Capítulo 14
— No. Y sigue odiándome.
— Qué rollo.
— Sí, y la noche esa en que el tipo que me acechaba en la universidad decidió conocerme mejor mientras me ponía un cuchillo en el cuello, el Malo Malísimo también apareció.
— Eso no me lo habías explicado — me reprendió.
— Ya no me hablabas.
— No te hablaba porque me dijiste que no lo hiciera.
— Lo sé. Lo siento.
— ¿Alguna otra situación en que tu vida pendiera de un hilo?
— Ya lo creo, cientos de ellas. Una vez, el marido de una clienta, a la que maltrataba, sintió la necesidad de acabar con mi vida con una treinta y ocho milímetros cromada y apareció el Malo Malísimo. Y la lista sigue. Por eso, por mucho que lo he intentado, nunca he logrado llegar a entender por qué me aterrorizaba hasta tal punto. De pequeña, no le tenía miedo a nada. Y menos mal, porque llevo jugando con los muertos desde que nací, pero el Malo Malísimo siempre me ponía los pelos de punta. Lo cual me lleva a la razón por la que te he llamado.
— ¿Para conseguir que tuviera pesadillas el resto de mi vida?
— Ah, no, eso es de regalo. ¿Por qué le tenía tanto miedo?
— Cariño, para empezar era un ser gigantesco, poderoso y parecía hecho de humo negro.
— Entonces, ¿estás diciendo que soy racista? Más bien, ¿me estás llamando racista?
— No, Lali, claro que no solo estoy diciendo que posees el mismo un de supervivencia que cualquiera de nosotros y que por eso lo considerabas una amenaza. Y ya lo creo que estás conduciendo. ¿A dónde vas?
— ¿Podrías pensarlo y decirme algo? — pregunté, completamente insatisfecha con su respuesta. Ni una miserable teoría freudiana. Ni una sola mención a Jung o Erickson. Ni siquiera a Oprah, aunque fuera un simple apunte una mención de refilón —. Lo que me lleva a la segunda razón por la que te he llamado: voy a Santa Fe a verlo. ¿Recuerdas que lo encontramos hecho un guiñapo en el sótano de mi edificio hace un par de semanas?
Cande sabía que Peter estaba muy malherido, pero no por qué.
— Sí.
— Bueno pues resulta que ocurrió algo raro de camino hacia la eternidad. Unos demonios escaparon del infierno, en realidad varios de cientos, y se dedicaron a torturar su cuerpo terrenal para atraerme a donde estaban ellos.
— Demonios.
— Demonios.
— ¿Te refieres a demonios...?
— Sí, de los de llamas y azufre.
— Y ¿por qué querían atraerte hacia ellos? — preguntó, tras una larga pausa, con voz ligeramente temblorosa.
— Porque soy el ángel de la muerte, el portal hacia el cielo, y me buscan.
— Ya.
— Aunque Peter es el portal por el que salir del infierno y también lo buscan a él.
— Ajá...
— Lo sé, ¿vale? Y ¿recuerdas los tatuajes que llevaba aquella noche? Es un mapa hacia las puertas del infierno, aunque eso es otra historia. Total, que él va y me dice: «Así soy demasiado vulnerable. Voy a dejar morir mi cuerpo terrenal». Y yo voy y le digo: «No, no lo harás». Y él va y responde: «Sí, sí que lo haré». Y yo voy y respondo...
— Lali — me interrumpió bruscamente —, nada de lo que me estás contando es posible. Lo que dices...
— Tú sigue escuchando, ¿vale?
Olía el pánico asfixiante que empezaba a atenazar su voz. Sin embargo, era medio hermana, medio terapeuta, no había nadie más cualificado que ella con quién hablar de aquel asunto. La noche que había encontrado a los demonios torturando a Peter, también había descubierto una habilidad verdaderamente increíble con la que había conseguido acabar con todos ellos, pero lo que le habían hecho a él... Ni siquiera hacía falta que Candela conociera esa parte.
— Lo intento.
— Bueno, resumiendo — proseguí, acelerando antes de perderla —, para evitar que se suicidara, encadené su ser incorpóreo a su cuerpo físico.
— ¿Que hiciste qué?
— Lo sé, pero es que estaba desesperada. Iba a suicidarse. Si vieras cómo maneja esa espada... Ah, ¿había mencionado que tiene un espadón? Y no, no es una metáfora. Aunque debo decir que...
— Lali, espera — me cortó, interrumpiéndome de nuevo —. ¿Lo encadenarse? Y eso, ¿qué significa exactamente?
— Sueles ser más avispada.
— ¡Está a punto de darme un ataque! — me chilló al oído, exagerada como ella sola. Pero comprendí que tendríamos que haber mantenido aquella conversación cara a cara.
No podía sentir sus emociones por teléfono. La verdad, Cande debería de haberlo tenido en cuenta.
— Lo sé, disculpa. — Quizá debería explicarme mejor —. Bueno, dicho de otra manera, no puede abandonar su cuerpo físico porque está encadenado a él. Y ahora, Peter Lanzani, uno de los seres más poderosos del Universo, quiere hablar. — Se me encogía el estómago cada vez que pensaba en ello —. ¡Y...! — añadí, a punto de olvidar la mejor parte —, papá subió a la oficina esta mañana para decirme que lo deje.
— ¿Al hijo de Satán?
— No, la investigación privada.
— Ah, vale.
— ¿Tú qué opinas?
— ¿De papá?
— No, de papá ya me encargaré yo. — Aunque, tal vez debería preocuparme. La última vez que empezó a comportarse de manera extraña, un hombre me atacó con un cuchillo de carnicero. Me caló hondo. El cuchillo, no el hombre —. De Peter. Voy de camino a verlo mientras hablamos.
— Lali, apenas entiendo nada y mi cita de las nueve ya ha llegado.
— ¿En serio? ¿Vas a dejarme ahora?
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