Capítulo 8
Solo me lo parece a mí o aquí dentro hay mucha tía buena?
(Camiseta)
Me desperté a las cuatro y media de la madrugada (una hora también conocida como las tantas) y me quedé en la cama, preguntándome por qué, en nombre de san Francisco, me había despertado a las cuatro y media de la madrugada. No había muertos levitando a mi alrededor, no se avecinaba ninguna catástrofe planetaria y nadie estaba arrojándome ropa a la cara, pero aun así mi sentido de ángel de la muerte me decía que algo iba mal. Agucé el oído por si sonaba el teléfono. Si alguien tenía los santos cojones de llamarme antes de las siete, ese era el tío Nico. Sin embargo, no tenía ninguna llamada. Ni siquiera la de la naturaleza.
Lancé un suspiro y me di la vuelta para tumbarme de espaldas, mirando a la oscuridad. Tras el asesinato de Janelle York y Tommy Zapata, algo me decía que el responsable de sus muertes no buscaba información. En cualquier caso, si tuviera que hacer una conjetura basándome en lo que tenía, diría que información era justamente lo que el asesino intentaba ocultar.
Algo había sucedido en el instituto de Ruiz hacía veinte años, aparte del típico consumo de alcohol entre menores de edad. Y había una persona, como mínimo, que deseaba que nada de aquello saliera a la luz. De hecho, tanto era así que incluso estaba dispuesta a matar para que todo continuara igual.
Peter también consumía una buena parte de mi memoria de acceso directo. ¿De verdad era el anticristo? Porque menuda mierda si era cierto. Tal vez él tuviera razón. Tal vez alguien estaba confundido. Debía admitir que resultaba difícil acostumbrarse a la idea de que era el hijo del ser más malvado que jamás hubiera existido, pero eso no lo convertía en el diablo. ¿No? ¿De verdad perdería su humanidad si su cuerpo fallecía? Nadie había dicho que tuviera que seguir los pasos de su padre. Sin embargo, la sola idea de que estuviera muriéndose, en ese mismo momento, después de todo por lo que había pasado...
Mis pensamientos siguieron vagando por esos derroteros hasta que tuve que recapitular y preguntarme por qué estaba tan obcecada con encontrar su cuerpo. La respuesta fue ridículamente sencilla: no quería perderlo. No quería dejar pasar la oportunidad de compartir mi vida con él, algo bastante discutible teniendo en cuenta que Peter tendría que regresar a la cárcel y todo eso, pero ahí estaba, en toda su gloria y esplendor: la verdad. En muchos sentidos, era tan insensible y egoísta como mi madrastra.
Vaya. Pues sí que dolía la verdad.
A pesar de todo, tenía que encontrar nuevas fuentes de información. Mis amigos muertos no estaban siendo de gran ayuda. Peter tenía una hermana, más o menos, y un amigo íntimo. Si alguien sabía dónde escondería Peter su cuerpo, sin dura tenía que ser uno de ellos dos.
Decidí renunciar a la tentación de dormir una noche entera, me prepararía un café y meditaría sobre el siguiente paso en la búsqueda interminable del dios Peter. Puede que me pusiera en contacto con mistress Marigold para preguntarle qué narices se traía entre manos.
Como ángel de la muerte de nacimiento, estaba bastante habituada a que los muertos entraran y salieran de mi vida a todas horas. Me había acostumbrado al súbito envite de la adrenalina corriendo por mis venas ante su inesperada aparición, sobre todo cuando alguien que se había estampado contra el suelo de cemento después de una caída de quince metros se presentaba en busca de consejo matrimonial. Sin embargo, la mayoría de las veces, la respuesta irracional de lucha o huida ante una situación de estrés solía mantenerse en un segundo plano, confundirse con el fondo, y me permitía decidir por mí misma si debía recurrir a los puños o salir corriendo despavorida. De modo que cuando arrastré mi cuerpo medio dormido afuera de la cama en busca del elixir de la vida, a menudo denominado café, el hecho de que hubiera dos tipos la mar de tranquilos en mi salón apenas dejó constancia en mi escala de Richter.
