Capítulo 3
Dejó la frase a medias, me atrajo hacia él y me bajó
los pantalones y la ropa interior con un solo movimiento. A continuación, una
leve sonrisa ladeó la comisura de sus bellos labios, me abrió las piernas y me
penetró. Lancé un gemido y el torbellino que había empezado a gestarse segundos
antes se convirtió en un huracán al instante. Cerré los dedos sobre la muñeca
de la mano con que me rodeaba el cuello y aferré con la otra su culo de acero,
invitándolo a ahondar en mí, hundiéndole las uñas con desesperación a la espera
de la llegada del alivio.
Mantuve los ojos abiertos, mirándolo en el espejo,
estudiando el cambio de sus facciones, los labios levemente separados, la
frente arrugada, los párpados entornados.
—Holandesa —dijo con su voz suave y profunda, como
si hubiera perdido el control de lo que hacía.
Tensó la mandíbula a medida que se aproximaba el
clímax. Me subió una de las piernas al tocador y continuó penetrándome una y
otra vez, casi con violencia, arrastrándome con él a cada embestida, a cada
enérgico embate.
Y con cada acometida, la corriente que electrizaba
mi interior aumentaba de potencia y su erección llenaba un deseo tan profundo,
tan visceral, que devoraba hasta el último centímetro de mi ser. El vivo anhelo
que aguardaba en la distancia afluyó con la fuerza de un torrente hasta
desembocar entre mis piernas y empezó a crecer como la marea, drenándome al
mismo tiempo, arrastrándome con él.
Hundí las uñas en su muñeca, recordando de pronto
que él no quería estar allí, no quería estar conmigo, no después de lo que le
había hecho.
—Peter, espera.
Lo sentí en el mismo instante en que se apoderó de
él, sentí su cuerpo estremecido por sacudidas segundos antes de que la
explosión que estalló en mi interior enviara afiladas esquirlas de placer
contra mis huesos, recorriera mis venas y me incendiara la piel en un éxtasis
abrasador.
En ese momento volví bruscamente a la realidad,
cuando la violencia de un orgasmo que me atravesaba de parte a parte truncó un
sueño irregular con un sobresalto. Los ecos moribundos de un grito aún
resonaban en la habitación y enseguida comprendí que se trataba de mi respuesta
al alcanzar el clímax. Me obligué a tranquilizarme, a recuperar el ritmo
acompasado de mi respiración, a despegar las manos de la taza de café cuyo
contenido había derramado sobre mi regazo. Por fortuna, no quedaba mucho. Dejé
la taza en una mesita auxiliar, volví a tumbarme en el sofá y descansé un brazo
sobre la frente a la espera de que amainara la ya familiar tormenta que todavía
azotaba mi cuerpo.
Tres veces en una semana. En cuanto cerraba los
ojos, allí estaba él, esperando, observando, enfadado y seductor.
Volví a consultar la hora. La última vez que lo
había mirado eran las 3.35. Ahora eran las 3.38. Tres minutos. Había cerrado
los ojos tres minutos.
Lancé un suspiro exhausto y comprendí que no podía echarle
la culpa a nadie más que a mí. Me había dejado llevar.
Tal vez aquel era el modo que Peter tenía de hacerme
pagar por lo que le había hecho. Hasta entonces, siempre había podido abandonar
su cuerpo a su antojo, hacerse incorpóreo y causar todo tipo de estragos allí
por donde pasara. No es que lo hubiera hecho, pero podría, de haberlo querido.
Sin embargo, ahora estaba atrapado en su cuerpo. En mi opinión, una nadería,
aunque muy necesaria en su momento.
Aun así, había vuelto a perseguirme en sueños. Al
menos antes, aunque interrumpiera mi duermevela, yo lograba dormir algo entre
una partida y otra de escondite y tira y afloja. Ahora, cerraba los ojos tan
siquiera un segundo y de pronto él estaba ahí, más apasionado que nunca. En
cuanto me amodorraba, ya estábamos dándole como conejos en una granja de cría.
Y lo peor de todo aquel asunto era que seguía muy
cabreado conmigo y, por tanto, lo último que deseaba era aparecer por allí.
Estaba enfadado, consumido por la ira, y pese a todo se mostraba muy ardiente,
como si no pudiera evitarlo, como si no lograra controlar el fuego que corría
por sus venas, la avidez de su cuerpo. Aunque yo tampoco demostraba tener un
gran dominio de mí misma precisamente, por lo que entendía cómo se sentía.
Pero ¿invocarlo yo? Imposible. ¿Cómo iba a haberlo
invocado yo nunca? Como la vez en que, con cuatro años, un pederasta convicto
estuvo a punto de secuestrarme. Por entonces, ni siquiera sabía que era Peter.
Lo temía.
En ese preciso instante oí que la puerta de casa se abría
de golpe y decidí que había llegado el momento de adecentarme. El café nunca
sienta tan bien por fuera.
—¿Qué pasa aquí? ¿Dónde estás? —oí que decía mi
vecina, también pluriempleada como recepcionista y mejor amiga, al entrar en mi
apartamento a trompicones.
