jueves, 30 de marzo de 2017

Capítulo 11

Capítulo 11


Me senté en la silla que tenía enfrente.
— No estoy sobrecualificada.
— Sí, amiga, sí que lo estás — repuse, maldiciendo ese rollo de que la honradez es la mejor política de empresa.
Dejó de teclear y me miró.
— No. Me encanta este trabajo. Nadie hace lo que nosotras hacemos, nadie salva vidas como nosotras. ¿Se puede pedir más?
Su vehemencia me sorprendió. No sabía que sintiera tanta pasión por lo que hacíamos.
Forcé una sonrisa.
— Solo está preocupado. Ya se le pasará. Bueno, lo del café tal vez no.
Eugenia meditó unos instantes.
— Quizá... Quizá, si se lo dijeras...
— Que le dijera ¿el qué?
— Es decir, ya sabe que puedes ver a los muertos, Lali. Lo entendería, estoy segura. Si incluso tu hermana sabe que eres el ángel de la muerte.
Sacudí la cabeza.
— No puedo decirle algo así. ¿Cómo va a encajarlo? ¿Cómo va a tomarse que su hija sea el ángel de la muerte?
Lo de ser la muerte personificada no solía tener muy buena prensa.
— Dame la mano.
Me las miré y luego alcé la vista hasta Euge, con recelo.
— ¿Ya has vuelto a engancharte a leer la palma de las manos? Sabes lo que opino de esas cosas.
Ahogó una risita.
— No voy a leerte la palma de la mano. Dámela.
Se la tendí, sin tenerlas todas conmigo.
La tomó entre las suyas y se inclinó hacia mí.
— Si Rufi pudiera hacer lo que tú haces, estaría orgullosísima de ella. La querría y la apoyaría por muchos escalofríos que me produjera su trabajo.
— Pero tú no eres como mi padre.
— No estoy de acuerdo. — Me estrechó la mano —. Tu padre siempre te ha apoyado. Toda esa negatividad, esa agresividad y ese odio reprimido hacia ti misma...
— No puede decirse que me odie precisamente. ¿Tú has visto el culo que tengo?
— Todo eso proviene de tu madrastra, del modo en que te ha tratado. No de tu padre.
— Mi madrastra es una mala pécora — admití, dándole la razón a medias —, pero no creo que pueda decírselo a mi padre. Eso no. Lo de ser el ángel de la muerte no.
Intenté retirar la mano y me soltó.
— Pues yo creo que él estaría más tranquilo si supiera que sabes hacer algo aparte de hablar con los muertos.
— Tal vez.
— Ahora en serio, ¿tu contable defrauda?
— Tanto como hacerse las mechas en casa — dije, agradeciendo el cambio de tema —. Tardé una eternidad en encontrar un contable de moral «relajada». — Le guiñé el ojo un par de veces para que me entendiera —. Por lo visto, tienen que saltarse una especie de código ético o algo por el estilo.
En ese momento me sonó el móvil. Lo saqué del bolsillo delantero y miré quién llamaba. Era Nicolás Riera, un amigo del instituto que ahora era subdirector de la prisión de Santa Fe.
— ¿Sí? — me limité a contestar, porque La Casa de los Pezones Bailones no me pareció adecuado.
— Peter quiere hablar.

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