Con todo, me detuve un breve instante para echarles un vistazo, dos vistazos (más que nada porque no estaban muertos) antes de dirigirme hacia la cafetera. Necesitaba arrancar antes de encargarme de dos hombres a quienes consideraba altamente sospechosos de allanamiento de morada. Un tercero, que se parecía a André el Gigante, esperaba plantado delante de la puerta, a modo de barricada. Si a mi mejor amiga le daba por entrar en tromba en ese momento, aquel tipo iba a tener un señor dolor de cabeza.
Encendí una de las luces de bajo consumo de la encimera para no quedarme ciega (y proporcionar a mis adversarios una ventaja inmerecida) y me dirigí a mi cita con el señor Café. André no apartaba la mirada de mi trasero. Seguramente porque llevaba unos bóxers con la palabra «Sabrosón» escrita en el culo. Podría haberme puesto algo encima, pero estaba en mi casa. Ya que habían entrado en mi pedacito de cielo sin que nadie los hubiera invitado, tendrían que atenerse a lo que había, como cualquier hijo de vecino.
Puse café en el filtro con sus ojos vueltos hacia mí, apreté el botón de encendido y esperé. El cacharro nuevo hacía el café más rápido que el anterior, pero aun así la media no bajaba de los tres minutos. Apoyé los codos en la barra para estudiar a mis visitas.
Uno de ellos (asumí que se trataba del jefe) estaba sentado en el sillón, se había quitado la chaqueta y la pistola quedaba a la vista. Tendría alrededor de unos cincuenta años, el pelo castaño canoso peinado de manera impecable y ojos oscuros a juego con el cabello. Parecía bastante concentrado observándome genuinamente intrigado.
Sin embargo, el hombre que tenía al lado, el peligroso, no parecía tener ni pizca de curiosidad. Tendría más o menos mi misma altura, el pelo negro y la típica piel dorada y un aspecto juvenil de su ascendencia asiática. Estaba en guardia, casi a la defensiva, con los músculos en tensión, preparado para actuar en caso de ser necesario. No acababa de decidir si se trataba de un colega o de un guardaespaldas. No iba armado como su amigo, lo que significaba que no necesitaba la pistola para protegerse, ni a él ni a sus compañeros. Un hecho que me resultó ciertamente inquietante.
André parecía un oso gigantón. Estaba segura de que necesitaba un buen abrazo, pero él sí llevaba pistola. Tanto músculo y metal por alguien tan poca cosa como yo. Me sentí importante. Insigne. Eminente. O me habría sentido así de no haber llevado «Sabrosón» estampado en el trasero.
Por el contrario, mis visitas vestían con la elegancia y distinción de verdaderos caballeros, ataviados con exquisitez con sus correspondientes trajes gris marengo. Estuve a punto de recomendarles que se abstuvieran del rojo pasión, pero no todo el mundo recibía bien los consejos sobre moda de una tipa en camiseta y bóxers.
Tras servirme tanta nata y azúcar en el café que este acabó pareciendo caramelo derretido, me acerqué al amazacotado sofá que había frente al jefe, me hundí en él y le lancé mi mejor mirada letal.
—De acuerdo —dije, después de darle un lento y gratificante sorbo a mi taza—, solo tienes un disparo. No lo desperdicies.
El hombre inclinó levemente la cabeza a modo de saludo antes de bajar la vista hacia mi camiseta. Esperaba que el estampado no le diera una impresión equivocada de mí. «Cerebrito» no acaba de reflejar la imagen que quería proyectar. Si hubiera dicho «Cabrona de cuidado»...
—Señorita Esposito —dijo con toda calma y seguridad—. Me llamo Frank Smith.
Aquello era una mentira como una casa, aunque tampoco importaba demasiado.
—Bueno, gracias por venir. Vuelva cuando tenga más tiempo para ponernos al día.
