Capítulo 1
La muerte llega a quien sabe esperar.
Y a quien no sabe, también...
MARIANA ESPOSITO,
ÁNGEL DE LA MUERTE
Había un payaso muerto esperando en el salón.
Teniendo en cuenta que no acababa de tenerles un cariño especial y que era
demasiado temprano para hilar pensamientos coherentes, fingí no haberme fijado
en él. Dejé escapar un inmenso bostezo y ya me dirigía a la cocina cuando me
asaltó el pánico. No existe nada más bochornoso que recibir a los muertos tal
como mi madre me trajo al mundo, así que bajé la vista un instante para
asegurarme de no haber puesto mis atributos femeninos en un compromiso.
Por fortuna, llevaba una camiseta blanca de tirantes
y unos pantalones a cuadros. Mis chicas, también conocidas como Peligro y Will
Robinson, estaban a salvo.
Me persigné mentalmente mientras me movía por mi
humilde morada sin hacer ruido, intentando no llamar la atención y
preguntándome si el payaso muerto, que no me quitaba el ojo de encima, se
habría percatado de mi presencia. Las dimensiones de mi apartamento oscilaban
cómodamente entre las de un trastero lleno de almohadas y las de un armario
escobero, por lo que el viaje fue corto y poco enriquecedor. Aunque he de
admitir que llegué a una conclusión bastante morbosa en esos escasos y fugaces
segundos: antes prefería un payaso muerto en mi apartamento que uno vivo.
Me llamo Mariana Esposito. Lali para unos, Lila para
otros, aunque eso fue antes del instituto. Venía provista de fábrica con
bastantes curvas, poseo un profundo respeto por la anatomía masculina y una
adicción un tanto preocupante a todo lo comestible de color marrón. Fuera de
eso —y del hecho de que soy ángel de la muerte de nacimiento—, soy tan normal
como cualquier chica con malas pulgas y licencia de detective privado.
Me dirigí con paso seguro hacia el señor Café con
ojos lujuriosos. Ya hacía un tiempo que manteníamos un idilio, el señor Café y
yo, y todavía quedaba un poso que llegaría para una taza. No sería necesario
preparar una cafetera nueva y calentarlo para nada. Metí la taza en el
microondas, lo puse treinta segundos para que desintegrara cualquier cosa que
tuviera la desgracia de encontrarse en su radio de acción y asalté la nevera en
busca de algo que llevarme a la boca, ya que comer me mantendría despierta al
menos otros cinco minutos. Durante las últimas dos semanas, mi único objetivo
en la vida había sido permanecer despierta a toda costa. La alternativa era
agotadora.
Tras una búsqueda épica, por fin di con algo que no
fuera verde ni tuviera pelusilla: una salchicha picante. La llamé Evan,
principalmente porque me gustaba ponerle nombre a las cosas y solo en parte
porque creía estar haciendo lo correcto. En cuanto mi café empezó a bullir, la
metí en el microondas. Con un poco de suerte, el entorno radiactivo
esterilizaría a Evan. No había necesidad de tener pequeños Evans correteando
por todas partes y poniéndolo todo del revés.
Estaba ensimismada pensando en mis cosas, en la paz
mundial, el precio desorbitado de la ropa interior de diseño y cómo sería la
vida sin el guacamole, cuando Peter lanzó un pitido. Lo envolví en pan duro y
me lo comí mientras cargaba mi café con suficiente sucedáneo de leche como para
poner en peligro mi salud. Tras un largo trago, me arrastré hasta mi abigarrado
sofá, me dejé caer en él y me volví hacia el payaso muerto. Estaba sentado en
el sillón que formaba un ángulo recto con el sofá, esperando pacientemente a
que reparara en él.
—¿Sabes? Los payasos no acaban de gustarme —dije, tras
un nuevo sorbo de café.
