jueves, 30 de marzo de 2017

Capítulo 7

Capítulo 7


Ojalá existiera un tipo de letra que transmitiera el sarcasmo.
(Camiseta)
Me di una ducha rápida, me hice una coleta de cualquier manera, y me puse unos vaqueros muy cómodos, un jersey negro bastante holgado y unas botas que quitaban el hipo y que le había ganado a un motorista por bailarle en el regazo. A él tampoco se le había dado mal, después de que consiguiera superar mi aversión al pelo de la espalda.
— ¡Le dejo al cargo del fuerte, señor Wong! — grité, mientras recogía mis cosas.
El señor Wong venía con el apartamento y hacía las veces de compañero de piso y tipo muerto y espeluznante que levitaba en un rincón. En realidad, nunca le había visto la cara, sobre todo porque era un poco complicado con la nariz enterrada en la pared día tras día, año tras año. Sin embargo, su ropa, gris y anodina, sugería que podría tratarse de un inmigrante del siglo XIX o tal vez un prisionero de guerra chino. En cualquier caso, me gustaba. Ojalá supiera cómo se llamaba de verdad. Lo llamaba señor Wong porque tenía más pinta de señor Wong que de señor Zielinski.
— No haga nada que yo no haría.
Euge había llevado a Rufi al colegio y había caminado los diez metros que la separaban de la oficina para empezar a trabajar un poco antes. El negocio se ubicaba en la segunda planta del Calamity's, el bar de mi padre, el cual se encontraba justo enfrente de nuestro edificio de apartamentos. El breve trayecto hasta el trabajo no estaba mal y casi nunca encontrabas mapaches rabiosos por el camino.
Me di un paseo hasta la oficina, ensimismada en mis pensamientos que, como siempre, derivaban hacia Peter Lanzani. En cuanto cerraba los ojos, ahí estaba él, y por lo visto ninguno de los dos podía hacer absolutamente nada al respecto.
Me hallaba en plena recreación mental de nuestro último encuentro, cosa que me producía un cosquilleo en mis partes pudendas de solo pensarlo, cuando una oleada de tristeza me arrancó de mis cavilaciones. Mi condición de ángel de la muerte me hacía sensible a las emociones que emanaban de las personas, aunque no solían interferir en mis reflexiones. Hacía tiempo que había aprendido a bloquearlas como si se tratara de ruido blanco, salvo que deseara sentirlas, salvo que quisiera escudriñar el aura de alguien objeto de investigación. Sin embargo, en ese momento llamó mi atención una emoción desgarradora que procedía de un coche detenido al otro lado de la calle. Además, por extraño que pudiera parecer, tuve la impresión de que se proyectaba en mi dirección. Me di la vuelta. Un Buick antiguo con el motor al ralentí quedaba medio oculto detrás de un camión de reparto, por lo que solo conseguí distinguir la forma de una mujer de cabello oscuro y unas gafas de sol enormes, que me observaba desde el otro lado del aparcamiento. El reflejo de la primera luz de la mañana me impedía ser más precisa.
A pesar de que, por lo general, entraba por la puerta trasera del bar y subía a la oficina por la escalera interior, ese día decidí dar la vuelta hasta el frente del edificio, con la esperanza de ver mejor a la mujer.
Empecé a acercarme con aire despreocupado, mirando de reojo cada dos por tres como quien no quiere la cosa, cuando la mujer puso el coche en marcha y se fue. La tristeza y el miedo que dejó tras de sí impregnaban el aire que me envolvía y que respiré sin poder impedirlo.
Me detuve y busqué en el bolsillo algo con que anotar la matrícula en la palma de la mano. Pero, ¡ay!, no llevaba nada para escribir. Y ya se me habían olvidado algunos números. Había una ele, creo. Y un siete. Maldita fuera mi memoria a corto plazo.
Sin darle mayor importancia, subí la escalera que conducía a la oficina. Al abrir la puerta se entraba en la recepción, cariñosamente conocida como La Maldita Oficina de Euge Así Que Quita Tus Sucias Manos de los Putos Muebles. También LMODEAQQTSMDLPM para abreviar.
—Hola, cariño — me saludó, sin levantar la vista del ordenador.
Me acerqué andando hasta la cafetera, que se encontraba en mi pedacito de cielo particular. Las oficinas de Esposito Investigaciones eran un poquitín oscuras y anticuadas, pero albergaba grandes esperanzas de que el panelado de madera volviera a ponerse de moda algún día.
— Acaba de ocurrirme algo extrañísimo.
— ¿Has recordado la noche que perdiste la virginidad?
— Ojalá. Había una mujer en un coche, observándome desde el otro lado de la calle.
— Ya... — contestó, sin molestarse siquiera en fingir interés.
— Y apestaba a tristeza. La consumía.
Euge por fin levantó la cabeza.
— ¿Sabes por qué?
— No, arrancó antes de que pudiera hablar con ella.
Puse suficientes cucharadas de café molido en el filtro para conseguir el gusto y la consistencia del aceite de motor sin refinar.
— Qué raro. Ya sabes que tu padre acabará descubriendo que le robas el café. Trabajó más de veinte años de inspector.
— ¿Ves esto? — pregunté, asomando la mano por la puerta —. Tengo a ese hombre comiendo de esta palma, así que relájate, chiquita.
— No cuentes con que vaya a visitarte a la cárcel. — Se oyó el tintineo de una campanilla al abrirse la puerta —. ¿Puedo ayudarle en algo? — preguntó Eugenia, mientras yo volvía a la recepción para echar un vistazo.
— Sí, quisiera hablar con Lali Esposito.
Un hombre bien parecido, rubio y de ojos azules avanzó hasta la mesa de Euge. Vestía una bata blanca de laboratorio sobre una camisa azul cielo, que combinaba con una corbata azul marino, y llevaba un maletín caro en una mano. Gracias a mis grandes poderes de deducción, concluí que debía de tratarse del médico del que Benja me había hablado.
— Yo soy Lali —dije, aunque no sonreí, no fuera que estuviera equivocada y aquel tipo solo hubiera venido a vendernos suscripciones a revistas. No quería darle falsas esperanzas.
Me tendió una mano.
—Soy el doctor Naithan Kyost. Benjamín Amadeo me habló de usted.
Para ser un hombre cuya mujer acaba de desaparecer, interiormente no parecía demasiado angustiado. Cierto, era un torbellino de emociones, pero tal vez no las que cabrían esperar en un hombre que desconoce el paradero de su esposa. El del perro, puede. O el de una ceja tras una noche loca, tal vez, pero no el de su mujer. Pese a todo, iba un tanto despeinado y en sus ojos se leía el cansancio y la preocupación, de modo que a primera vista cumplía todos los requisitos que definen al marido afligido.
— Pase, por favor. — Lo acompañé al despacho —. El café estará listo en un minuto o, si prefiere, también puedo ofrecerle un poco de agua — dije, después de que se sentara.
— No, no quiero nada, muchas gracias.
— No hay de qué — contesté, tomando asiento —. Benja me avisó de que vendría. Cuénteme qué le trae hasta aquí.

No hay comentarios:

Publicar un comentario