Me levanté para acompañarlos a la puerta. El peligroso se puso tenso y tuve la leve sospecha de que no estaba allí solo para proteger al jefe. Maldita fuera. Con lo poco que me gustaba la tortura. Era un tormento.
—Siéntese, por favor, señorita Esposito —solicitó el señor Smith, tras detener a su hombre con un gesto.
Lancé un suspiro irritado y obedecí, pero solo porque me lo había pedido por favor.
—Veamos, ya sé cómo se llama usted y usted cómo me llamo yo. ¿Podríamos acabar con esto cuanto antes?
Volví a dar un nuevo y lento sorbo a mi café, incapaz de desprenderme de su mirada.
—Posee un asombroso dominio de sí misma. —Se puso serio—. Debo admitirlo, me ha impresionado. La mayoría de las mujeres...
—... Son lo bastante sensatas para encerrarse en el dormitorio y llamar a la policía. Por favor, no confunda un instinto de supervivencia aletargado con la inteligencia, señor Smith.
El peligroso rechinó los dientes. No le gustaba. Eso o le intimidaba que utilizara palabras rimbombantes. Me decidí por lo último.
—Le presento al señor Chao —dijo Smith, percatándose de mi interés—. Y ese es Ulrich.
Eché un vistazo a mi espalda. Ulrich me saludó con un gesto de la cabeza. Bien mirado, parecían bastante cordiales.
—Y están aquí porque...
—Me resulta fascinante —contestó.
—Ya, no sé si darle las gracias. Aunque, de verdad, habría bastado con un mensaje.
Sin abandonar su sonrisa flemática, era evidente que iba tomando nota de cada cambio de expresión, de cada gesto que hacía, y tuve la clara sensación de que estaba estudiándome para reunir suficiente información en la que basarse y decidir si le mentía.
—He investigado un poco sobre usted —dijo—. Lleva una vida interesante.
—Me gusta creer que es así.
Opté por esconderme detrás de la taza y ocultarle mi reacción a sus preguntas. Aunque los ojos revelaban muchas cosas, la boca era capaz de delatar incluso a los mejores mentirosos. De aquel modo, solo sería capaz de adivinar si le mentía a medias. Se lo tenía bien merecido.
—La universidad, el Cuerpo de Paz y ahora en el negocio de la investigación privada.
Fui contando con los dedos.
—Sí, creo que eso es todo.
—Sin embargo, allí a donde va suelen... —Volvió la vista hacia el techo, buscando las palabras adecuadas antes de mirarme y añadir—: Ocurrir cosas.
Guardé silencio unos instantes, a propósito, intentando disimular mi respuesta, enturbiar las aguas, por así decirlo.
—Es lo que tienen las cosas. Que suelen ocurrir.
Sus labios esbozaron una sonrisa elogiosa.
—No esperaba menos de usted, señorita Esposito. Como usted, a estas alturas, solo esperará de mí que le sea brutalmente sincero.
—La sinceridad está bien. —Miré al señor Chao—. Pero la brutalidad es innecesaria.
Cruzó las piernas y se arrellanó un poco más en el sillón, dejando escapar una leve risita.
—Entonces seamos sinceros. Parece ser que usted y yo andamos buscando a la misma persona.
Enarqué las cejas, intrigada.
—Ana Heredia.
—Es la primera vez que oigo ese nombre.
—Señorita Esposito, creía que íbamos a ser sinceros —me reprendió, entornando la mirada.
—Usted está siendo sincero, yo estoy siendo profesional. No puedo comentar los casos que llevo. Los detectives privados tienen ese raro código ético.
—Cierto. Y la elogio por ello, pero, si me permite la puntualización, estamos en el mismo bando.
Me incliné hacia delante, asegurándome de dejarlo muy claro.
—Mi único bando es el de mi cliente.
Asintió, como si se hiciera cargo.
—Entonces, si supiera dónde está...
