana.
Presumido.
—¿Acaso no recuerdas que mi padre es un ex poli? ¿Qué haces aquí? —pregunté con una voz brusca consecuencia del enfado.
Benja llevaba una camiseta blanca, una chaqueta oscura y unos vaqueros que le sentaban muy bien. Se enderezó y enarcó una ceja.
—¿Por qué has utilizado un ascensor que se desliza a la velocidad de la miel en enero en lugar de la escalera?
Benja estaba muy bueno, maldito fuera, con su piel oscura y sus ardientes ojos grises, pero eso a mí ya me daba igual. Cualquier inapreciable grado de atracción que pudiera haber sentido en algún momento por él estaba enterrado bajo una gruesa capa de resentimiento y rencor. Y, si de mí dependía, allí se iba a quedar.
Dejé que mi expresión irritada respondiera en mi lugar, abrí la pesada puerta de madera de la oficina y miré a Benja a través de los tres visitantes difuntos que también me esperaban.
—Me alegra que te hayas unido a nosotros —le dije a Barber—. Eres mucho más alto cuando estás de pie.
Sussman le dio a su compañero un pequeño codazo de broma mientras Garrett entraba en mi oficina. Al parecer, se negaba a contemplar cómo hablaba con el papel de las paredes.
—Siento haberme comportado así —dijo Barber—. Supongo que estaba un poco perdido.
Sus disculpas me hicieron sentir culpable por no ser más... no sé, más comprensiva. Tal vez me viniera bien desarrollar mi sensibilidad. Una vez me apunté a una clase de control de la ira, pero el monitor acabó por sacarme de quicio.
—No tengo ningún derecho a juzgarte —le dije al tiempo que le daba unas palmaditas en el hombro—. Yo nunca he muerto. Al menos, no de manera oficial.
—¿Oficial? —preguntó Sussman.
—Es una larga historia.
—Ya, ya —dijo Elizabeth—. ¿Podemos entrar? Supongo que no tenemos mucho tiempo, y quiero comerme con los ojos a ese morenazo alto y escéptico todo lo que pueda. ¿Por qué no lo conocí ayer? Habría muerto feliz.
Sabía exactamente cómo se sentía. A mí me pasaba lo mismo con Reyes. Entramos en la oficina, que también servía como galería de arte de una amiga mía llamada Paris. Mis paredes estaban repletas de oscuras obras abstractas que reflejaban la vida en el centro de la ciudad. Una de ellas era una perturbadora imagen de una chica gótica haciendo la colada y lavando la sangre de sus mangas.
...
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Bueno fin de la Maraton, mañana nos leemos.
K vida complicada
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