No podía decirse que me sorprendiera encontrarme un
muerto en mi salón. Por lo visto, era la hostia de brillante, como las lentes
reflectantes de un faro en medio de una tormenta. Los muertos que no cruzaban
al morir podían verme allí donde estuvieran y, si así lo decidían, cruzar a
través de mí para llegar al otro lado. Eso era más o menos en lo que consistía
el trabajito este de ser ángel de la muerte, resumido en pocas palabras. Nada
de guadañas, nada de cosechar almas y nada de transportar a los muertos de una
orilla a otra un día sí y otro también, porque podían morirse esperando.
—Me lo dicen mucho —contestó el payaso.
Parecía más joven de lo que había imaginado, tal vez
unos veinticinco años, pero tenía la típica voz del fumador empedernido que
suele trasnochar, una imagen que chocaba con el maquillaje chillón y la
llamativa peluca rizada. Lo único que lo salvaba era la ausencia de una narizota
roja. Las odiaba a muerte, sobre todo las que hacían ruido al apretarlas. Lo demás
todavía tenía un pase.
—Bueno, ¿qué te cuentas?
—No mucho. —Se encogió de hombros—. Solo quería
cruzar.
Lo miré, sorprendida.
—¿Solo quieres cruzar? —pregunté al fin, tras
asimilar sus palabras.
—Si no te importa...
—¡Qué va a importarme! —exclamé, con un resoplido.
No había que transmitir ningún mensaje a los seres
queridos que quedaban atrás, no había que resolver ningún asesinato, no había
que remover cielo y tierra hasta dar con el recuerdo que había dejado escondido
para sus hijos en un lugar en el que nadie en su sano juicio buscaría. Esas
situaciones servían de alimento para el alma tanto como el valor nutritivo de
un trozo de pastel bajo en calorías.
Hizo el gesto de acercarse a mí. No me levanté, y
dudaba que hubiera podido hacerlo aunque hubiera querido —el café todavía no me
había hecho efecto—, pero a él no pareció importarle. Al avanzar hacia mí, me
fijé en que llevaba los vaqueros rotos y las zapatillas deportivas decoradas
con rotulador.
—Un momento —dijo, deteniéndose a media zancada.
No, por favor.
Se rascó la cabeza, un gesto completamente
inconsciente heredado de su vida anterior.
—¿Puedes transmitir mensajes a la gente?
Maldita sea. Qué pesadilla.
—Vaya, creo que no. Lo siento. ¿Has probado con
Western Union?
—¿En serio? —preguntó con sorna, sin tragárselo. Y
mira que se lo había dado mascadito.
Lancé un suspiro y me cubrí la frente con el brazo
en demostración de lo poco que me apetecía hacer de correveydile, pero cuando
lo miré con disimulo, seguía allí de pie, esperando, impertérrito.
—De acuerdo —claudiqué—, escribiré una nota o lo que
quieras.
—No es necesario. Solo tienes que ir al Super Dog
del final de la calle y hablar con una chica que se llama Jenny. Dile que a Ronald
«se la trae al pairo».
Miré su disfraz de payaso de arriba abajo, la
sudadera roja y amarilla.
—¿Te llamas Ronald?
—Sí, capto la ironía, créeme —contestó, con una
sonrisa.
Atravesó a través de mí sin darme tiempo a
preguntarle qué era lo que se la traía al pairo.
Cuando la gente cruzaba, veía sus vidas. Sabía si
habían sido felices, cuál era su color preferido, los nombres de las mascotas
que tenían de niños... Cerré los ojos, despacio, y esperé. Olía a maquillaje
teatral, a yodo y a champú de coco. Estaba en el hospital, a la espera de un
trasplante de corazón, y mientras tanto había decidido hacer algo útil y cada
día se disfrazaba de un payaso distinto para ir a visitar a los niños de la
planta de pediatría. Se inventaba un nombre nuevo a diario, algo divertido tipo
Ron Rodeo o Capitán Calzón Corto, y los niños tenían que adivinarlo mediante
las pistas gestuales que les proporcionaba. Últimamente incluso le costaba
hablar, y aunque hacer gestos era complicado y lo dejaba agotado, consideraba
que era mejor que asustar a los niños con su voz ronca. Había muerto apenas
unas horas antes de que encontraran un corazón. A pesar de mi presunción
inicial, no había fumado en toda su vida.
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