—No se lo diría —contesté, acabando la frase por él.
—En fin, está bien. —Ladeó la cabeza ligeramente para señalar al peligroso con un leve gesto—. Pero ¿y si se lo preguntara el señor Chao?
Mierda. Ya sabía yo que acabaríamos con amenazas de tortura. Intenté no apretar los dientes, intenté no abrir los ojos ni siquiera esa fracción de milímetro que respondía a un reflejo involuntario, pero sucedió de todas formas. Estaba a su merced. Aquel hombre sabía que sus palabras no me habían dejado fría, pero yo también me guardaba algunos ases en la manga en el caso de que la situación llegara a esos extremos. Al menos caería intentando acertar a darle algún que otro bofetón.
—El señor Chao puede besarme el culo —dije al fin con toda tranquilidad, mirándolo fijamente.
El señor Chao ni se inmutó, como si fuera de piedra. Tuve la sensación de que disfrutaría torturándome y, llamadme sentimental, pero, maldita fuera, me gustaba hacer feliz a la gente.
—La he disgustado —dijo Smith.
—En absoluto. Al menos, por el momento. —Pensé en Peter y en su aparición repentina siempre que me encontraba en peligro, aunque ¿acudiría esa vez? Después de todo, estaba furioso conmigo—. Si algo puedo asegurarle es que, cuando realmente me disguste, no le cabrán dudas de que lo ha hecho. —Lo miré a los ojos unos segundos antes de añadir—: ¿Miento?
Smith me observó largo rato y levantó las manos, en señal de rendición.
—Ya se lo he dicho, señorita Esposito. La he investigado. Esperaba que pudiéramos llegar a ser amigos.
—¿Y por eso ha allanado mi apartamento? No es un buen comienzo, Frank.
Se pinzó el caballete de la nariz y se rió entre dientes. Aquel tipo empezaba a gustarme. Apuntaría a la entrepierna y lo postraría de rodillas antes de que Chao me detuviera. Luego ya podía darme por muerta, pero, como he dicho, caería intentando acertar a darle algún que otro bofetón.
En cuanto recuperó la compostura, me miró fijamente.
—Entonces, no le importará que insista en que deje la investigación en curso, ¿verdad? Por su propio bien, por descontado.
—Por descontado que no me importa —contesté dedicándole mi mejor sonrisa—. Aunque será en vano.
—La organización para la que trabajo no tendrá en cuenta su chispeante ingenio si se interpone en su camino.
—Entonces tal vez debería mostrarle mi lado más oscuro.
Me miró como si sintiera lástima por mí.
—Es usted una criatura excepcional, señorita Esposito. Solo tengo una pregunta más. —Esta vez fue él quien se inclinó hacia delante al tiempo que una sonrisa maliciosa se dibujaba en su rostro—. ¿Es usted sabrosona o un cerebrito?
Tenía que renovar mi vestuario.
Un golpe sordo y contundente hizo que todos nos volviéramos hacia Ulrich, quien hizo otro tanto y miró detrás de él. La puerta se abrió de nuevo y se estampó una vez más contra el bloque de piedra que el hombre tenía por espalda, acompañada de un golpe sordo y contundente. Y otro más. Y otro. Y otro, hasta que Euge decidió interrumpir su embate para preguntar a gritos:
—Pero ¿qué pasa aquí?
Acto seguido la oímos gruñir, empujando la puerta con todas sus fuerzas para apartar el obstáculo que le impedía entrar.
Ulrich miró a Smith a la espera de instrucciones. Smith, a su vez, me miró a mí.
—Es mi vecina.
—Ah, Eudenia Suarez. 24. Soltera. Una hija —recitó. Aquella era su forma de hacerme saber que había hecho los deberes—. Déjala entrar, Ulrich.
Ulrich se hizo a un lado y Euge entró en tromba por la puerta, incapaz de detenerse en un espacio tan corto con el impulso que llevaba. Consiguió parar justo antes de estrellarse de cabeza contra la barra y miró a su alrededor.
