jueves, 30 de marzo de 2017

Capítulo 3



Capítulo 3

Dejó la frase a medias, me atrajo hacia él y me bajó los pantalones y la ropa interior con un solo movimiento. A continuación, una leve sonrisa ladeó la comisura de sus bellos labios, me abrió las piernas y me penetró. Lancé un gemido y el torbellino que había empezado a gestarse segundos antes se convirtió en un huracán al instante. Cerré los dedos sobre la muñeca de la mano con que me rodeaba el cuello y aferré con la otra su culo de acero, invitándolo a ahondar en mí, hundiéndole las uñas con desesperación a la espera de la llegada del alivio.

Mantuve los ojos abiertos, mirándolo en el espejo, estudiando el cambio de sus facciones, los labios levemente separados, la frente arrugada, los párpados entornados.

—Holandesa —dijo con su voz suave y profunda, como si hubiera perdido el control de lo que hacía.

Tensó la mandíbula a medida que se aproximaba el clímax. Me subió una de las piernas al tocador y continuó penetrándome una y otra vez, casi con violencia, arrastrándome con él a cada embestida, a cada enérgico embate.

Y con cada acometida, la corriente que electrizaba mi interior aumentaba de potencia y su erección llenaba un deseo tan profundo, tan visceral, que devoraba hasta el último centímetro de mi ser. El vivo anhelo que aguardaba en la distancia afluyó con la fuerza de un torrente hasta desembocar entre mis piernas y empezó a crecer como la marea, drenándome al mismo tiempo, arrastrándome con él.

Hundí las uñas en su muñeca, recordando de pronto que él no quería estar allí, no quería estar conmigo, no después de lo que le había hecho.

—Peter, espera.

Lo sentí en el mismo instante en que se apoderó de él, sentí su cuerpo estremecido por sacudidas segundos antes de que la explosión que estalló en mi interior enviara afiladas esquirlas de placer contra mis huesos, recorriera mis venas y me incendiara la piel en un éxtasis abrasador.

En ese momento volví bruscamente a la realidad, cuando la violencia de un orgasmo que me atravesaba de parte a parte truncó un sueño irregular con un sobresalto. Los ecos moribundos de un grito aún resonaban en la habitación y enseguida comprendí que se trataba de mi respuesta al alcanzar el clímax. Me obligué a tranquilizarme, a recuperar el ritmo acompasado de mi respiración, a despegar las manos de la taza de café cuyo contenido había derramado sobre mi regazo. Por fortuna, no quedaba mucho. Dejé la taza en una mesita auxiliar, volví a tumbarme en el sofá y descansé un brazo sobre la frente a la espera de que amainara la ya familiar tormenta que todavía azotaba mi cuerpo.

Tres veces en una semana. En cuanto cerraba los ojos, allí estaba él, esperando, observando, enfadado y seductor.

Volví a consultar la hora. La última vez que lo había mirado eran las 3.35. Ahora eran las 3.38. Tres minutos. Había cerrado los ojos tres minutos.

Lancé un suspiro exhausto y comprendí que no podía echarle la culpa a nadie más que a mí. Me había dejado llevar.

Tal vez aquel era el modo que Peter tenía de hacerme pagar por lo que le había hecho. Hasta entonces, siempre había podido abandonar su cuerpo a su antojo, hacerse incorpóreo y causar todo tipo de estragos allí por donde pasara. No es que lo hubiera hecho, pero podría, de haberlo querido. Sin embargo, ahora estaba atrapado en su cuerpo. En mi opinión, una nadería, aunque muy necesaria en su momento.

Aun así, había vuelto a perseguirme en sueños. Al menos antes, aunque interrumpiera mi duermevela, yo lograba dormir algo entre una partida y otra de escondite y tira y afloja. Ahora, cerraba los ojos tan siquiera un segundo y de pronto él estaba ahí, más apasionado que nunca. En cuanto me amodorraba, ya estábamos dándole como conejos en una granja de cría.

Y lo peor de todo aquel asunto era que seguía muy cabreado conmigo y, por tanto, lo último que deseaba era aparecer por allí. Estaba enfadado, consumido por la ira, y pese a todo se mostraba muy ardiente, como si no pudiera evitarlo, como si no lograra controlar el fuego que corría por sus venas, la avidez de su cuerpo. Aunque yo tampoco demostraba tener un gran dominio de mí misma precisamente, por lo que entendía cómo se sentía.

Pero ¿invocarlo yo? Imposible. ¿Cómo iba a haberlo invocado yo nunca? Como la vez en que, con cuatro años, un pederasta convicto estuvo a punto de secuestrarme. Por entonces, ni siquiera sabía que era Peter. Lo temía.

En ese preciso instante oí que la puerta de casa se abría de golpe y decidí que había llegado el momento de adecentarme. El café nunca sienta tan bien por fuera.

—¿Qué pasa aquí? ¿Dónde estás? —oí que decía mi vecina, también pluriempleada como recepcionista y mejor amiga, al entrar en mi apartamento a trompicones.