El cabello rubio de Eugenia apuntaba en todas las
direcciones socialmente inaceptables. Además, llevaba un pijama a rayas azules
y amarillas hecho un guiñapo que se le ceñía a la rolliza cintura, conjuntado
con unos largos calcetines rojos arrugados en los tobillos. Todo un poema.
—Estoy aquí —dije, incorporándome ligeramente en el
sofá—. No pasa nada.
—Pero has gritado.
Preocupada, paseó la vista por la habitación.
—Tenemos que insonorizar las paredes.
Cookie vivía al otro lado del pasillo y, por lo
visto, era capaz de oír hasta una pluma cayendo en mi cocina.
Tras tomarse un instante para recuperar el aliento,
me dirigió una mirada gélida.
—Lali, maldita sea.
—¿Sabes? Me lo dicen mucho —admití, arrastrando los
pies hasta el lavabo—, pero no me llamo Lali Maldita Sea.
Se acercó a la librería y se apoyó contra ella con
una mano mientras se llevaba la otra al pecho, tratando de dominar el latido
desbocado de su corazón. A continuación, me fulminó con la mirada. Me hizo
gracia. Estaba a punto de abrir la boca para decir algo cuando reparó en la
profusión de tazas de café vacías repartidas por todas partes. Volvió a
fulminarme con la mirada. Siguió haciéndome gracia.
—¿Has estado bebiendo toda la noche?
Desaparecí en el baño, salí con un cepillo de
dientes en la boca y le indiqué la puerta de casa con las cejas enarcadas.
—¿Sueles allanar domicilios muy a menudo?
Se acercó hasta la puerta y la cerró.
—Tenemos que hablar.
Ay, ay, ay. Sermón a la vista. Llevaba una semana
sermoneándome a diario. Al principio me resultó fácil disimular la falta de
sueño, le mentía y ella se lo tragaba, pero empezó a sospechar que padecía
insomnio cuando comencé a ver elefantes morados en los respiraderos del
despacho. Sabía que no tenía que haberle comentado lo de los elefantes, pero
pensé que igual le había dado por redecorar la oficina.
Entré en el dormitorio y me puse unos pantalones de
pijama limpios.
—¿Te apetece un café? —pregunté, dirigiéndome a la
cafetera.
—Son las tres y media de la mañana.
—Vale. ¿Te apetece un café?
—No. Siéntate. —Al ver que me detenía a medio camino
y enarcaba las cejas, sorprendida, proyectó la mandíbula hacia delante, con un
punto de testarudez—. Ya te lo he dicho, tenemos que hablar.
—¿Tiene algo que ver con el bigote que te dibujé la
otra noche mientras dormías? —Me senté en el sofá poco a poco, sin prisas, y
sin quitarle el ojo de encima, por si acaso.
—No, tiene que ver con las drogas.
Me quedé boquiabierta. Casi se me cae el cepillo de
dientes.
—¿Te drogas? —pregunté.
Apretó los labios.
—No, yo no. Tú.
—¿Yo me drogo? —pregunté, anonadada. La primera
noticia.
—Lali—dijo Euge, como si se compadeciera de mí—, ¿cuánto
hace que no duermes?
Empecé a contar con los dedos tras un enérgico
suspiro que bien pudo confundirse con un quejido.
—Unos trece días, más o menos.
Abrió los ojos de par en par, estupefacta.
—Y ¿no vas puesta de nada? —se sorprendió, tras
digerir la información.
Me saqué el cepillo de la boca.
—¿Además de pasta de dientes?
—Entonces, ¿cómo te las apañas? —Se inclinó hacia delante
con cara de preocupación. Las cejas le formaban una sola línea—. ¿Cómo
consigues llevar tantos días sin dormir?
—No lo sé. No cierro los ojos y ya está.
—Lali, eso es imposible. Y seguramente peligroso.
—Para nada —aseguré—. Bebo un montón de café y casi
nunca me duermo al volante.
—Oh, por todos los santos.
Hundió la cabeza en las manos. Volví a meterme el
cepillo de dientes en la boca, con una sonrisa. Era difícil encontrar gente
como Euge: leales, fieles, inocentones.
—Cariño, no soy como tú, ¿recuerdas?
Me devolvió su atención.
—Pero sigues siendo humana. Solo porque te cures muy
rápido, veas muertos y poseas esa asombrosa habilidad para hacer que hasta la
persona más pacífica del mundo desee asesinarte...
—Pero es que está muy enfadado conmigo, Eu.
Cabizbaja, sentí cómo empezaba a embargarme una
profunda tristeza por la situación en la que me hallaba.
Euge meditó mis palabras unos segundos antes de
continuar.
—Cuéntame exactamente qué es lo que ocurre.
—De acuerdo, pero primero necesito un café.
—Son las tres y media de la mañana.
Diez minutos después, ambas teníamos una taza de
café à la fresco en la mano y yo me encontraba en medio del relato de mis
sueños —si podía llamarlos así— ante una divorciada de mirada arrobada y fuego
en la entrepierna. Euge estaba al corriente de que había encadenado a Peter a
su cuerpo terrenal, pero desconocía lo de los sueños, al menos en gran parte.
Al final acabé por relatarle mi último encuentro con el dios Peter, un ser
forjado en las llamas del infierno, creado de belleza y pecado y fundido con el
abrasador fuego de la sensualidad.
Me abaniqué y le devolví mi atención.
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