—Hola, Eu —la saludé alegremente. Al ver que su mirada saltaba de uno a otro sin volverse hacia mí, añadí—: Son mis nuevos amigos. Nos lo estamos pasando de muerte.
—Llevan pistola.
—Sí, eso no puedo negártelo. —Me levanté y le arranqué la taza de café de las manos para llenársela. Nuestra admiración mutua por ese pequeño empujoncito matinal nos había ayudado a establecer vínculos afectivos nada más conocernos, y de eso ya hacía tres años. Había acabado convirtiéndose en uno de los pilares de nuestra alimentación.— Debo confesar —dije, mirando a Smith— que no le veo demasiado futuro a esta relación.
Eugenia seguía sin quitarles la vista de encima.
—¿Por las pistolas?
—Ya nos íbamos —intervino Smith, quien se levantó y se puso la chaqueta.
—¿Tienen que irse? ¿Lo dice de verdad?
Sonrió, decidiendo pasar por alto el sarcasmo que destilaban mis palabras, e inclinó ligeramente la cabeza al pasar por mi lado.
—Ha olvidado mencionar para quién trabaja, Frank.
—No, no lo he hecho —contestó, y me dirigió un saludo informal antes de cerrar la puerta.
—No estaba nada mal —comentó Euge—, un poco en plan James Bond agente 007.
—Sí, el mismo. Voy a regalarte un muñeco hinchable por Navidad.
—¿Hay muñecos hinchables? —preguntó, intrigada.
Lo ignoraba por completo, pero me entró la risa tonta de solo pensarlo.
—¿Qué haces aquí a estas horas? —pregunté, sinceramente sorprendida.
—No podía dormir y vi que tenías las luces encendidas.
—Entonces me parece que hoy empezaremos tirando a tempranito.
Entrechocamos las tazas de café, brindando por Dios sabía qué.
Dado que ya habíamos pasado por la ducha antes del alba (cada una por la suya, por supuesto, aunque a mí me había acompañado el Muerto del Maletero, lo que empezaba a resultar un poco molesto, sobre todo por lo delicado que era afeitarse las piernas con la piel de gallina), Euge y yo acabamos de camino al despacho cuando el sol apenas despuntaba en el horizonte. El cielo se tiñó de una explosión de colores cálidos que serpentearon entre las nubes grisáceas para anunciar la llegada del nuevo día. E iba a ser un día precioso. Hasta que tropecé y me tiré el café sobre la muñeca.
—¿Mistress Marigold? —preguntó Euge arrugando la nariz, aunque intrigada, mientras yo me mordía la lengua para no soltar una maldición.
—Sí, lo sé, pero sabe algo. Lo sé seguro. Y cuando sepa lo que sabe, todos sabremos algo más. Lo sabré yo.
—Ya estás haciendo eso tan raro que haces.
—Lo siento, pero creo que no tengo control sobre mí misma. Estoy alucinando. Me he levantado dos días seguidos antes del amanecer y mi cerebro no sabe lo que se hace. Hablaré con él más tarde. Puede que lo lleve a terapia.
—Con un poco de suerte, esta mañana llegarán los registros del instituto y podré empezar a buscar a los compañeros de curso de Ana, a ver si alguno de ellos ha acabado igual.
—¿Te refieres a muerto?
—Más bien.
Subimos a la oficina por la escalera exterior. Eugenia consultó el fax mientras yo me dirigía derechita a la cafetera para poder encarar el día con algo de dignidad.
—Están aquí —anunció, entusiasmada.
—¿Los registros del instituto? ¿Ya?
Aquello era rapidez y lo demás eran tonterías.
Euge encendió el ordenador y se dejó caer en la silla.
—Voy a investigar un poco, a ver qué encuentro.
En ese momento se abrió la puerta de la oficina de Euge, por la que asomó una cabeza con aire indeciso.
—¿Está abierto? —preguntó un hombre.