El cabello rubio de Eugenia apuntaba en todas las direcciones socialmente inaceptables. Además, llevaba un pijama a rayas azules y amarillas hecho un guiñapo que se le ceñía a la rolliza cintura, conjuntado con unos largos calcetines rojos arrugados en los tobillos. Todo un poema.

—Estoy aquí —dije, incorporándome ligeramente en el sofá—. No pasa nada.
—Pero has gritado.

Preocupada, paseó la vista por la habitación.

—Tenemos que insonorizar las paredes.

Cookie vivía al otro lado del pasillo y, por lo visto, era capaz de oír hasta una pluma cayendo en mi cocina.

Tras tomarse un instante para recuperar el aliento, me dirigió una mirada gélida.

—Lali, maldita sea.
—¿Sabes? Me lo dicen mucho —admití, arrastrando los pies hasta el lavabo—, pero no me llamo Lali Maldita Sea.

Se acercó a la librería y se apoyó contra ella con una mano mientras se llevaba la otra al pecho, tratando de dominar el latido desbocado de su corazón. A continuación, me fulminó con la mirada. Me hizo gracia. Estaba a punto de abrir la boca para decir algo cuando reparó en la profusión de tazas de café vacías repartidas por todas partes. Volvió a fulminarme con la mirada. Siguió haciéndome gracia.


—¿Has estado bebiendo toda la noche?

Desaparecí en el baño, salí con un cepillo de dientes en la boca y le indiqué la puerta de casa con las cejas enarcadas.

—¿Sueles allanar domicilios muy a menudo?

Se acercó hasta la puerta y la cerró.

—Tenemos que hablar.

Ay, ay, ay. Sermón a la vista. Llevaba una semana sermoneándome a diario. Al principio me resultó fácil disimular la falta de sueño, le mentía y ella se lo tragaba, pero empezó a sospechar que padecía insomnio cuando comencé a ver elefantes morados en los respiraderos del despacho. Sabía que no tenía que haberle comentado lo de los elefantes, pero pensé que igual le había dado por redecorar la oficina.

Entré en el dormitorio y me puse unos pantalones de pijama limpios.

—¿Te apetece un café? —pregunté, dirigiéndome a la cafetera.
—Son las tres y media de la mañana.
—Vale. ¿Te apetece un café?
—No. Siéntate. —Al ver que me detenía a medio camino y enarcaba las cejas, sorprendida, proyectó la mandíbula hacia delante, con un punto de testarudez—. Ya te lo he dicho, tenemos que hablar.
—¿Tiene algo que ver con el bigote que te dibujé la otra noche mientras dormías? —Me senté en el sofá poco a poco, sin prisas, y sin quitarle el ojo de encima, por si acaso.
—No, tiene que ver con las drogas.


Me quedé boquiabierta. Casi se me cae el cepillo de dientes.

—¿Te drogas? —pregunté.

Apretó los labios.

—No, yo no. Tú.
—¿Yo me drogo? —pregunté, anonadada. La primera noticia.
—Lali—dijo Euge, como si se compadeciera de mí—, ¿cuánto hace que no duermes?

Empecé a contar con los dedos tras un enérgico suspiro que bien pudo confundirse con un quejido.

—Unos trece días, más o menos.

Abrió los ojos de par en par, estupefacta.

—Y ¿no vas puesta de nada? —se sorprendió, tras digerir la información.

Me saqué el cepillo de la boca.

—¿Además de pasta de dientes?
—Entonces, ¿cómo te las apañas? —Se inclinó hacia delante con cara de preocupación. Las cejas le formaban una sola línea—. ¿Cómo consigues llevar tantos días sin dormir?
—No lo sé. No cierro los ojos y ya está.
—Lali, eso es imposible. Y seguramente peligroso.
—Para nada —aseguré—. Bebo un montón de café y casi nunca me duermo al volante.
—Oh, por todos los santos.

Hundió la cabeza en las manos. Volví a meterme el cepillo de dientes en la boca, con una sonrisa. Era difícil encontrar gente como Euge: leales, fieles, inocentones.

—Cariño, no soy como tú, ¿recuerdas?

Me devolvió su atención.

—Pero sigues siendo humana. Solo porque te cures muy rápido, veas muertos y poseas esa asombrosa habilidad para hacer que hasta la persona más pacífica del mundo desee asesinarte...
—Pero es que está muy enfadado conmigo, Eu.

Cabizbaja, sentí cómo empezaba a embargarme una profunda tristeza por la situación en la que me hallaba.

Euge meditó mis palabras unos segundos antes de continuar.

—Cuéntame exactamente qué es lo que ocurre.
—De acuerdo, pero primero necesito un café.
—Son las tres y media de la mañana.

Diez minutos después, ambas teníamos una taza de café à la fresco en la mano y yo me encontraba en medio del relato de mis sueños —si podía llamarlos así— ante una divorciada de mirada arrobada y fuego en la entrepierna. Euge estaba al corriente de que había encadenado a Peter a su cuerpo terrenal, pero desconocía lo de los sueños, al menos en gran parte. Al final acabé por relatarle mi último encuentro con el dios Peter, un ser forjado en las llamas del infierno, creado de belleza y pecado y fundido con el abrasador fuego de la sensualidad.

Me abaniqué y le devolví mi atención.

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