jueves, 30 de marzo de 2017

Capítulo 5

Capítulo 5


Entre en la habitación y encendí la luz. Salvo por las sábanas arrugadas y la ropa gorda por todo el dormitorio, no estaba mal. Me dirigí a mi tocador.
— En realidad, me alegro de que estés aquí — oí que me decía Benjamín—. Puede que tenga un trabajo para ti.
Aquello era justo por lo que había ido, aunque él no lo supiese.
— No voy a volver a limpiarte la camioneta para encontrar cualquier objeto perdido misteriosamente, Amadeo. No volverás a jugármela de nuevo.
— No, es un caso de verdad — dijo, y por el tono adiviné que sonreía —, a través de el amigo de un amigo. Parece ser que la mujer del tipo lleva una semana desaparecida y está buscando un buen detective privado.
— ¿Y por qué me lo envías a mi? — pregunté, perpleja.
— ¿Ya has acabado?
Acababa de repasar las mesitas de noche y me encaminaba hacia el botiquín del baño.
— Falta poco. Tú colección de porno es más ecléctica de lo que imaginaba.
— Es médico.
— ¿Quién es médico?
Nada de provecho en el maldito botiquín. Nada de nada. Salvo que los antihistamínicos no aletargantes pudieran considerarse analgésicos.
— El tipo cuya mujer ha desaparecido.
— Ah, vale.
¿A quién se le ocurría no tener una puta aspirina? Me dolía la cabeza, por el amor de Dios. Me había quedado dormida de camino al apartamento de Benja y había tirado el volante hacia el carril contrario. Los bocinazos y las ráfagas de luces me llevaron a creer que unos alienígenas me habían abducido. Menos mal que un poste de teléfono bien puesto puso fin a aquella locura. Necesitaba un café más fuerte si quería seguir despierta. O puede que algo distinto. Algo industrial.
Asome la cabeza por la puerta.
— ¿Tienes alguna jeringuilla de adrenalina a mano?
— Existen programas especiales para gente como tú.
En un momento de terror en estado puro, me di cuenta de que no sentía el cerebro, y eso que hacía un minuto estaba allí. Tal vez estaba muerta de verdad.
— ¿Te parezco muerta?
— ¿Tu hermana tiene teléfono de emergencias?
— No eres de gran ayuda — protesté, procurando que el tono evidenciara mi irritación —. Lo harías de pena en atención al cliente.
Se levantó de la silla y se dirigió a la nevera.
— ¿Quieres una cerveza?
Me arrastré hasta la mesa y le robé el asiento.
— ¿En serio?
Enarcó una ceja, como si le diera igual lo que opinara al respecto, y se abrió una.
— No, gracias. Él alcohol es un depresivo. Necesito que estos párpados sigan abiertos. — Los señalé para confirmarselo visualmente.
— ¿Por qué?
— Porque cuando los cierro, ahí está él.
— ¿Dios? — aventuró Benjamín.
— Peter.
Benjamín cerró la boca y tensó su mandíbula. Probablemente porque ni Peter ni nuestra relación tan poco convencional terminaban de gustarle. En cualquier caso, nadie había dicho que confraternizar con el hijo de Satán iba a ser coser y cantar. Dejó la cerveza en la encimera de la cocina y se dirigió al dormitorio con paso repentinamente firme y decidido. Lo vi desaparecer — su forma iba menguando poco a poco a medida que se alejaba — y reapareció casi de inmediato con una camisa y unas botas en la mano.
— Vamos, te llevo a casa.
— He venido en Misery.
— Eso es evidente, pero no hace falta que nos hundas todos en ella.
— No, me refiero a mi Jeep. ¿Misery? ¿Lo recuerdas? — A veces la gente encontraba un poco raro que le pusiese nombre a mi Jeep rojo cereza, pero es que otro como Gertie no le pegaba para nada —. Se disgustará si la dejo aquí, en una callejuela extraña, sola, maltrecha.
— ¿Has tenido un accidente?
Tuve que pensármelo.
— No acabo de estar segura del todo. Recuerdo un poste de teléfono, el chirrido de unos neumáticos y es muy posible que vida extraterrestre. Todo ocurrió muy deprisa.
— Lo digo en serio, necesito el teléfono de tu hermana.
Se enfundó la camiseta mientras buscaba las llaves.
— ¿Tan desesperado estás? Además, no eres su tipo.
Después de que Benja me acompañara hasta su camioneta sin demasiada delicadeza, subió al asiento del conductor y la puso en marcha, con un rugido. El motor tampoco sonó nada mal. Atravesamos Buenos Aires en silencio, con la cara vuelta hacia la ventanilla viendo como la noche se cerraba a cal y canto sobre una oscuridad casi impenetrable.
La serenidad que reinaba en el entorno no contribuyó precisamente a soslayar mi delicada situación. Los ásperos párpados parecían hechos de plomo y se hacían más pesados a medida que pasaban los segundos. A pesar de la incomodidad, luché con todas mis fuerzas por mantenerlos abiertos, porque aquello era mucho mejor que la alternativa: Peter Lanzani transportado hasta mis sueños en contra de la voluntad de ambos, como si una fuerza invisible lo atrajera hacia mí cada vez que los cerraba. Además, en cuanto aparecía en mi cabeza, nuestra rabia e inhibiciones se veían arrastradas hasta desembocar en un mar de sensualidad de labios abrasadores y manos impacientes. Un verdadero fastidio, porque ambos seguíamos bastante molestos entre nosotros.
Sin embargo, se dijera que lo había invocado no tenía sentido​. Tenía que averiguar lo que ocurría.
— ¿Cuánto hace que no duermes?
Me volví sobresaltada hacia Benjamín y le eché un vistazo a mi reloj. O, bueno, a la muñeca donde hubiera llevado el reloj de no haberlo olvidado.
— Mmm... Unos trece días.
Creí notar cómo se tensaba a mi lado, aunque no hubiera podido asegurarlo. A juzgar por la niña subida al capó empuñando un cuchillo de cocina, todo parecía indicar que me debatía entre los realidad y la inconsciencia. Supongo que podría haberse tratado de un fantasma, pero rara vez viajan en el capó.
— Mira, sé que no eres como los demás — dijo Benjamín, con cautela —, pero trece días en vela no puede ser bueno para nadie, ni siquiera para ti.
— Seguramente no. ¿Llevas algún adorno nuevo en el capó?
Le echó una mirada.
— No.
— ¿Ese médico tiene nombre?
Alargó una mano hacia mí y abrió la guantera, de la que extrajo una tarjeta de visita.
— Aquí lo tienes todo​. Se supone que se pasará esta mañana por tu oficina, si es que te da por presentarte.
Doctor Naithan Kyost.
— Me presentaré. ¿Es amigo tuyo?
— No, es un capullo, pero parece ser que todo el mundo lo adora.
— Vale, muy bien. — Intenté meterme la tarjeta en el bolsillo, hasta que caí en la cuenta de que no tenía bolsillos —. He dejado el bolso en Misery.
Benjamín sacudió la cabeza.
— Qué cosas tienes, Lali. Ah, sí, también quería comentarte que he estado trabajando en una lista de cosas que nunca deberías decirle al ángel de la muerte.
Solté una risita.
— Se me ocurren tantas, que ahora mismo no sabría por donde empezar.

No hay comentarios:

Publicar un comentario