Así inclinado, aparentaba unos sesenta años.
—Por supuesto —dije, invitándolo a entrar con un amplio gesto—. ¿En qué podemos ayudarle?
Se puso derecho y pasó dentro, seguido de una mujer de más o menos su misma edad. El hombre me recordó a un locutor deportivo, con aquella americana azul oscuro y tan repeinado. Ella vestía un traje pantalón de color caqui un poco pasado de moda, que combinaba con su cabello rubio. Los envolvía un halo de profunda tristeza, denso y palpable. Sufrían.
—¿Alguna de ustedes dos es Lali Esposito? —preguntó el hombre.
—Yo soy Lali.
Me estrechó la mano como si fuera la última esperanza de la humanidad. De haber sido así, la humanidad iba aviada. La mujer lo imitó. La frágil mano era un tembloroso manojo de nervios.
—Señorita Esposito, somos los padres de Ana —dijo el caballero. El aire se impregnó de su cara colonia.
—Oh, pasen, por favor —les pedí, sorprendida.
Le hice un gesto a Euge para que nos acompañara y los conduje a mi oficina. Eficiente como siempre, cogió un bloc de notas de camino.
—Usted debe de ser Eugenia —dijo el hombre, tomándole la mano.
—Sí, señor, soy Euge, señor Marshal. —A continuación, estrechó la de la mujer—. Señora Marshal. Siento mucho por lo que están pasando.
—Por favor, llámeme Wanda y a él Harold. Ana nos hablaba mucho de usted.
La sonrisa de Euge vaciló entre el agradecimiento y el horror antes de indicarles que tomaran asiento. Ya le tiraría luego de la lengua.
Acerqué una silla para ella y luego me acomodé detrás de mi mesa.
—Supongo que no sabrán dónde se encuentra, ¿verdad? —pregunté, con esa perspicacia que me caracteriza.
Harold me miró fijamente, con ojos tristes, aunque astutos. Percibí la gran impotencia que sentía, aunque también la pequeña esperanza que anidaba en él, de la que Warren, el marido de Ana, carecía. Tuve la leve sospecha de que tal vez supiera más de lo que parecía.
—Le pagaré lo que sea, señorita Esposito. He oído hablar muy bien de usted.
Aquello era nuevo. La gente rara vez decía cosas agradables sobre mí, salvo que «loca de atar» hubiera logrado desprenderse de sus connotaciones negativas.
—Señor Marshal...
—Harold —insistió.
—Harold, se me da bien conocer a la gente nada más verla, es parte de mi trabajo, y usted parece albergar más esperanzas respecto a la integridad física de Ana de lo que suele ser habitual. Incluso diría que está expectante, como si supiera algo que los demás desconocen.
La pareja intercambió una mirada en la que adiviné su vacilación. Se preguntaban si podían confiar en mí.
—Déjenme ver si puedo ayudarles —propuse.
Harold me dio su consentimiento, aunque algo indeciso.
—De acuerdo. Ana empezó a actuar de manera extraña hará unas semanas, pero no les explicó qué le preocupaba.
—Exacto —confirmó Wanda, estrujando el bolso de mano que descansaba en su regazo—. Intenté que se sincerara conmigo cuando vino a visitarnos, se queda a pasar la noche con los niños el primer día de cada mes, pero... ella no... —Se le quebró la voz e hizo una pausa para secarse las lágrimas con el pañuelo de papel, dándose unos ligeros golpecitos, antes de volver a mirarme.
Harold colocó una mano sobre las de su mujer.
—Pero les contó algo. Tal vez entonces les pareció extraño, pero cuando desapareció, ataron cabos.
Wanda intentó contener un sollozo.
—Sí, nos dijo algo, pero entonces no comprendí... —Se interrumpió de nuevo, incapaz de proseguir.
—¿Pueden contarme qué les dijo?
La mujer bajó la mirada, reacia. Sentí cómo le rezumaba el deseo de confiar en mí, pero lo que Ana le hubiera dicho la hacía dudar de todo. De todos.
—Wanda —intervino Euge, inclinándose hacia la mujer, con el semblante preocupado—, si hay alguien en este planeta a quien le confiaría mi vida es a la persona que ahora mismo tiene sentada delante de usted. Ella hará todo lo humanamente posible, y lo inhumanamente también si es necesario, para devolverles a su hija sana y salva.
Aquello era lo más bonito que Euge había dicho de mí en toda su vida. Luego tendríamos que hablar sobre lo del «inhumanamente», aunque lo había hecho con su mejor intención. Se merecía un aumento.
—Adelante, cariño —la animó Harold.
Wanda aguantó la respiración un instante y tragó saliva antes de hablar.
—Me contó que hacía mucho tiempo había cometido un terrible error y que había hecho algo horrible. Discutí con ella, le aseguré que no importaba, pero ella insistió en que los errores había que pagarlos. Ojo por ojo. —Me miró. Era tal su desesperación que se me partió el corazón—. No quiero que Ana se meta en líos. Lo que fuera que hiciera, o crea que hiciera, solo fue un error.
—Por eso conservamos la esperanza de que haya desaparecido por voluntad propia —añadió Harold—. Que haya sido ella quien lo haya planeado y que siga sana y salva.
—Sin embargo, nunca dejaría a Gonzalo y a los niños sin una muy buena razón, señorita Esposito. Si lo ha hecho, es porque creía que no le quedaba otra opción.
Harold y su mujer asintieron con la cabeza al unísono. Me alegré de que no sospecharan de Gonzalo y de que parecieran confiar en él de manera incondicional. Aun así, me creí en el deber de informarles de lo que ocurría.
—Siento decirles esto, pero han detenido a Gonzalo para interrogarlo.
Wanda frunció los labios con tristeza mientras su marido tomaba la palabra.
—Lo sabemos, pero le prometo que él no ha tenido nada que ver en esto. Es más, Ana intentaba mantenerlo completamente al margen.
—Euge y yo creemos que todo este asunto podría derivarse de algo que ocurrió en el instituto.
—¿El instituto? —preguntó Harold, sorprendido.
—¿Tenía algún enemigo?
—¿Ana? —exclamó Wanda entre sorprendida y divertida—. Ana se llevaba bien con todo el mundo, ella era así. Cariñosa y comprensiva.
—Demasiado comprensiva —matizó Harold. Miró a su esposa antes de proseguir—. Nunca nos acabó de gustar esa chica con quien iba a todas partes. ¿Cómo se llamaba?
—Janelle —contestó Wanda, endureciendo la expresión.
—¿Janelle York? —pregunté—. ¿Eran amigas íntimas?
—Sí, estuvieron muy unidas durante un par de años. Aquella jovencita era una díscola. Demasiado.
Tras intercambiar una breve mirada con Euge para que estuviera preparada, dije sin más:
—Janelle York murió en un accidente de coche la semana pasada.
La sorpresa que se dibujó en sus rostros me confirmó que no lo sabían.
—Oh, por todos los cielos —se lamentó Wanda.
—¿Conocían a Tommy Zapata?
Todo el mundo se conocía en las ciudades pequeñas. Era muy probable que hubieran oído hablar del vendedor de coches asesinado.
—Sí, claro —respondió Harold—. Su padre trabajó muchos años para el ayuntamiento. Se encargaba de los jardines y ese tipo de cosas, pero sobre todo del cementerio.
Aquello iba a sonar mal, pero debían saberlo. Tenía que averiguar qué ocurría.
—Ayer por la mañana encontraron muerto a Tommy Zapata. Asesinado.
El desconcierto se convirtió en incredulidad. Estaban sinceramente anonadados.
—Era un año mayor que Ana —recordó Harold—. Iban juntos al colegio.
—Pero ¿qué está pasando? —dijo Wanda con la voz tintada de desesperación—. Anthony Richardson, el hijo de Tony Richardson, también murió la semana pasada. Se suicidó.
Euge anotó el nombre antes de preguntar:
—¿Iba al colegio con Ana?
—Iban a la misma clase —señaló Harold.
Alguien estaba haciendo limpieza, atando cabos sueltos, y era evidente que Ana estaba en su punto de mira. Los Marshal tenían que saber algo. Algo que hubiera ocurrido en ese instituto y que nos llevara a la raíz de aquel asunto.
—Señor y señora Marshal, Ana se trasladó de Ruiz a Buenos Aires para vivir con su abuela cuando iba al instituto, ¿por qué?
Wanda me miró con un rápido parpadeo, frunciendo el ceño con aire pensativo.
—Se había peleado con Janelle. Nos imaginamos que Ana quería irse.
—¿Les dijo ella que se habían peleado?
—No —admitió Wanda, haciendo memoria—. En realidad, no. Pasaron de ser amigas íntimas a odiarse a muerte de la noche a la mañana. Nos dio la impresión de que sus caminos habían empezado a tomar direcciones opuestas.
—No nos entristeció que así fuera —añadió Harold—. Nunca habíamos visto con buenos ojos que Ana la tuviera por amiga.
—¿Ocurrió algo en particular que pudiera explicar sus desavenencias?
Intercambiaron una mirada y se encogieron de hombros en un gesto de impotencia, esforzándose en recordar.
—Lo que fuera que ocurriese acabó sumiendo a Mimi en una profunda depresión —dijo Wanda.
—La sorprendíamos llorando en su habitación —prosiguió Harold con abatimiento al tiempo que desempolvaba aquellos dolorosos recuerdos—. Dejó de salir, dejó de comer, dejó de asearse. Llegó a tal punto que acabó fingiéndose enferma todas las mañanas, suplicándonos que no la enviáramos al instituto. Estuvo tres semanas seguidas sin ir.
El rostro de Wanda también se tiñó de tristeza.
—La llevamos al médico y este nos sugirió que pidiéramos hora con un orientador, pero antes de que lográramos concertar una cita, Ana nos pidió permiso para mudarse a Buenos Aires con mi madre.
—Nos hizo mucha ilusión que hubiera recuperado el interés en sus estudios. Siempre sacaba excelentes.
Daba la impresión de que Harold necesitaba justificar que la hubieran dejado irse. Estaba segura de que no habían tomado aquella decisión a la ligera.
Wanda le dio unas palmaditas de ánimo en la rodilla.
—Para serle sinceros, señorita Esposito, y por mal que suene, respiramos aliviados cuando se marchó. Dio un giro de ciento ochenta grados en cuanto llegó aquí. Sus calificaciones mejoraron de inmediato y empezó a destacar en las actividades extraescolares. Por fin volvió a ser la de antes.
Eugenia no dejaba de tomar notas mientras los Marshal hablaban. Menos mal. Mi letra no la entendía ni Dios.
—Por lo que acaban de explicarme, tengo la impresión de que la desazón que Ana sentía en Ruiz se fundaba en algo más que en una simple desavenencia con una amiga —apunté—, parece como si alguien hubiera estado intimidándola, es posible que incluso amenazándola. O algo peor —añadí, con cierta reticencia. No podía descartar una violación—. ¿Les comentó algo? ¿Lo que fuera?
—Nada —aseguró Wanda, preocupada por las conclusiones a las que había llegado—. La animamos a que nos explicara qué era lo que la angustiaba, pero nunca quiso decírnoslo. Empezó a mostrarse hostil cada vez que sacábamos el tema. Estaba muy rara.
Gonzalo había utilizado aquellas mismas palabras para describir el comportamiento de Ana junto antes de su desaparición.
—Tendríamos que haber insistido más —dijo Harold, con un sentimiento de culpabilidad abrumadora—. Simplemente dimos por sentado que el problema era Janelle. Ya sabe cómo es el instituto.
Sí, lo sabía muy bien.
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